Cosas 50

21 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Voces

Entre el personaje de“Muebles El Canario”, el cuento de Felisberto Hernández, y yo, hay puntos en común ineludibles aunque su novedad, la voy a llamar “novedad”, es inducida, y la mía, en algunos puntos parecida a la suya, es natural, por lo menos eso es lo que quiero creer. El personaje de “Muebles El Canario” desea dormir porque está fatigado y acalorado, pero el asunto del tranvía es lo peor. En el trayecto a casa un hombre le inyectó en el brazo una solución líquida, él sólo alcanzó a ver la jeringa marcada con un anuncio publicitario: “Muebles El Canario”. La sorpresa y la actitud de otros pasajeros que exigieron al promotor de la publicidad que les inyectara a ellos también, le impidieron evitar el pinchazo. El único reticente parecía ser él. El resto del cuento narra la noche sin dormir por culpa de algo parecido a una radio imposible de apagar, bajar el volumen o cambiar de programa, en su cabeza. Las menciones, poemas, lecturas y dedicatorias se repetían sin cesar. No se sabe si al final logra apagar el programa que retumba en sus oídos. No puedo decir que igual de claro y específico como el programa de “Muebles El Canario”, pero yo también tengo un ruido, como voces, en la cabeza. Una mañana al despertarme lo escuché y desde ese día ahí está. He hecho esfuerzos inútiles por deshacerme de él, he intentado bloquearlo con tapones, tomar agua al revés, taparme la nariz y respirar de adentro hacia afuera. Fui donde un especialista que diagnosticó: “falta de un buen susto” y estuvo a punto de empujarme escaleras abajo en el edificio donde tiene el consultorio. Nada ha servido. Una amiga a quien hablé del ruido encontró la solución estampando sonoros besos en mis orejas. Ella creyó en la efectividad de su remedio pero yo, que soy quien lo vive minuto a minuto, me fatigué de asegurarle que lo que hacíamos era cambiar mi ruido interior por el de sus besos. El ruido, como voces o raspaduras, en la cabeza no hace parte de mi personaje, no es un recurso puesto allí para hacerme más o menos interesante, en ocasiones me causa dificultad disimularlo pero no creo que el escritor del cuento en el que trabajo lo haya notado. Ahora que la casualidad puso los “Muebles El Canario” en mis oídos, intentaré ser más explícito con mi ruido. Es como un zumbido, quizá voces, que a veces se acercan, otras se alejan y en ocasiones se sobreponen a otros sonidos y parece seguirlos, como acompañamiento de fondo. Mí ruido es así pero no exactamente así, es igual en la luz y en la oscuridad, no cambia. En cierta forma eso me tranquiliza. Otra cosa sería que se sintonizara a media noche en el estallido de una calle congestionada por una balacera, o por una gata en celo al pie de la ventana, o peor aún, que se concentrara en la música ambiente de cualquier centro comercial a todo volumen. ¿El siguiente estado será como el de mi colega de “Muebles El Canario”?, me pregunto. Parece que el más grave o quizá, el más premonitorio de los ruidos en el oído es el de voces que insinúan, ordenan, anuncian o sólo conversan en el fondo de la cabeza y nadie puede hacer nada por acallarlas. Antonin Artaud, escuchaba voces en permanencia, voces que le decían versos o le sugerían dibujos. Adolf Wölfli, el pintor suizo que murió en un asilo a comienzos del siglo XX, también escuchó voces que le decían lo que debía pintar y el resultado fueron unos cuadros maravillosos en forma y color. Ambos, parece, estaban locos…

Cosas…

… Sin ruido, la “cosa”, tan campante, se mete por todas partes…

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

Cosas 49

14 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Huevo

Dicen que el desayuno es la comida más importante, más aun que el almuerzo y mucho más que la cena. Su importancia está en que por ser la primera del día equivale al impulso inicial que pone todo, cuerpo y entendimiento, a funcionar. Desde hace algún tiempo vengo siguiendo sus pasos porque cuando se trata de comer en cualquiera de las tres instancias diarias todo es bueno; un desayuno con huevos y café, pan o arepa, también está bien al medio día o en la noche. Y al contrario, el recalentado, lo que quedó de las comidas del día, es válido a la hora de desayunar. Sin embargo cuando se habla de desayuno, no confundir con déjeuner: almuerzo en francés, lo propio es pensar en lo básico: café negro o con leche, huevos, pan o arepa, mantequilla, mermelada y queso. Se pueden presentar variables en los ingredientes, por ejemplo: en lugar de pan o arepa, croissants, medias lunas como las llaman en el sur; eliminar la mermelada o el queso, uno de los dos, no los dos porque el desayuno quedaría cojo. Se encuentran variedades de quesos desde jóvenes hasta maduros en casi todos los mercados, lo mismo mermeladas de sabores variados o incluso exóticos, eso se da por hecho en la oferta y cada uno consume lo que más le guste. Los huevos en cambio, siempre son los mismos, la misma forma, el mismo contenido, la misma clara, la misma yema. En “El cerebro y la rosa” Julio César Londoño escribe que “el huevo es, quizá, el invento más revolucionario de la naturaleza…” por su contenido y por su empaque, frágil hasta la “huevonada”, pero resistente a la luz, la humedad, el calor; además de la versatilidad infinita de formas que asumen la yema y la clara cuando se mezclan, se separan, se cuecen a fuego lento y una vez cocidos, se cortan, en tajadas, en bandas, en cubos o, en la amplitud de un perol antiadherente que permita la expansión y blanqueamiento de las claras, separadas de las yemas, se extienden a fuego lento hasta lograr una consistencia mediana y en ese momento se agregan, en el centro del perol, las yemas enteras, redondas e intensas, se cubre el perol y cuando las yemas lleguen a punto, la posibilidad de agregar una lonja de queso Mozzarella antes de que las yemas comiencen a cambiar de color aparece; un minuto después, con suavidad, se doblan los costados de las claras hacia el centro hasta formar un cuadrado que, por el espesor de las claras y las yemas cocidas, parecerá un sobre de correo de aquellos que no llegan más y se sirve caliente en el centro de un plato que ponga en valor el color y la forma. El acompañamiento con café negro sin azúcar, pan o arepa, hará el resto. Recuerdo ahora un profesor de dibujo. Una vez llevó, para que los dibujáramos en su taller varios cubos transparentes, pequeños, cada uno con un huevo al interior; en ese momento era visible la yema redonda y suspendida en el líquido de la clara. En una olla también transparente con agua hasta la mitad colocó los cubos a la vista de los ocho o diez estudiantes, prendió la parrilla portátil en el centro del salón, y propuso que dibujáramos la cocción, desde la transparencia del cubo con la yema visible y suspendida en el centro, hasta la densidad del blanco cocido con el agua hirviendo. El mismo huevo pero entre el primero y el último dibujo la diferencia era un mundo. No hay duda, el huevo es un invento revolucionario…

Cosas…

… La “cosa”, en cambio, no es un invento. Está ahí y bien ahí…

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Cosas 48

7 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Saúl Alvarez Lara / Retrato aislado / Tinta y pluma / 10 x 16.5 cm. / 2020

Diario

Desde hace algunos años, ¿diez, doce?, llevo un diario que no es uno. En los últimos días he intentado escribir, para el diario, un retrato del desayuno que tomo todos los días pero no he logrado nada distinto a la descripción del hecho y sus ingredientes, entonces decidí escarbar entre archivos guardados en la computadora, como el personaje de un cuento escabroso, hasta llegar a dos entradas del diario, sin fecha pero, con seguridad, anteriores a la llegada de la “cosa” que nos acosa. … El jubilado va en el puesto delante del mío. La joven va en la banca al otro lado del pasillo a la altura del jubilado, habla por celular y va de uniforme; él lleva el uniforme de los jubilados: ropa formal de la que se usa para ir a trabajar a una corporación pero sin corbata. El jubilado mira a lado y lado con la tranquilidad de quien tiene tiempo. La joven habla por celular y hace planes para salir después de clase, es lo que supongo por el disimulo con que habla. El jubilado también tiene celular pero no lo lleva en el bolsillo de atrás porque le han dicho que es peligroso, prefiere llevarlo en uno de los bolsillos de adelante. La joven no tiene problemas y si los tiene no se ha dado cuenta o tiene quien le ayude a solucionarlos, todo va bien, dice ella, sin embargo no está satisfecha y por eso organiza programa, el tono de su voz no delata con quien habla. El jubilado, en cambio, sabe de qué esta hecha la vida y por eso mira a lado y lado con ojos de perro que late echado, tiene problemas y sabe dónde están; para esquivarlos o para afrontarlos va hacia un lugar no definido aun en su comportamiento, un lugar que puede ser una sala de espera, la fila de un banco o un café donde se encontrará con los amigos… […] … El hombre dijo que había trabajado siete años en la construcción y calló. No supe más porque no habló más. La mujer que estaba incómoda, a una distancia igual del que habló y de mí, llamó su atención, diciéndole que cerrara la ventana porque estaba lloviendo, pero él no le prestó atención porque después de decir lo que dijo se quedó embelesado mirando llover. Es cierto que ver llover atrae y el que habló era un buen ejemplo. Como estaba sentado no sabría decir si es alto o bajo, diría que es bajo, tal vez por el tamaño de su cabeza pequeña y cuadrada con pelo cortado a ras. Sus orejas son grandes, esto, claro está, no asegura que oiga bien porque no escuchó a la mujer cuando le habló. Como mira la lluvia con detenimiento en ocasiones veo su perfil y sus orejas. Puedo decir que tiene la nariz puntiaguda y los ojos hundidos, con ojeras; debe ser por el trabajo en la construcción. Seguramente acaba de salir, son más de las cinco de la tarde y parece cansado, lo digo, no solo por la hora, sino  porque no es la lluvia lo que lo tiene abismado, es el trabajo agotador. De repente, como si algún movimiento mío lo hubiera puesto sobre aviso, se voltea y me mira fijamente. Sus ojos son pequeños y separados, duros; la nariz, confirmé, era puntiaguda, bajaba hasta casi tocar la línea con curva hacía abajo que tenía por boca; su expresión, dura, tenía todo que ver con la lluvia o el exceso de trabajo; como era lampiño, los pocos pelos encima de la raya de la boca y el mentón endurecían su cara. Quizá me hubiera retado, agredido, no sé, iniciado algún gesto violento hacia mí si la mujer, ella sí pequeña porque la vi de pie, vestida con un talego azul, grande para su talla, que ocupa el asiento mojado por la lluvia, llora a mares; él no supo que hacer y yo tampoco, su agresividad bajó, en apariencia, y mi preocupación también; nos concentramos en la mujer que llora como si sus lágrimas fueran la continuación de la lluvia…

Cosas…

¡Que cosa! Cuando todos creen que está por irse, vuelve y se queda…

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Cosas 47

31 octubre, 2020 § Deja un comentario


Saúl Álvarez Lara / Árbol y cemento / Fotografía digital / 21.5 x 27.9 cm. / 2020

Cemento

Tenía los ojos oscuros y la piel pálida porque salía poco de las dos piezas, treinta y cinco metros cuadrados, donde vivía solo. No era un hombre joven, más bien lo contrario. Tenía esposa, pero por costumbre y espacio, desde cuando se casaron en los años treinta del siglo XXI ella vivía en un apartamento idéntico al suyo en otro de los edificios de la misma unidad residencial llamada “Las Brujas”. Trabajaba, desde su apartamento, en una empresa editora de textos para divulgación virtual y pasaba los días y las noches frente a la computadora en la pieza que al mismo tiempo era salón, comedor y cocina. La vida era normal, sin altibajos, no salía, trabajaba, y una vez por semana veía películas; pedía comida o utensilios de aseo a domicilio, y dormía cuando el sueño lo vencía. De vez en cuando iba a visitar a su mujer pero prefería no salir porque el calor afuera era insoportable, solo había cemento alrededor. Al menos, decía a su mujer, en su apartamento del piso trece podía abrir la ventana, de metro por metro, y recibir el aire que aun contaminado, refrescaba un poco. A pesar de que los constructores prometían naturaleza y espacios abiertos no había árboles, ni pájaros, no recordaba el trinar de ninguno, ni plantas, ni prados, ni flores; no había nada alrededor a parte del cemento de los edificios, el ruido de las sirenas de la policía y las ambulancias, la polución y los rectángulos azules y rojos que adornaban la parte baja de las ventanas de los cientos de apartamentos, la mayoría desocupados, en edificios iguales que alcanzaba a ver desde su ventana. Hasta que una mañana o un medio día o un atardecer hizo un descubrimiento. Sucedió cuando iba de visita donde su mujer. En un arrume de desechos, frente a la excavación de lo que pronto sería otro edificio, encontró uno de esos accesorios, discos externos los llamaban, que en los años de expansión de la tecnología servía para aumentar la capacidad de almacenamiento en las computadoras. Había visto objetos así en fotografías, le entró curiosidad y lo guardó en el bolsillo. Esa misma noche lo conectó a la computadora. Después de un buen rato, porque esos accesorios ya no existían en el mercado, logró abrirlo y navegar entre archivos con información de alguien que vivió en aquellos mismos parajes durante los primeros años veinte del siglo XXI, es decir, cuarenta años antes. Almacenados allí había facturas, cuentas de cobro, documentos, fotografías de familia, cartas y sobre todo cuentos, novelas y textos que seguramente habían servido para algún trabajo o documento publicado o sin publicar. Como en “La máquina del tiempo”, la novela de H. G. Wells, escrita a finales del siglo XIX, el hombre, como “el Viajero” de la novela, hurgó en los documentos y descubrió que mientras el señor Wells trabajaba en su novela aquellas lomas, en Envigado cerca de Medellín, donde ahora solo había cemento armado y edificios, eran conocidas como “El Chinguí”, lomas con fauna y flora silvestre, fincas, vacas, y abundancia de árboles, ¿escobos?, que los habitantes utilizaban para hacer escobas y por esto les cambiaron el nombre. “El Escobero” las llamaron desde entonces. De allí, a decirle “Brujas” a quienes fabricaban escobas en esas lomas donde ahora había edificios en lugar de árboles o árboles marcados solo en los accidentes del cemento, había un paso. Más de cien años antes, continuó leyendo el Viajero mientras regresaba en el tiempo como el personaje de la novela, la primera vía subía por El Escobero hasta la finca de un señor Villa quien, en la segunda parte del siglo XX, decidió parcelar sus tierras y construir unas casas con la idea de ver crecer en ellas la armonía entre naturaleza, flora, fauna y habitantes; unas casas que llamó por el nombre y la historia que esas lomas llevaron desde siempre: “Las Brujas”. Aunque hay quien dice que el nombre viene de la ciudad belga. Árboles para hacer escobas, ¿escobos?, brujas, ciudades belgas, las historias se cruzan hasta dejar al Viajero en vilo. ¿Qué pasó? se pregunta, ¿qué pasó con los árboles?, ¿las plantas, las flores?, ¿qué pasó con “Las Brujas”, aquellas casas que sembrarían la armonía entre naturaleza y habitantes? Afuera, la noche profunda, las sirenas y los motores habituales en la oscuridad lo mantenían despierto. ¿Qué pasó? La fiebre del cemento atacó, cortaron todos los árboles y en lugar de prados plantaron cemento. No más aves, ni plantas, ni flores, ni ardillas. Era necesario, según los constructores y políticos del momento construir, abrir espacio para los edificios y vías para los automóviles a pesar de las protestas de los habitantes de aquellas lomas, a pesar de la contaminación del aire, a pesar de la fauna y de la flora, a pesar de todo. El viajero no podía creer que esto hubiera sucedido allí mismo treinta o cuarenta o incluso veinte años antes y que él viviera en el mismo lugar donde la idea original había sido la armonía entre naturaleza y habitantes. Desde su puesto frente a la computadora, el Viajero alcanzó a ver un pedazo del cielo gris de amanecer; fue entonces cuando llegó a un documento titulado: “Cemento”, lo abrió y comenzó a leer: … Tenía los ojos oscuros y la piel pálida porque salía poco de las dos piezas, treinta y cinco metros cuadrados, donde vivía solo…

Cosas…

… Y la “cosa” ahí, dura, como el cemento armado… 

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Cosas 46

24 octubre, 2020 § Deja un comentario


Luz

A una hora imprecisa se apagó la luz. Como dicen aquí y en todas partes: se fue la luz. A pesar de la hora, mañanera, quedamos a oscuras. Aquello que hubiera sido una suerte de aventura semejante a las que imaginábamos cuando éramos niños y la luz se iba en la ciudad, en el barrio o solo en nuestra casa por falta de pago, se presentó como un problema sin solución. Lo primero que vino a la memoria, fueron aquellos años. Después vino la certeza de que estábamos aislados del mundo. Sin luz, sin computador, sin internet, sin televisión, sin radio, sin datos, todo apagado y con el mundo por allá lejos. Inaccesible. También dejaron de funcionar la cafetera, la lavadora, la nevera, el teléfono y todos los electrodomésticos. Aislados. ¿Qué hacer? Mirar el paisaje, aprender el contorno de las montañas y los árboles que se distinguen por los tonos de verde. Seguir las nubes cambiantes del cielo y esperar que sus formas, nuevas a cada segundo, sugieran un número, un sombrero, un instante. Sin conexión con el mundo el tiempo es lento, la fatiga no; hay que hacer algo, es necesario hacer algo. ¿Leer? Tengo libros cerca y cualquiera de ellos abriría un mundo que a diferencia del cercano y llamado real, pero aislado, propondría partir, salir, entrar en lugares donde la luz eléctrica no se va. Hace algún tiempo hice una fotografía, un retrato, algo que en lenguaje contemporáneo se conoce como un, o una, “selfie”. Mi sombra desde la cabeza hasta los hombros proyectada, por la luz de varios bombillos, sobre una pared blanca donde el único accidente es el interruptor de luz. La sombra toma forma sobre la pared de manera que el interruptor se encuentre en lugar de ojos, nariz y boca. Hice la “selfie” y escribí un texto relacionado con la acción de autorretratarse, tan de moda en estos tiempos donde la necesidad de representación se impone. Recuerdo esa imagen y me encuentro con que la luz eléctrica se fue, el mundo más allá de las montañas quedó aislado, nada prende y ni siquiera puedo tomar una ducha porque el agua caliente se debe a la electricidad y el agua fría es para la matas, se me ocurre que si en el momento de aquella “selfie” hubiera sentido el impulso de apagar el interruptor en el centro de mi cabeza ella no hubiera existido y la oscuridad confirmaría que sin luz eléctrica poco queda. ¿Y las pilas?, ¿qué pasó con las pilas?, ¿no tiene? se preguntarán algunos…

Cosas…

… ¿Será que la “cosa”, como la luz, se irá sin avisar?, ¿será que tiene pilas…?

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Cosas 45

17 octubre, 2020 § Deja un comentario


Dos mujeres en una. La que ven miles en momentos que no son ella, momentos inventados por otros que la convierten en lo que no es para hacer de ella lo que no es, es una. La otra, la que nadie ve, que es distinta a la que todos ven, por pequeña, sin maquillajes, ni tacones, ni vestidos y que nadie reconoce porque no se parece en nada o, se parece en los cabellos dorados con bucles especiales que distingue a la que todos conocen y la que nadie reconoce lleva también en los momentos quietos, cuando no es la que todos conocen. Los cabellos dorados con bucles especiales se convirtieron en símbolo, otras mujeres, muchas, imitan la cabellera para parecer la que todos conocen, los hombres adoran y las mujeres envidian. Alguien que se encontró con ella en momentos en que era ella, no la otra, tuvo la sensación de que estaba frente a una mujer tan flaca y poco atractiva que le costó creer que era la misma que unas imitaban y otros perseguían, incluso sus piernas que, en el cuerpo de la que miles ven, eran esculturales, en este cuerpo que nadie ve son palillos sin atractivo. Solo la cabellera se mantiene pero no es suficiente…
@thegalleryatdivas • Curaduría Omar R. Hidalgo • Hasta noviembre

Retratos

El sábado diez de octubre se inauguró en la Galería Divas en el centro de Medellín, Palacé esquina Barbacoas, “La otra cara del retrato”, una exposición de textos y fotografías. Digo una exposición de textos porque las fotografías son la vena para trazar, en doce líneas, el retrato imaginario del personaje retratado. Y digo imaginario porque se trata de un encuentro que, viéndolo bien, no fue uno porque nunca hablamos y en la mayoría de los casos tampoco nos vimos las caras. Podría parecer accidental pero no lo es. Por supuesto, el instante de la toma es espontáneo pero lo que sigue no. Los trazos escritos que suceden después del cruce son el resultado de una sensación, un color, un detalle, una hora, un lugar; son el desenlace de un tiempo único que no volverá, el retratador queda atrapado en el instante y lo convierte en ficción, su ficción y ¿por qué no? su retrato. Al inicio de este trabajo, lleva ya varios años, pensé que las ficciones de los retratados saldrían a la superficie pero poco a poco caí en la cuenta de que eran mis ficciones las que se revelaban en las imágenes y en los trazos de texto que las acompañan. Me siento más cerca de la escritura que de la fotografía o, mejor, me sirvo de la fotografía para escribir, es la razón por la cual esta exposición de textos e imágenes, en ese orden, tiene lugar. “La otra cara del retrato” también es un libro que, como la mayor parte de lo que escribo, circula solo por los recovecos de la virtualidad. Un libro que inicia así: “‘… Es mal pintor el pintor que ha pintao aquel día, pues me pintó por afuera porque adentro no veía…’ cantó el cantor hace años. Más cerca en el tiempo he escuchado el decir de artistas que pintan lo que sienten y no lo que ven. “La otra cara del retrato” no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen, entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró, pertenecen a otro que encuentra en las calles un universo de ficciones; evidentes algunas, un poco más soterradas otras, a flor de piel muchas, imaginadas la mayoría. Los gestos, las poses, los colores y vestidos que elegimos para aparecer frente al mundo no son gratuitos. Y el retrato, como todo, tiene otra cara, la que cantó el cantor…” 

Cosas…

… Nadie, y menos aun la “cosa”, sabe o dice para dónde vamos y hasta cuándo…

Ficción La Revista

Cosas 44

10 octubre, 2020 § Deja un comentario


Perseguidor

Una tarde mientras trabajaba en la curaduría de una exposición en el Museo Maja de Jericó el cerro Tusa apareció grabado en el piso. El cielo en remolino presagiaba la hora de antes de la lluvia o la intensidad de los vientos. Su aparición fue solo un momento, apenas suficiente para la fotografía. Desde que persigo el Cerro, ¿diré que es él quien me persigue?, lo veo con frecuencia en otros lugares y también en pinturas, dibujos o grabados de artistas con quienes, por razón de las curadurías, me encuentro. La carretera que va de Medellín a Bolombolo y de allí a Jericó parece girar a su alrededor con el objeto único de mostrarlo desde todos sus ángulos. Después de la primera curva del descenso aparece como una pirámide verdeazul en la distancia y no desaparece más, va y viene entre las ramas de los árboles, detrás de otras montañas o en contraste con las señales de la vía; en ocasiones solo deja ver la cima, en otras el costado empinado y en otras su forma en punta casi perfecta, como una pluma que traza el cielo, la lluvia, las nubes, el viento, las hojas, los árboles, la distancia, las tormentas, las noches estrelladas o los días de sol. El día anterior a la aparición del cerro grabado en el piso del Museo, una nube única que parecía en equilibrio en la cima, me siguió. Recortado en el cielo azul, limpio, la nube y el triángulo de su cuerpo, me siguieron hasta unas curvas antes de la entrada de Jericó dónde es posible ver su cima más allá de otras montañas que en lugar de alejarlo o minimizarlo lo hacen más visible. Cuando apareció grabado en el piso del Museo Maja con el cielo en remolino y la hora indefinida lo hizo, seguramente, para recordarme que no es él quien me sigue si no yo quien lo lleva a todas partes…

Cosas…

… Dicen que ya no hay tal “cosa” … no crean…

Ficción La Revista

Cosas 43

3 octubre, 2020 § Deja un comentario


Equipaje

Lo llevamos a todas partes. Aun si creemos que no va con nosotros. Visible en maletines, bolsos, morrales, pero también intangible, en lo que somos, sabemos, hemos aprendido, nos gusta, vemos y en ocasiones no vemos, es entonces cuando lo perdemos. En este número de Ficción La Revista, quince escritores, habitantes de Medellín, la mayoría; acompañados por Sofía Rodríguez poeta y pintora mexicana, y por Heriberto López, poeta y filósofo colombiano residente en Bruselas, abordan “El equipaje” desde miradas y sentires diferentes. El poema “Salir así” y la obra gráfica de Sofía Rodríguez, como en una exposición virtual, hacen parte del equipaje editorial de este número. “Me armo el equipaje con lo que veo…”, escribe William Rouge. “Por su equipaje los reconoceréis” es el título del texto de Julián Estrada. En “Dos maletas”, un cuento, Memo Ánjel narra el viaje y los encuentros de Shmuel Baruj. Como … sueños enrollados en las ondas de su pelo… Marta Cecilia Cadavid une “Fragmentos de equipaje”. En “Poemas de viaje” Heriberto López …viaja sin dar el paso… o quizá dando todos los pasos. En “Las valijas de Teresa” Verónica Villa narra los ires y venires de su abuela contrabandista. Reinaldo Spitaletta nos cuenta el contenido rebosante de plantas y otros objetos de los maletines de su madre y su tío. Paloma Pérez evoca el morir que, quizá, también es “desprenderse”. “Equipaje abierto” el título del texto de Ángela María Gaviria inicia así: …En esta madrugada acomodarás el equipaje de ayer en tu maleta… La “Caja negra” de Dora Maya narra la carga de un camión que arrancará liviano. En “Equipaje de experiencias”, Claudia Restrepo Ruiz no se pregunta por qué no llegó el equipaje donde no solo venían regalos. “El equipaje al fin del mundo” de Paula Andrea Gaviria se acerca a los equipajes perdidos, quizá cuerpos extraviados. Paola RegoRahal, descubre que en una valija nunca se lleva lo necesario. En “¿Equipaje?¿cuál? ¿dónde?” Saúl Álvarez Lara escribe que equipaje no es solo lo que llevamos en maletas, morrales, bolsos o carteras. El amor, la muerte, el cuerpo, el olvido, los recuerdos de familia, los viajes, lo que alguna vez escuchamos, la búsqueda del significado de aquello que llevamos con nosotros, son algunos de los bártulos que vienen en el equipaje de este número…

Cosas…

… La “cosa” sigue suelta… vaya “cosa”

Hoy circula “El equipaje” en Ficción La Revista

Cosas 42

26 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Jaula

“Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión” dice un corrido mexicano. He visto jaulas con distintos objetos en su interior: velas, plantas, pájaros de verdad, incluso pájaros de mentiras. He visto jaulas ilustradas con corazones en su interior; vi una con un candado cerrado adentro, la llave del candado afuera y la jaula sin puerta. Las jaulas despiertan una sensibilidad cercana al temor o la defensa, simbolizan sentimientos encontrados o representan acusaciones evidentes. Una tarde entré en un local donde su propietario arruma objetos nuevos, antiguos, en buen estado, dañados, inservibles o incompletos. Entre los arrumes se forman pasadizos donde es posible encontrar muñecos sin cabeza, sin manos, o cabezas sin cuerpo; tablones de mesa sin patas, radios sin perillas y lámparas de pie, sin pie; incluso sillas y atriles al lado de libros leídos; llantas viejas, puertas de demolición, neveras y lavadoras que no tienen arreglo pero servirían para guardar ropa. Al fondo del local encontré una suerte de altar separado de los arrumes por una toalla blanca de doble tamaño. Allí había una jaula de alambre con adornos de latón en la base y en la cúpula. Estaba pintada de un blanco amarillento por el tiempo. En su interior, una revoltura de formas, colores y texturas metidas allí por la fuerza. Me acerqué y cuando comenzaba a distinguir formas de muñecos, cuerpos, brazos, pies, manos sin dedos o sombreros sueltos, el dueño apareció detrás de mí. ¿Le interesa la jaula? preguntó. Si le interesa, le puedo sacar lo que tiene adentro pero si no le importa se la lleva con todo, esa jaula es una antigüedad, agregó; años veinte, quizá anterior, dijo entrecerrando los ojos en un intento por calcular. Era de una dama criadora de canarios. Tenía más de doscientos en el patio de su casa; se pasó la vida criando canarios, se desvivía por ellos, los alimentaba, limpiaba las jaulas, les daba el tono para que cantaran; me dijeron que les dejaba las puertas abiertas y los canarios no se iban. Cuando la dama murió, su marido, que no soportaba los canarios los desterró, pero como le gustaban las jaulas las conservó y en lugar de pájaros metió cosas en ellas: papeles, recortes, libros, platos, porcelanas, corbatas y hasta zapatos en una de las grandes; todo lo que se atravesaba en su camino iba a parar a las jaulas; llegó a meter una jaula en otra. ¿Y ésta, de dónde salió? pregunté. El viudo murió y los herederos se repartieron lo que había en la casa. Una nieta la trajo porque no sabía qué hacer con ella y no tiene dónde ponerla ¿Y dónde están las otras? pregunté. No sé, respondió el hombre, solo recibí esta y ni siquiera en consignación, la nieta la dejó aquí y me dijo que hiciera con ella lo que quisiera, menos meterle pájaros. Esa jaula está ahora en mi casa y de vez en cuando cambiamos su contenido. Imagino que allí dejamos lo que no queremos que se vaya…

Cosas…

… La “cosa” nos tiene enjaulados pero con la puerta abierta…

Ficción La Revista viene con equipaje. En circulación el próximo sábado…

Cosas 41

19 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Culillo

Un anochecer. Un grupo en fila india camina por el sendero que bordea un cementerio. Alguien del grupo menciona su miedo a los cementerios y a los muertos. El guía, un hombre de la región, sentenció sin detenerse y sin mirar atrás: “…no hay que tenerle miedo a los muertos, es a los vivos a los que hay que tenerles miedo…” Sucedió hace años. Muchos años antes, en un pueblo de la sabana de Bogotá donde estudié no teníamos miedo de nada. Teníamos “culillo”. Culillo de todo. Teníamos culillo de los exámenes de aritmética, de inglés, de geografía, de español; de las jornadas sin recreo, del partido de fútbol con los grandes, de perder el año; teníamos culillo del infierno; la confesión nos producía un culillo sin igual por la penitencia que, sin duda, iba a ser mayor que los pecados. Recuerdo la imagen que adornaba una de las paredes del confesionario: era una estampa donde un hombre se debatía entre ángeles y diablos a las puertas del infierno. Nunca supe cuál de los dos bandos se llevó al pobre hombre que por la expresión de su cara tenía un culillo enorme. Pero el culillo mayor venía de la posibilidad de que alguien lo pillara a uno con culillo. Era lo peor. Luego el culillo desapareció, seguramente crecimos, y entonces llegó el miedo. El miedo viene en presentaciones variadas y se encuentra en todas partes. El miedo es la contraparte de la tranquilidad. Produce desasosiego y en la mayoría de los casos ganas de salir corriendo, el problema es saber para dónde. El miedo elimina toda posibilidad de discernimiento, toda posibilidad de elección y obliga a quien lo sufre a aferrarse a cualquier tabla de salvación al alcance de la mano, del ojo o del oído. El miedo tiene múltiples maneras de manifestarse: el ruido, las multitudes, los espacios abiertos o cerrados, los otros, la violencia, el odio, la inseguridad, la muerte, la vejez, la politiquería, el poder. El miedo convierte a su víctima en presa fácil de salvadores de esquina, predicadores, magos, charlatanes, estafadores, mentirosos, politiqueros, caudillos. Hay quien dice que el miedo es un sentimiento que nos ha acompañado desde siempre. En Colombia lo hemos vivido en carne propia en veintitrés guerras civiles sin contar con la última que llegó a un acuerdo entre las partes pero el miedo inoculado con mentiras y engaños no ha dejado que termine aun. La guerra es una fuente de miedo; si la comparamos con la sociedad de consumo de hoy, la guerra es el supermercado de los miedos; en ella se encuentran todos, desde la ignorancia hasta la muerte, pasando por el dolor, la enajenación, la soledad, la persecución, el desplazamiento, el hambre, la enfermedad; la guerra viene con todos los miedos incluidos. Hoy, vivimos igual que durante mis años juveniles en aquel pueblo de la Sabana: al borde del culillo. Nunca me he cruzado con elecciones donde el miedo no haya sido parte integral del resultado. En las que pasaron hace dos años en Colombia ganó el miedo. Ganó el miedo que nos vienen inoculando en dosis de mentiras, de noticias falsas, de agresiones y violencia, de grosería, de politiquería, de cinismo, de suficiencia. Ganó el miedo que obligó a poco más diez millones a votar por el candidato que infunde el miedo que el jefe tras bambalinas le ordena; ganó el miedo que llevó a millones a votar por el que ganó porque les anunciaron que el otro les debía producir miedo; ganó el miedo que intimidó a los que no aceptaban ni al uno ni al otro y se abstuvieron. Ganó el miedo que aun hoy nos domina. ¡Qué culillo…!

Cosas…

… Y la “cosa” con o sin tapabocas, como el miedo, sigue ahí…

Ficción La Revista viene con equipaje y estará en circulación muy pronto…