Antes y después de la Cena

26 marzo, 2016 § Deja un comentario


214-Leonardo-1Nisán, el primer mes del calendario hebreo bíblico celebra la salida de Egipto, corresponde a los meses de marzo y abril. La cena Pascual, el Pesaj, se celebra la fecha en que el día y la noche tienen la misma duración y coincide con el inicio de la primavera. Esta es la cena que Jesús y los apóstoles celebraron en Getsemaní. Cuando estuvieron sentados a la mesa Jesús dijo: “…Uno de vosotros, que come conmigo ahora, me traicionará…”
Más de mil cuatrocientos sesenta años después de aquella noche, Ludovico Sforza llamado “El Moro”, duque de Milán, encargó a Leonardo la realización de “La última cena” para el refectorio del Convento Dominico de Santa María delle Grazie en Milán. Leonardo eligió el instante en que Jesús mencionó la traición como el centro de acción para la obra que sería, en estructura, diferente a la cena representada por otros artistas. En lugar de situar a Judas Iscariote alejado de los otros apóstoles y al otro lado de la mesa, Leonardo pinto los presentes en grupos de tres, con Jesús en el centro. En el primer grupo de izquierda a derecha Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés; en el segundo grupo Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan; Jesús en el centro; Tomás, Santiago el Mayor y Felipe en el tercer grupo; y Mateo, Judas Tadeo y Simón Celote en el cuarto. Leonardo representó las reacciones de los apóstoles en el momento mismo de la afirmación de Jesús. Los que no oyeron bien dudan, los que oyeron se asustan; Judas Iscariote se siente aludido y espera. El momento es de máxima tensión.
Más de diez años tomó a Leonardo encontrar el modelo para cada personaje. Cuando tenía claro lo que esperaba de cada uno, iba por la ciudad en busca de aquel que en momentos de tensión tuviera la expresión deseada, observaba con atención, dibujaba tantos bocetos como fuera necesario y cuando estaba seguro de tener lo que quería, los integraba al muro en el refectorio. El proceso era lento, como siempre sucedió con las obras de Leonardo, más interesado en el fondo que en la forma, y es por esto que experimento una técnica más acorde con su manera de abordar la pintura: temple, una forma de óleo, sobre yeso seco, que le permitía trabajar el detalle de las expresiones y la composición. A causa de este proceder, lento, con relación a la rapidez que se requiere para pintar al fresco, Matteo Bandello escribió: “…muchas veces, en la mañana temprano, lo vi subir al andamio desde que salía el Sol hasta la última hora de la tarde sin dejar el pincel, olvidándose de comer y de beber, pintando continuamente. Después sabía estarse dos, tres o cuatro días, que no pintaba, y aun así se quedaba allí una o dos horas cada día examinando las figuras que había pintado. También, dice Bandello, lo que parecía un caso de simpleza o excentricidad, lo vi salir de su taller en la corte vieja, venirse al convento y subiéndose al andamio tomar el pincel, dar una o dos pinceladas a una de aquellas figuras, y marcharse inmediatamente…”
En 1497, después de recibir quejas del Prior del Convento por la lentitud con que avanzaba la obra y después de que éste comparara a Leonardo con Giovanni Donato da Montorfano, autor de la Crucifixión en el muro del refectorio frente a la Cena, a quien la realización había tomado menos de un año, Ludovico Sforza ordenó a Leonardo que concluyera el mural. A finales de ese año, cuando la terminó, la Cena fue elogiada como una obra maestra. Leonardo insatisfecho, dijo que seguiría trabajando en ella. Los visitantes acudían a verla, copiarla y admirarla, hasta el rey de Francia consideró la posibilidad de desprenderla de la pared para llevársela. Pero el experimento con temple y yeso no resistió y los problemas técnicos aparecieron. Aun así, la composición, el diseño, la estructura y la representación de los personajes son testimonio de su grandiosidad.

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La representación de los personajes, el momento de la acción, eje principal en la Cena de Leonardo desaparece en los “Espacios ocultos” del pintor español José Manuel Ballester y solo queda el lugar desierto, donde tendrá, o tuvo lugar la cena. Entonces las ausencias sugieren la historia, atizan la ficción. La sensación de abandono precipitado domina, porque después del anuncio de Jesús vinieron la sorpresa y el arresto. Incluso el personaje, o la mano con cuchillo que debe pertenecer a la figura catorce en la escena detrás del grupo formado por Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan también desaparece, nunca ha estado de cuerpo presente. Los panes, las copas, los platos y los utensilios sobre la mesa en el momento mismo en que Jesús expone la posible traición parecen en desorden, sin dueño, abandonados, por esto es difícil recomponer los grupos; recordemos que Leonardo eligió el momento de mayor tensión, lo que quizá no calculó fue la permanencia de la tensión aun después de la huída precipitada. Para dónde huyeron, cada uno por su lado, lo narran otras historias, la evidencia aquí es que salieron por puertas distintas y no volverán. Sin embargo, la posibilidad de que el momento de la cena es más tarde y ninguno de los invitados ha llegado también es posible. Ninguna hora determina el momento, por el paisaje con tierra roja visible en la distancia es posible pensar en algún momento entre las cuatro y las seis o siete de la tarde.
Recordemos también que la cena tiene lugar el día en que luz diurna y noche tienen la misma duración por lo tanto hay luz aun al final de la tarde. Ninguno de los catorce convidados ha llegado, sin embargo la mesa está dispuesta, alguien, María de Magdala es posible, lo hizo. Tomarán puesto a medida que llegan y como no vienen del mismo lugar entran al salón por puertas distintas. Juan, Simón Pedro, Judas Isacriote llegan entre los primeros, el invitado incógnito, el del cuchillo, ya está en la sala cuando los invitados llegan y se disimula con los primeros, quizá fue él o ella quien organizó la mesa. Los últimos en llegar, con retraso incluso, Simón Celote y Bartolomé, hacen gestos exagerados porque fueron de los que no escucharon la frase. La Cena entonces duró poco, el instante que pintó Leonardo fue el único en que todos los convives estuvieron reunidos, el antes y el después está en el “Espacio oculto” de Ballester, ni los panes, ni las copas, ni los platos cambiaron de lugar, ni siquiera la trifulca que sucedió, ni el tiempo que ha hecho su trabajo para desaparecerlo…
Argumento. Un hombre espera inmóvil, para la historia el lugar no tiene importancia. Otro, que lo observa, nota que con el tiempo el que espera desaparece o se confunde, de a pocos, con los objetos o personas que lo rodean. Así comienza la historia….
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2016


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Collage

19 marzo, 2016 § Deja un comentario


213-Collage-1Aplicar las convenciones tradicionales de narración, trama, relato y desenlace a la novela contemporánea no tiene sentido, escribe David Shields en su libro “Hambre de realidad”. Más adelante precisa que una novela es una historia viva y una obra de arte, como el mundo de donde se inspira, es una forma viva. La historia en la novela vive en la realidad y en arte en la representación, en ambos casos su devenir no es lineal, sino, un agregado de situaciones que dan forma a la narración y a la representación. En ese sentido lo más cercano en forma y contenido entre novela y arte es el collage.
Hoy, todo se virtualiza y una realidad, si es que existe, puede tener dos, tres o más ficciones paralelas. La realidad es ficción y la ficción realidad. Visto de esa manera, un diario es un collage donde las situaciones venidas de una realidad que es también una ficción se agregan a una ficción que parece realidad. En esta Marginalia incluyo algunos apartes del diario, novela, collage, que escribo desde hace algunos años y toma forma por días, personajes, situaciones, incluso por dibujos. Como un collage.
Miércoles. Mientras espero que llegue la hora del pico y placa vuelvo a mi lugar en una mesa de café  a donde voy con frecuencia. Desde mi puesto tengo una vista global del lugar, pero no lo voy a describir, intentaré, mejor, describir la mujer que ocupa la mesa vecina. Ya estaba allí cuando llegué, hablaba por celular en ese momento y sigue hablando aun. No le importa que yo pueda escuchar, por lo menos la mitad de su conversación. Deduzco que su marido se llama Mauricio. Ella intenta concertar con alguien para que le ayude a transportarlo de un lugar a otro. Después de algunas frases me doy cuenta de no es a Mauricio a quien ella busca transportar  sino a unas personas que no conoce. Necesita ayuda para el transporte, pero no encuentra quién. Si Mauricio estuviera no habría problema pero está enfermo dice a alguien que la escucha del otro lado de su celular. La mujer de Mauricio, mi vecina,  insiste, hace varias llamadas. En todos aquellos a quienes llama le responden pero ninguno acepta la propuesta de recoger a esas personas. Por fin, uno a quien ofrece una propina acepta pero debe confirmar y se compromete a llamarla más tarde. La mujer de Mauricio deja el celular sobre la mesa y espera, no sabe qué hacer, saca un espejo del bolso y se mira, corrige el peinado, se frota la cara con las palmas de la mano y espera. Toma un último sorbo del café que pidió al llegar pero como ya no queda nada en el pocillo desechable bebe en seco. Se desespera, me doy cuenta de que me mira, debe pensar que la espío, la miro y ella sonríe, se levanta y al hacerlo empuja su bolso que se nota pesado contra mí, por eso sonríe. Se levanta, va hasta donde la empleada en la caja registradora, paga y se va. No sé si quien se comprometió a llamarla lo hará, quizá no. Un hombre a quien no he visto nunca y213-Collage-2 nos da la espalda desde una mesa vecina, juega con sus dedos debajo de la mesa y no se da cuenta del drama que acaba de vivir la mujer de Mauricio.
Viernes. Vuelvo, como al lugar del crimen, a la mesa vecina de aquella que hace dos días era ocupada por la mujer de Mauricio. Ella se fue y nunca supe qué pasó. Ahora vuelvo a ese lugar. El puesto de la mujer de Mauricio lo ocupa otra mujer, joven, con una flor roja tatuada en su hombro. Como es costumbre en los lugares públicos, no la miro, ella tampoco me mira. Veo sin embargo que le da grandes mordiscos a un sánduche y pequeños sorbos a un café con leche. La mujer joven tiene dos poses. Una, con la mirada fija al frente mientras muerde el sánduche y otra cuando lo deja sobre la mesa y chatea a la velocidad del rayo. Entre las dos hay una tercera pose, disimulada, exigua y efectiva, mirar de reojo lo que sucede alrededor.
Este lugar parece una oficina abierta con mesas para el público y venta de café. Digo oficina porque la mayoría de los presentes, el salón está completo, no hay mesas libres, lo utilizan como lugar de trabajo. Es una opción corriente hoy en día, la gente se sienta en los cafés a trabajar. Varias razones apoyan esta posibilidad: el alquiler de oficinas es costoso; dos, con las ayudas tecnológicas es posible despachar desde cualquier parte. Esta situación me recuerda que César Aira escribe en los cafés de Flores, el barrio donde vive en Buenos Aires, por lo menos una página cada día. Escribe sobre lo que se encuentra en el camino o sobre lo que ve en el local. Me recuerda, también, que Ernest Hemingway en “Paris es una fiesta” narra que una mañana en el “Café de Flore”, el mismo a donde iban Picasso, Cocteau y otros famosos parisinos, mientras él escribía en el cuaderno de notas que llevaba a todas partes una joven, en una mesa vecina, escribía también.
Escribir en los cafés tiene su encanto, el mundo gira alrededor y los personajes que circulan tienen todos historias para contar. Como el hombre que espera a algunos pasos de distancia de mi puesto. Espera una mesa o una cita y mientras tanto toma café con pitillo. Es posible que ignore que quienes ocupan las mesas trabajan y no las van a liberar. El hombre, grande, gordo, sin 213-Collage-3
pelo, extiende sobre la tarima, en el café hay una tarima para facilitar la espera o tomar café de pie, una decena de sobres amarillos, los abre uno por uno y comunica su contenido a alguien que lo escucha del otro lado de su celular, parece atareado, en cierto momento las hojas o los sobres se desordenan y no sabe qué hacer. Con dolor, eso me pareció, metió todo en el maletín y se fue. En ese momento caí en la cuenta de que la joven del tatuaje en el hombro y el sánduche había partido y en su lugar dos mujeres hablaban por celular, cada una por su lado, seguramente no estaban juntas y como no había mesas libres decidieron compartirla…
Martes. Tuve un aparato pegado a mi brazo durante veinte horas. Cada quince minutos, durante el día, y cada treinta, en la noche, el aparato midió las pulsaciones de mi corazón. Sentí cómo apretaba mi brazo durante unos segundos y como desapretaba progresivamente mientras el sensor, que llevé colgado a la cintura las mismas veinte horas, medía el trabajo del corazón en pulsaciones por segundo. Mientras me acostumbraba a su funcionamiento, apriete afloje, dudé que estuviera funcionando. Luego pensé que por la no costumbre, mi corazón, como cualquier animal asustado, se hubiera escondido y no tuviera intención de mostrar signos de vida. ¿Qué iría a pensar el técnico que recibiera el resultado en blanco del aparato después de veinte horas de seguirme? Este hombre está muerto, se diría….
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, se convierte con el pasar de los días en personaje de su diario. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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El curso normal de los acontecimientos

12 marzo, 2016 § Deja un comentario


212-Callar-1

Una tarde mientras miraba llover por la ventanilla del bus de regreso a casa, decidió callar. Antes de subir al bus caminó trescientos metros bajo los aleros de las fachadas, los árboles o mojándose cuando no había refugio posible. La lluvia y el bus atascado en medio del tráfico, como si estuviera a la espera, lo hicieron dudar pero la lluvia lo obligó a subir. Solo dos mujeres, que no iban juntas, ocupaban las bancas de adelante. Se sentó detrás de una de ellas y antes de quedar atrapado por las gotas que se deslizaban por el vidrio pensó que en esa ruta, casi siempre los pasajeros eran mujeres. Se sentó y miró por la ventanilla. La calle, la gente que trataba de esquivar la lluvia, los automóviles y otros buses que contribuían al atasco, aparecieron borrosos detrás de las gotas que chocaban contra el vidrio. Vio poco y borroso. Eran las cinco de la tarde. Por culpa de la lluvia la luz era escasa y los faros de los automóviles contribuían a oscurecer el momento, pensó en la paradoja, luces que oscurecen; pero inmediatamente, sin quitar los ojos de una gotera que bajaba tras otra por la mitad de la ventanilla, confirmó su decisión: lo mejor es callar. Estaba exagerando por supuesto, no se trataba de enmudecer, se trataba de no hablar, de no adelantar una palabra. No hablar, no decir, no opinar. Si el silencio implicaba desaparecer, estaba dispuesto a asumir el riesgo sin importar las consecuencias. Se había dejado ensimismar por la decisión del silencio mientras intentaba mirar por la ventanilla y por eso no se dio cuenta de que otros pasajeros subieron al bus. Los puestos y el pasillo con gente de pie, apretujada, no eran suficientes para todos. Del ensimismamiento salió por las voces que, de un momento a otro, lo rodearon. Una mujer sentada a su lado, parecía grande y mayor que la joven a su lado en el pasillo. La que iba sentada se ofreció para llevar un paquete, de apariencia pesado, que la joven cargaba y no sabía qué hacer con él. El hombre que decidió callar no distinguió las palabras de la mujer, tal vez fue solo una pregunta: ¿se lo llevo?, o un orden: ¡se lo llevo!, de todas maneras era evidente que las mujeres no se conocían. La mujer joven entregó el paquete, agradeció con un murmullo y se colgó del cuello del joven a su lado, más alto que ella, con gorra al revés, camiseta amarilla con letreros y brazos cubiertos de tatuajes.
Con el bus estancado la lluvia parecía más intensa. A partir de ese momento la voz de la mujer joven se escuchó por encima de los pitos, de las goteras, de otras voces. El hombre callado le prestó atención. Hablaba de alguien mayor que por la forma como lo nombró debía ser su jefe. Los ruidos alrededor impidieron que el hombre callado comprendiera la actitud del jefe, sin embargo la palabra “tatuajes” apareció varias veces con claridad. El hombre callado constató entonces, porque la mujer joven seguía colgada del cuello de su amigo, que la parte de su cuerpo, visible de la cintura para arriba, estaba cubierta de tatuajes que se perdían hacia arriba, debajo de una blusa corta y hacia abajo, entre los pliegues del pantalón. El cuerpo tatuado con flores de colores, ramas y hojas oscuras como un bosque que la abraza, no era difícil imaginar.

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Mientras el joven al lado de la mujer tatuada respondía con monosílabos, los otros pasajeros se concentraban en sus cuentas o intentaban con impaciencia ver más allá de la ventanilla; el que dormitaba colgado de la barra se sostenía entre dos vecinos y ellos como no tenían para donde moverse lo miraban como si no existiera. El único, pendiente de la mujer joven era el hombre callado, ni siquiera la vecina portadora del paquete parecía interesada en los devaneos con su jefe. Por algunos instantes el hombre callado olvidó la decisión irreversible de callar, sin embargo cuando sus ojos buscaron a través de la ventanilla dónde se encontraba y no vio nada, solo vio la noche cerrada y lluviosa, el peso de la decisión retornó con fuerza. Intentó planear el silencio. Imaginó que dudarían de él, preguntarían por su legendario mal genio, se responderían con monosílabos, intentarían ignorarlo y se burlarían. El bus, con su cargamento de pasajeros no se había movido. Los pasajeros tampoco. Los ruidos del tráfico y la voz de la mujer joven se repetían como salidos de un disco rayado. El hombre callado miraba el tatuaje de la mujer joven ya sin verlo, sin escucharla, y con la cabeza puesta en su silencio. Callar, es como desaparecer, se dijo, si callo seré como una sombra sin cuerpo. Para el hombre callado tal decisión estaba cercana a su manera de ser y no le costaba trabajo tomarla. La mujer joven, que pasó a ser la mujer tatuada y su amigo seguían hablando sin cambiar de posición, la vecina y el resto de los pasajeros tampoco; solo el que dormía de pie fue reemplazado por una mujer alta, gruesa, peinada a la gomina con moña y gafas de vampiresa. La mujer peinada a la gomina sobrepasaba en estatura los pasajeros de pie. La moña golpeaba contra el techo y la obligaba a doblar la cabeza, en esa posición su mirada encontraba las miradas de los otros pasajeros de abajo para arriba y su desamparo era total. El hombre callado tuvo la intención de cederle el puesto pero alguien más rápido lo hizo antes y la mujer pudo sentarse. Suspiró cuando lo hizo. El hombre callado escuchó el suspiro. En la incomodidad de la quietud los dramas salieron a la superficie. Un hombre con cara de jubilado, camisa rosada y pantalón que debía amarrar arriba de la cintura, explotó, gritó, y sin esperar que alguien se moviera empujó a los que se interponían entre él y la puerta y saltó a la calle en medio del aguacero. Más allá del murmullo de la mujer tatuada, el hombre callado escuchó una voz delgada diciendo que estaba atascada y una voz de hombre en tono convincente: pero mi amor, esta vez es cierto, estoy en el bus.

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La vecina del hombre callado sacó una chocolatina del bolso sobre las rodillas y se la ofreció. Con un movimiento de cabeza el hombre callado agradeció el gesto. La mujer tatuada siguió hablando a su amigo que no mostró signos de fatiga con ella colgada de su cuello. Nada cambió. El tatuaje siguió en su punto, la lluvia no amainó y el nudo ciego en que estaba sumida la calle no se deshizo. La situación seguía el curso normal y por supuesto, los pasajeros también. El hombre callado se preguntó entonces: ¿una vez incluido en el curso normal de los acontecimientos, qué importancia tiene callar? Ninguna…
Argumento. Un hombre calla. Un día encuentra otro que también calla. Ambos callan. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Declaración de circunstancia

5 marzo, 2016 § Deja un comentario


211-Declaración-1Tengo la intención de escribir una ficción que incluya todos los personajes. Todos los que por distintas razones me tomo el trabajo de observar y algunas veces seguir sin que se den cuenta. Llevo un diario en el que anoto, como argumentos a desarrollar, aquellos con quienes me cruzo en la calle, en los restaurantes donde almuerzo dos veces por semana, en las salas de espera que frecuento cada vez con mayor asiduidad, en los buses de servicio público que llevan pasajeros en apariencia tranquilos, que miran por las ventanillas pero, sin que se note, van montados en el filo de historias embravecidas o tan tenues que dejan poco espacio a la tranquilidad porque, como todo el mundo sabe, la corriente se esconde. Los observo y tomo nota en mi celular. Los detalles de sus caras, de sus gestos, de sus ropas, de sus actitudes; después de algún tiempo logro distinguir sus angustias. Al menos las que alcanzo a suponer. He construido una galería extensa. En algunos pasajes de este proceso que se desenvuelve a lo largo de años me he tomado el trabajo de ampliar las notas originales de algunos personajes y he logrado retratos convincentes. Han llegado a ser tan prometedores que les cuesta trabajo mezclarse con otros que han pasado por el mismo cedazo y alcanzan un grado similar de credibilidad. A medida que pasan los días y las notas, los personajes aumentan en archivos clasificados por meses y por años, me doy cuenta de la imposibilidad de relacionarlos en una historia común, con desenlace feliz, trágico, o sin desenlace, como suele suceder. He llegado a la conclusión de que esa multitud de personajes es precisamente eso: una multitud, como las que se ven venir de lejos, hombro con hombro, al paso que permite quien va adelante o al lado; multitud que no puede ser considerada como una masa porque corre el riesgo de convertirse en una sola historia, una sola visión, un solo fin. En la multitud que menciono vienen todas las historias. Aislar los personajes que caminan como si fueran uno y tomar su historia, única, por separado y no mezclarlos es la tarea a la que me he dedicado por años. Algunos dirán que es 211-Declaración-3inútil. Otros, que si me propuse un fin, cualquiera que sea, será inalcanzable. He encontrado colegas, no sé si los pueda llamar así, que han pasado por lo mismo y con quienes he intercambiado las ficciones; con algunos he convivido en las suyas o en las mías. Nunca he pedido prestada una, pero he cedido algunas que asumidas por otros toman giros que no consideré y en ocasiones mejoran. Durante años hice parte de esa multitud que camina al unísono. Como la mayoría de ellos, todos, puedo asegurarlo, rumié mis historias en secreto, soñé; llegué a convertirme en personaje de aventuras increíbles sin decirlo a nadie. Hay historias que me persiguen hasta convertirme en personaje, en algunos casos a pesar mío; lo gratificante, siempre, es que en todas las situaciones otros personajes se involucran y enriquecen la situación. Muchos dudan y se preguntan cómo me doy cuenta, cómo sé cuándo estoy en la ficción y cuándo no, quizá deba decir que la ficción me absorbe y solo tengo ojos y oídos y tacto y energía para ella. Ha pasado algún tiempo desde el día en que por primera vez presentí que era personaje de una ficción: era martes por la tarde, la hora es importante pero no la mencionaré. Sucedió así. Me encontré súbitamente frente a un hombre que me saludó; como no lo reconocí no respondí el saludo pero no me moví, esperé, por curiosidad; el hombre también esperó pero no repitió el saludo. Esperó, igual que yo. No puedo asegurar que la acción, encuentro, saludo, espera, se haya repetido inmediatamente después o pasó algún tiempo antes de que se repitiera, no dominaba el tema de las ficciones, no lo domino aun; sin embargo se repitió en el mismo orden: encuentro, saludo, espera. Hay quienes denominan esos momentos como “déjà vu” a manera de mecanismo de protección, porque ese momento de vacío inesperado es una ficción y le temen. La situación con el personaje se repitió indefinidamente en el mismo lugar, a la misma hora. No puedo asegurar que se haya repetido el mismo día. Después de aquel día vivo en la ficción. La intención de escribir no solo las que me mantienen en vilo, sino las de la multitud que, como yo, las llevan a todas partes, se afianzó poco a poco. Puedo asegurar que he sacado en limpio algunas, por suerte personas interesadas en lo que podría llamarse el origen de la realidad han dado curso a mis ficciones en forma de libros que circulan en abundancia, eso espero. El diario que mencioné en las 211-Declaración-2primeras líneas de esta declaración me ha permitido entrar, de soslayo, en las ficciones que abundan, sobre todo por las fisuras que dejan las gentes entre ellas. Y como nada se queda quieto, lo que se queda quieto muere, otros pasos entraron en juego, hoy no solo llevo el diario donde registro los personajes con quienes me cruzo, los represento en dibujos abigarrados en las hojas de una libreta que siempre llevo conmigo. Los dibujo desde hace, también, mucho tiempo y han pasado por todos los estados posibles, quizá pueda decir que he dibujado todo, pero como no se dibuja lo que se ve sino lo que se imagina, cada dibujo, me tomó tiempo darme cuenta, es una ficción representada. Quien lea esta declaración se debe preguntar dónde iré a parar. Es posible, para no ir más lejos, que todo se detenga en un punto de no retorno, donde comenzar de nuevo es el comienzo. Esta declaración tiene por objeto prevenir a quien me vea en cualquier parte, tecleando en mi celular o dibujando líneas cortas en una libreta de bolsillo, de la posibilidad de que no sea a mí a quien ve, sino a la ficción que represento en ese momento. Deben, claro está, tener en cuenta que las ficciones, como todo, cambian con frecuencia y es posible que no me reconozcan…

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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, escribe ficciones. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

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