El irlandés de suroeste

6 febrero, 2016 § 1 comentario

207-Irlandés-1Edward Patrick Duigenan nació en Dublin. Estudió arte. Viajó por el mundo. Llegó a Colombia en 1996 por error, se subió al avión que no era. Ha vivido en varios lugares del país, pero desde hace más de diez años llegó a Jericó, en el suroeste de Antioquia y se quedó. Por sus viajes alrededor del mundo habla varios idiomas y es posible que los hable como habla el español, con los ojos. Suena extraño pero así es. El tono de su voz es bajo, rápido, el acento “anglo” se desliza entre palabras, no lo abandona; sin embargo, lo que domina la expresión y a veces, dicen más, son sus ojos. He conversado con él en dos o tres ocasiones y siempre la sensación de que los ojos complementan sus frases, me acompaña. Es posible que sea porque oigo menos de lo que veo pero la mirada sonriente, inquieta y curiosa, bajo el sombrero trenzado de cinta negra, no solo contribuye a la conversación, se convirtió en la guía de entrada a sus dibujos.
Los vi por primera vez exhibidos en el café Saturia, en una calle de apariencia corta y estrecha, solo de apariencia, cercana a la plaza principal de Jericó. El Saturia es un local estrecho y profundo, pintado de blanco con piso de baldosa en arabesco verde, blanco y granate. Desde la puerta se alcanza a ver el extremo opuesto con apariencia de ramada; una mesa con libros para uso de los clientes es invisible desde allí pero en la misma línea, a la izquierda, se encuentran las mesas para los clientes, una pieza, suerte de almacén con artesanías locales, más oscura que el resto del local, y el mostrador con cafeteras y apliques para la preparación del café.
207-Irlandés-3Sobre el muro blanco a la derecha, que va hasta la ramada, solo interrumpido por un armario restaurado donde se exhiben cerámicas y lo d
ivide en dos tramos, están las obras expuestas. Cuando vi aquellos dibujos por primera vez, no conocía a Edward. Mi mujer y yo entramos al Saturia en busca de un café de esos que allí preparan, era domingo, alrededor de las diez y treinta, quizá once de la mañana. Ocupamos una de las mesas y mientras llegaba el servicio, dos cosas llamaron nuestra atención: la mesa de libros a disposición de los clientes y los dibujos, en marcos como cajas pequeñas, color madera, con vidrio, colgados en el muro blanco frente a nosotros. Eran seis o siete. Los observamos con atención, no me moví de mi puesto, mi mujer fue a verlos de cerca. A tres metros, la distancia que nos separaba, las hojas con troquel de libreta de apuntes, suspendidas cada una en el espacio de su caja me hacía señas, me llamaba. Entonces llegó el servicio, un granizado de café jericoano para mi mujer y un capuchino con licor para mí, Amaretto, lo recuerdo bien. Me tomé un tiempo, quería ver si alguna otra seña venía de las cajas. Probé el capuchino. No hubo más señas. Fui hasta las cajas con dibujos flotando en su interior y me encontré con trazos delgados, cortos, de punta fina: interpretación de aquello que el artista vio. Casas del pueblo, personajes en la plaza, una vista del mercado de fin de semana dibujado con precisión pero con la soltura que impone una mirada entrenada para ver. Lectura del momento, de los personajes y del lugar que pasa por el tamiz de los ojos del artista. Un dibujo llamó mi atención: un toldo de mercado con cachivaches y artesanías en exhibición, solo el trazo, sin sombras, sin otros trazos, apenas el contorno de los objetos, mirados desde un lugar que el espectador no acostumbra. Completa la imagen, el primer plano una silla de esas de plástico, sin presencia.
207-Irlandés-2Pasó un tiempo. Algunos meses. Volvimos a Jericó para el montaje de la exposición en el Museo Maja de un artista que pinta como si viviera acompañado por los maestros del Renacimiento. Ese día, noche, me encontré con Edward Duigenan. No puedo decir que no lo conocía. Conocía sus dibujos y la obra del artista es el artista. Sin que nadie nos presentara hablamos de la obra expuesta, representaciones teatrales en el momento de la quietud justo antes del movimiento. Al día siguiente volvimos, mi mujer y yo al café Saturia y allí estaba Edward sentado a una mesa con su infaltable sombrero, su mirada inquieta y un café en frente. Mi mujer y yo pedimos lo mismo: granizado y capuchino. Conversamos con Edward. Narró con acento “anglo” y palabras que se deslizan hasta perderse al final de las frases sus peripecias por el mundo entero. Ese día me enteré de que había llegado a Colombia en el avión equivocado y que aparte de dibujante también era escultor y actor a la espera, en ese momento, de la selección de actores para una obra. Ocupábamos la mesa desde donde descubrí sus dibujos meses atrás. Las cajas color madera seguían en el mismo lugar pero esta vez con otros dibujos. No esperé que me hicieran señas, fui a verlos de cerca mientras Edward narraba sus ires y venires por el país. Dos de los dibujos llamaron mi atención, eran dos montajes teatrales. A diferencia de la obra que se presentó el día anterior en el Museo Maja, los dibujos de Edward no representaban un momento de la obra sino la instalación de la utilería para la obra. Frente a sus dibujos me encontré en la tramoya del teatro momentos antes del ensayo. En uno de ellos, la fachada de una casa principal, con techo, balcones, puertas entreabiertas y vitrinas es levantada por tres hombres visibles y quizá otros tres que nadie ve, del otro lado, en el revés del papel. Una segunda fachada, en otro dibujo, ya está en su lugar, un personaje tan alto como la casa se disimula en un espacio abierto en el costado. La segunda fachada que fue empujada allí sobre ruedas debe aun ser desmontada por los hombres de la tramoya; los tres visibles en el primer dibujo y otros tres que no aparecen por allí y quizá vendrán en un tercer dibujo que no está listo aun.
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Mientras los miro de cerca, los detalles me asombran, pienso en la función monumental que Edward, quizá se trate solo de mi imaginación, representa en estos dibujos donde reproduce al detalle objetos y personas. Las fachadas se identifican con las de la plaza principal de Jericó. Expuestas en sus cajas, por ahora, son la mirada del artista. Cuando, una al lado de la otra, asuman la forma y el tamaño de la plaza principal y los parroquianos, actores o itinerantes, pasen frente a ellas no harán diferencia entre la plaza de antes y ésta que Edward Duigenan dibujó, porque será igual, será un trampantojo en vivo, una obra permanente no desmontable. Quizá ya están allí y no lo hemos notado. Es posible, me digo entonces, que vivamos rodeados de trampantojos. En todas partes, en este pueblo del suroeste de Antioquia y en otros de otras regiones, incluso en otras ciudades los trampantojos perfectos nos rodean e invitan a la ficción, pero nadie o muy pocos lo notan
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Argumento. Un hombre pinta. Pinta lo que ve en su dimensión natural. Una tarde se encuentra en lo que pinta. Esa tarde comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

  

 

 

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