Tres en uno

21 octubre, 2017 § Deja un comentario


Tres personajes. El dibujo que los ilustra se construye a medida que esperan y los convierte en uno…

A diez pasos no la vi. A cinco pasos la vi. Blusa roja con arabescos oscuros, pantalón azul y zapatillas quizá negras. La vi recostada contra la pared en pose de espera. Espera el bus, supuse, aunque donde estaba no era una parada de bus. Tenía pose de espera. Como todo el mundo, o como casi todo el mundo, estaba concentrada en el celular y los tres buses que se arrumaban contra la acera para recoger pasajeros, los buses recogen pasajeros en cualquier parte, no eran su problema, estaba concentrada en el celular. Era media tarde, nubes bajas, grises, pesadas, amenazaban lluvia. El clima era húmedo, frío, para las temperaturas que se viven en general a esta hora de la tarde, sin embargo yo tenía frío. La mujer, por su pose, soportaba bien el clima, en apariencia. A tres pasos, despegó la cara del celular y miró más allá de mí, a mis espaldas, en busca de una señal, seguramente del bus que esperaba. Entonces noté su cara congestionada, pensé que había exagerado con el maquillaje, el colorete en la mejillas y los labios rojos apretados en una mueca de desidia. El pelo desordenado, lo vi en ese momento, y cogido en una cola atrás la hacía ver como rescatada de la influencia de un ventilador. Con el celular entre las manos a la altura del pecho miró más allá de mí, no me vio, en busca de lo que esperaba ver. Entonces noté la fatiga de quien lleva tiempo esperando. A dos pasos, su ojos, cuando bajaban en busca de la pantalla del celular se cruzaron con los míos. Entonces vi que el colorado de su cara no era resultado de un exceso de maquillaje y que el desorden del peinado tampoco era obra de un ventilador. El contorno de sus ojos era oscuro y tan desordenado como su peinado, si en algún momento hubo maquillaje habían trato de borrarlo y el negro de las pestañas y las rayas que delimitan los ojos habían perdido forma. Sus ojos eran dos manchas negras donde solo era visible el cristalino no tan cristalino quizá opaco, húmedo, un poco colorado, las pupilas en el centro, negras, redondas, grandes, desesperadas que esperaban ver lo que no habían visto hasta ese momento. Las lágrimas inundaban esos ojos. Entonces comprendí que la expresión de la boca era el resultado de las lágrimas. Pensé en detenerme, fue solo un segundo, pero lo pensé. A un paso, una sombra enorme se aproximo por mis espaldas y la mujer, en un solo movimiento, se atravesó en mi camino me empujó con el brazo me obligó a detenerme y sin esperar que se detuviera saltó al bus que llegaba; el chofer al verla ya arriba, tampoco se detuvo. El empujón me hizo caer la bolsa roja del mercado que llevaba. Dos o tres paquetes quedaron sobre la acera, los recogí antes de que otros pasajeros caminaran encima de ellos, me repuse de la aventura y quise ver si el bus no estaba lejos y podía por lo menos ver que la mujer había encontrado un puesto, pero el bus ya había desaparecido entre los otros que se arrumaban contra la acera a pesar de que no era un lugar de  parada…

El hombre es pura fibra. Lleva sombrero que le tapa la cara de los rayos del sol y también protege sus ojos cuando duerme disimulado entre ramas o recostado a un tronco de árbol. El personaje no es joven pero tampoco es viejo y como ha pasado buena parte de su vida al aire libre y en tareas de esfuerzo físico su figura es, lo dije, pura fibra. En algún momento de su vida debió sudar al calor del sol y del esfuerzo, ahora no suda, un exagerado diría que el sudor se le quedó adentro. Decidió no hacer más. A partir de entonces pasa los días simulando que hace pero no hace. Un esfuerzo infinito, seguramente más dispendioso que hacer. El sombrero sobre la cara, para disimular la intención, le permite ver sin ser visto, incluso oír sin ser oído. El sombrero parece suficiente descripción, el resto: su cuerpo y estatura son corrientes; lo distingue una lentitud exagerada al mover los brazos, al dar un paso, al levantar la cabeza, incluso al mirar sus ojos van despacio de un punto a otro. No hay afanes, no hay carreras, nada trastorna el ritmo impuesto por la idea imposible de hacer nada. Para hacer nada hay que ejercitarse, es difícil: mirar ya es hacer algo. Hacer nada es un ejercicio que pocos logran y según he podido observar el hombre que es pura fibra con sombrero lo ha logrado. Si se lo preguntara seguramente me diría que el secreto está en la cadencia. En las cadenas de producción manuales lo importante era mantener la cadencia, si por alguna razón la cadencia decaía, la producción también decaía. En el caso de pura fibra con sombrero no hay producción de por medio, entonces la cadencia que su idea de hacer nada imponga es suficiente. Hacer nada es una cuestión de cadencia para poner un pie delante del otro, para subir un brazo antes que el otro o para desviar la mirada de un objeto a otro. Cadencia y disimulo, casi mimetismo, se sostienen y se reemplazan. El personaje es un camaleón que pasa los días esquivando todo. ¿Será posible que tampoco piense en nada?, ¿que sea capaz de poner la mente en blanco y abstraerse de todo?, ¿será capaz? Cuando lo miro caminar paso entre paso disimulado bajo su sombrero dudo; a veces dudo de que sea él quien va protegido por el ala del sombrero, dudo también de que camine, es posible que se deslice. Hacer nada, conservar el sudor por dentro o pensar nada, no sé aun si son ventajas o desventajas. Es claro que nada de eso se hace de la nada…


Hago fila detrás de un flaco, muy flaco, con barba también flaca que enmarca una cara aun más flaca. 
Se ve tan flaco, me digo, porque lleva gafas de vidrio grueso y montura que aprieta su cara para sostener los vidrios, aun más gruesa; además, el corte de pelo a la moda, rapado a los lados y alto encima parece más alto porque los pelos peinados hacia atrás no obedecen y se van en todas las direcciones, más para arriba que para los lados; la apariencia de matorral en la cabeza lo hace ver más flaco aun. Lleva un bolso de correa gruesa, bolsa profunda sin forma y de apariencia pesada que cae desde los hombros hasta más abajo de las rodillas. El cuerpo flaco es el eje que sostiene la cabeza con pelo en punta, las gafas que aprietan, la barba que enmarca, toma el lugar del cuerpo y llega como una línea perpendicular hasta los pies. El flaco es una línea oscura vertical sobre una base estable, no muy amplia pero suficiente. Hago fila detrás de él. La fila no se mueve, él no me ve, me encuentro en uno de los puntos a los que sus ojos no llegan, se tendría que girar ciento ochenta grados para verme y no lo hará, está ocupado, habla, se queja, con una mujer que se encuentra delante de él en la fila. No escucho lo que dicen, él habla, ella escucha, asiente, escucha, dice una que otra palabra, monosílabos: sí, no; levanta los ojos, el bolso que lleva en la mano pesa y el peso le dificulta levantar la mirada, sin embargo los levanta y mira al flaco, a la línea, diría yo y balbucea un sí. La mujer es más baja que él. Lleva un vestido de flores azules que la hacer ver más gruesa de lo que verdaderamente es; no es tan flaca como él, tiene suficiente carne para que el vestido le quede estrecho y deba acomodárselo cada dos o tres monosílabos. De un momento a otro escuché con claridad la voz de la mujer que dijo: “… y por qué no va hasta las máquinas que están allá…” El flaco, la línea, mira hacia donde la mujer señala. No esperé que hiciera nada, para qué iba a ir hasta el otro lado del hall a hacer la fila frente a otras máquinas si ya la estaba haciendo frente a una que le había tomado buena parte de su tiempo. El flaco, la línea, se dejó convencer y fue hacia donde indicó la mujer; antes, claro, la comprometió a que si tenía que regresar ella le guardaría el puesto. Ella respondió que no había problema. Por supuesto que para ella no había problema, nadie cuida un puesto a sus espaldas. Se compromete uno a cuidar un puesto delante de uno, por gentileza, por civismo y convivencia, pero detrás, después de que uno deja la fila puede pasar con ella lo que sea, ya no es el problema de uno. Sin embargo, la mujer aseguró al flaco, la línea, que se lo cuidaría. Y yo escuché. Si uno abandona una fila, abandona un puesto. He discutido el tema en filas anteriores y la mayoría está de acuerdo con mi posición. Ahora, frente al caso evidente de abandono del puesto, con la mujer que lo cuida delante de mí, el puesto del flaco está entre ella y yo, me dispongo a hacer cumplir uno de los deberes elementales a que estamos obligados cuando vivimos en comunidad: respetar el espacio de los otros; si abandono mi puesto y no he pedido el favor de cuidarlo a la persona que está detrás de mí, la que está adelante no tiene ninguna potestad sobre el lugar abandonado. En fin. Si el flaco, la línea, regresa, muy gentilmente, le haré entender que su puesto está, en ese momento, al final de la fila. Y listo. Imposible que él no lo entienda. Me preparé. Ensayé una o dos formas de iniciar la protesta. La fila avanzó hasta hacer que la mujer del vestido de flores azules estrecho quedara de primera y que detrás de mí, segundo en ese momento la fila se extendiera en diez o más personas que protestarían, con razón, si el flaco, la línea, aparece a ocupar su puesto de nuevo. El flaco regresó segundos antes del que llegara el turno a la mujer y yo no dije nada y nadie en la fila dijo esta boca es mía. Como el hombre es tan flaco, solo una línea, nadie lo había visto…


Argumento.
 Tres personajes: una mujer que espera, un hombre que es pura fibra y un flaco que hace fila. Tres personajes que tienen poco o nada en común. No se conocen y tampoco se han visto. De un momento a otro se cruzan. ¿Qué pasaría entonces…? Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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El brownie y la magdalena

14 octubre, 2017 § Deja un comentario


Es temprano y aun no he desayunado. Es viernes. Voy a cumplir una cita y tengo tiempo, algo más de media hora. Camino por las calles arborizadas de la Zona Rosa, así llaman el barrio aunque no es su nombre original. A lado y lado, casas que en otras épocas fueron de habitación ahora son almacenes, oficinas o restaurantes. Poca gente vive por aquí en estos tiempos, los que vienen, vienen a trabajar, a celebrar o desayunar, como yo. Busco un lugar donde tomar un café y comer algo. En una de las calles, detrás de los árboles que la bordean veo fachadas de locales cerrados. Es temprano. La noche anterior llovió y a pesar del sol mañanero, como de tierra fría, el tiempo es húmedo. No todos los locales están cerrados, alcanzo a ver uno abierto en la acera del frente, una terraza casi desierta, con piso de madera. Solo una mesa con un hombre doblado sobre ella como si durmiera pero no duerme. Las otras mesas, cuatro, están libres. En el interior veo algo de movimiento pero dudo, por la penumbra y el brillo de los ventanales el local parece vacío, solo una silueta vestida de negro es visible en el marco de la puerta. Paso la calle, subo a la terraza, tres escalones cortos, camino cuatro pasos en dirección al interior y me encuentro frente una vitrina con bizcochos, tortas, croissants y brownies. La silueta vestida de negro es una de las jóvenes del servicio: pequeña y menuda, el vestido negro la hace ver más menuda, el peinado cogido en cola de caballo y la sonrisa al punto. Me indica un lugar en el interior donde hay dos mesas ocupadas, una por cuatro personas y otra por una pareja…Prefiero en la terraza bajo el alero que protege del sol mañanero, le digo. La joven me mira, la pregunta qué deseo tomar o comer está en sus ojos. Dudo mientras miro la vitrina. Ella sugiere entonces que ocupe la mesa. Me llevará la carta con las posibilidades de desayuno. Dudo otra vez. Considero los bizcochos y las tortas y los brownies en la vitrina. Por alguna razón que en ese momento ignoro los brownies me hacen señas, me llaman. Digo a la joven, silueta vestida de negro, que tomaré un café grande, sin azúcar, bien caliente y un brownie. Un café americano, dice ella que no parece sorprendida por mi elección; si ella hubiera tenido que elegir, quizá también hubiera preferido el brownie. Ocupo la mesa en la terraza. La angustia de la falta de desayuno sube y baja, me atrapa, el sabor sin sabor es intenso. Espero que la joven, silueta vestida de negro, lo haya notado y se de prisa. Desde mi puesto miro con algún esfuerzo el hombre doblado sobre la mesa que está casi a mis espaldas. Parece que duerme pero no duerme está concentrado en su celular, no se mueve ni manda mensajes y tampoco los recibe, está doblado sobre el aparato, las manos en reposo a lado y lado y un poco más allá o más acá, en mi dirección, una taza donde tal vez hay café. Mi silla está al lado del ventanal y lo primero que veo después de verificar que el vecino no duerme, es mi reflejo en el vidrio y más allá, en una mesa igual, paralela, la pareja que espera. Los otros clientes se pierden entre la penumbra del local y los reflejos del ventanal. Entonces llegan el brownie y el café. Es bonito, quiero decir, la composición del brownie en forma de montaña mezcla de chocolate, nueces, harina de color café oscuro, como la tierra abonada, en una esquina del plato blanco, cuadrado; al pie de la montaña, casi rozando su base, un juego de líneas de chocolate a la manera de un campo arado son complemento perfecto para un paisaje…
Fue lo primero que vi. Un paisaje enmarcado en un espacio blanco. Cuadrado y blanco. La imagen que sugirió el plato me llevó a paisajes que David Hockney pintó en los años sesenta y setenta; faltan seguramente algunas líneas de color y una que otra mancha roja o gris o azul, pero la composición, la luz y el momento pertenecen a aquellos paisajes. El brownie, la montaña, espera. Hago el primer corte de cuchara, tímido. Pruebo la montaña, entro en el paisaje. La sensación es inesperada, el brownie se deshace en la boca y el sabor del chocolate y la nuez desplazan el sin sabor anterior. Tomo un sorbo de café. Hago un nuevo corte, aun tímido, y pruebo un segundo bocado, la sensación es la misma, repetirla la hizo más intensa. Miro mi reflejo en el ventanal y más allá de la satisfacción del momento veo la pareja que también recibió su pedido, no son brownies, ellos se decidieron por huevos, pan, café, mantequilla y el resto del desayuno de la carta. En comparación con la lentitud con que el brownie, montaña y paisaje, cambia de forma, la cuchara lo disminuye o lo amplía, la pareja al otro lado del ventanal come rápido. En el tercero o cuarto corte de cuchara en el brownie, paisaje y montaña, ellos han terminado. A medida que avanzo, como reconociendo el terreno algunas harinas accidentan la textura cuadriculada. Intento recordar un sabor similar, un sabor que se mezcle con el tiempo…
Entonces aparece la galleta que la madre de Proust le ofreció una fría mañana de invierno. La magdalena. “… En el instante mismo en que el sorbo de té mezclado con la magdalena toca mi paladar, tiemblo. Algo extraordinario sucede. Un placer delicioso me invade sin saber cómo y los acontecimientos de la vida son indiferentes, sus desastres inofensivos, su brevedad irreal. Esa esencia preciosa no está en mí, esa esencia soy yo…”, escribió Proust acerca de su encuentro con la magdalena en Combray aquella mañana fría de invierno. La magdalena trajo sentimientos venidos de otros espacios de la memoria, lo mismo sucedió con el brownie esta mañana húmeda de nuestro invierno. La coincidencia hizo que en el brownie se encontraran el paisaje que Hockney pintó hace más de cincuenta años y la sensación de esencia preciosa que no está en mí, que, como escribió Proust, soy yo, mientras se deshace en la boca. Hago la comparación, desigual por supuesto, entre el paisaje de Hockney, la magdalena de Proust y el brownie en el plato frente a mí y encuentro que tienen todo en común. Los recuerdos son así, van y vienen sin preguntar. Parroquianos nuevos llegaron a las otras mesas de la terraza, los veo concentrados en sus celulares. Cuando se acerca la hora de mi cita, estoy a punto de desplazar la montaña, de terminar el brownie, de redibujar el paisaje. Con el último corte, la montaña, brownie, no habrá desaparecido, quedarán algunas harinas. La textura cuadriculada en el lugar del campo arado se mantendrá y el paisaje 
quedará con la huella de los acontecimientos que Proust presintió cuando la magdalena se deshizo en su boca
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, se sienta a una mesa y espera. El plato que le sirvan será una sorpresa para los sentidos… Mientras espera, recuerda sabores y aromas y, por supuesto, lugares… Entre uno y otro, espera y recuerdo, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Experimentos con la “llamada realidad”

7 octubre, 2017 § Deja un comentario


La Marginalia que circula hoy, sábado 7 de octubre, es la misma que debió circular la semana pasada. Lleva el mismo título: Experimentos con la “llamada realidad”. No circuló porque “la llamada realidad” levantó frente a mí un muro imposible de franquear e impidió su publicación. Quizá  sintió que algo le iba pierna arriba. No lo sé. La misma Marginalia, con este corto introito circula hoy. “Experimentos con la verdad” es el título de un libro de Paul Auster, mezcla de cuentos, entrevistas y ensayos. Es, dicen, pieza clave en el rompecabezas donde literatura y vida, verdad y ficción, tienen lugares importantes. Quizá la “verdad” del experimento de Auster se puede equiparar con la “realidad” entre comillas de la que tanto habló Vladimir Nabokov o también con la “llamada realidad” que Imre Kertész puso en boca de Keserü el personaje de “Liquidación”. Me parece, y lo he repetido aquí mismo, que la realidad es el resultado de nuestras ficciones: de tanto repetirlas, soñarlas, vivirlas se convierten en “la llamada realidad” con cuerpo, aroma, textura e incluso tiempo. He aquí algunas de ellas a manera de experimento…
… Ocho mesas redondas, pequeñas, para tres. Cinco ocupadas. La primera está libre. En la segunda, una mujer joven de pelo largo, teñido o desteñido, come salpicón, chatea y habla por celular a la vez; una botella de agua a medio terminar espera en el centro de la mesa. Un hombre de edad promedio ocupa la primera mesa, la que estaba libre; disimula un suéter blanco sobre sus piernas casi debajo de la mesa y se tapa la cara con las manos. La tercera mesa estuvo desierta pero una mujer de quien solo veo la cabellera y el movimiento rápido de un tenedor entre la mesa y la boca, la ocupa súbitamente. En la cuarta mesa, mientras dos mujeres y un hombre comen en silencio, se parecen, algún parentesco debe haber entre ellos, no se hablan ni se miran. Otra mujer mayor con camisa azul se sienta frente a la que ya ocupa la tercera mesa. En la fila paralela, una pareja ocupa desde hace ya un buen rato la quinta mesa, comen y hablan, gesticulan, comen y hablan, por el tiempo que llevan allí, gesticulan, comen y hablan, despacio. En la sexta mesa una mujer y un niño, la mujer viste la camisa de un equipo de fútbol y el niño no.  La mesa siete está ocupada por una mujer sola que mira el vacío y tiene el celular pegado a la oreja. Tres personas, dos mujeres y un hombre, y un arrume de morrales y carteras ocupan las cuatro sillas de la octava mesa. El sueño me domina, cierro los ojos, mis párpados pesan, duermo, cuando los abro casi todo ha cambiado. El hombre de la primera mesa sigue ahí y ya no se tapa la cara con las dos manos. En la segunda mesa hay un niño; si se sienta bien en la silla, sus pies no tocan el piso, está solo. En la tercera mesa una mujer con los brazos cruzados espera. En la cuarta  mesa no queda nadie de la familia, ahora la ocupa una mujer morena. La pareja de la mesa cinco y una tercera persona, mujer, vestida de rojo esperan, no hablan, callan y miran el centro de la mesa. En la mesa seis un joven con los costados de la cabeza rapados come, abre una boca inmensa para cada bocado. En la mesa siete una pareja joven se mira y sonríe, no habla solo sonríe. La mesa ocho está desierta. Todo esto en menos de una hora…
… Salgo a la calle, es temprano, a pesar de que no estamos en época de lluvias el tiempo es húmedo, llueve en las noches y al amanecer deja de llover, la humedad se mantiene hasta media mañana cuando sale el sol y la temperatura sube; al final de la tarde ya hemos pasado por la zona de calor del día, la humedad reaparece y llueve, se repite el ciclo. Salgo a la calle a una hora en que la humedad no ha cedido el paso al sol y hay nubes, pero no de lluvia. Llego a la esquina donde un hombre me hace señas para que me acerque, me acerco; el hombre pregunta una dirección. No sé, respondo, sin embargo le indico una calle y le aseguro que allá encontrará quien lo guíe. Camino hasta la parada de buses y espero. Pasa el tiempo. Frente a la parada pasan buses con destinos que no me convienen, pienso que hace tanto tiempo que no hago este recorrido que es posible que la empresa de buses haya desaparecido. Con retraso, después de ver pasar un buen número de otros buses llega el esperado. Soy el séptimo pasajero. Escojo la banca detrás de una pareja. Con más de la mitad de los puestos libres supongo que van juntos pero después de algún tiempo me doy cuenta de que no; algunas paradas más adelante el hombre baja y después en la siguiente parada, baja la mujer. Casi van juntos, me digo, una parada los separa. Tomo fotos de los dos, desde mi puesto tomo fotos de sus cabezas, de la parte de atrás de sus cabezas, el lado escondido de sus cabezas, para ellos. En los puestos libres se sienta otra pareja, estos si van juntos aunque no son pareja, ella es muy joven, él muy mayor. Ella lee un libro, él mira por la ventana; también tomo fotografías de la parte oculta de sus cabezas. Dos paradas más adelante sube un hombre joven y grande demasiado grande, debe subir agachado y como no se puede mover en el pasillo ocupa un puesto detrás del chofer. Hago varias maromas, entre ellas quitar el volumen a mi celular para que no haga ruido en el momento de la foto. Entre el espacio que dejan las cabezas de la pareja que va en la banca de adelante tomo la foto del joven demasiado grande. Poco antes de llegar a mi parada me levanto y voy hasta la parte delantera, al espacio entre la barrera que separa el chofer de los pasajeros y el puesto donde está el joven grande; veo entonces que tiene los brazos tatuados con figuras sacadas de un catálogo de imágenes de uso libre; tiene tatuados balones de fútbol, raquetas de tenis, pelotas de golf, aviones de juguete, palmeras de mentiras, grupos de nubes; son tantas las figuras que tapizan sus brazos que decido tomarle una foto; me sostengo en equilibrio, saco el celular, abro la cámara y en el momento en que voy a tomar la foto, sin que él se de cuenta, claro está, el bus hace una maniobra, pierdo el equilibrio y voy a chocar precisamente con el joven grande; pido disculpas y bajo del bus. No hubo foto, sin embargo la curiosidad del por qué un tatuaje que cubre los dos brazos en su totalidad está concebido con imágenes de catálogo comercial me intriga, debe ser el único…
… Llego al lugar de la cita con cerca de una hora de anticipación y voy a la librería, está cerrada. Desde la vitrina veo los últimos títulos. Me atrae un libro de cuentos de Junichiro Tanizaki y otro de Roberto Burgos Cantor, sin embargo agradezco que la librería esté aun cerrada porque hubiera querido comprar alguno de esos libros y no tengo con qué. El lugar de la cita es un café que muchos toman por oficina. Las mesas están ocupadas. Hago fila para tomar un capuchino. Me preguntan si tengo puntos, respondo que sí. Es un lugar difícil, todo el que llega espera encontrar una mesa y el que la encuentra no la libera más. Veo gentes que ocupan dos mesas, conversan de una a otra y no consumen nada, teclean en sus celulares; y otros que pasan tanto tiempo frente al mismo café sin terminarlo que deben acercarse al mostrador para que se lo calienten. Hago una fila que no es una porque veo parroquianos que llegaron después y recogieron su servicio antes, quizá no me ven o me ignoran, me debería acostumbrar, pero no lo logro. Digo a la mujer del servicio, joven y redonda, que es el capuchino más demorado que me he tomado en la vida. A pesar de la demora o por culpa de la demora cuando tengo mi capuchino en mano una mesa en el centro del salón se libera. Logro ocuparla. Es redonda, pequeña, para cuatro personas un poco estrechos, solo dos sillas. A mi izquierda hay una pareja, él chatea, ella toma café a sorbos cortos y mira al frente, por momentos sostiene el pocillo a la altura de su cara y mira un punto indefinido al otro lado más allá del límite de las mesas. Por momentos, hace gestos a su acompañante, son gestos de aprobación o rechazo, quizá de aprobación; el hombre chatea entre sorbos y solo mira a la mujer cuando necesita su opinión. A la derecha hay un hombre solo, en una mesa idéntica a la mía, si estuviéramos juntos su puesto sería frente a mí; el hombre viste el uniforme de moda: bluyines rotos, tenis blancos, camiseta con letreros, barba de tres días y pelo aun más corto; chatea y habla por celular; chatea y habla. En las otras mesas hay, en general, de a tres personas que hablan o escuchan; en todas hay celulares y computadores portátiles abiertos. Me encuentro con la persona con quien tengo cita. Hablamos del tema de un encuentro que vamos a tener en los días siguientes. Después salgo a buscar el bus. Contrario a lo que sucedió en el bus anterior éste pasa pronto, sin embargo un pasajero que subió en la parada siguiente a la mía se quejó con el chofer por la demora y se sentó en la banca más cercana al chofer; el quejumbroso, lo llamaré así, es el primer pasajero ven los que suben después.
En la parada siguiente subió otro pasajero: mayor, flaco, con pelo blanco peinado hacia atrás. El quejumbroso desde su puesto detrás del chofer habla al recién llegado como si lo conociera de antes. El nuevo pasajero no pensó que el otro hablara con él y no le prestó atención pero fue tal la insistencia que terminó por sentirse aludido; aludido pero extrañado porque no esperaba la andanada de saludos y frases, y también porque fue evidente en ese momento que no conocía, nunca había visto al quejumbroso. Así que no hubo conversación y el recién llegado siguió hasta el fondo del bus. La situación se repitió con todos los pasajeros que subieron de esa parada en adelante. ¿“Vas a ir al paseo el domingo”? es la pregunta que el quejumbroso hace de buenas a primeras a todos los que suben al bus y ninguno, claro está, sabe de qué paseo habla, ninguno responde, lo ignoran y siguen a buscar un puesto lejos de él. Hasta que uno respondió, se sentó a su lado y entonces el quejumbroso no volvió a callar, habló y habló y habló de paseos y personas que el que se sentó a su lado no conocía…
Argumento. Me cruzo en la calle un hombre con descripción de personaje de novela. Recuerdo, entonces, he aquí la coincidencia, una novela donde su autor sufre vacíos cuando descubre ser el personaje de una trama que se cierra cuando el lector del libro, donde él es el personaje, deja de leer. La coincidencia, la novela en la novela, me obliga entonces a seguir el personaje con quien me cruzo. Nadie sabe dónde salta la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

El corredor de la cachucha verde brillante

23 septiembre, 2017 § Deja un comentario



El domingo pasado a las cinco y veinte, tal vez y veinticinco, de la mañana, llegué a la estación de metro Envigado. Estaba oscuro, el tiempo era húmedo y había poca gente cerca de la estación, no encontré a nadie en las escaleras de entrada y tampoco en el puente que cruza sobre el río Medellín y la avenida Regional. Nadie. Me pareció extraño pero tampoco era el momento para las muchedumbres de las horas pico. En el hall iluminado sí había algunos madrugadores dispuestos a iniciar la jornada; había también otros trasnochadores venidos de alguna celebración con amanecida. Entre los que pasaban por el hall, hacían fila para comprar o recargar la tarjeta o ya habían pasado las máquinas ninguno, y eso fue curioso, estaba vestido para la carrera: camiseta amarilla, pantaloneta, cachucha, tenis y sobre todo el número, porque era el día de la Media Maratón y porque a esa hora el tiempo alcanzaba apenas para llegar hasta el Parque de la Luz, donde estaban la salida y la llegada, calentar al ritmo que imponen los animadores desde la tarima y buscar un lugar entre los participantes. En la plataforma casi desierta, solo dos o tres personas en dirección norte y ninguno con figura de ir para el mismo lugar para donde yo iba: la estación Alpujarra, cercana a la salida de la carrera. El metro llegó pronto, venía casi vacío y no tuve dificultad para elegir el vagón donde haría el trayecto, subí en el que se detuvo frente a mí. Algunos madrugadores o trasnochadores como los de la estación ocupaban las bancas por aquí y por allá; dos hombres y una mujer, de pie, en el extremo opuesto del vagón, ellos sí con la camiseta amarilla que distingue los corredores de los 21K; y entre el grupo y yo, un hombre con camiseta en manchas imitación camuflado militar verde y negro, marcas con letras y logos de una empresa local, cachucha verde brillante, pantalón de sudarera gris y tenis rojos. El hombre se acercó y me habló pero no escuché bien porque el tren salía de la estación y yo no esperaba que, a esa hora, alguien me hablara en el metro. Al notar mi duda repitió la pregunta. Sí, respondí, voy para la carrera. Veintiún kilómetros, dijo entonces. Sí respondí de nuevo. Yo también, murmuró como si hablara solo, vine a correr con el equipo de la empresa pero yo no vivo aquí y no sé si voy a alcanzar a llegar. No se preocupe, le dije, llegaremos. Le pregunté de dónde venía y me habló de un pueblo frío en las montañas del norte, dijo que corría dos o tres veces por semana, entre diez y doce kilómetros. Le dije que yo también pero que yo corría aquí, por las calles de Medellín. El hombre se tranquilizó, quizá nuestro encuentro le aseguró que llegaría con tiempo a la meta. Habló del trabajo y agregó que la empresa les colaboraba para que corrieran, eran diez o más los que corrían pero él no los conocía ni sabía quiénes eran, los iba a reconocer por la camiseta camuflada. Pensé en preguntarle el nombre pero más bien le pregunté qué número tenía y no respondió. El hombre era bajito, de edad mediana y flaco, si era corredor debía ser pura fibra cero grasa, en ese momento el tren entró en la estación y de nuevo los nervios lo asediaron, se sentía perdido o retrasado o debía llegar a algún lugar en la meta y por eso la inquietud…


… Cuando salimos de la estación, ya en la calle, bajo el viaducto del metro y entre grupos de participantes que caminaban por las vías señaladas rumbo al Parque de la Luz, le pregunté de nuevo cuál era su número. No escuchó mi pregunta o no quiso responderla o su afán le impidió escucharme. Lo perdí de vista entre la multitud de corredores que hablaban, que se encontraban o se anunciaban el tiempo que esperaban hacer en la carrera. Unos hablaban de tiempos que ni ellos mismo se los creían y otros callaban. Así perdí de vista al hombre que vino de las montañas a correr la media maratón. Pensé varias posibilidades, que no fuera corredor y se hubiera burlado de mí o que sí fuera corredor y, es posible que para no abrumarme con sus hazañas, fuera uno de los élite que participan en estas competencias y debía encontrarse en algún lugar VIP con sus colegas profesionales nacionales y extranjeros. Todo era posible. No lo vi más. Pasaron los ejercicios de calentamiento, las músicas a todo volumen y los gritos de ánimo; pasó también el recorrido entre la multitud de corredores rumbo a las pancartas y cronómetros luminosos que marcan el tiempo para cada participante. Cuando pasé bajo las pancartas el cronómetro marcaba tres minutos veintiocho segundos después del momento en que los corredores élite partieron. Recordé al compañero del metro y lo imaginé entre keniatas, ecuatorianos y nacionales a toda velocidad por allá adelante. Arranqué a mi ritmo, despacio, previendo que la distancia era larga y que el único objetivo era terminar ojalá sin caminar y en menos de dos horas. Logré lo primero, lo segundo no. Después del primer kilómetro o casi llegando al segundo, entre la multitud de camisetas amarillas y de todos los colores alcancé a ver una cachucha verde brillante que se movía nerviosa de un lado a otro de la vía, un ejercicio bien difícil entre la multitud que se mueve y no deja espacios…


… Con dificultad pasé a otros participantes hasta que logré adelantar el corredor de la cachucha verde brillante. Era el compañero del metro que resultó ser corredor pero no élite como lo había imaginado. Le hice una seña con el pulgar de mi mano izquierda levantado pero sucedió lo mismo que cuando le pregunté el número y no me escuchó, no respondió y no me vio o no quiso verme. Después de haber corrido varias veces entre multitud de atletas he terminado por adoptar una técnica: ubicar entre los participantes uno al que pueda seguir el paso y seguirlo hasta que él, corredor guía, lo llamo así, o yo, no podamos más, entonces cambio. Decidí que tomaría al compañero del metro como guía. Sin embargo fue difícil, el hombre era volátil, iba de un lado a otro de la vía y por momentos desaparecía para aparecer calles o kilómetros más adelante, sin mirar y sin responder a ninguna señal, le hice dos o tres señales más, no las vio o no quiso verlas y desapareció como era ya costumbre. Cuando el compañero del metro desaparecía seguí otros corredores, entre ellos uno con ropa multicolor y sin número que no se detuvo en ninguno de los puntos de refresco y fue disminuyendo el paso; seguí otro vestido como si fuera para el trabajo: vestido completo, saco, pantalón, camisa blanca, quizá corbata, sombrero y tenis rojos; seguí una mujer que no bajó el ritmo un solo instante, solo tomo agua una vez y no quitó la mirada de la vía, corrí tras ella cuatro o cinco kilómetros, después la perdí de vista. Entre tiempo el compañero del metro con su cachucha verde brillante aparecía y desaparecía, unas veces a la derecha, otras a la izquierda y ninguna vez me vio. En la última parte de la carrera no seguí a nadie, la fatiga me alcanzaba y me concentré en terminar, ojalá sin caminar, siempre corriendo. En los últimos cinco kilómetros vi la cachucha verde brillante una vez más. Después no la vi más. Cumplí como dije antes con uno de los objetivos: no caminé durante el recorrido; sin embargo no logré llegar antes de las dos horas, me sobrepasé por cinco minutos. El gentío en la meta era mayor que en la salida. Entre grupos, después de recibir la medalla, alcancé a ver los compañeros de equipo del hombre de la cachucha verde brillante, me acerqué para saludarlo y felicitarlo por haber terminado pero no lo vi o quizá si lo vi pero él no me vio o no quiso verme y preferí dejar nuestra conversación donde había quedado cuando bajamos del metro antes de la carrera y aun no había amanecido…
Argumento. Un hombre que escribe, también puede ser una mujer, dice que correr una maratón es como escribir una novela. Sin embargo no escribe novelas, escribe cuentos… Con ese cuento comienza la novela…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

Bodegones y ficción

16 septiembre, 2017 § Deja un comentario



Hace poco, en su artículo semanal, el escritor Darío Ruiz mencionó su admiración por Juan Sánchez Cotán, pintor español del siglo XVII reconocido sobre todo por los bodegones pintados con la minuciosidad de los manieristas y el realismo de sus contemporáneos italianos y holandeses. Sánchez Cotán pintó porciones de naturaleza ordinarias en la cotidianidad doméstica de su tiempo: repollos, melones, piezas de caza, pepinos y otras frutas o verduras fueron objeto de aquellos bodegones. Un marco de madera es la frontera entre su imaginación y el día a día; en ese espacio sencillo, alejado de la grandilocuencia del arte y la literatura de su tiempo, escribe Darío Ruiz, el pintor instala sus composiciones. El cruce con Sánchez Cotán me obligó a buscarlo, le había perdido la pista a pesar de que lo conocí en mis épocas de estudiante de artes plásticas y siempre, algo que no se manifestó en aquel momento, me atrajo de sus bodegones. Algo había en ellos que solo comprendí ahora cuando la virtualidad y por supuesto la ficción, hicieron posible el cruce. Se trata del espacio sagrado donde suceden los bodegones que Darío Ruiz menciona en su artículo. En 1602, año en que el artista pintó quizá el más famoso: “Bodegón de caza, hortalizas y frutas”, la costumbre era colgar los alimentos del marco de las puertas o ventanas porque suspendidos se conservaban mejor. A pesar de la costumbre, éste no fue el ángulo ni la composición que las pinturas de bodegones de la época representaron en general. Sánchez Cotán, al contrario de sus colegas, pintó como en escenarios de ficción las piezas de caza, hortalizas y frutas, suspendidas con finas cuerdas a diferentes alturas de un marco de madera, el alféizar de una ventana, que mira hacia un segundo plano oscuro, distante, profundo, donde cada forma, cada hoja, cada pluma, al toque de la luz rasante se moldea con sombras precisas que hacen del instante un misterio, porque es solo un instante. La ficción aparece y la composición va más allá del bodegón de frutas, hortalizas o piezas de caza y pasa a ser el punto de partida de tantas ficciones como espectadores se encuentren frente a ella. Pasaron años antes de caer en la cuenta de aquello que Sánchez Cotán comprendió con más de cuatro siglos de anterioridad: el cambio de contexto no desvirtúa la naturaleza de los objetos, los convierte en ficción. Quizá porque la representación fuera del contexto natural fue un descubrimiento inesperado, Sánchez Cotán solo pintó ocho o nueve bodegones antes de ingresar en el convento de la orden Cartuja en 1603. Esos pocos bodegones, sin embargo, han sobrepasado el olvido que viene con el tiempo y han inspirado el trabajo de otros artistas.


Desde la “Naturaleza muerta con limones, naranjas y rosa” que Francisco Zurbarán pintó en 1633, hasta el “Bodegón con paquetes, homenaje a Sánchez Cotán” de 1966, donde el pintor hiperrealista chileno Claudio Bravo escenificó el momento al suspender los objetos envueltos en el marco de una ventana que mira un cielo con nubes. Los envoltorios en la pintura de Bravo pueden ser unos limones, un melón, un repollo o algunos nabos, incluso las piezas de caza que Sánchez Cotán pintó en sus bodegones; pueden ser también otros elementos de la naturaleza; el segundo plano que pasó de oscuro a cielo con nubes apoya el misterio que, sin lugar a dudas, recuerda “Los amantes” con caras cubiertas por finas telas que los insinúan y dificulta el beso; trae a la memoria también la roca suspendida sobre el mar de “El castillo en los Pirineos”; o para no alejarnos del misterio, se acerca a la representación de la pipa encima del letrero “Ceci n’est pas une pipe”, todas pinturas de René Magritte. El de Claudio Bravo podría ser un homenaje a Sánchez Cotán a Magritte y también a la ficción. Las coincidencias están al origen de la ficción, dicen; las coincidencias entre pintores no son solo encuentros o copias que se hacen de unos a otros, son también coincidencias de lugar. Donde Juan Sánchez Cotán pintó sus bodegones coincide en la imaginación con el de Claudio Bravo y podríamos llamarlo “punto de encuentro”: el lugar donde todas las ficciones coinciden. Como aquel punto luminoso que Borges encontrara en las escaleras que llevan al sótano de la casa de Carlos Argentino.


Cantidad de artistas han coincidido en el “punto de encuentro” con Sánchez Cotán. En composición aplicada a la estructura de “Membrillo, repollo, melón y pepino” otro Sánchez Cotán de 1602, Scott Fraser pintó “La curva catenaria” en 1987, donde representa una línea imaginaria suspendida de un extremo con obras que trazan sus cercanías con el arte. La “Muerte de Marat” de Jacques Louis David inicia la composición en el marco de la ventana que conservó el fondo oscuro, profundo, de Sánchez Cotán; el retrato de “Madame Mortessier” de Jean Auguste Dominique Ingres, seguido de “Lady en azul” de Henri Matisse o de Richard Diebenkorn admirador de Matisse hasta el punto de copiarlo con minucia en técnica, estilo y colores; seguido de otra pintura de Richard Diebenkorn de un período posterior pero con la técnica de Matisse; hasta el final de la curva donde parece abandonada al azar del momento, la pintura de Sánchez Cotán que inspiró a Scott Fraser. Otros artistas se han acercado a Sánchez Cotán desde ángulos distintos, tomando fragmentos de frutas o verduras, modificando el origen de la fuente de luz hasta el contraluz, incluso eliminando el marco de madera y suspendiendo frutas y verduras en lugares sin relación con el original. Cada uno llega al “punto de encuentro” según la elaboración íntima de sus ficciones y todo confirma que entre el contexto y la ficción solo hay un paso.

Sin intentar construir un instante de misterio como lo hizo Sánchez Cotán, caigo en la cuenta de que en distintos lugares de Medellín y quizá de otras ciudades, no me atrevo a asegurarlo, marcado en el pavimento con un punto verde y letras blancas hay “puntos de encuentro”. He encontrado varios en esquinas, calles y espacios distantes y cercanos. La coincidencia, entonces, toma forma y voy a uno de ellos. No espero que la representación de un Sánchez Cotán tenga lugar allí frente a mí, sin embargo la cercanía de la coincidencia predispone el momento y las situaciones; las gentes pasan sin reparar en mi presencia, los ruidos de motores y de pitos, molestos en otros momentos, disminuyen hasta dejar que una pareja vestida con ropas de colores inicie su baile en el costado de la calle, frente a los automóviles que esperan del cambio de luces, al ritmo de una música que solo ellos escuchan. El silencio ocupa todos los espacios. La pareja baila, el baile los lleva hasta el centro de la calle. A medida que sus movimientos se mezclan, cuatro saltimbanquis vestidos de blanco, suben de uno en uno, sobre los hombros del anterior hasta levantar una columna; y al mismo tiempo, un niño, digo niño por pequeño, hace malabares con pelotas de colores, cuento cinco, en el extremo alejado de la vía. La curva desde la altura de los saltimbanquis hasta el malabarista no se detiene en la pareja que baila. Si el momento tuviera límite, si lo mirara como se mira desde una ventana y el pavimento fuera su alféizar, la coincidencia con Sánchez Cotán, por lo menos en la intención, en la curva, se hubiera realizado. Cuando iba a lograrlo, cuando ellos lo iban a lograr, la luz cambió, los motores hicieron su ruido y los personajes dejaron la acción en suspenso. La composición, copia a lo Sánchez Cotán que duró un instante, como el misterio que rodea sus bodegones, volvió al punto de inicio seguramente a la espera de un nuevo cambio de luces…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, pinta un bodegón. El tiempo pasa y el bodegón cambia. Las frutas y verduras se maduran y el bodegón de la mañana no es el mismo al medio día… No se sabe aun a qué hora comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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9 septiembre, 2017 § Deja un comentario


El título de esta Marginalia parece un número de celular como el que nos sirve para chatear, recibir y mandar fotos o mirar con ojos quietos lo que pasa al otro lado de la pantalla hasta que, en el momento menos pensado, timbra con alarma personalizada y repite en el oido de quien responde la fórmula que ha hecho carrera: ¿dónde estás?, seguido del infaltable: ¿…y qué más? También y quizá mejor, parece el número y serie ganadores de los miles de millones que rifa la lotería cada semana y no ganamos porque, para correr ese riesgo, hay que comprarla. O mejor aun, copia el título de la última novela de Paul Auster 4321 o el de la novela de Roberto Bolaño 2666; es también posible que 1Q84 de Haruki Murakami, lo mismo que la premonitoria de los tiempos que corren 1984 de George Orwell, vengan a la memoria. Ninguna de las anteriores. Los números corresponden a cinco de los textos que componen Texto Textura, sesenta textos y sesenta texturas, el libro en exposición en la Sala del segundo piso del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, vecino del parque de Los Deseos y del Jardín Botánico donde se celebra la Fiesta del Libro de Medellín entre el 10 y el 17 de septiembre. Estamos todos invitados…
9
Por suerte encuentro una mesa libre para cuatro, como le faltan dos asientos me instalo. Las otras mesas están ocupadas por parejas, hombres o mujeres o hombres y mujeres, dos por mesa. En la mesa vecina dos mujeres comen del mismo plato. No hablan, comen del mismo plato y no les queda tiempo para hablar. Si una se distrae, la otra comerá más. Apenas comenzaban cuando llegué. Comen carne a la plancha, ensalada, papas fritas y tajadas de plátano. Lo único que puede causarles resquemores es la carne que cada una se aplica a cortar, en porción igual, después de la otra; las guarniciones se pueden separar en cantidades iguales para cada una y no hay problema, pero no lo hacen, se ensañan lo mismo. Si una mete el tenedor en las papas, la otra también; igual con las tajadas de plátano y los tomates de la ensalada. No tocan la lechuga, no les gusta, es lo que más se ve en el plato. La carne disminuye a mayor velocidad que el resto de comida hasta que solo queda un pedazo pequeño en medio del plato…
•••
22
Adelante, en la fila larga y sinuosa van dos mujeres desesperadas, hablan entre ellas, se quejan, miran los movimientos de los otros, los calculan, buscan otras filas, no saben qué hacer. Por momentos, quizá atacadas por el desencanto, callan y miran el piso. En cierto momento cuando sucedió un avance inesperado se miraron y sonrieron esperanzadas. Algunas veces me han mirado y quizá han intentado preguntar mi opinión pero no encuentran la manera de hacerlo sin dejar notar su angustia. Adelante de ellas va otra mujer y un hombre, tranquilos, no dejan ver el desespero. La más aventajada de las que van delante de mi, habla con la mujer acompañada por el hombre. Por lo que alcanzo a notar, sus palabras la tranquilizan. La aglomeración es grande y de un momento a otro dejo de ver las dos mujeres, entro en un espacio donde no hay fila y la gente espera, los más avezados hablan entre ellos, una señora me dice que cada gestión demora entre quince y veinte minutos. Espero. Del otro lado del mostrador donde la fila se disuelve y entramos en el espacio sin fila, unas diez personas con camisetas anaranjadas se mueven en todos los sentidos, despachan los pedidos que hicieron quienes estuvieron y ya no están en la fila. El desorden es generalizado. Los mellizos, que coordinan la situación, parecen tranquilos a pesar del desorden…
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35
En vista de que ninguna de las acciones, sin intención, dio resultado, el personaje presiente lo peor. Ya no mira en busca de indicios, tampoco palpa sus costados, ahora pone las dos manos sobre el techo del carro como si esperara un impulso que no llega, entonces baja la cabeza sin mover las manos del techo y mira al interior del carro. Por su costumbre de estar siempre del lado del conductor se agacha y no ve lo que busca, ve el interior vacío. Entonces, para confirmar la corazonada, que explotó como una bomba en los bolsillos vacíos, en las dudas sin intención, entre los ojos; para ver lo que no esperaba ver, debía rodear el carro y echar el mismo vistazo al interior desde la ventanilla del pasajero. Levantó la cabeza. Dos nubes de lluvia acechaban y decidió dar la vuelta por delante. Es más corto. Lo hizo rápido. En cuatro o cinco zancadas estaba del otro lado. No esperó. Llegó a la ventanilla del pasajero agachado para no perder tiempo en poses inútiles. Antes de tener la visión del circulo de plástico negro pegado al tablero del carro, disimulado por la sombra del timón, el personaje sabía que las llaves se habían quedado pegadas al motor de arranque y que las puertas cerradas con seguro eran imposibles de abrir. Entonces comenzó la tragedia…
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44
Llego a un salón desabrido y poco acogedor. Amplio, unos ocho o diez metros de lado demarcados por un piso, imitación madera, de color distinto a las baldosas de los pasillos. El espacio es abierto con vitrinas a dos metros de distancia del límite, imitación madera, a norte y sur; un ventanal de dos pisos y medio de altura por donde entra el sol inmisericorde, al occidente; y al oriente, escaleras eléctricas que suben y bajan. En las cuatro esquinas del piso imitación madera hay sofás, duros y sin espaldar, solo uno tiene medio espaldar. Espero allí. Veo pasar un joven con zapatos de talla menor, que le aprietan y cojea; una mujer ocupó el sofá sin espaldar a mi lado y se quejó tres veces. Cuando levanté la mirada de la pantalla de mi celular ya no había una mujer sino un hombre que tecleaba furiosamente en el suyo; después un niño ocupó el puesto. Un hombre gordo y bajito, un cono con helado de vainilla en la boca, se acercó y me saludó. No lo reconocí. Dijo tres palabras que no entendí porque no se sacó el cono de la boca; al notar la barrera entre su saludo y mi duda prefirió seguir su camino. Dos policías con la parafernalia para montar en moto: casco y chaleco pero sin moto, pasaron corriendo. Sobre el final de la espera noté un cucarrón caminando por mi pierna. No lo toqué, me levanté y cayó al piso; cuando vi que tomó rumbo a occidente yo fui hacia el oriente, cuestión de evitar otro encuentro…
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53
Encontré un billete de lotería entre los barrotes del carro de compras en el supermercado. Cuando lo vi pensé que era un papel cualquiera, pero noté que tenía el color rosado de los billetes de lotería. Lo alcancé con la punta de los dedos, lo moví para allá y para acá hasta que logré desatascarlo del escondite donde su dueño lo disimuló. Con cuidado lo desdoblé. Era un billete del último sorteo, seguramente, quien lo escondió allí no quería repartir el premio con nadie. La premonición de que era un billete ganador me asedió desde ese momento. Los números no eran lo que se puede llamar una combinación bonita pero el azar no tiene preferencia por combinaciones bonitas o feas, así pues que el número del billete, a pesar de no ser el más agradable, podía ser el ganador. Sin embargo cierto temor se apoderó de mí y con todo el sigilo posible disimulé el billete en la palma de mi mano. Evité mirar alrededor más de lo necesario para no tener coincidencias desagradables con el posible propietario y con un movimiento sin intención, guardé el billete en el bolsillo de la camisa. Entré en el supermercado como si nada hubiera sucedido, por supuesto, iba con la intención de comenzar a gastarme los millones que representaba el premio mayor. Claro que tampoco tiene que ser el mayor, me dije, con uno de los premios secos me contentaría, claro, con la condición de que valiera el riesgo de cargar con semejante suma en el bolsillo de mi camisa…
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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, compra la lotería y gana… Sin saber qué hacer y con problemas que el personaje no tenía comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Encuentro con el profesor Memo Ánjel

en Abril Café de la librería. Edificio de Extensión
Organiza: La Fiesta del Libro

Retrato de actor

2 septiembre, 2017 § Deja un comentario


Entre las carpetas de mi computadora encontré un texto. No lo recordaba, es posible que no fuera yo quien lo escribió y lo tenía copiado de quién sabe dónde. También es posible que fuera yo el autor del texto e incluso que ya lo hubiera publicado en estas Marginalias. Quizá mis lectores, que se cuentan por miles, lo recuerden. Quizá lleguen a pensar que paso por momentos de “sequía de la escritura” que me obligan a recuperar textos en las carpetas de la memoria de mi computadora, no de la mía que, lo insinué en las primeras líneas, flaquea. Y aunque la sequía es posible, para mi tranquilidad y la de los navegantes de estas Marginalias, puedo asegurar que todo hace parte de una actuación, deseada, buscada, cumplida y con frecuencia también inesperada. Por esta razón es importante agregar que la función de actor es caldo de cultivo para la ficción, mi conclusión, después de tiempos de correr tras ella, es que todo circula alrededor de las ficciones propias a cada uno y la llamada realidad no es nada distinto a una ficción que se repite hasta un punto de no retorno. Decir entonces que somos actores de las ficciones que soñamos en permanencia y agregar que aquello que los otros, actores también, ven de nosotros es solo lo que ponemos en escena, es el resultado de una actuación generalizada y permanente pues la escena no es solo la tarima donde viven quienes se confiesan públicamente actores, la escena también son las habitaciones, casas, calles, esquinas y ciudad que nos rodea. Es posible entonces que el texto encontrado en las carpetas de mi memoria virtual no haya sido copiado de ninguna parte sino que sea la confirmación de lo escrito hasta aquí… Según el personaje del texto en mención, actor por naturaleza, la actuación comienza cuando el reloj despertador marca las cinco menos cuarto de la mañana y está adelantado, faltan veinte para las cinco. Desde sus épocas de empleado con tarjeta para marcar la entrada y salida del trabajo el actor aprendió a engañar no sabe a quién, al tiempo, a los superiores que lo veían llegar cinco minutos antes de la hora o quizá a sí mismo con la imagen de puntualidad obligada; cinco minutos de diferencia entre la hora que marca el reloj y la hora verdadera que se convierten en alivio cuando parecen eternos y en infierno cuando duran solo un segundo…

… La alarma suena a la misma hora todos los días poco importa si es lunes, viernes o domingo. Está programado así desde sus épocas de empleado y nunca lo corrigió, poco le importa, con frecuencia está despierto cuando suena. Su mujer, el actor es casado, no lo escucha, murmura palabras incomprensibles, se voltea para el otro lado y permanece tapada con las cobijas hasta la cabeza sin un resquicio para respirar. Con frecuencia la observó mientras se revolvía dormida bajo las cobijas y durante años calculó los movimientos que tendría que hacer para ahogarla sin dejar rastro. La coartada era perfecta. La mujer dormía tapada hasta la cabeza. Alguien con esa costumbre afronta más probabilidades de morir por asfixia en medio del sueño. Su familia confirmaría la coartada pues durmió así desde pequeña y nadie, entre padres, abuelos o primos logró quitarle el vicio, incluso asegurarían que se trata de una de esas conductas recurrentes que se convierten en vicio.
El actor decidió dedicarse a lo suyo mientras su mujer duerme tapada hasta la cabeza. Cada vez que el despertador suena a las cinco menos cuarto que en realidad son las cinco menos veinte, el actor realiza su número. Desde el día en que descubrió que lo suyo era la actuación todo cambió, dejó los oropeles de la vida laboral y renunció a su profesión de contador. Fue una sorpresa para quienes vivían con las esperanzas puestas en su salario. Su mujer, que en otras épocas se revolvía debajo de las cobijas al sonido del despertador y en más de una ocasión le pidió hacerle el amor antes de ir al trabajo, apenas supo de su decisión se refugió entre las cobijas se volvió inexpugnable. Por aquellos días de decisiones irreversibles el actor tuvo la idea de deshacerse de ella y comenzó a ensayar los movimientos de su actuación: cuando el reloj suene dejaría caer el brazo derecho sobre el interruptor y lo aprieta. Detiene el sonido de la alarma que, como el llamado clásico en los grandes teatros del mundo, marca el momento de entrar en escena. El actor comienza su papel quieto en el lado derecho de la cama doble. La utilería: cama, dos mesas de noche cada una con su lámpara están en su lugar. Prende la que está a su lado, el resto de la habitación es una penumbra donde se adivinan dos cuadros en la pared del fondo, un mueble con cajones frente a la cama, un aparato de televisión y a lado y lado del mueble, dos puertas. Quienes presencien la escena imaginarán que una lleva al baño y la otra a un probable pasillo que termina en el salón. El actor iluminado a ras por la luz de la lámpara de noche es lo más visible en escena, a su lado se adivina el bulto inmóvil y nada más. Silencio. Comienza la acción…

… Ser actor no es fácil. Nada es fácil para nadie, si lo fuera ya estaría hecho. No es fácil para quien se declara abiertamente actor y recibe los brillos y colores que las profesiones públicas tienen en la sociedad, menos aun lo es para aquellos como el actor, que son mayoría, no lo declaran a los cuatro vientos y llevan su papel a todas partes como una manera de ser. Desde el momento en que el actor tomó la decisión de definir la actuación como su proyecto de vida, de salir del closet en el sentido de lo actuado, claro está, el encuentro con sus ficciones se hizo imparable y tuvo, en ocasiones, visos de desespero; sin embargo, con el paso del tiempo esa inconsistencia desapareció como si perteneciera a tiempos pasados, lejanos, para situarlos en algún momento de la historia. Las experiencias llevaron al actor a un solo y único rol, el que muchos considerarían el papel de su vida. De la misma manera que en la habitación cada mañana, los lugares donde se encuentra tienen valor de escena, nunca está en un lugar distinto a una escena. Actúa, sin más, actúa. Sin embargo, a diferencia de los actores profesionales, digamos, sus acciones son el fruto de la improvisación. El actor es un improvisador. Es el creador, productor y protagonista de sus propias obras. Por supuesto no tiene la pretensión de la originalidad, necesita de otros para desarrollar sus roles pero siempre lleva la rienda, aun cuando se encuentra con otro actor, otro que como él comprendió que la actuación es permanente. En esos casos establecen una especie de “tierra de nadie” y dejan que la situación transcurra. No es fácil actuar con naturalidad y menos para quienes comparten parlamentos, acciones o situaciones propias a sus ficciones personales. No es fácil sobre todo porque pocos lo saben o lo intuyen y necesitan como el actor de ese momento de quiebre: el reloj despertador, la mujer que duerme, la almohada, que los pone frente a su papel, aunque ese momento es sólo el principio…
Argumento. Estaba en la sala de mi casa, dice un hombre (también puede ser una mujer). ¿Y qué pasó?, pregunta el otro… Nada, no pasó nada, escuché un ruido como de aplausos… ¿Y qué pasó después?… Nada, comencé a hacer lo que siempre hice y no lo sabía…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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