Una historia bruselense

20 noviembre, 2017 § Deja un comentario


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Una historia berlinesa

14 noviembre, 2017 § Deja un comentario



Un café en Wrangelstr 43, en Kreusberg una zona de Berlín que, si me lo preguntan, no sabría decir si está al este o al oeste del límite impuesto por el muro que sirvió para calentar la guerra fría durante cerca de treinta años. Es un salón pequeño con mesas en los costados cerca de los muros de ladrillo. Desde la puerta, que se cierra al impulso de un resorte para que no entre el frío, se ve al frente el mostrador alto del servicio con la parafernalia del movimiento que mantiene la vida en estos lugares: vasos, botellas, copas de distintos tamaños, licores de colores, máquina y tazas de café. Un hombre vestido de negro con barba de cuatro días detrás del mostrador y una joven con pantalón rojo y camisa azul delante del mostrador, la joven parece pequeña para el tamaño del movimiento pero sonríe, sin embargo, cuando nos ve arrumados contra la puerta para huir del frío, siete nuevos clientes, cuatro mujeres y tres hombres, su sonrisa se amplía aunque no necesariamente de alegría por nuestra llegada; quizá de angustia porque hay espacio en la sala pero siete nuevos clientes al tiempo exceden sus expectativas. A la derecha del local, bar y restaurante y también café, todo al tiempo, un mural estilo de Marc Chagall, un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, es visible desde la puerta. En el muro de la izquierda frente al mural, al otro lado del local y también visible desde la puerta, fotografías de bellas inmortales: Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y otras que no reconozco pero con las tres que reconozco es suficiente aunque busqué entre ellas a Marlene Dietrich y no estaba. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el hombre con barba de cuatro días se apresuraron a abrirnos lugar en el costado derecho del local cerca del mural y de una pareja de enamorados de verdad en la mesa vecina…


… “Enamorados de verdad”, el calificativo que les atribuyo, a pesar de que el final inesperado sucede con frecuencia en las historias de amor, está a la medida de ellos y la intensidad de sus abrazos y besos y lágrimas y sonrisas. Mientras se tienen de las manos, de los ojos, lloran en la mejilla del otro, se miran y lloran otra vez, nosotros, los siete recién llegados, ocupamos nuestras mesas. Se despiden, me digo, es posible también que se encuentren después algún período de abandono, de soledad o lejanía. Su manera de estrecharse no deja duda sobre el encuentro. Sin embargo es posible que presenciemos el inicio o el final de una pelea, pero no pelean y no lloran porque pelean; lloran y se abrazan por algo distinto. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el barman con barba de cuatro días, se apresuran para armar una mesa donde acomodar los recién llegados. Las bellas inmortales están en el muro opuesto al mural estilo Chagall y en el mismo lugar de los enamorados, bajo las fotos, un hombre con barba blanca, túnica y turbante negro, parece meditar frente a un vaso cerveza rubia y burbujeante, mira el vaso con una seriedad profunda, quizá cuenta las burbujas que no cesan de subir o teme que la cerveza desaparezca por obra y gracia de algún hechizo desconocido; entre sorbo y sorbo escribe en una libreta. Lleva un diario me digo. Mientras el ministro, lo llamaré así, escribe en la libreta, mira la cerveza y en ocasiones, quizá por la insistencia de sus vecinos, responde preguntas, nuestra mesa toma forma. Es evidente que la joven y el barman se encontraron frente a un problema, pero encontraron, como era de esperar, una solución de fortuna: nos acomodaron en dos mesas disparejas: una pequeña cuadrada y alta; y otra rectángular y baja, más baja que la pequeña. Mi puesto en una esquina de la mesa pequeña y alta frente al ventanal me dejó en primera fila para ver las gentes que pasan por la calle a pesar del frío y no le huyen, ni lo sienten, los veo más preparados para la lluvia que para el frío; pasa un trotador sin camisa, una pareja que se abraza, un personaje flaco y alto con tatuajes hasta el cuello y el pelo cogido en moño en lo más alto de su cabeza; pasan por lo menos tres parejas empujando coches de bebé, con bebés adentro, supongo, y también cinco morenos en silencio, dos adelante, dos atrás y uno entre ellos, los morenos caminan rápido, noto su paso cuando ya han terminado el recorrido frente al ventanal. Nuestro pedido hizo evidente la sorpresa de la joven de pantalón rojo y el hombre con barba de cuatro días, es posible que no estuvieran preparados para recibir un grupo numeroso, todas las mesas estaban previstas para dos, máximo cuatro clientes, por eso el ensamblaje de mesas altas y bajas cerca de una esquina de la sala fue una salvación, para ellos y para nosotros que al contrario de los que van por la calle sin, en apariencia, sentir el frío, lo soportamos con dificultad y le huimos. Si hubo dificultad, la mayor vino cuando los siete pedimos la misma sopa de tomate con queso mozzarella bien caliente para compensar los efectos del clima, los mismos bocadillos de queso y albahaca y también el vino que contribuyó a prolongar la estadía, agradable y por lo que vendría luego, inolvidable. Desde el momento de nuestra llegada hasta el de la partida, ceca de dos horas, no entraron clientes nuevos al local, los que estaban allí no se movieron y los nuevos que se asomaron en busca de un lugar desistieron de esperar o consumir lo que fueran a consumir de pie en un rincón porque tampoco había lugar de pie…

… La pareja que se abrazó y se besó desde nuestra llegada y quién sabe desde cuánto tiempo antes, se abrazó y se besó y se montaron uno sobre el otro y lloraron y rieron y cambiaron de puesto, a la izquierda a la derecha, y volvieron al puesto inicial y lloraron de nuevo y se hablaron al oído y quizá se hicieron promesas y se repitieron lo que para ellos y para todos los enamorados es eterno y dura hasta que se acaba. Fui su vecino de mesa y no puedo decir si lloraban y reían y se abrazaban por culpa del amor, de la angustia o de la ausencia que acecha, es algo que solo ellos sabían y vendría, como en efecto llegó, de un momento a otro. Cuando ya no pudieron más o cuando se dijeron lo que se iba a decir o cuando la fatiga los apabulló se levantaron de la mesa, de prisa se medio pusieron sus abrigos y salieron sin mirar para ningún lado. Si lo preguntaran un testigo diría que partieron de afán. No. Me atrevo a decir que partieron con la calma de quien sabe lo que le espera al otro lado de la puerta que el resorte mantiene cerrada para que no entre el frío; partieron como solo ellos sabían o tenían convenido hacerlo y en ese momento sucedió lo que el resto de los presentes ignoraba o quizá yo era el único que lo ignoraba. Después de cruzar la puerta cada uno se fue por su lado. Ella calle arriba, él en sentido contrario por la acera del frente, después de cruzar la calle. Se separaron con un beso en la mejilla como si la intensidad de los abrazos y los susurros y las promesas y las lágrimas bajo el mural al estilo de Chagall un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, no hubieran existido. La duda como sucede con frecuencia me asaltó ¿todo fue producto de mi imaginación?, ¿estaba todo fríamente calculado? Lo único que certificó que algo irreversible había sucedido en aquel local que es bar y café y restaurante y todo a la vez, incluso sala de lágrimas y despedidas, fue la presencia del ministro con turbante negro tomando nota en su libreta mientras sus vecinos de mesa hablan sin parar…
Argumento. El lugar es grande. Techo alto, vigas aparentes, mesas y parroquianos en las mesas. Alrededor de la sala espejos que duplican el espacio. Me busco en el reflejo que, imagino, me corresponde y no me encuentro… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Utamaro y el gorrión

6 noviembre, 2017 § Deja un comentario



Conocí a Kitagawa Utamaro en los años setenta pero siempre, como sus amigos, lo llamé Utamaro. Cuando lo conocí tenía cerca de doscientos años de muerto. Sin embargo nos hicimos amigos como puede hacerse uno amigo de alguien que ha creado cientos, dicen que miles, de imágenes, todas con una historia para contar pero en silencio porque si hablara lo haría en japonés y no hablo japonés. Sus grabados son de tal riqueza en el detalle, en el trazo, en la textura, en el contenido, que no es necesario hablar, con palabras quiero decir, con lo que viene en ellos la conversación está lanzada, así, sin palabras. Las estampas, eróticas muchas de ellas, pero también cotidianas en la composición de los grupos, en las habitaciones, en los paisajes, en los retratos de mujer al aire libre y en la intimidad, cuando ellas consideran su figura o su peinado en el reflejo los espejos; los cielos y las nubes, los puentes o los varios niveles de las casas de placer de Edo, Tokio en aquellos tiempos, custodian las mujeres que en instantes, segundos apenas, revelan algún detalle inesperado. El antes y lo que la imaginación propone para el después son ilustración suficiente para que el interlocutor comparta con Utamaro; el lugar lo sugiere él por supuesto; el estado de ánimo, la hora y el día los propone el contertulio; el grabado hace el resto. Durante largas temporadas hemos dejado de vernos. Sin embargo, en las mañanas, al borde de la carretera de Llanogrande cuando me cruzo con Junzo Hattori, también japonés, creador de escobas de bambú con diseño que solo está en su imaginación oriental, lo recuerdo. Junzo viene y yo voy, en el momento del cruce baja de la bicicleta con una sonrisa y como solo habla japonés nuestra conversación está poblada de señas, figuras con las manos y palabras entrecortadas. Cada encuentro con Junzo, podría decirlo, es un encuentro con Utamaro, con Hokusai o con Hiroshige, grabadores todos, “Pintores del mundo flotante” o “Ukiyo-e”: el período del arte japonés donde la representación de temas urbanos, el día a día en las calles y casas de placer de Edo, ahora Tokio, y los retratos de hermosas mujeres, se oponen a la llamada realidad budista y propició, por la técnica de reproducción múltiple, la creación de libros ilustrados, la relación con escritores, gentes de teatro y otros artistas de la época. Hay quien dice que el “Ukiyo-e” influenció los impresionistas franceses por la limpieza de su mirada a los eventos de la cotidianidad en el mundo flotante…


Lo mismo que sucedió con Junzo Hattori a quien conocí en el borde de una carretera al lado de sus escobas y nos hicimos amigos, sucedió con Kitagawa Utamaro un día de octubre de los primeros años setenta cuando me crucé con él en una exposición de sus grabados y de sus instrumentos de trabajo: buriles, gubias, formones, escoplos, incluso los bloques de madera tallados por el maestro estaban allí. Fue el encuentro que abrió la puerta a otros encuentros con grabadores y creadores japoneses del “Ukiyo-e” y de allí en adelante con artistas, escritores y diseñadores japoneses contemporáneos. Los seguí, los miré de cerca y también narré en estas Marginalias encuentros con algunos de ellos; sin embargo el primero, el que abrió la brecha fue Utamaro. Lo narrado hasta el momento tiene un epílogo extenso en el tiempo, meses. Desde hace años en el “escritorio” de la computadora que me sirve de herramienta de trabajo, contacto con el mundo y punto de partida de numerosos viajes, conservo la obra de un artista que pinta, graba, hace fotografías o ilustra como yo hubiera querido hacerlo y nunca lo logré. Por el “escritorio” de mi computadora han pasado desde Piero della Francesca o Leonardo hasta Adolf Woffli, el suizo que pintó toda su obra en un manicomio de Lausana. De Albert Dürer, Doris Salcedo y Magritte, claro está, hasta Jan Van Eyck, Katsushika Hokusai, Pedro Alcántara, José Luis Cuevas o Edward Hopper, todos han visitado el “escritorio” de mi computadora. No podía faltar, claro está, Kitagawa Utamaro. “Las cuatro habilidades” o “Kinkishoga”, por su título en chino, un tríptico que Utamaro pintó entre 1788 y 1790 y representa los logros de las clases cultas chinas gracias a la práctica de las artes, aparece en el “escritorio” de la computadora cada vez que la prendo. El tríptico representa las estancias de una casa de placer en Edo, antes Tokio, abiertas a un jardín con senderos bordeados por flores, árboles, un estanque visible hasta el puente apenas trazado que lo cruza y más allá del puente, el bosque y el cielo sin nubes; en cada estancia hermosas cortesanas practican la caligrafía, el juego de “Go”, la música y la pintura. La pintura en primer plano la hace ver como la más importante de las artes a pesar de que otros artistas las representaron todas con el mismo grado de importancia. Diecisiete mujeres, once en primer plano, seis en las estancias de los costados y en la esquina izquierda en la que bordea el lago tres hombres juegan “Go” o esperan las dos mujeres que se aproximan con el té. En la primera estancia a la derecha una mujer toca el laúd y tres compañeras la escuchan con atención…


Al lado de la estancia principal donde practican la pintura, una de las mujeres, de pie, estudia el trazo de los pictogramas en un pergamino mientras sus compañeras en posición de loto miran hacia el salón donde las que pintan parecen concentradas en sus obras. Una de ellas traza con delicadeza el tallo del bambú, otra lleva el té, otra muestra el dibujo de un samurai que lanza un bebé al aire, otra lleva en sus manos una pajarera. A pesar de que están concentradas en lo que hacen, todas las miradas van a un lugar preciso en el borde de las hojas en el piso del panel central, donde el dibujo del tronco de un cerezo rosado sirve de apoyo a un gorrión que ya pasó por las otras estancias y se posó allí, para mirar las mujeres, llamar su atención o esperar. Algo más de dos meses lleva Utamaro en el escritorio de mi computadora. Una mañana, al cabo de la primera semana, caí en la cuenta de que el gorrión que unos días veo en el borde del papel, otros en la pajarera y otros en el límite del tapete trenzado en la estancia de la derecha, donde el laúd se escucha, espera mi llegada para el movimiento siguiente. La situación se repite en los días siguientes y me obliga a ir tras él. Cada día el gorrión está en un lugar diferente. Recorro las estancias de una a otra, entro a todas, y en cada una el gorrión me espera; paso entre las mujeres que no se inmutan con mi presencia, no me ven; la intención de desenrollar los papeles en el piso de la estancia donde ellas pintan me acosa; lo mismo que pedir a la mujer del té que me permita probarlo; paso horas recostado contra una columna escuchando las notas del laúd. Así se fueron las semanas. Una sensación que otras pinturas de Utamaro me habían sugerido tomó forma: las mujeres en los retratos, en los grupos, incluso en las estampas eróticas, todas las mujeres, eran la misma mujer, con el mismo peinado aunque con adornos distintos para sostenerlo y con quimonos también distintos pero estampados con diseños y sedas y dibujos preciosos. Así es el “Ukiyo-e”, inasible “Mundo flotante”, donde lo que sucede no parece que sucediera pero está a la vista. Debo aclarar, sin embargo, que ver el gorrión en sus movimientos y seguirlo, requiere de una pizca de la ficción que todos llevamos dentro…


Argumento.
Siempre imaginé que cuando la gente no las mira las pinturas viven, dijo el hombre que también puede ser una mujer. Es cierto, respondió el otro. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

  

La Pintura Inesperada

28 octubre, 2017 § Deja un comentario



La inclinación del terreno obliga en la mayoría de las casas de Jericó, en el suroeste de Antioquia, a que el patio central sea un nivel más abajo que el piso principal donde están la puerta de entrada, las habitaciones, los salones para recibir, el comedor y otros espacios familiares. El corredor principal donde desembocan las estancias bordea el patio desde su altura y es, a la vez, corredor y balcón. Sucede en buena parte de las casas de Jericó. Y sucede, por supuesto, en el Museo Maja donde el corredor balcón mira desde arriba el patio con piso de canto pulido, totems tallados en piedra con salamandras de mirada fija, a punto de dar el salto; plantas de tallo alto y cuernos frondosos suspendidos entre las columnas a pesar de su peso. Una piedra, casi montaña, puesta allí para divisar desde su cima un paisaje imaginario, bordea el estanque azul de surtidor alto y sonidos que el impulso desigual de agua impone y se escuchan desde los recintos del Museo. Alrededor del patio una sala de exposiciones; un salón para clase o conferencias con sillas de estudiante; las puertas de entrada al salón biblioteca y al auditorio; y, como agregados de las paredes, blancos como ellas, salientes para descansar, conversar, pensar o escuchar el correr del agua. Una tarde de sábado, sin sol y un poco fría, sucedió el encuentro que voy a narrar. Debía esperar el final de un taller para ejercitar las habilidades manuales de las señoras de Jericó que mi mujer orienta. Tenía, entonces, delante de mí dos horas, quizá más, para visitar el Museo, ver las exposiciones o escuchar el correr del agua en el patio…


Sin embargo, una pintura que vi esa misma mañana y llamó mi atención por lo inesperada me obligó a buscarla de nuevo. La pintura no hacía parte de las exposiciones en el programa, estaba expuesta, sí, junto con otras tres pinturas y una escultura en el salón con treinta sillas de estudiante. Son parte de una donación que recibió el Museo y si bien no estaban en la programación oficial, estaban expuestas y quien quisiera verlas solo tenía que acercarse al salón en un costado del patio justo al lado de la fuente. El agua y la Pintura Inesperada, la llamaré así porque lo es, se unieron al ritmo de la fuente. La pintura está en la pared frente a las sillas de estudiante. Entre la pintura y las sillas una piedra. Sobre la piedra un vidrio sostenido por siete pilares. Sobre el vidrio una Maria Mulata, obra de Enrique Grau, con cuerpo y alas en planos perpendiculares mira arriba. La silueta de la Maria Mulata toca el marco dorado de la Pintura Inesperada. La Pintura Inesperada es un paisaje, cielo amarillo, apenas visible entre las formas abigarradas de los árboles; dos, tres, troncos gruesos, oscuros, en el plano medio de la pintura están al inicio del bosque, después los arboles se suceden en la profundidad que nace del primer plano gris oscuro hasta otros tonos de gris, más claros, que se pierden entre los árboles de tronco oscuro y hojas rojas, de un rojo dos partes vino tinto y dos agua, una mezcla que si bien no es aconsejable para el vino, es perfecta para la transparencia de los árboles que se sobreponen unos a otros…


El piso del bosque es gris, gris de tonos claros y oscuros que buscan compensar lo frondoso de los árboles con el volumen inesperado del piso. Podría parecer una pintura abstracta, sin definición y representación precisas con uno que otro elemento marcado, los troncos, pero no es eso. Podría parecer también como los primeros trazos de una pintura que vendría después capa sobre capa, transparencia sobre transparencia, hasta la representación de un lugar cierto o imaginario. Sin embargo, dos detalles contradicen la hipótesis: una firma ilegible, disimulada en la esquina inferior derecha, el rincón quizá más denso de la pintura; y un manchón, también gris, más claro que surge detrás de uno de los troncos del primer plano y viene hacia el espectador. Se trata de una forma en movimiento que por su velocidad dejó de ser forma y se convirtió en mancha gris con algunos bordes oscuros que la separan de los árboles rojos y de la tierra gris. Su autor es desconocido, podría llamarse el pintor de la firma ilegible, el pintor incógnito, el pintor que desapareció en la frondosidad del bosque inesperado que surgió de sus pinceles y no reapareció más. El sonido del agua que corre en una fuente cercana influye en las tonalidades de la pintura, no es un sonido repetido, es agua que corre y cada movimiento es distinto, en ocasiones con notas separadas que marcan un ritmo nunca igual, nunca en el mismo tono, siempre inesperado como el bosque rojo. La cadencia del agua marca los tonos de la pintura. Hago el experimento de mirar la pintura sin escuchar el agua que corre y la sensación es una. Cierro los ojos y escucho el agua que corre, la sensación es otra. Abro los ojos y veo de nuevo la pintura y al mismo tiempo escucho el agua, el bosque sigue en su lugar, al interior del marco dorado pero no es el mismo o es el mismo pero distinto…


Es posible que una pintura cambie con el tiempo, con la luz. También es posible que cada persona que se pare frente a una pintura vea lo que otros no ven y su relación con ella sea distinta. Es posible que los sonidos alrededor influyan en la percepción de la imagen, habrá quien la vea en los miles de tonalidades de verde que conviven en la naturaleza; y también habrá quien no sienta nada y no vea la pintura y tampoco escuche el agua que corre. He visto gentes que entran en esta sala, miran alrededor y se retiran después de no ver nada o seguramente, de ver algo que yo no he visto. De un momento a otro el sonido del agua que corre cesa. Ya no hay agua que corre. Las  campanas de la iglesia cercana toman su lugar. Las campanas tienen ritmo y número: cinco veces en tonos altos y graves, primero los altos, luego los graves, luego una pausa. Así seis veces. A cada repique el bosque rojo se hace más volátil; la mancha que surge detrás de los troncos acelera pero no desaparece, se acelera en su sitio. Que el agua cese de correr y las campanas anuncien es el llamado al reposo. La Pintura Inesperada estará allí cuando vuelva, quizá mañana, quizá otro día. Espera, es posible, la llegada del espectador que se atreva a entrar en el bosque rojo. Todo es posible ahora, cuando el agua ya no corre, las campanas callaron y la mancha en movimiento parece quieta…


Argumento.
La mancha gris en la pintura es una ilusión que pasa, dice uno. Es una anamorfosis como en “Los Embajadores” de Hans Holbein, dice el otro. No es nada, dice el tercero… Frente a la Pintura Inesperada comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Tres en uno

21 octubre, 2017 § Deja un comentario


Tres personajes. El dibujo que los ilustra se construye a medida que esperan y los convierte en uno…

A diez pasos no la vi. A cinco pasos la vi. Blusa roja con arabescos oscuros, pantalón azul y zapatillas quizá negras. La vi recostada contra la pared en pose de espera. Espera el bus, supuse, aunque donde estaba no era una parada de bus. Tenía pose de espera. Como todo el mundo, o como casi todo el mundo, estaba concentrada en el celular y los tres buses que se arrumaban contra la acera para recoger pasajeros, los buses recogen pasajeros en cualquier parte, no eran su problema, estaba concentrada en el celular. Era media tarde, nubes bajas, grises, pesadas, amenazaban lluvia. El clima era húmedo, frío, para las temperaturas que se viven en general a esta hora de la tarde, sin embargo yo tenía frío. La mujer, por su pose, soportaba bien el clima, en apariencia. A tres pasos, despegó la cara del celular y miró más allá de mí, a mis espaldas, en busca de una señal, seguramente del bus que esperaba. Entonces noté su cara congestionada, pensé que había exagerado con el maquillaje, el colorete en la mejillas y los labios rojos apretados en una mueca de desidia. El pelo desordenado, lo vi en ese momento, y cogido en una cola atrás la hacía ver como rescatada de la influencia de un ventilador. Con el celular entre las manos a la altura del pecho miró más allá de mí, no me vio, en busca de lo que esperaba ver. Entonces noté la fatiga de quien lleva tiempo esperando. A dos pasos, su ojos, cuando bajaban en busca de la pantalla del celular se cruzaron con los míos. Entonces vi que el colorado de su cara no era resultado de un exceso de maquillaje y que el desorden del peinado tampoco era obra de un ventilador. El contorno de sus ojos era oscuro y tan desordenado como su peinado, si en algún momento hubo maquillaje habían trato de borrarlo y el negro de las pestañas y las rayas que delimitan los ojos habían perdido forma. Sus ojos eran dos manchas negras donde solo era visible el cristalino no tan cristalino quizá opaco, húmedo, un poco colorado, las pupilas en el centro, negras, redondas, grandes, desesperadas que esperaban ver lo que no habían visto hasta ese momento. Las lágrimas inundaban esos ojos. Entonces comprendí que la expresión de la boca era el resultado de las lágrimas. Pensé en detenerme, fue solo un segundo, pero lo pensé. A un paso, una sombra enorme se aproximo por mis espaldas y la mujer, en un solo movimiento, se atravesó en mi camino me empujó con el brazo me obligó a detenerme y sin esperar que se detuviera saltó al bus que llegaba; el chofer al verla ya arriba, tampoco se detuvo. El empujón me hizo caer la bolsa roja del mercado que llevaba. Dos o tres paquetes quedaron sobre la acera, los recogí antes de que otros pasajeros caminaran encima de ellos, me repuse de la aventura y quise ver si el bus no estaba lejos y podía por lo menos ver que la mujer había encontrado un puesto, pero el bus ya había desaparecido entre los otros que se arrumaban contra la acera a pesar de que no era un lugar de  parada…

El hombre es pura fibra. Lleva sombrero que le tapa la cara de los rayos del sol y también protege sus ojos cuando duerme disimulado entre ramas o recostado a un tronco de árbol. El personaje no es joven pero tampoco es viejo y como ha pasado buena parte de su vida al aire libre y en tareas de esfuerzo físico su figura es, lo dije, pura fibra. En algún momento de su vida debió sudar al calor del sol y del esfuerzo, ahora no suda, un exagerado diría que el sudor se le quedó adentro. Decidió no hacer más. A partir de entonces pasa los días simulando que hace pero no hace. Un esfuerzo infinito, seguramente más dispendioso que hacer. El sombrero sobre la cara, para disimular la intención, le permite ver sin ser visto, incluso oír sin ser oído. El sombrero parece suficiente descripción, el resto: su cuerpo y estatura son corrientes; lo distingue una lentitud exagerada al mover los brazos, al dar un paso, al levantar la cabeza, incluso al mirar sus ojos van despacio de un punto a otro. No hay afanes, no hay carreras, nada trastorna el ritmo impuesto por la idea imposible de hacer nada. Para hacer nada hay que ejercitarse, es difícil: mirar ya es hacer algo. Hacer nada es un ejercicio que pocos logran y según he podido observar el hombre que es pura fibra con sombrero lo ha logrado. Si se lo preguntara seguramente me diría que el secreto está en la cadencia. En las cadenas de producción manuales lo importante era mantener la cadencia, si por alguna razón la cadencia decaía, la producción también decaía. En el caso de pura fibra con sombrero no hay producción de por medio, entonces la cadencia que su idea de hacer nada imponga es suficiente. Hacer nada es una cuestión de cadencia para poner un pie delante del otro, para subir un brazo antes que el otro o para desviar la mirada de un objeto a otro. Cadencia y disimulo, casi mimetismo, se sostienen y se reemplazan. El personaje es un camaleón que pasa los días esquivando todo. ¿Será posible que tampoco piense en nada?, ¿que sea capaz de poner la mente en blanco y abstraerse de todo?, ¿será capaz? Cuando lo miro caminar paso entre paso disimulado bajo su sombrero dudo; a veces dudo de que sea él quien va protegido por el ala del sombrero, dudo también de que camine, es posible que se deslice. Hacer nada, conservar el sudor por dentro o pensar nada, no sé aun si son ventajas o desventajas. Es claro que nada de eso se hace de la nada…


Hago fila detrás de un flaco, muy flaco, con barba también flaca que enmarca una cara aun más flaca. 
Se ve tan flaco, me digo, porque lleva gafas de vidrio grueso y montura que aprieta su cara para sostener los vidrios, aun más gruesa; además, el corte de pelo a la moda, rapado a los lados y alto encima parece más alto porque los pelos peinados hacia atrás no obedecen y se van en todas las direcciones, más para arriba que para los lados; la apariencia de matorral en la cabeza lo hace ver más flaco aun. Lleva un bolso de correa gruesa, bolsa profunda sin forma y de apariencia pesada que cae desde los hombros hasta más abajo de las rodillas. El cuerpo flaco es el eje que sostiene la cabeza con pelo en punta, las gafas que aprietan, la barba que enmarca, toma el lugar del cuerpo y llega como una línea perpendicular hasta los pies. El flaco es una línea oscura vertical sobre una base estable, no muy amplia pero suficiente. Hago fila detrás de él. La fila no se mueve, él no me ve, me encuentro en uno de los puntos a los que sus ojos no llegan, se tendría que girar ciento ochenta grados para verme y no lo hará, está ocupado, habla, se queja, con una mujer que se encuentra delante de él en la fila. No escucho lo que dicen, él habla, ella escucha, asiente, escucha, dice una que otra palabra, monosílabos: sí, no; levanta los ojos, el bolso que lleva en la mano pesa y el peso le dificulta levantar la mirada, sin embargo los levanta y mira al flaco, a la línea, diría yo y balbucea un sí. La mujer es más baja que él. Lleva un vestido de flores azules que la hacer ver más gruesa de lo que verdaderamente es; no es tan flaca como él, tiene suficiente carne para que el vestido le quede estrecho y deba acomodárselo cada dos o tres monosílabos. De un momento a otro escuché con claridad la voz de la mujer que dijo: “… y por qué no va hasta las máquinas que están allá…” El flaco, la línea, mira hacia donde la mujer señala. No esperé que hiciera nada, para qué iba a ir hasta el otro lado del hall a hacer la fila frente a otras máquinas si ya la estaba haciendo frente a una que le había tomado buena parte de su tiempo. El flaco, la línea, se dejó convencer y fue hacia donde indicó la mujer; antes, claro, la comprometió a que si tenía que regresar ella le guardaría el puesto. Ella respondió que no había problema. Por supuesto que para ella no había problema, nadie cuida un puesto a sus espaldas. Se compromete uno a cuidar un puesto delante de uno, por gentileza, por civismo y convivencia, pero detrás, después de que uno deja la fila puede pasar con ella lo que sea, ya no es el problema de uno. Sin embargo, la mujer aseguró al flaco, la línea, que se lo cuidaría. Y yo escuché. Si uno abandona una fila, abandona un puesto. He discutido el tema en filas anteriores y la mayoría está de acuerdo con mi posición. Ahora, frente al caso evidente de abandono del puesto, con la mujer que lo cuida delante de mí, el puesto del flaco está entre ella y yo, me dispongo a hacer cumplir uno de los deberes elementales a que estamos obligados cuando vivimos en comunidad: respetar el espacio de los otros; si abandono mi puesto y no he pedido el favor de cuidarlo a la persona que está detrás de mí, la que está adelante no tiene ninguna potestad sobre el lugar abandonado. En fin. Si el flaco, la línea, regresa, muy gentilmente, le haré entender que su puesto está, en ese momento, al final de la fila. Y listo. Imposible que él no lo entienda. Me preparé. Ensayé una o dos formas de iniciar la protesta. La fila avanzó hasta hacer que la mujer del vestido de flores azules estrecho quedara de primera y que detrás de mí, segundo en ese momento la fila se extendiera en diez o más personas que protestarían, con razón, si el flaco, la línea, aparece a ocupar su puesto de nuevo. El flaco regresó segundos antes del que llegara el turno a la mujer y yo no dije nada y nadie en la fila dijo esta boca es mía. Como el hombre es tan flaco, solo una línea, nadie lo había visto…


Argumento.
 Tres personajes: una mujer que espera, un hombre que es pura fibra y un flaco que hace fila. Tres personajes que tienen poco o nada en común. No se conocen y tampoco se han visto. De un momento a otro se cruzan. ¿Qué pasaría entonces…? Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

El brownie y la magdalena

14 octubre, 2017 § Deja un comentario


Es temprano y aun no he desayunado. Es viernes. Voy a cumplir una cita y tengo tiempo, algo más de media hora. Camino por las calles arborizadas de la Zona Rosa, así llaman el barrio aunque no es su nombre original. A lado y lado, casas que en otras épocas fueron de habitación ahora son almacenes, oficinas o restaurantes. Poca gente vive por aquí en estos tiempos, los que vienen, vienen a trabajar, a celebrar o desayunar, como yo. Busco un lugar donde tomar un café y comer algo. En una de las calles, detrás de los árboles que la bordean veo fachadas de locales cerrados. Es temprano. La noche anterior llovió y a pesar del sol mañanero, como de tierra fría, el tiempo es húmedo. No todos los locales están cerrados, alcanzo a ver uno abierto en la acera del frente, una terraza casi desierta, con piso de madera. Solo una mesa con un hombre doblado sobre ella como si durmiera pero no duerme. Las otras mesas, cuatro, están libres. En el interior veo algo de movimiento pero dudo, por la penumbra y el brillo de los ventanales el local parece vacío, solo una silueta vestida de negro es visible en el marco de la puerta. Paso la calle, subo a la terraza, tres escalones cortos, camino cuatro pasos en dirección al interior y me encuentro frente una vitrina con bizcochos, tortas, croissants y brownies. La silueta vestida de negro es una de las jóvenes del servicio: pequeña y menuda, el vestido negro la hace ver más menuda, el peinado cogido en cola de caballo y la sonrisa al punto. Me indica un lugar en el interior donde hay dos mesas ocupadas, una por cuatro personas y otra por una pareja…Prefiero en la terraza bajo el alero que protege del sol mañanero, le digo. La joven me mira, la pregunta qué deseo tomar o comer está en sus ojos. Dudo mientras miro la vitrina. Ella sugiere entonces que ocupe la mesa. Me llevará la carta con las posibilidades de desayuno. Dudo otra vez. Considero los bizcochos y las tortas y los brownies en la vitrina. Por alguna razón que en ese momento ignoro los brownies me hacen señas, me llaman. Digo a la joven, silueta vestida de negro, que tomaré un café grande, sin azúcar, bien caliente y un brownie. Un café americano, dice ella que no parece sorprendida por mi elección; si ella hubiera tenido que elegir, quizá también hubiera preferido el brownie. Ocupo la mesa en la terraza. La angustia de la falta de desayuno sube y baja, me atrapa, el sabor sin sabor es intenso. Espero que la joven, silueta vestida de negro, lo haya notado y se de prisa. Desde mi puesto miro con algún esfuerzo el hombre doblado sobre la mesa que está casi a mis espaldas. Parece que duerme pero no duerme está concentrado en su celular, no se mueve ni manda mensajes y tampoco los recibe, está doblado sobre el aparato, las manos en reposo a lado y lado y un poco más allá o más acá, en mi dirección, una taza donde tal vez hay café. Mi silla está al lado del ventanal y lo primero que veo después de verificar que el vecino no duerme, es mi reflejo en el vidrio y más allá, en una mesa igual, paralela, la pareja que espera. Los otros clientes se pierden entre la penumbra del local y los reflejos del ventanal. Entonces llegan el brownie y el café. Es bonito, quiero decir, la composición del brownie en forma de montaña mezcla de chocolate, nueces, harina de color café oscuro, como la tierra abonada, en una esquina del plato blanco, cuadrado; al pie de la montaña, casi rozando su base, un juego de líneas de chocolate a la manera de un campo arado son complemento perfecto para un paisaje…
Fue lo primero que vi. Un paisaje enmarcado en un espacio blanco. Cuadrado y blanco. La imagen que sugirió el plato me llevó a paisajes que David Hockney pintó en los años sesenta y setenta; faltan seguramente algunas líneas de color y una que otra mancha roja o gris o azul, pero la composición, la luz y el momento pertenecen a aquellos paisajes. El brownie, la montaña, espera. Hago el primer corte de cuchara, tímido. Pruebo la montaña, entro en el paisaje. La sensación es inesperada, el brownie se deshace en la boca y el sabor del chocolate y la nuez desplazan el sin sabor anterior. Tomo un sorbo de café. Hago un nuevo corte, aun tímido, y pruebo un segundo bocado, la sensación es la misma, repetirla la hizo más intensa. Miro mi reflejo en el ventanal y más allá de la satisfacción del momento veo la pareja que también recibió su pedido, no son brownies, ellos se decidieron por huevos, pan, café, mantequilla y el resto del desayuno de la carta. En comparación con la lentitud con que el brownie, montaña y paisaje, cambia de forma, la cuchara lo disminuye o lo amplía, la pareja al otro lado del ventanal come rápido. En el tercero o cuarto corte de cuchara en el brownie, paisaje y montaña, ellos han terminado. A medida que avanzo, como reconociendo el terreno algunas harinas accidentan la textura cuadriculada. Intento recordar un sabor similar, un sabor que se mezcle con el tiempo…
Entonces aparece la galleta que la madre de Proust le ofreció una fría mañana de invierno. La magdalena. “… En el instante mismo en que el sorbo de té mezclado con la magdalena toca mi paladar, tiemblo. Algo extraordinario sucede. Un placer delicioso me invade sin saber cómo y los acontecimientos de la vida son indiferentes, sus desastres inofensivos, su brevedad irreal. Esa esencia preciosa no está en mí, esa esencia soy yo…”, escribió Proust acerca de su encuentro con la magdalena en Combray aquella mañana fría de invierno. La magdalena trajo sentimientos venidos de otros espacios de la memoria, lo mismo sucedió con el brownie esta mañana húmeda de nuestro invierno. La coincidencia hizo que en el brownie se encontraran el paisaje que Hockney pintó hace más de cincuenta años y la sensación de esencia preciosa que no está en mí, que, como escribió Proust, soy yo, mientras se deshace en la boca. Hago la comparación, desigual por supuesto, entre el paisaje de Hockney, la magdalena de Proust y el brownie en el plato frente a mí y encuentro que tienen todo en común. Los recuerdos son así, van y vienen sin preguntar. Parroquianos nuevos llegaron a las otras mesas de la terraza, los veo concentrados en sus celulares. Cuando se acerca la hora de mi cita, estoy a punto de desplazar la montaña, de terminar el brownie, de redibujar el paisaje. Con el último corte, la montaña, brownie, no habrá desaparecido, quedarán algunas harinas. La textura cuadriculada en el lugar del campo arado se mantendrá y el paisaje 
quedará con la huella de los acontecimientos que Proust presintió cuando la magdalena se deshizo en su boca
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, se sienta a una mesa y espera. El plato que le sirvan será una sorpresa para los sentidos… Mientras espera, recuerda sabores y aromas y, por supuesto, lugares… Entre uno y otro, espera y recuerdo, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Experimentos con la “llamada realidad”

7 octubre, 2017 § Deja un comentario


La Marginalia que circula hoy, sábado 7 de octubre, es la misma que debió circular la semana pasada. Lleva el mismo título: Experimentos con la “llamada realidad”. No circuló porque “la llamada realidad” levantó frente a mí un muro imposible de franquear e impidió su publicación. Quizá  sintió que algo le iba pierna arriba. No lo sé. La misma Marginalia, con este corto introito circula hoy. “Experimentos con la verdad” es el título de un libro de Paul Auster, mezcla de cuentos, entrevistas y ensayos. Es, dicen, pieza clave en el rompecabezas donde literatura y vida, verdad y ficción, tienen lugares importantes. Quizá la “verdad” del experimento de Auster se puede equiparar con la “realidad” entre comillas de la que tanto habló Vladimir Nabokov o también con la “llamada realidad” que Imre Kertész puso en boca de Keserü el personaje de “Liquidación”. Me parece, y lo he repetido aquí mismo, que la realidad es el resultado de nuestras ficciones: de tanto repetirlas, soñarlas, vivirlas se convierten en “la llamada realidad” con cuerpo, aroma, textura e incluso tiempo. He aquí algunas de ellas a manera de experimento…
… Ocho mesas redondas, pequeñas, para tres. Cinco ocupadas. La primera está libre. En la segunda, una mujer joven de pelo largo, teñido o desteñido, come salpicón, chatea y habla por celular a la vez; una botella de agua a medio terminar espera en el centro de la mesa. Un hombre de edad promedio ocupa la primera mesa, la que estaba libre; disimula un suéter blanco sobre sus piernas casi debajo de la mesa y se tapa la cara con las manos. La tercera mesa estuvo desierta pero una mujer de quien solo veo la cabellera y el movimiento rápido de un tenedor entre la mesa y la boca, la ocupa súbitamente. En la cuarta mesa, mientras dos mujeres y un hombre comen en silencio, se parecen, algún parentesco debe haber entre ellos, no se hablan ni se miran. Otra mujer mayor con camisa azul se sienta frente a la que ya ocupa la tercera mesa. En la fila paralela, una pareja ocupa desde hace ya un buen rato la quinta mesa, comen y hablan, gesticulan, comen y hablan, por el tiempo que llevan allí, gesticulan, comen y hablan, despacio. En la sexta mesa una mujer y un niño, la mujer viste la camisa de un equipo de fútbol y el niño no.  La mesa siete está ocupada por una mujer sola que mira el vacío y tiene el celular pegado a la oreja. Tres personas, dos mujeres y un hombre, y un arrume de morrales y carteras ocupan las cuatro sillas de la octava mesa. El sueño me domina, cierro los ojos, mis párpados pesan, duermo, cuando los abro casi todo ha cambiado. El hombre de la primera mesa sigue ahí y ya no se tapa la cara con las dos manos. En la segunda mesa hay un niño; si se sienta bien en la silla, sus pies no tocan el piso, está solo. En la tercera mesa una mujer con los brazos cruzados espera. En la cuarta  mesa no queda nadie de la familia, ahora la ocupa una mujer morena. La pareja de la mesa cinco y una tercera persona, mujer, vestida de rojo esperan, no hablan, callan y miran el centro de la mesa. En la mesa seis un joven con los costados de la cabeza rapados come, abre una boca inmensa para cada bocado. En la mesa siete una pareja joven se mira y sonríe, no habla solo sonríe. La mesa ocho está desierta. Todo esto en menos de una hora…
… Salgo a la calle, es temprano, a pesar de que no estamos en época de lluvias el tiempo es húmedo, llueve en las noches y al amanecer deja de llover, la humedad se mantiene hasta media mañana cuando sale el sol y la temperatura sube; al final de la tarde ya hemos pasado por la zona de calor del día, la humedad reaparece y llueve, se repite el ciclo. Salgo a la calle a una hora en que la humedad no ha cedido el paso al sol y hay nubes, pero no de lluvia. Llego a la esquina donde un hombre me hace señas para que me acerque, me acerco; el hombre pregunta una dirección. No sé, respondo, sin embargo le indico una calle y le aseguro que allá encontrará quien lo guíe. Camino hasta la parada de buses y espero. Pasa el tiempo. Frente a la parada pasan buses con destinos que no me convienen, pienso que hace tanto tiempo que no hago este recorrido que es posible que la empresa de buses haya desaparecido. Con retraso, después de ver pasar un buen número de otros buses llega el esperado. Soy el séptimo pasajero. Escojo la banca detrás de una pareja. Con más de la mitad de los puestos libres supongo que van juntos pero después de algún tiempo me doy cuenta de que no; algunas paradas más adelante el hombre baja y después en la siguiente parada, baja la mujer. Casi van juntos, me digo, una parada los separa. Tomo fotos de los dos, desde mi puesto tomo fotos de sus cabezas, de la parte de atrás de sus cabezas, el lado escondido de sus cabezas, para ellos. En los puestos libres se sienta otra pareja, estos si van juntos aunque no son pareja, ella es muy joven, él muy mayor. Ella lee un libro, él mira por la ventana; también tomo fotografías de la parte oculta de sus cabezas. Dos paradas más adelante sube un hombre joven y grande demasiado grande, debe subir agachado y como no se puede mover en el pasillo ocupa un puesto detrás del chofer. Hago varias maromas, entre ellas quitar el volumen a mi celular para que no haga ruido en el momento de la foto. Entre el espacio que dejan las cabezas de la pareja que va en la banca de adelante tomo la foto del joven demasiado grande. Poco antes de llegar a mi parada me levanto y voy hasta la parte delantera, al espacio entre la barrera que separa el chofer de los pasajeros y el puesto donde está el joven grande; veo entonces que tiene los brazos tatuados con figuras sacadas de un catálogo de imágenes de uso libre; tiene tatuados balones de fútbol, raquetas de tenis, pelotas de golf, aviones de juguete, palmeras de mentiras, grupos de nubes; son tantas las figuras que tapizan sus brazos que decido tomarle una foto; me sostengo en equilibrio, saco el celular, abro la cámara y en el momento en que voy a tomar la foto, sin que él se de cuenta, claro está, el bus hace una maniobra, pierdo el equilibrio y voy a chocar precisamente con el joven grande; pido disculpas y bajo del bus. No hubo foto, sin embargo la curiosidad del por qué un tatuaje que cubre los dos brazos en su totalidad está concebido con imágenes de catálogo comercial me intriga, debe ser el único…
… Llego al lugar de la cita con cerca de una hora de anticipación y voy a la librería, está cerrada. Desde la vitrina veo los últimos títulos. Me atrae un libro de cuentos de Junichiro Tanizaki y otro de Roberto Burgos Cantor, sin embargo agradezco que la librería esté aun cerrada porque hubiera querido comprar alguno de esos libros y no tengo con qué. El lugar de la cita es un café que muchos toman por oficina. Las mesas están ocupadas. Hago fila para tomar un capuchino. Me preguntan si tengo puntos, respondo que sí. Es un lugar difícil, todo el que llega espera encontrar una mesa y el que la encuentra no la libera más. Veo gentes que ocupan dos mesas, conversan de una a otra y no consumen nada, teclean en sus celulares; y otros que pasan tanto tiempo frente al mismo café sin terminarlo que deben acercarse al mostrador para que se lo calienten. Hago una fila que no es una porque veo parroquianos que llegaron después y recogieron su servicio antes, quizá no me ven o me ignoran, me debería acostumbrar, pero no lo logro. Digo a la mujer del servicio, joven y redonda, que es el capuchino más demorado que me he tomado en la vida. A pesar de la demora o por culpa de la demora cuando tengo mi capuchino en mano una mesa en el centro del salón se libera. Logro ocuparla. Es redonda, pequeña, para cuatro personas un poco estrechos, solo dos sillas. A mi izquierda hay una pareja, él chatea, ella toma café a sorbos cortos y mira al frente, por momentos sostiene el pocillo a la altura de su cara y mira un punto indefinido al otro lado más allá del límite de las mesas. Por momentos, hace gestos a su acompañante, son gestos de aprobación o rechazo, quizá de aprobación; el hombre chatea entre sorbos y solo mira a la mujer cuando necesita su opinión. A la derecha hay un hombre solo, en una mesa idéntica a la mía, si estuviéramos juntos su puesto sería frente a mí; el hombre viste el uniforme de moda: bluyines rotos, tenis blancos, camiseta con letreros, barba de tres días y pelo aun más corto; chatea y habla por celular; chatea y habla. En las otras mesas hay, en general, de a tres personas que hablan o escuchan; en todas hay celulares y computadores portátiles abiertos. Me encuentro con la persona con quien tengo cita. Hablamos del tema de un encuentro que vamos a tener en los días siguientes. Después salgo a buscar el bus. Contrario a lo que sucedió en el bus anterior éste pasa pronto, sin embargo un pasajero que subió en la parada siguiente a la mía se quejó con el chofer por la demora y se sentó en la banca más cercana al chofer; el quejumbroso, lo llamaré así, es el primer pasajero ven los que suben después.
En la parada siguiente subió otro pasajero: mayor, flaco, con pelo blanco peinado hacia atrás. El quejumbroso desde su puesto detrás del chofer habla al recién llegado como si lo conociera de antes. El nuevo pasajero no pensó que el otro hablara con él y no le prestó atención pero fue tal la insistencia que terminó por sentirse aludido; aludido pero extrañado porque no esperaba la andanada de saludos y frases, y también porque fue evidente en ese momento que no conocía, nunca había visto al quejumbroso. Así que no hubo conversación y el recién llegado siguió hasta el fondo del bus. La situación se repitió con todos los pasajeros que subieron de esa parada en adelante. ¿“Vas a ir al paseo el domingo”? es la pregunta que el quejumbroso hace de buenas a primeras a todos los que suben al bus y ninguno, claro está, sabe de qué paseo habla, ninguno responde, lo ignoran y siguen a buscar un puesto lejos de él. Hasta que uno respondió, se sentó a su lado y entonces el quejumbroso no volvió a callar, habló y habló y habló de paseos y personas que el que se sentó a su lado no conocía…
Argumento. Me cruzo en la calle un hombre con descripción de personaje de novela. Recuerdo, entonces, he aquí la coincidencia, una novela donde su autor sufre vacíos cuando descubre ser el personaje de una trama que se cierra cuando el lector del libro, donde él es el personaje, deja de leer. La coincidencia, la novela en la novela, me obliga entonces a seguir el personaje con quien me cruzo. Nadie sabe dónde salta la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017