Silla 3

19 enero, 2019 § Deja un comentario


Toda silla lleva, hasta en su sombra, una historia…

La sombra y el desayuno

La sombra es la premonición del objeto, de la hora, del lugar. Su posición delata una presencia, ahora, ausente. El lugar es el pasillo-balcón alrededor del patio, entreverado por plantas y flores, en el piso bajo de la Casa Rosada en Jericó, Antioquia, donde los desayunos son, eran, excelentes. Digo eran porque suceden eventos, órdenes oficiales o caprichos, que determinan la duración de todo, incluso de los desayunos en la Casa Rosada. La presencia, anterior a la sombra, había terminado el suyo: huevos revueltos con o sin tomate, arepa-tela blanca, tostada y redonda, dos porciones de queso, café jericoano con leche porque pocos lo toman negro y sin azúcar a esa hora, y pandequeso recién horneado para completar. El piso de tablilla revestida por el paso del tiempo y el roce con zapatos de todo material, incluso tacones puntudos, traquea, ¿se queja?, no, se alegra por los visitantes, mi mujer y yo, que llegamos para ocupar la mesa recién abandonada. La sombra obliga un  intento por imaginar al caballero que partió satisfecho, al tiempo de nuestra llegada, y en su partida dejó la silla como la encontramos, recostada contra la mesa: mayor, camisa amarilla y libro bajo el brazo. Lo del libro y la camisa amarilla son detalles del caballero que, en compañía de dos damas, veo cerca de la puerta de salida, también rosada y entreabierta. Sin dudarlo ocupamos la mesa y la silla a la que la sombra pertenece. Don Jaime, el patrón, nos ofrece el desayuno completo. Completo, sí, pero con café negro, doble, y sin azúcar, insistimos nosotros…

Hechos…

Durante la Dinastía Ming (1368-1644), China abrió sus puertas a la llegada de extranjeros que quedaron impresionados por el refinamiento del trenzado con rejilla de ratán en las sillas que utilizaban las familias nobles.

© Saúl Álvarez Lara / 2019

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Silla 2

12 enero, 2019 § Deja un comentario


… Hay sillas en la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso, el hambre, la furia o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará los encuentros con aquellas que se atraviesan, están o solo esperan… 

Se desmorona

Nadie puede sentarse en ella porque se desmorona, decían. Sin embargo durante años estuvo cerca. En los primeros tiempos su puesto fue un lugar visible al lado de los sillones, era como una silla de acompañante, un estrapontin, donde nadie podía sentarse porque el solo intento de hacerlo levantaba las voces de los presentes: “…no, no se siente ahí, esa silla se desmorona…” El único que logró ocuparla fue un muñeco de año viejo, relleno de paja, llegado un treinta y uno de diciembre de La calle de la Madera en Rionegro donde los exhiben y allí se quedó, rígido por la falta de articulaciones, hasta marzo o abril. Año viejo fue testigo mudo y quieto del día a día hasta que cansados de su presencia lo plegamos por la fuerza y lo mandamos a la basura. Si bien se salvó de la quema la noche de año viejo no se salvó de la basura algunos meses después. La silla entonces, volvió a su función original: estrapontin sin ocupante. No tengo memoria de cuando decidimos pintarla de rosado, tal vez para hacerla más visible y al mismo tiempo destacar su posibilidad de desmoronamiento; sin embargo, el tiempo que puede con todo, pasa y está, a la vez, hizo que se diluyera y ya nadie intentara ocuparla, se diluyó tanto que su figura no dejó rastro y cuando llegó la hora de la reforma, una hecatombe indescriptible, desapareció. Nada es eterno y cuando la hecatombe pasó, una reforma es como un terremoto o dos incendios, la silla reapareció maltrecha después de meses de arrume en bodega bajo enseres, como ella, recuperados de la catástrofe. La encontré maltrecha camino de la desaparición y ya, sin disimulo, dejando ver la posibilidad de desmoronarse en cualquier momento…

Hechos. En el siglo XVI la silla se convierte en mueble de uso común, aparecen entonces sillas o taburetes con asiento de paja o rejilla…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Silla 1

5 enero, 2019 § Deja un comentario


… Las sillas están en todo: la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará en los próximos números, los encuentros con aquellas que se atraviesan, están ahí o sencillamente esperan… 

Encuentro a las tres

A las tres de la tarde de este último jueves la vi. El sol picante de tierra fría la golpeaba de frente. La vi desde la calle, llamó mi atención pero seguí mi camino, iba en busca de una ferretería y ella, la silla amarilla con barrotes a manera de espaldar, hacía parte del mobiliario en una cafetería desierta. Me alcancé a alejar unos quince metros pero su figura brillante bajo el sol fue más y regresé; seis mesas con cuatro sillas cada una, iguales pero de colores distintos, llenaban el espacio pequeño duplicado por un espejo del tamaño de una de las paredes de costado. Me vi en el reflejo. Vi, también en el reflejo, a una mujer agachada detrás de la vitrina organizando cajas y paquetes. Saludé. No escuchó, repetí el saludo. Ella levantó la cabeza, miró al espejo y respondió: “buenas tardes”. Quizá pensó que, por el sol, iba a pedir algo para tomar y por eso pareció sorprendida cuando pregunté: “¿puedo tomar una foto de la silla?” Respondió con un “sí” entre dientes. Dejé la silla amarilla allí mismo donde la vi desde el primer momento y tomé una foto con mi celular. Dudé y entonces hice una segunda foto de su reflejo en el espejo. Agradecí a la mujer, no respondió, y salí al sol picante de tierra fría con la foto de la silla amarilla entre mis cruces…

Hechos. En la antigüedad la sillas eran en metal o marfil adornadas con piedras preciosas e incrustaciones en oro o plata, tenían por objeto exhibir el poder de quienes las podían utilizar…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Doce soplos

29 diciembre, 2018 § Deja un comentario


Sucedieron en el dos mil dieciocho. Doce instantes, doce trances, doce soplos. Un soplo es poco. Nada, dirán los que saben. Una pequeña brisa llega, pasa, en ocasiones no deja rastro y cuando lo deja se hace historia. Los días están poblados de ellos. He aquí doce… 

Enero. Llego antes de la hora. Una mujer a mi lado pregunta si los aguacates están para el almuerzo. El aguacatero calla. El lugar de la cita es una terraza de cafetería con clientes. Tres mesas ocupadas por grupos varios; en la cuarta, un hombre solo. El hombre solo toma café y no mueve ni los ojos. Uno de los grupos es de empleados que trabajan; otro, es de jubilados que matan el tiempo y el tercero es de mujeres, también jubiladas, que visten ropa deportiva aunque no parecen hechas para el ejercicio. Mientras espero pasa cerca un personaje que conozco, simula que no me ve y yo también simulo que no lo veo…

Febrero. En la parada de bus una mujer con un matorral tatuado en el hombro hace fila delante de mí. Mientras espera habla por celular. Lo mira, toca la pantalla y lo llevaba de nuevo al oido. Según lo que escucha despega el aparato de su oreja y escribe con un lapicero en la palma de la mano; sostiene el aparato entre la oreja y el hombro con el matorral tatuado; luego retoma el aparato con la mano donde no anotó nada y se lo pega de nuevo a la oreja. Cada ir y venir deriva en la escritura de una frase y una mirada a la pantalla. Sus movimientos son rápidos. Escribe órdenes o tiene poca memoria y libra una lucha intensa con ella. Como no vi su cara, solo vi el matorral, no puedo asegurar nada…

Marzo. Desde mi puesto frente al mural pero un poco alejado veo un flaco muy flaco y muy alto. En proporción a su figura lleva las uñas largas, larguísimas. Uñas de guitarrista. Al lado del flaco alto una pareja de chiquitos que se besa; primero ella besa y él voltea la cara; después él besa y ella voltea la cara; después ella y después él, juegan y se entretienen repitiendo el juego. Detrás de la pareja que juega al beso perdido está el mural que he visto tantas veces y no cambia, los mismos marinos capeando una tormenta en altamar en medio de la noche, llevan años en el mismo lugar y no han cambiado. Cuando los chiquitos se besan, por fin, caigo en la cuenta de que el flaco muy flaco, con uñas largas, muy largas, partió, no lo vi partir y él no vio el beso…

Abril. La mujer en la mesa vecina carga con una pena. Apoya la frente en los puños, derecho sobre izquierdo, cerrados con fuerza sobre la mesa; el resto de su cuerpo recae sobre los brazos también apoyados sobre la mesa hasta los codos. La pena ha de ser grande porque un temblor ligero la sacude a intervalos precisos. Llora y para que nadie vea su pena esconde la cara. Llora de pena. Si sus lágrimas fueran de alegría lloraría con la cara levantada y quizá gritaría, pero no es así, disimula, su pose sobre la mesa esconde las lágrimas. Al ritmo de los vacíos del llanto levanta la cabeza el tiempo de una bocanada de aire, respira profundo y deja caer de nuevo la frente sobre los puños cerrados. La mujer es una papeleta a punto de explotar…

Mayo. El hombre, se llama Juan, le dicen Juancho, mastica y grita. Mastica sin tener nada para masticar y grita las rutas de los buses que llegan a la parada. Juancho vende lotería y en una caja de cartón del tamaño de una “pucha” lleva frascos pequeños donde tiene ungüentos y pócimas. Su principal función es gritar la llegada y salida de los buses que van por la avenida. La lotería y las pócimas son negocios aparte que si se venden, bien; si no, también…

Junio. Caminamos, mi mujer y yo, por un pasillo de almacén desierto. De repente, desde el piso blanco y brillante una forma rectangular, pequeña, con arabescos y la figura de un personaje entre los pliegues me hace señas. Reconocí las formas de un billete pero no su valor. Miré a lado y lado. Mi mujer pasó sin verlo. Alrededor no había nadie. Recogí el envoltorio y lo puse en mi bolsillo con la inquietud de que alguien me reclamara lo que recogí. Eran dos billetes de cincuenta mil pesos cada uno. Lo constaté al girar en la esquina siguiente del pasillo y deshacer el envoltorio…

Julio. Sobre la silla hay un vaso con agua hasta la mitad. Me pregunto si está medio vacío o medio lleno. Un vaso medio vacío es la representación de la ausencia. Medio lleno insinúa una presencia. A pesar de que representa instantes opuestos, su interpretación no depende de él, depende del momento, el lugar, quizá la hora. No es lo mismo un vaso lleno o vacío hasta la mitad al medio día que a media noche; no es lo mismo en un lugar publico que en uno privado; tampoco es igual sobre una mesa que sobre un asiento…

Agosto. El hombre está desesperado, ocupa un taburete vecino y mira con insistencia a la mujer que coordina el desplazamiento de los que esperan. Es mayor, sin pelo y por su posición incómoda, el hombre tiene poca, mejor, ninguna paciencia. La mirada fija en la mujer que coordina demuestra su intento por intuir el movimiento que sigue; el tamborileo en el borde del taburete es síntoma de impaciencia. La mirada fija, la necesidad de influir en la situación y el rechinar de dientes que no puede dominar son evidentes. El hombre no domina su impaciencia. Yo tampoco la mía…

Septiembre. Un hombre joven con peinado engominado, en puntas, se acaricia la nuca con la mano izquierda mientras lee un documento extenso. Le tomo una fotografía con mi celular. De repente un viento hace volar las hojas que tiene organizadas en dos arrumes sobre la mesa. No sabe qué hacer, no se decide entre proteger con los brazos extendidos los papeles que aun quedan sobre la mesa o recoger los que ya volaron en todas las direcciones, un dilema que el hombre no supo decidir y los papeles volaron…

Octubre. Sistema, lo llaman, levanta muros insalvables en lugar de hacerlos accesibles. Su esencia, la tecnología, es con frecuencia esquiva a pesar de que parece fácil y está en manos de todos. Las barreras que Sistema impone se presentan sin previo aviso: borra el archivo, corta la voz, lo domina la fatiga, abandona sin previo aviso; y en lugar de facilitar la cotidianidad, hace el día a día inabordable porque nadie o muy pocos saben dónde está o por qué desaparece a pesar de que la ventaja, entre comillas, de tenerlo cerca está en que ahora el acceso a todo lo que se dice y no se dice, se hace y no se hace, se come y no se come está a un click de distancia.

Noviembre. Llueve. Cerca del medio día el cielo se vino abajo. El aguacero se largó y mojó lo que había en su camino. Las nubes venían cargadas y cuando ya no pudieron más, el agua se dejó venir en goteras que crecieron hasta convertirse en chorros. La imagen de una llave abierta es lo más cercano, una llave abierta con salida a presión. Llovió, porque es época de lluvias, porque es el día de los muertos, porque tenía que llover, porque ahora llueve cualquier día en cualquier época sin avisar…

Diciembre. Desde un sillón al borde del pasillo por donde pasa gente sin interrupción veo la vitrina donde suspendieron un taburete Thonet pintado de rojo a la altura de quienes pasan. Sucede entonces algo particular. El taburete abandonó su esencia original a pesar de que conservó la figura de Thonet, dejó de ser taburete para convertirse en algo que no es taburete, tampoco avión, tampoco nube: es el origen de una historia, de un personaje, de un drama. Ahora es lo que no era antes…

Argumento. En el 2019 ¡Sí!

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018