Nefelomante* (La nube y yo)

13 febrero, 2016 § Deja un comentario

208-Nube-1Un amanecer, porque no lograba conciliar el sueño, prendí mi “tablet”. Llegué al cuento de Roberto Arlt, “Odio desde la otra vida”, donde narra que un hombre ocupa un puesto detrás de otro en un restaurante, no están juntos, ocupan mesas separadas. El que está detrás alcanza a notar sobre la cabeza del vecino de adelante que una nube roja se sostiene justo encima de su cabeza y nota también que de la nube sale lo que piensa en ese momento. El vecino piensa matar a su novia. Un pensamiento difícil porque de la nube no cae explicación alguna de por qué o cómo piensa hacerlo. No termino de leer el cuento. Con la idea de inmiscuirme en las nubes de aquellos que encuentre en la calle, espero una hora al alcance para todo el mundo y salgo sin decir a nadie para donde voy
Un almacén cualquiera. Me paro en un rincón y espero o asumo la pose de quien espera. Cerca de mí se para un hombre joven, con uniforme, sin pelo, con cara de aburrido y la mirada fija en el piso, es un vigilante. Cambia de lugar cada vez que parece haber analizado el piso en detalle. La gente pasa alrededor y él no mira, aplica la técnica de vigilancia que los expertos llaman reojo, sin duda es un profesional. Me pongo nervioso, que alguien me mire sin mirarme me atormenta, de su nube se desprende que me vigila. Cambio de lugar y de pose para ver si él cambia al ritmo mío pero no lo hace, tiene el dominio del lugar sin necesidad de hacer un solo desplazamiento. Solo mira el piso. Es lo que aparenta. Al cabo de unos diez minutos de confrontación sucede un hecho inesperado. Una mujer entra en acción. Abraza al hombre, lo besa como si no se hubieran visto en los últimos años o no se fueran a ver más, separa un poco su cara, la mirada del hombre sigue fija en el piso, es un profesional a toda prueba
Un letrero verde con letras blancas y negras, escondido a medias bajo medio techo de latón es el punto de encuentro de un grupo de jubilados. Llegan, se saludan con la mirada o si tienen que hablar algo particular con alguno que ya se encuentra allí, se cierran sin fuerza la mano y se dicen lo que tengan que decir. Los otros no se entrometen en la conversación, es más, ni siquiera se miran entre ellos, saben que están allí, recostados a la acera o contra el poste de La Miscelánea y hablan, las palabras caerán donde deben caer y allí encontrarán oyente. Uno de ellos, por cuarta vez consecutiva, prende el tabaco, mordido húmedo de saliva y a medio quemar. Lo prende por cuarta vez y aspira como si fuera la última vez que lo va a hacer. Está sentado en un banco de madera alto. Con el tabaco entre los dedos, se apoya en las piernas que por la altura del banco están a medio estirar. El hombre aspira el humo, se apoya en las piernas y mira a lado y lado la gente que pasa. Una nube pequeña casi invisible ronda su cabeza. El hombre no espera nada, lo que suceda vendrá bien. Una mujer se acerca y hablan. Se conocen, por la actitud de ambos es evidente que se conocen. La mujer desconcentra al hombre. Se le apaga el tabaco, se para del banco donde esperaba el paso de la gente y se mueve para la otra esquina. La mujer no para de hablarle y perseguirlo, el hombre regresa al lugar inicial, donde estaba el banco, debajo del letrero pero no se sienta, la mujer lo persigue. El hombre incrusta el tabaco apagado en su boca se apoya en las rodillas y aunque la mujer no para de circular alrededor y gesticular, el hombre vuelve a la pose de la espera y con ojos sin ver sigue los pasantes y no escucha a la mujer. La nube pequeña que ronda su cabeza está roja de impaciencia cuando prende el tabaco por quinta vez
208-Nube-2 Otro lugar. Una mujer ocupa el puesto libre a mi lado. La noto atareada. Incómoda. Desde el primer momento se trenza en una lucha silenciosa con el cierre del bolso que lleva sobre las rodillas. El cierre se atranca y no cede, la mujer insiste con fuerza. Sobre su cabeza ronda una nube de tormenta. Poco a poco domina el cierre y logra abrirlo hasta la mitad. La mujer respiró hondo y con la misma mano con que logró la proeza, la derecha, se arregla el pelo y escarba al interior del bolso. Al cabo de unos segundos de buscar a tientas saca una billetera pequeña, la palpa, la siente como la quería sentir. Respira hondo como el hombre del tabaco y aprovecha el respiro para morder las uñas de la mano libre, mientras con la derecha comienza a sacar billetes y a contarlos. No sé cuántos cuenta pero lo hace varias veces hasta confirmar que allí tiene lo que esperaba tener. Devuelve los billetes a la billetera y la billetera al bolso pero no lo cierra, lo aprieta contra su regazo tan fuerte como puede. Mientras estuvo a mi lado mordió las uñas de sus manos, una vez la derecha otra la izquierda, con pequeños lances nerviosos. La nube de tormenta campeó siempre sobre su cabeza
Kilómetro y medio caminé detrás de un hombre que carga una caja sobre sus hombros. La caja es pequeña. Por el cambio de manos y de lado que hizo por lo menos seis veces durante el trayecto deduje que era pesada. En ningún momento el hombre cambió el ritmo. Es de los que piensa que el camino difícil mejor caminarlo rápido, se cansa uno más cambiando de ritmo y de paso cada que la fatiga acosa. Fue lo que alcancé a percibir en la nube que lo siguió sin abandonarlo. El hombre mantuvo su ritmo. Yo, caminando detrás, si cambié el mío en varias ocasiones porque al intentar seguir su marcha como soldados en fila, perdí el paso y tuve que correr o espaciar mis pasos para mantener el suyo. El hombre no cedió. A mitad de camino pensé que iba de afán, que llevaba una encomienda urgente y tenía una hora límite para entregarla. También pensé que tanto peso solo podía ser porque llevaba piedras o, se me ocurrió pensar en algo más extravagante: lingotes de oro. Puede ser me dije, es funcionario de alguna empresa de transporte de valores. Casi al final del recorrido, se detuvo, depositó la caja sobre un muro y tomo un respiro. Pensé que había notado mi presencia. Me detuve también y me disimulé detrás de un árbol con la esperanza de que mi nube, yo también tengo una, no me delatara. El hombre miró para todos lados, menos hacia donde me encontraba. Miró, retomó la caja y siguió su camino con la misma energía. Hubiera podido seguirlo hasta verlo desfallecer y soltar la caja que al chocar contra el piso desparrama lingotes de oro o botellas de vino que no se rompen en todas direcciones
208-Nube-3 Otra calle, otra hora, el mismo día. Veo una mujer de espaldas y sobre ella una nube. Como en el cuento de Arlt, de la nube cae, como una lluvia, lo que la mujer piensa. Caen letras e imágenes, me costó interpretar lo que caía y antes de que se fuera, porque partió inmediatamente después, alcancé a ver una torta, tres velas en letras, y un cuchillo, pero no uno para cortar tortas, era un cuchillo de carnicero. Cuando la mujer se fue, se llevó la nube con ella. Un hombre vino a tomar su lugar. Como mi papel era no mirar a la gente, sino sus nubes, no lo miraba cuando me tocó el hombro. Sorprendido lo miré, vi sus ojos desorbitados, su bigote escaso y sus dientes disparejos a pocos centímetros de mi cara, no sentí su aliento ni el volumen de su presencia. Murmuró algo sobre su hermana y agregó: no tengo plata. Recordé unas monedas que tenía en el bolsillo y se las entregué. El hombre siguió en el mismo lugar como si esperara algo más, como si las monedas no hubieran sido suficientes. Lo miré de reojo para ver qué estaba haciendo. El hombre no me miraba. Yo podía perfectamente no estar allí y su actitud no habría cambiado ni él hubiera ocupado más o menos espacio, estaba allí con cara y figura de anónimo y no esperaba nada, es lo único que, con respecto a él, puedo asegurar. La nube sobre su cabeza parecía de mentiras. Su presencia, su hermana, incluso las monedas que le entregué podrían tener origen en algún “efecto especial” producto de mi imaginación o de la nube que también ronda mi cabeza y quizá alguien ve…
*… Y así como se han formado, en un instante se disipan, y es precisamente en ese instante cuando un auténtico nefelomante debe ejercer su propio arte, para comprender lo que predice la forma de determinada nube antes de que el viento la disuelva, antes de que se transforme en aire transparente y se convierta en cielo… Tomado de “Nubes” cuento de Antonio Tabucchi en “El tiempo envejece deprisa” donde un hombre enfermo enseña a una niña el arte de la nefelomancia que consiste en ver el futuro en las formas de las nubes…

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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, tiene el talento para presentir las nubes sobre las cabezas de otros, incluso sobre la suya. Un medio día bajo un calor infernal no distingue su nube en el reflejo de la vitrina que tiene en frente. Así, bajo la tenaza del calor comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com
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