Así empieza una novela

27 febrero, 2016 § Deja un comentario


210-Casa-1Mariano Casas trabajó en una empresa de seguridad privada hasta unos días antes de caer en desgracia. Su cargo fue, hasta ese momento, supervisor de monitores de vigilancia. Casas comenzó como técnico y en poco tiempo pasó de instalar cámaras, obligatorias en la mayoría de empresas para observar en secreto a los empleados, al control de las pantallas que muestran lo que ven las cámaras. Mariano fue testigo de las primeras instalaciones en casas de familia cuando la manía de vigilar, incluso a los cercanos, apareció porque el tiempo era nada y fisgonear para saber cómo los otros ganaban o perdían el suyo se volvió necesidad.
Mariano Casas pasaba los días frente a los monitores y cuando los primeros indicios se presentaron, también las noches, sobre todo desde la instalación en el cuarto de utilería al lado de la cabina de monitoreo de una habitación de apoyo, o de descanso, como queramos llamarla. El ingeniero estuvo de acuerdo, esperaba más que dedicación exclusiva de sus empleados, esperaba ojos vigilantes las veinticuatro horas del día. El ingeniero era el jefe, también parecía ser dueño de la empresa o por lo menos, uno de los socios. Casas y Rogelio Ospina eran los únicos en el cargo de monitoreo con turnos de doce horas cada uno. Rogelio nunca utilizó la habitación de apoyo, en cambio Casas, que vivía solo, era separado, no tenía parientes cercanos, no recibía llamadas, ni visitas se pasó a vivir allí desde el momento en que se dieron los primeros indicios hasta el día en que fue descubierto. Después vino lo del suicidio con dos balas que entraron por el mismo orificio en la cabeza y fueron disparadas por el arma que encontraron al lado del muerto. Algo imposible según los oficiales que siguieron el caso pero que ninguno se atrevió a denunciar para no mover cosas que era mejor dejar quietas.
Aseguró el ingeniero en declaración que dio a las autoridades después de lo sucedido, que Casas era un empleado de confianza, y agregó, es lo menos que se puede decir de alguien con sus responsabilidades en la empresa. Dijo también que era un hombre dedicado. Entre la empresa y sus clientes, en aumento y, entre la empresa y Mariano Casas todo fue perfecto hasta el martes veintidós de septiembre a las veinte y treinta y dos cuando algo inesperado lo pilló fuera de base. El ingeniero, tan exigente para la entrega de informes en clave por parte de Mariano Casas y Rogelio Ospina notó la situación cuando los hechos estaban instalados en el tiempo y temió, en el momento de descubrirla, que había alcanzado el punto de no retorno, la falta era grave, implicaba el despido inmediato acompañado de una nota por irresponsabilidad en la hoja de vida que lo excluiría de cualquier oferta de trabajo, pero con toda seguridad, dijo el ingeniero a los investigadores, no ameritaba el suicidio.
210-Casa-3Hasta aquí el planteamiento general de la situación. Me propongo, como investigador encargado por la Fiscalía para clausurar las pesquisas, poner mis conclusiones en conocimiento de los amables lectores con objeto de aclarar hasta la saciedad que una persona que ha tomado la decisión de suicidarse, y lo hace, no tiene la presencia de ánimo y menos aún las fuerzas para disparar dos veces en su contra y lograr que la segunda bala entre exactamente por el mismo orificio de la primera, lo que equivale a un récord de esos que clasifican los casos insólitos.
He aquí lo sucedido. La noche del martes veintidós de septiembre a las veinte y treinta y dos, Mariano Casas tuvo un encuentro que nunca imaginó, fue, por supuesto, un encuentro virtual, pero a pesar de que esta condición, creen los legos, puede atenuar la exaltación, cada día está más comprobado que esos encuentros son los más intensos que sea posible imaginar por causa del impedimento en que quedan algunos de los sentidos, sólo la vista y un poco, aunque en este caso no intervino, el oído, obran. Tacto, olfato y gusto no intervienen.
Es posible decir que Mariano Casas elaboró pretensiones personales con relación a la mujer que encontró en el monitor instalado en el apartamento de un nuevo cliente la primera noche de vigilancia. Si manifestó sus intenciones y ella correspondió o no a sus propósitos, está por descubrirse. Al medio día de ese martes comenzó la vigilancia, y a las veinte y treinta y dos, el tumulto estaba lanzado. En la mañana, el ingeniero y un técnico instalaron las cámaras miniatura disimuladas como cabezas de tornillo en la locación del nuevo cliente. Mariano Casas se enteró cuando la imagen, todavía sin codificar, apareció en los monitores al medio día. El ingeniero asegura que la norma en su empresa, para prevenir suspicacias, es evitar que el supervisor de monitores sepa a quién o dónde vigila, ni qué busca, así, la actividad, delicada en esencia, se lleva a cabo con imparcialidad. Lo único que dijo a Casas fue: cayó un nuevo cliente, no le quites el ojo de encima, tienes que ser muy estricto con los informes. Según parece, Mariano Casas le prestó poca atención, el ingeniero repetía la recomendación para hacer creer que el nuevo era más especial que los anteriores pero todos resultaban parecidos y sus intimidades calcadas a pesar de que había días en que alguno se despeinaba y hacía locuras, nada extravagante como un robo, una pelea, una orgía, un asesinato, una maquinación como se ve con frecuencia en el cine y las telenovelas. A veces las jornadas eran tediosas porque se espera lo que nunca sucede y sin embargo la falta de acción envicia. Valga la comparación que el ingeniero hizo el día que descargó en Mariano la responsabilidad de supervisar los monitores: …es como la cornada en los toros o el accidente en las carreras de carros, no llegan pero uno se queda ahí, a la espera, pegado como una estampilla.
210-Casa-2Con mezcla de desgano y curiosidad Mariano Casas adjudicó el monitor número siete para la supervisión de diez cámaras, tres en la habitación principal, tres entre salón y comedor, las otras en la cocina, la sala de baño, la biblioteca y una en la puerta de entrada. Cuando activó el sistema el lugar estaba desierto y pudo reconocer el terreno sin interferencias. Por lo que vio más allá de las ventanas era un apartamento en piso alto pero no identificó las montañas en la distancia, quizá era un cliente de otra ciudad, pensó. No era inusual. En ocasiones anteriores, clientes de la costa o ciudades del interior eran monitoreados desde esa misma oficina. Todo el procedimiento era llevado bajo estrictas medidas de confidencialidad a las que cada funcionario suscribía en su contrato. Otra razón que hace aun más notorio el desliz de Mariano Casas en el procedimiento con el nuevo cliente pero en ningún momento justifica el desenlace trágico.
Mariano Casas se aplicó a escudriñar el terreno de su próximo trabajo, un apartamento amplio, adornado con lujo aparente y gusto de decorador al destajo. Un tigre dorado, tamaño natural, en pose de salto por la ventana, atrajo su atención pero no lo mencionó en el primer informe pero señaló que el apartamento, amoblado, parecía inhabitado…(Continuará)

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Argumento. Con cámaras en todas partes, todo el mundo vigila a todo el mundo… Así empieza la novela.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016


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“Rosa en la lluvia”

20 febrero, 2016 § Deja un comentario


209-Rosa-1“Rosa en la lluvia” es una pintura en acrílico y óleo sobre tela. La rosa cae. Las montañas, lejos, con tonos de verde pasados por agua parecen más allá del aguacero que se acerca. El cielo oscuro, gris azul, detrás pero cerca de la rosa está a punto de desplomarse, viene cargado de agua y al igual que en una situación límite espera la gota que lo desborde. Sin embargo la angustia no aparece por ningún lado. Quizá estamos frente a la calma que precede la tormenta. Pero la tormenta no llega. Entre las montañas por donde ya pasó la lluvia, y la rosa, donde no ha llegado aun, hay una tormenta que no toca ni al uno ni a la otra, paisaje y flor. No puedo decir que he pasado largas horas frente a esta pintura, la conozco desde hace poco y llamó mi atención; sin embargo me tomó un tiempo darme cuenta qué había en ella que atrajera tanto mi atención. La recibí gracias a los buenos oficios de Carlos Tobón, artista, fotógrafo, quien me la envió junto con otras obras de su autor: Jaime Gómez, pintor colombiano residente en Paris. Como dije, algo en “Rosa en la lluvia” me atrajo, sin embargo darme cuenta de cuál exactamente era el punto de atracción no fue fácil distinguirlo. No eran los pétalos, pintados con detalles mínimos y precisos, quizá con pincel de miniaturista; ni el tallo casi perdido en la densidad de las nubes; tampoco eran los nubarrones a punto de desbordar; y menos aun el paisaje, lejano, que en su distancia fija me recordaba las montañas que he visto en otras pinturas de Jaime Gómez  y seguramente lleva en la memoria porque nos han rodeado desde siempre.
La inminencia de la lluvia trajo al recuerdo una historia corta que voy a narrar y me ayudó a descubrir dónde está el detalle que me atrajo en la pintura. Don Ricardo Sanín era un hombre mayor cuando una tarde con amenaza de lluvia en el corredor de su casa de El Retiro, me dijo: “…una vez, una tarde así, a punto de llover, una visita llegó. Llegó por sorpresa. El dueño de casa no sabía qué hacer, no esperaba a nadie. Sin embargo recibió los visitantes, pero como no esperaba a nadie no tenía nada para ofrecerles. Intentaron la conversación pero se agotó más pronto de lo esperado. Las nubes cada vez más densas oscurecieron la tarde hasta el punto de que parecía llegada la noche. El silencio era pesado. El dueño de casa murmuró entonces: no les digo que se vayan porque parece que va a llover y tampoco les digo que se queden porque en su casa se van a preocupar…” La historia terminó allí. Si los visitantes partieron, no lo supe nunca, imagino que quedaron suspendidos frente al aguacero, que no llegaba, y las montañas visibles desde el corredor de la casa de don Ricardo. Es posible, me digo ahora, que una ausencia de angustia sin límites, la misma que “Rosa en la lluvia” me produce, los hubiera alcanzado y en lugar dejarse llevar por el temor a la lluvia se hubieran quedado frente a ella suspendidos y, por supuesto, la lluvia también, como en la pintura de Jaime Gómez.
Una historia lleva a otra. Con “Rosa en la lluvia” en la pantalla de mi computadora imagino lo descrito hasta ahora; la historia de don Ricardo Sanín, que por la lluvia y el suspenso se mezcla con la ausencia de angustia en la pintura, es la continuación inevitable del encuentro que, de manera inesperada, me plantea un cambio de dirección. Por el sentido de la lluvia, el peso de las nubes, la lejanía de las montañas, incluso por su posición, la rosa cae. Es lo evidente, es lo que imaginamos, es la respuesta que recibí cuando lo pregunté en el Museo Maja de Jericó donde la pintura está expuesta. Pero, si obramos como debiéramos hacerlo en aras de abordar la ficción y cambiamos la dirección del movimiento, ¿qué sucedería si en lugar de caer, la rosa sube?

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Sucedería todo. La ficción total. La ascensión de la rosa significa el final del suspenso y el inicio de una acción donde ella asume su papel, principal; gira sobre su eje a medida que asciende, abre y cierra los pétalos como si hablara con ella misma, con la lluvia, o con otras rosas que, como ella, suben, cumplen el ciclo del agua lluvia que se avecina: lluvia, evaporación, condensación, lluvia. Entre la flor y las montañas las nubes esperan. No ha llegado aun el momento, con el pasar del tiempo, paisaje, nubes y flor conservan sus lugares, en ese orden, si intentamos mirarlas desde más allá de las montañas, desde el lado opuesto al del espectador. Sin embargo, nada sucede, los otros cientos de flores como gotas de agua que presagia el ascenso de la única visible no entran en la imagen. Entonces las conjeturas aparecen: ¿qué pasa?, ¿por qué no sube? Los espectadores podrán dar por hecho que una multitud de flores vendrá. Por momentos un movimiento, como un viento corto, se cuela entre las nubes y acompaña un estremecimiento de la flor que parece estar más arriba. Las montañas van y vienen con sutileza hasta el primer plano.
A pesar de la espera, la ausencia de angustia que no abandona la flor, permanece. Se instala. La relación con ella es única. Se necesita tiempo. Llegado el momento “La rosa en la lluvia” tomará la dirección que el deseo ordene. Quizá por eso la lluvia espera…
Argumento. Cada imagen lleva una historia y cada historia a otra… Así comienza todo…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Nefelomante* (La nube y yo)

13 febrero, 2016 § Deja un comentario


208-Nube-1Un amanecer, porque no lograba conciliar el sueño, prendí mi “tablet”. Llegué al cuento de Roberto Arlt, “Odio desde la otra vida”, donde narra que un hombre ocupa un puesto detrás de otro en un restaurante, no están juntos, ocupan mesas separadas. El que está detrás alcanza a notar sobre la cabeza del vecino de adelante que una nube roja se sostiene justo encima de su cabeza y nota también que de la nube sale lo que piensa en ese momento. El vecino piensa matar a su novia. Un pensamiento difícil porque de la nube no cae explicación alguna de por qué o cómo piensa hacerlo. No termino de leer el cuento. Con la idea de inmiscuirme en las nubes de aquellos que encuentre en la calle, espero una hora al alcance para todo el mundo y salgo sin decir a nadie para donde voy
Un almacén cualquiera. Me paro en un rincón y espero o asumo la pose de quien espera. Cerca de mí se para un hombre joven, con uniforme, sin pelo, con cara de aburrido y la mirada fija en el piso, es un vigilante. Cambia de lugar cada vez que parece haber analizado el piso en detalle. La gente pasa alrededor y él no mira, aplica la técnica de vigilancia que los expertos llaman reojo, sin duda es un profesional. Me pongo nervioso, que alguien me mire sin mirarme me atormenta, de su nube se desprende que me vigila. Cambio de lugar y de pose para ver si él cambia al ritmo mío pero no lo hace, tiene el dominio del lugar sin necesidad de hacer un solo desplazamiento. Solo mira el piso. Es lo que aparenta. Al cabo de unos diez minutos de confrontación sucede un hecho inesperado. Una mujer entra en acción. Abraza al hombre, lo besa como si no se hubieran visto en los últimos años o no se fueran a ver más, separa un poco su cara, la mirada del hombre sigue fija en el piso, es un profesional a toda prueba
Un letrero verde con letras blancas y negras, escondido a medias bajo medio techo de latón es el punto de encuentro de un grupo de jubilados. Llegan, se saludan con la mirada o si tienen que hablar algo particular con alguno que ya se encuentra allí, se cierran sin fuerza la mano y se dicen lo que tengan que decir. Los otros no se entrometen en la conversación, es más, ni siquiera se miran entre ellos, saben que están allí, recostados a la acera o contra el poste de La Miscelánea y hablan, las palabras caerán donde deben caer y allí encontrarán oyente. Uno de ellos, por cuarta vez consecutiva, prende el tabaco, mordido húmedo de saliva y a medio quemar. Lo prende por cuarta vez y aspira como si fuera la última vez que lo va a hacer. Está sentado en un banco de madera alto. Con el tabaco entre los dedos, se apoya en las piernas que por la altura del banco están a medio estirar. El hombre aspira el humo, se apoya en las piernas y mira a lado y lado la gente que pasa. Una nube pequeña casi invisible ronda su cabeza. El hombre no espera nada, lo que suceda vendrá bien. Una mujer se acerca y hablan. Se conocen, por la actitud de ambos es evidente que se conocen. La mujer desconcentra al hombre. Se le apaga el tabaco, se para del banco donde esperaba el paso de la gente y se mueve para la otra esquina. La mujer no para de hablarle y perseguirlo, el hombre regresa al lugar inicial, donde estaba el banco, debajo del letrero pero no se sienta, la mujer lo persigue. El hombre incrusta el tabaco apagado en su boca se apoya en las rodillas y aunque la mujer no para de circular alrededor y gesticular, el hombre vuelve a la pose de la espera y con ojos sin ver sigue los pasantes y no escucha a la mujer. La nube pequeña que ronda su cabeza está roja de impaciencia cuando prende el tabaco por quinta vez
208-Nube-2 Otro lugar. Una mujer ocupa el puesto libre a mi lado. La noto atareada. Incómoda. Desde el primer momento se trenza en una lucha silenciosa con el cierre del bolso que lleva sobre las rodillas. El cierre se atranca y no cede, la mujer insiste con fuerza. Sobre su cabeza ronda una nube de tormenta. Poco a poco domina el cierre y logra abrirlo hasta la mitad. La mujer respiró hondo y con la misma mano con que logró la proeza, la derecha, se arregla el pelo y escarba al interior del bolso. Al cabo de unos segundos de buscar a tientas saca una billetera pequeña, la palpa, la siente como la quería sentir. Respira hondo como el hombre del tabaco y aprovecha el respiro para morder las uñas de la mano libre, mientras con la derecha comienza a sacar billetes y a contarlos. No sé cuántos cuenta pero lo hace varias veces hasta confirmar que allí tiene lo que esperaba tener. Devuelve los billetes a la billetera y la billetera al bolso pero no lo cierra, lo aprieta contra su regazo tan fuerte como puede. Mientras estuvo a mi lado mordió las uñas de sus manos, una vez la derecha otra la izquierda, con pequeños lances nerviosos. La nube de tormenta campeó siempre sobre su cabeza
Kilómetro y medio caminé detrás de un hombre que carga una caja sobre sus hombros. La caja es pequeña. Por el cambio de manos y de lado que hizo por lo menos seis veces durante el trayecto deduje que era pesada. En ningún momento el hombre cambió el ritmo. Es de los que piensa que el camino difícil mejor caminarlo rápido, se cansa uno más cambiando de ritmo y de paso cada que la fatiga acosa. Fue lo que alcancé a percibir en la nube que lo siguió sin abandonarlo. El hombre mantuvo su ritmo. Yo, caminando detrás, si cambié el mío en varias ocasiones porque al intentar seguir su marcha como soldados en fila, perdí el paso y tuve que correr o espaciar mis pasos para mantener el suyo. El hombre no cedió. A mitad de camino pensé que iba de afán, que llevaba una encomienda urgente y tenía una hora límite para entregarla. También pensé que tanto peso solo podía ser porque llevaba piedras o, se me ocurrió pensar en algo más extravagante: lingotes de oro. Puede ser me dije, es funcionario de alguna empresa de transporte de valores. Casi al final del recorrido, se detuvo, depositó la caja sobre un muro y tomo un respiro. Pensé que había notado mi presencia. Me detuve también y me disimulé detrás de un árbol con la esperanza de que mi nube, yo también tengo una, no me delatara. El hombre miró para todos lados, menos hacia donde me encontraba. Miró, retomó la caja y siguió su camino con la misma energía. Hubiera podido seguirlo hasta verlo desfallecer y soltar la caja que al chocar contra el piso desparrama lingotes de oro o botellas de vino que no se rompen en todas direcciones
208-Nube-3 Otra calle, otra hora, el mismo día. Veo una mujer de espaldas y sobre ella una nube. Como en el cuento de Arlt, de la nube cae, como una lluvia, lo que la mujer piensa. Caen letras e imágenes, me costó interpretar lo que caía y antes de que se fuera, porque partió inmediatamente después, alcancé a ver una torta, tres velas en letras, y un cuchillo, pero no uno para cortar tortas, era un cuchillo de carnicero. Cuando la mujer se fue, se llevó la nube con ella. Un hombre vino a tomar su lugar. Como mi papel era no mirar a la gente, sino sus nubes, no lo miraba cuando me tocó el hombro. Sorprendido lo miré, vi sus ojos desorbitados, su bigote escaso y sus dientes disparejos a pocos centímetros de mi cara, no sentí su aliento ni el volumen de su presencia. Murmuró algo sobre su hermana y agregó: no tengo plata. Recordé unas monedas que tenía en el bolsillo y se las entregué. El hombre siguió en el mismo lugar como si esperara algo más, como si las monedas no hubieran sido suficientes. Lo miré de reojo para ver qué estaba haciendo. El hombre no me miraba. Yo podía perfectamente no estar allí y su actitud no habría cambiado ni él hubiera ocupado más o menos espacio, estaba allí con cara y figura de anónimo y no esperaba nada, es lo único que, con respecto a él, puedo asegurar. La nube sobre su cabeza parecía de mentiras. Su presencia, su hermana, incluso las monedas que le entregué podrían tener origen en algún “efecto especial” producto de mi imaginación o de la nube que también ronda mi cabeza y quizá alguien ve…
*… Y así como se han formado, en un instante se disipan, y es precisamente en ese instante cuando un auténtico nefelomante debe ejercer su propio arte, para comprender lo que predice la forma de determinada nube antes de que el viento la disuelva, antes de que se transforme en aire transparente y se convierta en cielo… Tomado de “Nubes” cuento de Antonio Tabucchi en “El tiempo envejece deprisa” donde un hombre enfermo enseña a una niña el arte de la nefelomancia que consiste en ver el futuro en las formas de las nubes…

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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, tiene el talento para presentir las nubes sobre las cabezas de otros, incluso sobre la suya. Un medio día bajo un calor infernal no distingue su nube en el reflejo de la vitrina que tiene en frente. Así, bajo la tenaza del calor comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2016

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El irlandés de suroeste

6 febrero, 2016 § 1 comentario


207-Irlandés-1Edward Patrick Duigenan nació en Dublin. Estudió arte. Viajó por el mundo. Llegó a Colombia en 1996 por error, se subió al avión que no era. Ha vivido en varios lugares del país, pero desde hace más de diez años llegó a Jericó, en el suroeste de Antioquia y se quedó. Por sus viajes alrededor del mundo habla varios idiomas y es posible que los hable como habla el español, con los ojos. Suena extraño pero así es. El tono de su voz es bajo, rápido, el acento “anglo” se desliza entre palabras, no lo abandona; sin embargo, lo que domina la expresión y a veces, dicen más, son sus ojos. He conversado con él en dos o tres ocasiones y siempre la sensación de que los ojos complementan sus frases, me acompaña. Es posible que sea porque oigo menos de lo que veo pero la mirada sonriente, inquieta y curiosa, bajo el sombrero trenzado de cinta negra, no solo contribuye a la conversación, se convirtió en la guía de entrada a sus dibujos.
Los vi por primera vez exhibidos en el café Saturia, en una calle de apariencia corta y estrecha, solo de apariencia, cercana a la plaza principal de Jericó. El Saturia es un local estrecho y profundo, pintado de blanco con piso de baldosa en arabesco verde, blanco y granate. Desde la puerta se alcanza a ver el extremo opuesto con apariencia de ramada; una mesa con libros para uso de los clientes es invisible desde allí pero en la misma línea, a la izquierda, se encuentran las mesas para los clientes, una pieza, suerte de almacén con artesanías locales, más oscura que el resto del local, y el mostrador con cafeteras y apliques para la preparación del café.
207-Irlandés-3Sobre el muro blanco a la derecha, que va hasta la ramada, solo interrumpido por un armario restaurado donde se exhiben cerámicas y lo d
ivide en dos tramos, están las obras expuestas. Cuando vi aquellos dibujos por primera vez, no conocía a Edward. Mi mujer y yo entramos al Saturia en busca de un café de esos que allí preparan, era domingo, alrededor de las diez y treinta, quizá once de la mañana. Ocupamos una de las mesas y mientras llegaba el servicio, dos cosas llamaron nuestra atención: la mesa de libros a disposición de los clientes y los dibujos, en marcos como cajas pequeñas, color madera, con vidrio, colgados en el muro blanco frente a nosotros. Eran seis o siete. Los observamos con atención, no me moví de mi puesto, mi mujer fue a verlos de cerca. A tres metros, la distancia que nos separaba, las hojas con troquel de libreta de apuntes, suspendidas cada una en el espacio de su caja me hacía señas, me llamaba. Entonces llegó el servicio, un granizado de café jericoano para mi mujer y un capuchino con licor para mí, Amaretto, lo recuerdo bien. Me tomé un tiempo, quería ver si alguna otra seña venía de las cajas. Probé el capuchino. No hubo más señas. Fui hasta las cajas con dibujos flotando en su interior y me encontré con trazos delgados, cortos, de punta fina: interpretación de aquello que el artista vio. Casas del pueblo, personajes en la plaza, una vista del mercado de fin de semana dibujado con precisión pero con la soltura que impone una mirada entrenada para ver. Lectura del momento, de los personajes y del lugar que pasa por el tamiz de los ojos del artista. Un dibujo llamó mi atención: un toldo de mercado con cachivaches y artesanías en exhibición, solo el trazo, sin sombras, sin otros trazos, apenas el contorno de los objetos, mirados desde un lugar que el espectador no acostumbra. Completa la imagen, el primer plano una silla de esas de plástico, sin presencia.
207-Irlandés-2Pasó un tiempo. Algunos meses. Volvimos a Jericó para el montaje de la exposición en el Museo Maja de un artista que pinta como si viviera acompañado por los maestros del Renacimiento. Ese día, noche, me encontré con Edward Duigenan. No puedo decir que no lo conocía. Conocía sus dibujos y la obra del artista es el artista. Sin que nadie nos presentara hablamos de la obra expuesta, representaciones teatrales en el momento de la quietud justo antes del movimiento. Al día siguiente volvimos, mi mujer y yo al café Saturia y allí estaba Edward sentado a una mesa con su infaltable sombrero, su mirada inquieta y un café en frente. Mi mujer y yo pedimos lo mismo: granizado y capuchino. Conversamos con Edward. Narró con acento “anglo” y palabras que se deslizan hasta perderse al final de las frases sus peripecias por el mundo entero. Ese día me enteré de que había llegado a Colombia en el avión equivocado y que aparte de dibujante también era escultor y actor a la espera, en ese momento, de la selección de actores para una obra. Ocupábamos la mesa desde donde descubrí sus dibujos meses atrás. Las cajas color madera seguían en el mismo lugar pero esta vez con otros dibujos. No esperé que me hicieran señas, fui a verlos de cerca mientras Edward narraba sus ires y venires por el país. Dos de los dibujos llamaron mi atención, eran dos montajes teatrales. A diferencia de la obra que se presentó el día anterior en el Museo Maja, los dibujos de Edward no representaban un momento de la obra sino la instalación de la utilería para la obra. Frente a sus dibujos me encontré en la tramoya del teatro momentos antes del ensayo. En uno de ellos, la fachada de una casa principal, con techo, balcones, puertas entreabiertas y vitrinas es levantada por tres hombres visibles y quizá otros tres que nadie ve, del otro lado, en el revés del papel. Una segunda fachada, en otro dibujo, ya está en su lugar, un personaje tan alto como la casa se disimula en un espacio abierto en el costado. La segunda fachada que fue empujada allí sobre ruedas debe aun ser desmontada por los hombres de la tramoya; los tres visibles en el primer dibujo y otros tres que no aparecen por allí y quizá vendrán en un tercer dibujo que no está listo aun.
207-Irlandés-4

Mientras los miro de cerca, los detalles me asombran, pienso en la función monumental que Edward, quizá se trate solo de mi imaginación, representa en estos dibujos donde reproduce al detalle objetos y personas. Las fachadas se identifican con las de la plaza principal de Jericó. Expuestas en sus cajas, por ahora, son la mirada del artista. Cuando, una al lado de la otra, asuman la forma y el tamaño de la plaza principal y los parroquianos, actores o itinerantes, pasen frente a ellas no harán diferencia entre la plaza de antes y ésta que Edward Duigenan dibujó, porque será igual, será un trampantojo en vivo, una obra permanente no desmontable. Quizá ya están allí y no lo hemos notado. Es posible, me digo entonces, que vivamos rodeados de trampantojos. En todas partes, en este pueblo del suroeste de Antioquia y en otros de otras regiones, incluso en otras ciudades los trampantojos perfectos nos rodean e invitan a la ficción, pero nadie o muy pocos lo notan
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Argumento. Un hombre pinta. Pinta lo que ve en su dimensión natural. Una tarde se encuentra en lo que pinta. Esa tarde comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016

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