Restaurante de carretera

16 enero, 2016 § Deja un comentario

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No hay nadie. El salón con ventanal de lado a lado de la fachada con vista a la carretera está desierto. Diez mesas para cuatro comensales cada una, arrimadas contra las paredes. Otras tres casi escondidas en la penumbra de un rincón también están desiertas. Es un restaurante de carretera. Son los únicos muebles De vez en cuando un motor se acerca y súbitamente se aleja. Desde la puerta escucho el motor que llega y se va. Una canción romántica viene de lejos y se mezcla con el sonido de los motores. Digo romántica por decir algo pero no distingo si lo es o no, el volumen es bajo y distante. Una mujer redonda, vestida de verde hasta el gorro parecido al de las enfermeras, verde también, me mira entrar disimulada entre una puerta y una cortina al fondo. Con el salón desierto puedo elegir a mis anchas donde sentarme, viajo solo y no tengo obligación de preguntar a ningún acompañante que puesto prefiere, si frente al ventanal, al fondo del salón o en una de las mesas disimuladas en la penumbra. Elijo una en la esquina frente al ventanal con vista sin interrupciones sobre la carretera. La música romántica continúa en la distancia, la mujer gorda y verde aparece a mi lado y permanece allí en silencio. Noto entonces que también lleva tenis de deportista demasiado grandes para sus pies. La miro y ella me mira, no me quita sus ojos de encima. Como las sillas son bajas o quizá ella no es tan pequeña como lo imaginé, me mira desde arriba. Me siento incómodo, simulo arreglar mis pantalones y me pongo de pie, entonces soy yo quien la mira de arriba, sin embargo la pose a la mujer no cambia, continúa en silencio a la espera de que sea yo quien hable. ¿Qué tiene para almorzar?, pregunto. El plato del día, responde la mujer con una rapidez que me obliga a preguntar lo mismo una segunda vez. El plato del día, repite y sus ojos y su cuerpo y sus manos cortas, entrelazadas atrás, permanecen inmóviles en posición de espera. Pedí, entonces, con la misma rapidez, el plato del día. 204-Restaurante-2

Para mi sorpresa la mujer entendió mis palabras y regresó a su puesto entre la puerta y la cortina. Los carros pasaban por la carretera, la canción romántica seguía sonando en la distancia y la mujer redonda y verde permanecía disimulada entre la puerta y la cortina. Me encontré solo en el salón el tiempo de sentarme, sacar el celular del bolsillo y prenderlo, cuando una invasión de voces de todos lados tronó alrededor. Eran voces de gentes que saludaron, preguntaron cómo iban las cosas, dijeron algún recado, se movieron por todos los rincones, las cocinas y despensas con la tranquilidad de quien conoce el lugar. Solo escuché voces, no vi a nadie, me concentré en poner a funcionar mi celular, no me atreví a levantar la cabeza, o quizá sí, pero solo para mirar pasar los carros a toda velocidad por la carretera, desierta como el restaurante. En ese momento dos mujeres, clientes como yo, aparecieron en la puerta del salón, saludaron a la mujer gorda y verde desde la entrada y ordenaron arepas con queso desde antes de ocupar una de las mesas del fondo, de las disimuladas por la penumbra desde donde no se ve la carretera. Entre tanto mi plato del día había llegado y con la intención de observar a las mujeres recién llegadas, sin que ellas lo notaran, me concentré en él. Las dos mujeres eran viejas amigas que hacía tiempo no tenían oportunidad de encontrarse y no pararon de hablar, se cortaron las frases, se interrumpieron, se preguntaron por personajes que ninguna de ellas había visto en los últimos tiempos y consumieron sus arepas. Llamó mi atención que, mientras yo terminaba mi plato del día y las mujeres sus arepas, cambiaron de mesa tantas veces como mesas libres había en el salón. Por último se sentaron en la mesa opuesta a mía, cuando ya no tenían más para comer y sí mucho para hablar. No las vi cuando partieron, la mujer gorda y verde se interpuso entre nosotros. Volví a quedar solo en el salón. En ese momento la carretera ya no era la carretera desierta del principio, una compañía de policía instaló un retén justo al frente del ventanal y comenzaron, en grupos de tres, a detener los automóviles. De repente hubo más tráfico, como si los policías atrajeran automóviles. La carretera se congestionó y los ocupantes de algunos 204-Restaurante-3

carros entraron al restaurante, quizá con la intención de esquivar el retén. El salón se llenó de clientes. Las mesas con vista a la carretera se ocuparon con hombres, mujeres y algunos niños a la espera de la partida de los policías. La mujer redonda y verde no dio abasto para atenderlos a todos, desapareció detrás de las cortinas al fondo del salón y reapareció con dos hombres iguales a ella verdes y redondos, quizá eran dos mujeres, no las distinguí por el gentío. Las voces aumentaron. Los pedidos de todas las mesas al mismo tiempo obligaron a subir el tono incluso de la música que, después de todo, sí era romántica pero no sé decir el título de la canción ni el interprete. Era romántica. Los niños corrieron entre las mesas. Las mujeres fueron al baño. Los pedidos se demoraron. Los hombres miraron el retén de reojo. La pareja que ocupó una de las mesas en penumbra, disimuladas y sin vista a la carretera, abandonó el local porque nadie los atendió, prefirieron exponerse al control. Nadie se ocupó de mí. Terminé mi plato del día. No sé cuanto tiempo después una de las mujeres verdes y redondas recogió los platos, en ese momento constaté que los refuerzos eran mujeres. Le pedí un café y la cuenta. La mujer se alejó, era pequeña y sin expresión como la que vi al llegar. No regresó. Así como apareció el retén, desapareció. Los clientes también se esfumaron tan rápido como aparecieron. El salón quedó desierto. Me levanté, fui hasta la puerta, escuché la canción romántica, esta vez con la seguridad de que lo era, y abandoné el local. Nadie preguntó nada, nadie dijo nada, ninguna de las mujeres verdes apareció por ningún lado. Cuando prendí el motor de mi carro rojo y negro las luces de neón del aviso en la fachada y las del salón se apagaron. Todavía no era de noche, parecía de noche. Entonces tuve la certeza de que no me habían visto…
Argumento. Una carretera solitaria. Restaurantes abiertos pero desiertos. Nada abandonado. Avisos y ventanas iluminadas. Silencio… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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