Collage

19 marzo, 2016 § Deja un comentario

213-Collage-1Aplicar las convenciones tradicionales de narración, trama, relato y desenlace a la novela contemporánea no tiene sentido, escribe David Shields en su libro “Hambre de realidad”. Más adelante precisa que una novela es una historia viva y una obra de arte, como el mundo de donde se inspira, es una forma viva. La historia en la novela vive en la realidad y en arte en la representación, en ambos casos su devenir no es lineal, sino, un agregado de situaciones que dan forma a la narración y a la representación. En ese sentido lo más cercano en forma y contenido entre novela y arte es el collage.
Hoy, todo se virtualiza y una realidad, si es que existe, puede tener dos, tres o más ficciones paralelas. La realidad es ficción y la ficción realidad. Visto de esa manera, un diario es un collage donde las situaciones venidas de una realidad que es también una ficción se agregan a una ficción que parece realidad. En esta Marginalia incluyo algunos apartes del diario, novela, collage, que escribo desde hace algunos años y toma forma por días, personajes, situaciones, incluso por dibujos. Como un collage.
Miércoles. Mientras espero que llegue la hora del pico y placa vuelvo a mi lugar en una mesa de café  a donde voy con frecuencia. Desde mi puesto tengo una vista global del lugar, pero no lo voy a describir, intentaré, mejor, describir la mujer que ocupa la mesa vecina. Ya estaba allí cuando llegué, hablaba por celular en ese momento y sigue hablando aun. No le importa que yo pueda escuchar, por lo menos la mitad de su conversación. Deduzco que su marido se llama Mauricio. Ella intenta concertar con alguien para que le ayude a transportarlo de un lugar a otro. Después de algunas frases me doy cuenta de no es a Mauricio a quien ella busca transportar  sino a unas personas que no conoce. Necesita ayuda para el transporte, pero no encuentra quién. Si Mauricio estuviera no habría problema pero está enfermo dice a alguien que la escucha del otro lado de su celular. La mujer de Mauricio, mi vecina,  insiste, hace varias llamadas. En todos aquellos a quienes llama le responden pero ninguno acepta la propuesta de recoger a esas personas. Por fin, uno a quien ofrece una propina acepta pero debe confirmar y se compromete a llamarla más tarde. La mujer de Mauricio deja el celular sobre la mesa y espera, no sabe qué hacer, saca un espejo del bolso y se mira, corrige el peinado, se frota la cara con las palmas de la mano y espera. Toma un último sorbo del café que pidió al llegar pero como ya no queda nada en el pocillo desechable bebe en seco. Se desespera, me doy cuenta de que me mira, debe pensar que la espío, la miro y ella sonríe, se levanta y al hacerlo empuja su bolso que se nota pesado contra mí, por eso sonríe. Se levanta, va hasta donde la empleada en la caja registradora, paga y se va. No sé si quien se comprometió a llamarla lo hará, quizá no. Un hombre a quien no he visto nunca y213-Collage-2 nos da la espalda desde una mesa vecina, juega con sus dedos debajo de la mesa y no se da cuenta del drama que acaba de vivir la mujer de Mauricio.
Viernes. Vuelvo, como al lugar del crimen, a la mesa vecina de aquella que hace dos días era ocupada por la mujer de Mauricio. Ella se fue y nunca supe qué pasó. Ahora vuelvo a ese lugar. El puesto de la mujer de Mauricio lo ocupa otra mujer, joven, con una flor roja tatuada en su hombro. Como es costumbre en los lugares públicos, no la miro, ella tampoco me mira. Veo sin embargo que le da grandes mordiscos a un sánduche y pequeños sorbos a un café con leche. La mujer joven tiene dos poses. Una, con la mirada fija al frente mientras muerde el sánduche y otra cuando lo deja sobre la mesa y chatea a la velocidad del rayo. Entre las dos hay una tercera pose, disimulada, exigua y efectiva, mirar de reojo lo que sucede alrededor.
Este lugar parece una oficina abierta con mesas para el público y venta de café. Digo oficina porque la mayoría de los presentes, el salón está completo, no hay mesas libres, lo utilizan como lugar de trabajo. Es una opción corriente hoy en día, la gente se sienta en los cafés a trabajar. Varias razones apoyan esta posibilidad: el alquiler de oficinas es costoso; dos, con las ayudas tecnológicas es posible despachar desde cualquier parte. Esta situación me recuerda que César Aira escribe en los cafés de Flores, el barrio donde vive en Buenos Aires, por lo menos una página cada día. Escribe sobre lo que se encuentra en el camino o sobre lo que ve en el local. Me recuerda, también, que Ernest Hemingway en “Paris es una fiesta” narra que una mañana en el “Café de Flore”, el mismo a donde iban Picasso, Cocteau y otros famosos parisinos, mientras él escribía en el cuaderno de notas que llevaba a todas partes una joven, en una mesa vecina, escribía también.
Escribir en los cafés tiene su encanto, el mundo gira alrededor y los personajes que circulan tienen todos historias para contar. Como el hombre que espera a algunos pasos de distancia de mi puesto. Espera una mesa o una cita y mientras tanto toma café con pitillo. Es posible que ignore que quienes ocupan las mesas trabajan y no las van a liberar. El hombre, grande, gordo, sin 213-Collage-3
pelo, extiende sobre la tarima, en el café hay una tarima para facilitar la espera o tomar café de pie, una decena de sobres amarillos, los abre uno por uno y comunica su contenido a alguien que lo escucha del otro lado de su celular, parece atareado, en cierto momento las hojas o los sobres se desordenan y no sabe qué hacer. Con dolor, eso me pareció, metió todo en el maletín y se fue. En ese momento caí en la cuenta de que la joven del tatuaje en el hombro y el sánduche había partido y en su lugar dos mujeres hablaban por celular, cada una por su lado, seguramente no estaban juntas y como no había mesas libres decidieron compartirla…
Martes. Tuve un aparato pegado a mi brazo durante veinte horas. Cada quince minutos, durante el día, y cada treinta, en la noche, el aparato midió las pulsaciones de mi corazón. Sentí cómo apretaba mi brazo durante unos segundos y como desapretaba progresivamente mientras el sensor, que llevé colgado a la cintura las mismas veinte horas, medía el trabajo del corazón en pulsaciones por segundo. Mientras me acostumbraba a su funcionamiento, apriete afloje, dudé que estuviera funcionando. Luego pensé que por la no costumbre, mi corazón, como cualquier animal asustado, se hubiera escondido y no tuviera intención de mostrar signos de vida. ¿Qué iría a pensar el técnico que recibiera el resultado en blanco del aparato después de veinte horas de seguirme? Este hombre está muerto, se diría….
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, se convierte con el pasar de los días en personaje de su diario. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

 

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