El curso normal de los acontecimientos

12 marzo, 2016 § Deja un comentario

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Una tarde mientras miraba llover por la ventanilla del bus de regreso a casa, decidió callar. Antes de subir al bus caminó trescientos metros bajo los aleros de las fachadas, los árboles o mojándose cuando no había refugio posible. La lluvia y el bus atascado en medio del tráfico, como si estuviera a la espera, lo hicieron dudar pero la lluvia lo obligó a subir. Solo dos mujeres, que no iban juntas, ocupaban las bancas de adelante. Se sentó detrás de una de ellas y antes de quedar atrapado por las gotas que se deslizaban por el vidrio pensó que en esa ruta, casi siempre los pasajeros eran mujeres. Se sentó y miró por la ventanilla. La calle, la gente que trataba de esquivar la lluvia, los automóviles y otros buses que contribuían al atasco, aparecieron borrosos detrás de las gotas que chocaban contra el vidrio. Vio poco y borroso. Eran las cinco de la tarde. Por culpa de la lluvia la luz era escasa y los faros de los automóviles contribuían a oscurecer el momento, pensó en la paradoja, luces que oscurecen; pero inmediatamente, sin quitar los ojos de una gotera que bajaba tras otra por la mitad de la ventanilla, confirmó su decisión: lo mejor es callar. Estaba exagerando por supuesto, no se trataba de enmudecer, se trataba de no hablar, de no adelantar una palabra. No hablar, no decir, no opinar. Si el silencio implicaba desaparecer, estaba dispuesto a asumir el riesgo sin importar las consecuencias. Se había dejado ensimismar por la decisión del silencio mientras intentaba mirar por la ventanilla y por eso no se dio cuenta de que otros pasajeros subieron al bus. Los puestos y el pasillo con gente de pie, apretujada, no eran suficientes para todos. Del ensimismamiento salió por las voces que, de un momento a otro, lo rodearon. Una mujer sentada a su lado, parecía grande y mayor que la joven a su lado en el pasillo. La que iba sentada se ofreció para llevar un paquete, de apariencia pesado, que la joven cargaba y no sabía qué hacer con él. El hombre que decidió callar no distinguió las palabras de la mujer, tal vez fue solo una pregunta: ¿se lo llevo?, o un orden: ¡se lo llevo!, de todas maneras era evidente que las mujeres no se conocían. La mujer joven entregó el paquete, agradeció con un murmullo y se colgó del cuello del joven a su lado, más alto que ella, con gorra al revés, camiseta amarilla con letreros y brazos cubiertos de tatuajes.
Con el bus estancado la lluvia parecía más intensa. A partir de ese momento la voz de la mujer joven se escuchó por encima de los pitos, de las goteras, de otras voces. El hombre callado le prestó atención. Hablaba de alguien mayor que por la forma como lo nombró debía ser su jefe. Los ruidos alrededor impidieron que el hombre callado comprendiera la actitud del jefe, sin embargo la palabra “tatuajes” apareció varias veces con claridad. El hombre callado constató entonces, porque la mujer joven seguía colgada del cuello de su amigo, que la parte de su cuerpo, visible de la cintura para arriba, estaba cubierta de tatuajes que se perdían hacia arriba, debajo de una blusa corta y hacia abajo, entre los pliegues del pantalón. El cuerpo tatuado con flores de colores, ramas y hojas oscuras como un bosque que la abraza, no era difícil imaginar.

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Mientras el joven al lado de la mujer tatuada respondía con monosílabos, los otros pasajeros se concentraban en sus cuentas o intentaban con impaciencia ver más allá de la ventanilla; el que dormitaba colgado de la barra se sostenía entre dos vecinos y ellos como no tenían para donde moverse lo miraban como si no existiera. El único, pendiente de la mujer joven era el hombre callado, ni siquiera la vecina portadora del paquete parecía interesada en los devaneos con su jefe. Por algunos instantes el hombre callado olvidó la decisión irreversible de callar, sin embargo cuando sus ojos buscaron a través de la ventanilla dónde se encontraba y no vio nada, solo vio la noche cerrada y lluviosa, el peso de la decisión retornó con fuerza. Intentó planear el silencio. Imaginó que dudarían de él, preguntarían por su legendario mal genio, se responderían con monosílabos, intentarían ignorarlo y se burlarían. El bus, con su cargamento de pasajeros no se había movido. Los pasajeros tampoco. Los ruidos del tráfico y la voz de la mujer joven se repetían como salidos de un disco rayado. El hombre callado miraba el tatuaje de la mujer joven ya sin verlo, sin escucharla, y con la cabeza puesta en su silencio. Callar, es como desaparecer, se dijo, si callo seré como una sombra sin cuerpo. Para el hombre callado tal decisión estaba cercana a su manera de ser y no le costaba trabajo tomarla. La mujer joven, que pasó a ser la mujer tatuada y su amigo seguían hablando sin cambiar de posición, la vecina y el resto de los pasajeros tampoco; solo el que dormía de pie fue reemplazado por una mujer alta, gruesa, peinada a la gomina con moña y gafas de vampiresa. La mujer peinada a la gomina sobrepasaba en estatura los pasajeros de pie. La moña golpeaba contra el techo y la obligaba a doblar la cabeza, en esa posición su mirada encontraba las miradas de los otros pasajeros de abajo para arriba y su desamparo era total. El hombre callado tuvo la intención de cederle el puesto pero alguien más rápido lo hizo antes y la mujer pudo sentarse. Suspiró cuando lo hizo. El hombre callado escuchó el suspiro. En la incomodidad de la quietud los dramas salieron a la superficie. Un hombre con cara de jubilado, camisa rosada y pantalón que debía amarrar arriba de la cintura, explotó, gritó, y sin esperar que alguien se moviera empujó a los que se interponían entre él y la puerta y saltó a la calle en medio del aguacero. Más allá del murmullo de la mujer tatuada, el hombre callado escuchó una voz delgada diciendo que estaba atascada y una voz de hombre en tono convincente: pero mi amor, esta vez es cierto, estoy en el bus.

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La vecina del hombre callado sacó una chocolatina del bolso sobre las rodillas y se la ofreció. Con un movimiento de cabeza el hombre callado agradeció el gesto. La mujer tatuada siguió hablando a su amigo que no mostró signos de fatiga con ella colgada de su cuello. Nada cambió. El tatuaje siguió en su punto, la lluvia no amainó y el nudo ciego en que estaba sumida la calle no se deshizo. La situación seguía el curso normal y por supuesto, los pasajeros también. El hombre callado se preguntó entonces: ¿una vez incluido en el curso normal de los acontecimientos, qué importancia tiene callar? Ninguna…
Argumento. Un hombre calla. Un día encuentra otro que también calla. Ambos callan. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

 

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