¿Un día como cualquier otro?

23 enero, 2016 § 1 comentario

205-Internet-1Las primeras horas no presagiaban nada distinto a un día caluroso con exceso de sol y calor que aplasta, como fueron los últimos días, de las últimas semanas y meses por culpa del “Niño”, el fenómeno climático resultado del calentamiento global y causa de no pocos inconvenientes domésticos, racionamientos de agua, sed de las plantas, incendios forestales, multas por gasto excesivo de agua. Será un día normal, me digo. Estamos en enero y las noches son largas. A las cinco y treinta todavía está oscuro, a las seis apenas empieza a clarear. Troto, una vuelta corta. A las seis y treinta ya está de día y vuelvo a casa. En un día normal, como éste, al cabo de media hora, después de descansar un poco, cambiar la ropa de correr por otra que no es de correr, no me baño aun, eso lo dejo para más tarde, me conecto a Internet para revisar el correo, mirar las ediciones virtuales de los periódicos, leer la reseña de algún libro recién publicado o un cuento de esos que se atraviesan entre pantallazos de virtualidad. Como todos los días, desde hace algunos años, no sabría asegurar cuántos, ¿diez, quince?, navego por el mundo paralelo, busco noticias, entro y salgo de periódicos nacionales para hacer lo mismo con uno que otro español, francés o argentino, incluso gringo. Busco qué, en las últimas horas, ha sucedido con Messi y su equipo o con James y el suyo. Me entero quién murió o quién sigue vivo y dijo esto o aquello. Comienzo a leer un cuento, este día es el primero que Carson McCullers publicó, “Sucker” 205-Internet-2
es su título original pero lo traducen como “Crédulo”. Lo encontré en un lugar donde llegué como se llega a una calle estrecha en cualquier ciudad desconocida. No lo termino, lo dejo para terminarlo en la noche. Reviso cuántos lectores tuvo La Marginalia el día anterior. Vuelvo al correo y respondo un mensaje de mi sobrino, lector y corrector infatigable de Las Marginalias. Ha pasado una hora. Nada anormal. En general así es cada día, con algunas diferencias según lo que encuentre, donde me pierda o el lugar hasta donde me lleve el recorrido por el mundo paralelo. Tomo una ducha, corta, según las indicaciones recibidas para el ahorro de agua en estos tiempos de sequía. Desayuno y me siento de nuevo en mi puesto de trabajo frente a la computadora. Trabajo en mi casa. También puedo decir que trabajo desde mi casa. El mundo real y el virtual están de la puerta para afuera y de la pantalla de la computadora hacía allá, no tengo muy claro hasta donde llega ese “hacia allá”. Solo sé, aunque no alcanzo a imaginarlo, que llega hasta “la nube” y que la nube está en todas partes. Por facilidad práctica buena parte de las cosas que debería tener en el disco duro de la computadora, como archivos de trabajo o personales, cartas, fotos, textos, música, están en “la nube”. Confirmo: “la nube” está en todas partes y en ninguna a la vez. Regreso frente a la computadora y con un simple temblor de “mouse” la pantalla negra se activa en el mismo sitio donde la dejé antes de ir a bañarme. Muevo el cursor del “mouse” hacia una de las pestañas para abrir un periódico que apenas recorrí de reojo y un aviso en letras rojas, enmarcadas por una línea negra gruesa, me anuncia que es imposible lograr una conexión con la página del periódico en cuestión. El aviso sugiere que revise los cables de la computadora y si no encuentro nada anormal que llame a mi proveedor de servicios de Internet. Intento conectarme a otra página y el resultado es el mismo aviso. No me preocupo, imagino un desbarajuste mecánico, si podemos hablar de mecánica en mi computadora y hago lo que siempre he escuchado decir que hacen los ingenieros de sistemas: apagan, esperan y vuelven a prender. Lo hago. Es decir, lo hago por lo menos tres veces, para estar seguro de que soy yo quien apaga y prende la computadora, mía, que se encuentra frente a mí y funciona. Los programas y archivos grabados en el disco duro se abren pero sin conexión a Internet. Pregunto a mi hija que se encuentra estudiando en la pieza del lado si tiene internet y responde que sí. Entonces me preocupo.
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Imagino un virus de esos imposibles de identificar devorando el contenido del disco duro y del pedazo de nube que me corresponde como usuario permanente de la virtualidad; quizá podría decir, como habitante de la virtualidad a la que dedico más tiempo que a la realidad real que me rodea. Y no exagero: tengo más, pero muchos más, por miles se puede contar la diferencia, amigos virtuales que reales. Conozco gente que no me saluda en la acera frente a mi casa pero que apenas me percibe en la virtualidad se manifiesta con un “me gusta” y a veces con algún comentario. Me preocupo, insisto, por lo del virus, uno peor que el “chikunguña” o el “zika” tan de moda y tan mortíferos en los últimos tiempos. Mi hija se fue para la universidad y ya no tengo a quien preguntar o con quien constatar mi falta de acceso al servidor que me vende sus servicios de Internet. Entonces llamo a un amigo. Colega en aquello de trabajar desde la casa, aunque trabajamos en sectores distintos. Después del saludo y de un chiste de circunstancia, siempre hago chistes así, le digo que tengo problemas con mi computadora. ¿Qué pasa? No tengo internet y creo que es uno de esos virus, agrego. Mirá, dijo mi amigo, yo tampoco tengo y estoy retrasado para una reunión por Skype. Cuelgo. No sé para donde mirar. La pantalla terrenal de mi computadora me absorbe, me aspira; las libretas con dibujos, los libros; las cajas pequeñas, tengo tres cerca; los lápices y lapiceros sin tinta; los amuletos que acumulo por pura ironía y los cachivaches que cada vez ocupan más espacio en la mesa de trabajo me miran, aunque no parezca posible, así es, me miran con el desgano de lo terrenal, análogo para utilizar un término técnico, que abandonado se recupera por la fuerza. Incluso el retrato de Marilyn por Andy Warhol que tengo en frente me sonríe con burla en los ojos. El timbre del teléfono me saca del momento incierto. Es un colega. ¿Tienes internet? pregunta sin saludar. No, digo. El daño es generalizado, anunció. Colgamos. Me aferro al salvavidas que en ese momento representa mi celular. La herramienta por excelencia, lo he dicho más de una vez. Me sirve para todo, para escribir, para tomar fotos, para conectarme a internet cuando estoy en un lugar donde no hay. Le funciona todo lo que mencioné, menos Internet. Me siento aislado, ignorado por el mundo.
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Añoro los recorridos por los periódicos, por las calles de las ciudades desconocidas, por los museos; añoro los libros que seguramente no encontraré en ninguna librería cercana; añoro los miles de amigos en las redes sociales a pesar de que la mayor parte del tiempo no me atraen sus conversaciones; añoro con un dolor profundo todo lo almacenado en “la nube”, las fotos y los textos que llevo años guardando. De nuevo el timbre del teléfono. Una voz que no reconozco dice de buenas a primeras: el daño es mundial, no se sabe si un ataque terrorista destruyó los servidores centrales o solo nosotros tenemos el problema. Y cuelga. Reinicio el computador con la fe del incrédulo. Nada. El letrero enmarcado con la línea negra aparece en la pantalla sin vida. ¿Qué voy a hacer? me pregunto. ¿Tendré que volver a lo de antes, a la vida antes de la virtualidad? ¿No podré mandar correos?, ¿tendré que escribir cartas y mandarlas en sobres con estampillas?, ¿tengo plan “be”? Los amigos virtuales que no me saludan cuando me ven en la acera frente a mi casa, ¿me  saludarán ahora que somos otra vez de carne y hueso?, ¿tendré que comprar de nuevo el periódico en la esquina, suscribirme, esperar cada semana el que circula gratis y llega sin falta?, ¿tendré que ir y venir con CD’s o puertos USB de aquí para allá, como antes?, y lo peor, ¿Las Marginalias volverán a circular? Pasa algún tiempo. ¿Cómo vamos a hacer?, ¿será posible vivir sin el otro mundo, sin el paralelo? La pregunta me acosa. La idea de volver al mundo análogo me arrincona. Recuerdo entonces que el amanecer parecía el de un día como cualquier otro…
Argumento. Un hombre se levanta en la mañana, prende su computadora y no tiene internet… así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

 

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