Ficción, ficción…

30 enero, 2016 § Deja un comentario


206-Ficcion-1El periódico Vivir en El Poblado de Medellín publica en la portada de su edición 562, una obra de Humberto Pérez Tobón. Se trata de una pintura al óleo sobre madera de una de las puestas en escena de El Teatro Leve que Humberto ha trabajado durante los últimos años. Decir “los últimos años” es decir treinta años, quizá más: de trabajo, de estudio; de dibujar, pintar, raspar y volver a dibujar y a pintar; de “ejercicios espirituales” como él llama sus encuentros con los maestros.
No es la primera vez que Humberto Pérez y su obra pasan por estas Marginalias. He seguido su Teatro Leve durante un buen número de años. No tantos como los que lleva creándolo, y, cada vez que voy a conversar con él en su estudio, pero sobre todo a ver en qué parte de los escenarios de teatro, que son sus pinturas o dibujos se encuentra, me sorprende con una, en ocasiones más de una, pintura o dibujo que no había visto. Varias veces me he cruzado con Humberto en la tramoya de El Teatro Leve; varias veces sus pinturas me han llevado por historias que quizá él no imagino iguales, pero sus personajes y situaciones a punto de suceder, sugieren. Así, las historias que él narra en sus cuadros están al origen de aquellas que los espectadores de su obra imaginan. Y no son necesariamente las mismas. Recordemos aquel parlamento de Borges donde sugiere que una ficción siempre lleva a otra.
206-Ficcion-2La pintura que publica Vivir en El Poblado en la portada de esta edición me sugirió, cuando la vi entreverada con otras en su estudio, la narración, en una imagen, de la novela de Heinrich Böll: “Retrato de grupo con señora”. El séptimo personaje del grupo, el último de la derecha, viste una bata sin cintura, verde, es Leni, el personaje principal de la novela. Tal vez fue la máscara, su lugar en el grupo y la posibilidad de relacionarse con los otros, delante de ella, es inminente. El primer interpelado es el hombre a su lado. Se nota incómodo y en una pose que obliga a pensar en alguna forma de rechazo. Leni parece llamarlo, lo agarra por el hombro y el brazo pero él no escucha. Todos ellos, incluido el hombre incómodo, representan los parientes, los amigos, incluso los enemigos de toda calaña con los que ella trajinó durante la preguerra, la guerra y la posguerra. Quizá porque todos tienen “rabo de paja” la evitan o quisieran evitarla y por eso esperan, a pesar de que quisieran no hacerlo, sobre todo en ese filo donde el mínimo descuido o movimiento sin control puede llevar al abismo. El único que delata su posición y busca una explicación al momento es el arlequín, ¿un militante?, que mira sin curiosidad al grupo desde el filo perpendicular que no se une, deja un espacio insondable entre los otros y él. El arlequín ignora a su vecino distraído con algo que llama su atención en otra parte, en otro filo, y no alcanza a ver a Leni detrás de los que esperan. Quizá por eso su actitud es algo desobligada.
La novela de Heinrich Böll es una pintura, valga decirlo, de la Alemania de antes, durante y después de la guerra; y los personajes que de cerca o de lejos se cruzan con Leni son producto, a pesar de ellos, conscientes o cínicos, de los sucesos que revolvieron el mundo durante esos años. La pintura de Humberto Pérez, representa el mismo drama, por eso la rigidez y el silencio de los personajes, porque ya saben que va a pasar, para dónde van; por eso la espera, los ceños dubitativos y el deseo, no expresado, solamente imaginado por ellos y por mí, de no estar ahí, quizá de estar detrás del telón blanco que cubre la parte de atrás de la escena.
206-Ficcion-3A partir de este momento surge una pregunta y se confirma un hecho. El silencio es total. Los personajes no hablan, no se mueven, incluso Leni está quieta, no hay roce de vestidos. Del fondo del abismo no sube ningún sonido. No hay nada allá, es tan profundo que si el eco se aventura por allí no volvería la superficie. Este es el hecho. El interrogante viene del retiro de la escena que no vemos porque la tela blanca, colgada con ganchos de nodriza de un cable extendido a una altura inconveniente, interrumpe la mirada y deja en duda lo que hay allá, al otro lado: ¿un lugar, una situación, un espacio, donde no se produce ningún sonido? O, también es posible, un lugar donde una multitud espera el primer movimiento de los personajes visibles para lanzarse en desbandada, arrasar, salir de la escena y terminar con todo.
Es el momento anterior al conflicto y sus desgracias. Los personajes no conocen aun la relación que existirá entre ellos y el único vínculo posible es la mujer con máscara, Leni. Los otros, los que están delante de la tela blanca y la multitud detrás de la tela, esperan. Lo único que tienen presente es el abismo que se abre a sus pies y el silencio anterior a la tormenta.
Puedo asegurar que Humberto Pérez imaginó una situación distinta mientras dibujaba y pintaba y raspaba y volvía a dibujar y a pintar y a raspar. Es la ficción que lleva a la ficción, que lleva a la ficción, que lleva a la ficción…
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Argumento.
El grupo espera. No habla, nadie habla. Tienen todo para decir pero no lo dicen. Tienen todo para hacer pero no lo hacen… Así, en silencio, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2016


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¿Un día como cualquier otro?

23 enero, 2016 § 1 comentario


205-Internet-1Las primeras horas no presagiaban nada distinto a un día caluroso con exceso de sol y calor que aplasta, como fueron los últimos días, de las últimas semanas y meses por culpa del “Niño”, el fenómeno climático resultado del calentamiento global y causa de no pocos inconvenientes domésticos, racionamientos de agua, sed de las plantas, incendios forestales, multas por gasto excesivo de agua. Será un día normal, me digo. Estamos en enero y las noches son largas. A las cinco y treinta todavía está oscuro, a las seis apenas empieza a clarear. Troto, una vuelta corta. A las seis y treinta ya está de día y vuelvo a casa. En un día normal, como éste, al cabo de media hora, después de descansar un poco, cambiar la ropa de correr por otra que no es de correr, no me baño aun, eso lo dejo para más tarde, me conecto a Internet para revisar el correo, mirar las ediciones virtuales de los periódicos, leer la reseña de algún libro recién publicado o un cuento de esos que se atraviesan entre pantallazos de virtualidad. Como todos los días, desde hace algunos años, no sabría asegurar cuántos, ¿diez, quince?, navego por el mundo paralelo, busco noticias, entro y salgo de periódicos nacionales para hacer lo mismo con uno que otro español, francés o argentino, incluso gringo. Busco qué, en las últimas horas, ha sucedido con Messi y su equipo o con James y el suyo. Me entero quién murió o quién sigue vivo y dijo esto o aquello. Comienzo a leer un cuento, este día es el primero que Carson McCullers publicó, “Sucker” 205-Internet-2
es su título original pero lo traducen como “Crédulo”. Lo encontré en un lugar donde llegué como se llega a una calle estrecha en cualquier ciudad desconocida. No lo termino, lo dejo para terminarlo en la noche. Reviso cuántos lectores tuvo La Marginalia el día anterior. Vuelvo al correo y respondo un mensaje de mi sobrino, lector y corrector infatigable de Las Marginalias. Ha pasado una hora. Nada anormal. En general así es cada día, con algunas diferencias según lo que encuentre, donde me pierda o el lugar hasta donde me lleve el recorrido por el mundo paralelo. Tomo una ducha, corta, según las indicaciones recibidas para el ahorro de agua en estos tiempos de sequía. Desayuno y me siento de nuevo en mi puesto de trabajo frente a la computadora. Trabajo en mi casa. También puedo decir que trabajo desde mi casa. El mundo real y el virtual están de la puerta para afuera y de la pantalla de la computadora hacía allá, no tengo muy claro hasta donde llega ese “hacia allá”. Solo sé, aunque no alcanzo a imaginarlo, que llega hasta “la nube” y que la nube está en todas partes. Por facilidad práctica buena parte de las cosas que debería tener en el disco duro de la computadora, como archivos de trabajo o personales, cartas, fotos, textos, música, están en “la nube”. Confirmo: “la nube” está en todas partes y en ninguna a la vez. Regreso frente a la computadora y con un simple temblor de “mouse” la pantalla negra se activa en el mismo sitio donde la dejé antes de ir a bañarme. Muevo el cursor del “mouse” hacia una de las pestañas para abrir un periódico que apenas recorrí de reojo y un aviso en letras rojas, enmarcadas por una línea negra gruesa, me anuncia que es imposible lograr una conexión con la página del periódico en cuestión. El aviso sugiere que revise los cables de la computadora y si no encuentro nada anormal que llame a mi proveedor de servicios de Internet. Intento conectarme a otra página y el resultado es el mismo aviso. No me preocupo, imagino un desbarajuste mecánico, si podemos hablar de mecánica en mi computadora y hago lo que siempre he escuchado decir que hacen los ingenieros de sistemas: apagan, esperan y vuelven a prender. Lo hago. Es decir, lo hago por lo menos tres veces, para estar seguro de que soy yo quien apaga y prende la computadora, mía, que se encuentra frente a mí y funciona. Los programas y archivos grabados en el disco duro se abren pero sin conexión a Internet. Pregunto a mi hija que se encuentra estudiando en la pieza del lado si tiene internet y responde que sí. Entonces me preocupo.
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Imagino un virus de esos imposibles de identificar devorando el contenido del disco duro y del pedazo de nube que me corresponde como usuario permanente de la virtualidad; quizá podría decir, como habitante de la virtualidad a la que dedico más tiempo que a la realidad real que me rodea. Y no exagero: tengo más, pero muchos más, por miles se puede contar la diferencia, amigos virtuales que reales. Conozco gente que no me saluda en la acera frente a mi casa pero que apenas me percibe en la virtualidad se manifiesta con un “me gusta” y a veces con algún comentario. Me preocupo, insisto, por lo del virus, uno peor que el “chikunguña” o el “zika” tan de moda y tan mortíferos en los últimos tiempos. Mi hija se fue para la universidad y ya no tengo a quien preguntar o con quien constatar mi falta de acceso al servidor que me vende sus servicios de Internet. Entonces llamo a un amigo. Colega en aquello de trabajar desde la casa, aunque trabajamos en sectores distintos. Después del saludo y de un chiste de circunstancia, siempre hago chistes así, le digo que tengo problemas con mi computadora. ¿Qué pasa? No tengo internet y creo que es uno de esos virus, agrego. Mirá, dijo mi amigo, yo tampoco tengo y estoy retrasado para una reunión por Skype. Cuelgo. No sé para donde mirar. La pantalla terrenal de mi computadora me absorbe, me aspira; las libretas con dibujos, los libros; las cajas pequeñas, tengo tres cerca; los lápices y lapiceros sin tinta; los amuletos que acumulo por pura ironía y los cachivaches que cada vez ocupan más espacio en la mesa de trabajo me miran, aunque no parezca posible, así es, me miran con el desgano de lo terrenal, análogo para utilizar un término técnico, que abandonado se recupera por la fuerza. Incluso el retrato de Marilyn por Andy Warhol que tengo en frente me sonríe con burla en los ojos. El timbre del teléfono me saca del momento incierto. Es un colega. ¿Tienes internet? pregunta sin saludar. No, digo. El daño es generalizado, anunció. Colgamos. Me aferro al salvavidas que en ese momento representa mi celular. La herramienta por excelencia, lo he dicho más de una vez. Me sirve para todo, para escribir, para tomar fotos, para conectarme a internet cuando estoy en un lugar donde no hay. Le funciona todo lo que mencioné, menos Internet. Me siento aislado, ignorado por el mundo.
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Añoro los recorridos por los periódicos, por las calles de las ciudades desconocidas, por los museos; añoro los libros que seguramente no encontraré en ninguna librería cercana; añoro los miles de amigos en las redes sociales a pesar de que la mayor parte del tiempo no me atraen sus conversaciones; añoro con un dolor profundo todo lo almacenado en “la nube”, las fotos y los textos que llevo años guardando. De nuevo el timbre del teléfono. Una voz que no reconozco dice de buenas a primeras: el daño es mundial, no se sabe si un ataque terrorista destruyó los servidores centrales o solo nosotros tenemos el problema. Y cuelga. Reinicio el computador con la fe del incrédulo. Nada. El letrero enmarcado con la línea negra aparece en la pantalla sin vida. ¿Qué voy a hacer? me pregunto. ¿Tendré que volver a lo de antes, a la vida antes de la virtualidad? ¿No podré mandar correos?, ¿tendré que escribir cartas y mandarlas en sobres con estampillas?, ¿tengo plan “be”? Los amigos virtuales que no me saludan cuando me ven en la acera frente a mi casa, ¿me  saludarán ahora que somos otra vez de carne y hueso?, ¿tendré que comprar de nuevo el periódico en la esquina, suscribirme, esperar cada semana el que circula gratis y llega sin falta?, ¿tendré que ir y venir con CD’s o puertos USB de aquí para allá, como antes?, y lo peor, ¿Las Marginalias volverán a circular? Pasa algún tiempo. ¿Cómo vamos a hacer?, ¿será posible vivir sin el otro mundo, sin el paralelo? La pregunta me acosa. La idea de volver al mundo análogo me arrincona. Recuerdo entonces que el amanecer parecía el de un día como cualquier otro…
Argumento. Un hombre se levanta en la mañana, prende su computadora y no tiene internet… así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016

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Restaurante de carretera

16 enero, 2016 § Deja un comentario


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No hay nadie. El salón con ventanal de lado a lado de la fachada con vista a la carretera está desierto. Diez mesas para cuatro comensales cada una, arrimadas contra las paredes. Otras tres casi escondidas en la penumbra de un rincón también están desiertas. Es un restaurante de carretera. Son los únicos muebles De vez en cuando un motor se acerca y súbitamente se aleja. Desde la puerta escucho el motor que llega y se va. Una canción romántica viene de lejos y se mezcla con el sonido de los motores. Digo romántica por decir algo pero no distingo si lo es o no, el volumen es bajo y distante. Una mujer redonda, vestida de verde hasta el gorro parecido al de las enfermeras, verde también, me mira entrar disimulada entre una puerta y una cortina al fondo. Con el salón desierto puedo elegir a mis anchas donde sentarme, viajo solo y no tengo obligación de preguntar a ningún acompañante que puesto prefiere, si frente al ventanal, al fondo del salón o en una de las mesas disimuladas en la penumbra. Elijo una en la esquina frente al ventanal con vista sin interrupciones sobre la carretera. La música romántica continúa en la distancia, la mujer gorda y verde aparece a mi lado y permanece allí en silencio. Noto entonces que también lleva tenis de deportista demasiado grandes para sus pies. La miro y ella me mira, no me quita sus ojos de encima. Como las sillas son bajas o quizá ella no es tan pequeña como lo imaginé, me mira desde arriba. Me siento incómodo, simulo arreglar mis pantalones y me pongo de pie, entonces soy yo quien la mira de arriba, sin embargo la pose a la mujer no cambia, continúa en silencio a la espera de que sea yo quien hable. ¿Qué tiene para almorzar?, pregunto. El plato del día, responde la mujer con una rapidez que me obliga a preguntar lo mismo una segunda vez. El plato del día, repite y sus ojos y su cuerpo y sus manos cortas, entrelazadas atrás, permanecen inmóviles en posición de espera. Pedí, entonces, con la misma rapidez, el plato del día. 204-Restaurante-2

Para mi sorpresa la mujer entendió mis palabras y regresó a su puesto entre la puerta y la cortina. Los carros pasaban por la carretera, la canción romántica seguía sonando en la distancia y la mujer redonda y verde permanecía disimulada entre la puerta y la cortina. Me encontré solo en el salón el tiempo de sentarme, sacar el celular del bolsillo y prenderlo, cuando una invasión de voces de todos lados tronó alrededor. Eran voces de gentes que saludaron, preguntaron cómo iban las cosas, dijeron algún recado, se movieron por todos los rincones, las cocinas y despensas con la tranquilidad de quien conoce el lugar. Solo escuché voces, no vi a nadie, me concentré en poner a funcionar mi celular, no me atreví a levantar la cabeza, o quizá sí, pero solo para mirar pasar los carros a toda velocidad por la carretera, desierta como el restaurante. En ese momento dos mujeres, clientes como yo, aparecieron en la puerta del salón, saludaron a la mujer gorda y verde desde la entrada y ordenaron arepas con queso desde antes de ocupar una de las mesas del fondo, de las disimuladas por la penumbra desde donde no se ve la carretera. Entre tanto mi plato del día había llegado y con la intención de observar a las mujeres recién llegadas, sin que ellas lo notaran, me concentré en él. Las dos mujeres eran viejas amigas que hacía tiempo no tenían oportunidad de encontrarse y no pararon de hablar, se cortaron las frases, se interrumpieron, se preguntaron por personajes que ninguna de ellas había visto en los últimos tiempos y consumieron sus arepas. Llamó mi atención que, mientras yo terminaba mi plato del día y las mujeres sus arepas, cambiaron de mesa tantas veces como mesas libres había en el salón. Por último se sentaron en la mesa opuesta a mía, cuando ya no tenían más para comer y sí mucho para hablar. No las vi cuando partieron, la mujer gorda y verde se interpuso entre nosotros. Volví a quedar solo en el salón. En ese momento la carretera ya no era la carretera desierta del principio, una compañía de policía instaló un retén justo al frente del ventanal y comenzaron, en grupos de tres, a detener los automóviles. De repente hubo más tráfico, como si los policías atrajeran automóviles. La carretera se congestionó y los ocupantes de algunos 204-Restaurante-3

carros entraron al restaurante, quizá con la intención de esquivar el retén. El salón se llenó de clientes. Las mesas con vista a la carretera se ocuparon con hombres, mujeres y algunos niños a la espera de la partida de los policías. La mujer redonda y verde no dio abasto para atenderlos a todos, desapareció detrás de las cortinas al fondo del salón y reapareció con dos hombres iguales a ella verdes y redondos, quizá eran dos mujeres, no las distinguí por el gentío. Las voces aumentaron. Los pedidos de todas las mesas al mismo tiempo obligaron a subir el tono incluso de la música que, después de todo, sí era romántica pero no sé decir el título de la canción ni el interprete. Era romántica. Los niños corrieron entre las mesas. Las mujeres fueron al baño. Los pedidos se demoraron. Los hombres miraron el retén de reojo. La pareja que ocupó una de las mesas en penumbra, disimuladas y sin vista a la carretera, abandonó el local porque nadie los atendió, prefirieron exponerse al control. Nadie se ocupó de mí. Terminé mi plato del día. No sé cuanto tiempo después una de las mujeres verdes y redondas recogió los platos, en ese momento constaté que los refuerzos eran mujeres. Le pedí un café y la cuenta. La mujer se alejó, era pequeña y sin expresión como la que vi al llegar. No regresó. Así como apareció el retén, desapareció. Los clientes también se esfumaron tan rápido como aparecieron. El salón quedó desierto. Me levanté, fui hasta la puerta, escuché la canción romántica, esta vez con la seguridad de que lo era, y abandoné el local. Nadie preguntó nada, nadie dijo nada, ninguna de las mujeres verdes apareció por ningún lado. Cuando prendí el motor de mi carro rojo y negro las luces de neón del aviso en la fachada y las del salón se apagaron. Todavía no era de noche, parecía de noche. Entonces tuve la certeza de que no me habían visto…
Argumento. Una carretera solitaria. Restaurantes abiertos pero desiertos. Nada abandonado. Avisos y ventanas iluminadas. Silencio… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2016

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