Mentiroso no…

16 junio, 2018 § Deja un comentario


Con fecha del trece de junio pasado encontré en el periódico “El Espectador” una nota firmada por la Redacción de Cultura bajo el título:¿Ya sabe por quién votar? Así es el presidente que quieren los artistas”. La nota señala que “Quiero un presidente…” es una convocatoria que resulta del poema escrito en 1992 por el artista americano Zoe Leonard. Dos instituciones del área de la Cultura: Espacio Odeón y Editorial Salvaje están al origen de la propuesta y los textos que recibieron fueron leídos en público los días catorce y quince de junio, ayer y anteayer, en Bogotá y Cali. Dice la nota que la intención de Leonard era invitar a una reflexión pública sin dar apoyo a ningún candidato. El poema, agrega la nota, tuvo poca circulación en el momento de la publicación, pero, cuando se convirtió en “proto-meme” (un “proto-meme” es un “meme” en construcción), circuló en campañas presidenciales alrededor del mundo. Las organizadoras de la convocatoria pegaron el poema en la fachada del Espacio Odeón e invitaron artistas de distintas disciplinas a participar. El día que encontré la nota ya habían recibido propuestas de texto de artistas, cineastas, periodistas, escritores y seguramente de otras personas para quienes el presidente debería ser algo más o mucho más que la figura que aparece en los estrados públicos.
 Entre las propuestas que acompañan la nota se pueden leer los adjetivos y deseos que inspira la figura del presidente: “…uno que sea un don nadie; uno que no viva en Praderas de Potosí o sea miembro del Club el Nogal; uno al que le hayan negado visas; uno que se levante todos los días sin ganas de ir a trabajar y que todos los días cambie de sexo; uno que se sepa turista del dolor; un presidente que tenga dolores impuestos y no como siempre dolores elegidos; un presidente como “Birdman”, con un final ambiguo, pero con la determinación de saltar al vacío y no hacer nido en el poder en el momento en que el pueblo más lo aclama; un presidente que valore el placer ajeno más que el propio; un presidente de película pero que empiece de una, sin intros de productoras gringas o logos de entidades nacionales de fondos para el cine; uno que todas las noches haya sido encerrado en su propia casa, por su madre mientras esta salía a trabajar; no quiero un presidente chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante…”. En fin, la enumeración de figuras, deseos y adjetivos de cómo quiere cada uno el presidente es extensa, por eso los remito al artículo donde está el poema de Zoe Leonard y algunas de las propuestas enviadas.
Entonces una pregunta se plantó frente a mí: y yo, ¿cómo quiero un presidente…? Intenté reducir el número de deseos o adjetivos que podría aplicar a la figura del presidente que quiero y logré, después de girar en torno a frases, lugares, recuerdos, momentos, situaciones, llegar a solo un deseo: Quiero un presidente que no diga mentiras. Ser mentiroso abarca todo, desde la figura que veo y me habla o habla al público, hasta los papeles que firma sin que le tiemble el pulso porque lo protege una Ley igualmente favorecedora de la mentira, o las fotografías que distribuye porque son producto del maquillaje o de las canas falsas. Ser mentiroso va desde aceptar pensando en el beneficio propio, hasta prometer imposibles, con el conocimiento de que las promesas no se cumplen. Ser mentiroso va desde amenazar hasta hurgar en la llaga del miedo. Ser mentiroso es hacer creer que la vida ha sido un apostolado dedicado a la Patria. Ser mentiroso es esconder, no decirlo todo, calcular qué se dice y qué no: es mejor dejarlos en la ignorancia. Ser mentiroso es sacar ventaja, aprovecharse, promover lo que no es, o decir una cosa y hacer otra. Ser mentiroso es medir con la vara de otro; es no ponerse colorado cuando miente; es buscar culpables para sacarle el cuerpo a la responsabilidad. Ser mentiroso es no decir la verdad e insistir en que la verdad siempre está por delante de sus palabras, el mentiroso no entiende que la verdad está donde debe estar y todo el mundo se dará cuenta sin necesidad algarabías, gritos, amenazas o promesas. Ser mentiroso es tener rabo de paja; es bailar al son que le toquen, como todo politiquero “veleta y voltiarepas”. Ser mentiroso es desear la presidencia con el objetivo de ser expresidente –hay varios en esa categoría–; es querer el poder como parcela propia para perpetuarse en él; ser mentiroso es también hacer creer que “si no soy yo, es el diluvio”.
Ser mentiroso es lo mencionado y mucho más, abarca todos los estadios de la vida y por desgracia ser mentiroso es un estado frecuente entre quienes nos gobiernan y también entre gentes de a pie. Decir mentiras es, parece, parte de la condición humana. He tenido cerca algunos mentirosos; ninguno de ellos, menos mal, ha tenido la pretensión de llegar a la Presidencia. Uno, esperó que otro muriera para heredar su silla y su fortuna; durante años no hizo nada, dijo mentiras sobre lo que hacía y lo que esperaba hacer, con tan mala suerte que el otro no murió tan pronto como el mentiroso deseaba y cuando murió, el mentiroso era ya un viejo enfermo que no disfrutó de la silla. Otro mentiroso que conocí, mentía en permanencia sobre salud, era sano pero de tanto estar a punto de morir enfermó de verdad y pocos le creyeron como al “Pastorcito mentiroso” que conocemos, un ejemplo de mentiroso que la literatura propone y tenemos poco en cuenta. Tampoco tenemos en cuenta “El traje nuevo del Emperador” un engaño frente a los ojos abiertos de la asistencia. Joseph Mitchell narró en “El secreto de Joe Gould” la mentira, o el secreto de quien aseguró siempre que estaba creando un diario dinámico donde aparecían representados sus cercanos, conocidos y lejanos, y ninguno, hasta después de su muerte, se dio cuenta de que nunca había escrito nada. Y tampoco tenemos en cuenta a Pinocho, el personaje de Collodi, inigualable. Imaginemos que la nariz de los dos candidatos a la presidencia, cada uno por su lado –ellos no debaten–, sonrientes y sobrados detrás de sus egos enardecidos, crece sin parar mientras dicen mentiras o verdades a medias o prometen cosas que saben imposibles; hablo de los dos candidatos en contienda para la segunda vuelta a la presidencia de Colombia el diecisiete de junio. No podemos olvidar que lo que está en juego son sus egos y los egos de quienes están detrás de ellos. No votamos por programas porque son iguales con palabras distintas o parecen imposibles de cumplir. Votamos por egos.
Hay quien equipara la mentira con la ficción. No estoy de acuerdo. La mentira es la mentira: decir y hacer creer lo que no es. La ficción son los sueños que todos tenemos y, a veces, convertimos en realidad. La ficción es la verdad de cada uno. La literatura de ficción tiene arraigo en la verdad del autor que la escribe. Decir que ficción y mentira son sinónimos es mentira. No quiero un presidente que diga mentiras y las repita porque es bien sabido que de tanto repetirlas la gente termina por creer que son verdad. Por eso votaré en blanco el próximo domingo diecisiete de junio, mañana…
Argumento. Mentiras, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Anuncios

La epidemia

9 junio, 2018 § Deja un comentario


Un conocido mío, secretario de otro secretario en alguna instancia del poder, me interpeló un jueves en la tarde, casi noche, en uno de los establecimientos frecuentados por mandos medios después de la jornada laboral. Aquel jueves, mi conocido, el secretario, me abordó cuando tomaba el último sorbo de un vaso de cerveza. Lo invito a otra, dijo a mi oído, hoy es día de pago. No respondí, el silencio aprueba. Mi conocido hizo la seña al hombre detrás del mostrador, otro mando medio con atribuciones de jefe. Quiero que me escuche, dijo. Si tiene tiempo y puede, agregó para suavizar el tono imperativo de la frase anterior. Continué en silencio. A esa hora el establecimiento estaba hasta el tope de clientes. Por el tono de su voz deduje que tenía interés en que nadie más lo escuchara, entonces incliné mi cuerpo hacia él y esperé.
Tengo unos vecinos de piso, murmuró, usted sabe, vivo en unidad cerrada, el apartamento es propio aunque todavía me falta tiempo y trabajo para pagarlo. Vivo en el piso catorce, tres familias por piso. ¿Quiere otra cerveza? En general guardo buenas relaciones con ellos, nos cruzamos en el ascensor, hablamos de lo que hablan los que no tienen intimidad, del clima, de la cantidad de trabajo y si es del caso pero sin entrar en detalles, de la salud. Nunca tocamos temas como mujeres o política y evitamos el fútbol aunque hay quienes se ponen las camisetas de sus equipos y se pavonean cuando ganan. Los viernes, el día de la romería, nos cruzamos en recorrido por los otros pisos, usted sabe, ese día cada familia abre la puerta, saca sillas, mesa de campaña al pasillo y pone aguardiente a mano de quien pase, nadie invita pero todos ponen.
Cuando llegamos al edificio, mi mujer, la niña y yo, la vecina del catorce cero dos dijo a Irma, mi mujer, que la romería no era obligatoria pero la previno de que si no participaba podía ganarse inquinas. Desde ese día repetimos la costumbre, recorremos los pisos y saludamos a todos, por supuesto a unos más que a otros. Casi siempre terminamos, por fatiga de subir y bajar escaleras, en casa Antonio y su mujer, los del catorce cero uno, a veces ellos vienen a nuestra puerta y nos tomamos el último.
Hace un mes sucedió algo fuera de lo normal, continuó. Al final del recorrido, a la altura de la puerta de nuestros vecinos me detuve para el último trago, me lo tomé de un tirón, dejé la copa al lado de la botella y me fui a dormir. No recuerdo nada más de aquella noche. Al día siguiente, sábado, todo fue normal, cuando salí al cuarto útil a llevar unas cajas que mi mujer subió el día anterior comenzó la cosa. El secretario hizo una pausa y preguntó si me interesaba su historia, me pareció entrado en nervios y por primera vez le hablé: no se preocupe le dije y con un gesto hice seña al jefe detrás del mostrador.
Creo que se trata de una epidemia, dijo en voz baja y está concentrada en el edificio donde vivo. No ha llegado más allá. ¿Se imagina si alcanza las otros edificios?, sería una catástrofe y si la Secretaría de Salud se entera lo mínimo sería la cuarentena. No sé cuál sea la situación de mis vecinos. De Antonio el habitante del catorce cero uno, que, a mis ojos fue por donde entró la epidemia, sé que trabaja como jefe de sección en un supermercado, ignoro si allá han detectado algo, lo he visto varias veces en el ascensor descolorido pero tranquilo.
El secretario hizo una pausa, miró alrededor con detenimiento, como si buscara alguna manifestación de la epidemia y no detectó signos aparentes, clavó los ojos en el fondo de su vaso medio vacío y dijo: nunca me había sucedido nada parecido. Si anuncian la cuarentena es como si decretaran mi desaparición y la de mi familia, murmuró con la boca dentro del vaso, nosotros los secretarios no tenemos ahorros de donde sacar en caso de emergencia. Me quedará difícil, imposible, pagar el mercado, el transporte, no tendremos con qué comer. ¿Y los servicios? me cortarán la luz, el agua, el teléfono. Mi jefe, un arribista, me buscará reemplazo tan pronto se entere. Será el fin.
Lo observé por encima del borde de mi vaso, también medio vacío. En apariencia no había huella alguna de enfermedad, su piel no presentaba accidentes extraños, en ningún momento rascó su cuerpo como si una piquiña o brotes parecidos lo atormentaran. Su mirada, vacía, es cierto, era la de un hombre vivo, con dificultades, pero vivo. No parecía estar perdiendo el cabello y aunque mi recuerdo de otros encuentros con él eran borrosos, su contextura física me parecía la misma de siempre, ¿un poco más grueso? quizá. Bueno, había algo, pero era necesario ser un observador de primera línea para notarlo, su figura en general evidenciaba una disolución del color; o sea, como dice otro conocido, o sea, los tonos grises y en ciertos aspectos los sepias, lo estaban invadiendo. Pero insisto, es necesario ser un observador muy fino para notarlo.
El secretario estaba acostumbrado a mi silencio pero no a encontrarse bajo mi mirada profesional y lo sentí incómodo. No sé si el mal que nos ataca es contagioso, agregó después de la pausa. Deduzco que su expansión es lenta, pues pocos o quizá ninguno de los habitantes de mi edificio, con quienes me encuentro los viernes en la romería, se ha percatado. No he hablado de esto con nadie, ni siquiera con Irma, mi mujer, para evitar pánico y chismes desconsiderados a nuestra costa. Usted es el primero. Es casi seguro que el foco es Antonio. Recuerde que el virus, ¿será un virus?, se manifestó al día siguiente después del último trago en la puerta de su casa aquel viernes. Como le dije, detecté los primeros síntomas en el vestíbulo del edificio al día siguiente cuando yo venía del cuarto útil y me encontré con él, lo noté gris, le pregunté si se sentía bien y no atinó una respuesta. No hablamos más ese día ni los siguientes, por supuesto tuve encuentros en los pasillos o en el ascensor con otros habitantes pero ninguno, hasta el miércoles de esa semana, presentó síntomas como los de Antonio. El miércoles encontré a Gertrudis la habitante del siete cero tres, solterona alegre dueña de tres perros, a los que solo les falta hablar, descolorida hasta la cintura.
Después de ese encuentro revisé cada milímetro de mi cuerpo y no encontré rastro de nada. Ya lo había hecho antes con el mismo resultado. Esa noche observé a Irma con detenimiento mientras comía, no vi nada extraño pero ella sintió mis ojos recorriendo su cuerpo y dedujo una invitación, cuando llegué a la cama, después de espiar por el ojo de la puerta posibles entradas o salidas del apartamento de la vecina, la encontré desnuda. El secretario se interrumpió y sin preguntarme hizo seña al jefe del bar para que pusiera otras dos cervezas.
Ese viernes pedí a Irma que me disculpara en la romería. Cuando la niña se durmió, Irma fue al recorrido de siempre, primero el piso doce, saludos, degustación de galleta o torta, despedida; continuación por la escalera piso por piso, más saludos, más degustaciones, a veces de licor, hasta el quinto, donde nos separamos cuando vamos juntos, ella visita la señora del cinco cero tres, y yo bajo hasta el primero. De regreso, bebo una copa en casa de la señora y luego subimos, con una o dos paradas más, según la hora, hasta la puerta de Antonio, el catorce cero uno. Hice mentalmente el recorrido mientras vigilaba por el ojo de la puerta los visitantes al apartamento de Antonio. Al regreso de Irma pregunté si hablaron de mí o de mi ausencia y la observé, sobre todo la observé, esta vez no presintió ninguna invitación, estaba cansada y tal vez fue su fatiga y mi inquietud lo que me hizo ver zonas descoloridas en sus brazos.
Esa noche no dormí. Al día siguiente Irma despertó, como Gertrudis, descolorida hasta la cintura, pero no lo mencionó, tampoco dijo nada de mi aspecto aunque sentí sus ojos sobre mí varias veces durante la mañana. Ese mismo día y el domingo busqué los que pasaron en romería por el apartamento de Antonio y los encontré tan descoloridos como Irma, incluso Antonio había perdido por completo su color; estaba gris con sombras oscuras casi negras y brillos blancos en la nariz y la frente, entonces recordé las películas en blanco y negro que en otra época iba a ver al cine. De ese día en adelante todos perdieron sus colores.
A esa altura del relato el secretario del secretario se detuvo y me miró con insistencia. Es contagioso, la epidemia rebasó los límites del edificio, murmuró. Observó los clientes del establecimiento, algunos mandos medios como él y por su actitud deduje que los vio en blanco y negro. No habló más. Tuvo dudas que se repitieron y me miró con desamparo. Con seguridad me vio en blanco y negro, como yo a él…
Argumento. En blanco y negro comienza la historia… otra historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Diecisiete de junio

2 junio, 2018 § Deja un comentario


El domingo diecisiete de junio mi mujer y yo salimos a votar. Salimos a media mañana. Pensamos que los comentaristas en la televisión y en la radio que anunciaban una probable alza en la abstención tenían razón por los candidatos en contienda y la idea de que ya todo estaba jugado; además, por la insistencia de algunos a anunciar su voto en blanco. La primera sorpresa nos la llevamos en el semáforo antes del puente sobre la canalización a tres calles de nuestra casa, el gentío y la cantidad de automóviles formaban un trancón que nos obligó a esperar dos cambios de luces. Recordé que por allí cerca había un centro de votación, sin embargo, no esperaba ni el gentío ni el trancón y seguía creyendo en el vaticinio de los comentaristas. El trancón iba hasta casi la mitad del trayecto sobre la canalización entre el puente de la calle treinta y siete y la avenida El Poblado, por allí se despejó un poco pero volvimos a caer en otro parecido cuando ya habíamos hecho el giro sobre la avenida rumbo a las mesas de votación donde estábamos inscritos. Los trancones son una prueba a la paciencia. Como de costumbre en lugares públicos nadie mira a nadie pero todos estamos alerta al menor resquicio para adelantarnos en la fila. La radio del carro dice poco, no pueden hablar de las elecciones ni hacer comentarios, dicen algo sobre la afluencia de público a los sitios de votación, insinúan a la gente que salga a votar temprano y hablan de la farándula, de las artistas engañadas por sus compañeros o al contrario; de cuanto gana uno o el otro, sumas que nadie imagina por la cantidad de ceros que incluyen y del Mundial de Rusia, no podemos olvidar que Colombia debuta el diecinueve contra Japón. En el trancón la paciencia se agota. Busco música en la radio. Mi mujer, en el puesto del copiloto, también busca música en su celular y encuentra un concierto de Facundo Cabral cantando “… pobrecito mi patrón piensa que el pobre soy yo…”. Cuantos años han pasado desde la primera vez que escuchamos esa canción. Muchos. Cuántas votaciones. Cuántos presidentes. Todos iguales. Y el trancón ahí. En más de media hora hemos avanzado doscientos metros sobre la avenida. Recordé “Autopista del Sur” el cuento de Cortázar que narra un trancón de horas, desde la tarde de un domingo hasta la mañana del día siguiente, en la autopista de entrada a París. Recordé ese trancón y supuse que algo así podría suceder y no llegaríamos a tiempo a la mesa de votación, abierta solo hasta las cuatro de la tarde. Ni un centímetro nos movimos durante un buen rato. Desde mi puesto veía cómo el semáforo pasaba del rojo al amarillo y al verde y nosotros quietos. La paciencia estaba al borde de la impaciencia. De Facundo Cabral pasamos a Agustín Lara, y mientras canta “María bonita” a María Felix, el semáforo cambia y nosotros nada, no nos movemos. Entonces “Ensayo sobre la lucidez” la novela de Saramago que narra lo que sucede en una ciudad, a la que no llama por ningún nombre, un día de elecciones municipales donde, el ochenta y tres por ciento, vota en blanco, vino al recuerdo entre una luz roja, una amarilla y una verde, y nosotros atascados en medio de carros decorados con la imagen del doctor Duque candidato de la derecha, levantando las manos en un gesto “papábile” muy socorrido en el Vaticano. En la novela de Saramago la mayoría de votos en blanco es la catástrofe para el poder político que impone el estado de sitio, habla de una conspiración para desestabilizarlo y organiza un atentado en el metro de la ciudad perpetrado, supuestamente, por los impulsores del voto en blanco con el objeto de manipular la situación. El semáforo va del rojo al amarillo y al verde y nosotros nos movemos apenas centímetros, y cuando logramos pasar de esa esquina caemos en el atasco del semáforo siguiente. Sin embargo “Ensayo sobre la lucidez” había hecho mella. Saramago plantea la situación como un rasgo de lucidez: el voto en blanco es el lugar mágico que debe sacudir, movilizar conciencias, dijo Saramago, palabras más palabras menos, en una entrevista que le hicieron poco después de publicar la novela en el 2004. Mientras esperábamos el cambio de luces, del rojo, al amarillo y luego al verde, se me ocurrió pensar en largas filas frente a las mesas de votación. Enorme afluencia de público en todas las ciudades. Jurados y vigilantes de las mesas desbordados. Nunca en la historia del país se ha visto una cantidad igual de ciudadanos ejerciendo su derecho al voto. Poco a poco la gente llega a los lugares asignados para depositar su voto; nosotros lo logramos, por fin, después de soportar la espera y los cambios de luces interminables. Votamos y en medio de trancones menos dispendiosos que los de la ida regresamos a casa, la verdad sea dicha, cansados después de pasar entre las multitudes de votantes y de automóviles en el camino de regreso. Curiosamente, en la ruta de regreso los automóviles decorados con la imagen “papal” del candidato de la derecha habían desaparecido. A las cuatro de la tarde en punto, nos sentamos frente al televisor. En todos los canales comenzaban a presentar los boletines de la Registraduría. En el primer boletín el voto en blanco llevaba una ventaja de menos de cien votos a los candidatos de la derecha y la izquierda. Todo el mundo parecía tranquilo, los comentaristas hacían cálculos de las intenciones aquí y allá, los presentadores se movían frente a las pantallas táctiles y el público al otro lado de las pantallas, esperaba. Los resultados de la elecciones en Colombia llegan al final del conteo de votos en menos de una hora. Hacia las cuatro y media el voto en blanco llevaba la delantera por casi un millón de votos a los candidatos que no pasaban de un número inesperadamente bajo e igual. El nerviosismo entre presentadores, comentaristas y expertos era evidente. No sabían qué decir. Para todos es bien sabido que el voto en blanco en segunda vuelta presidencial no tiene ninguna validez, pero, se atrevió a decir un comentarista: si el voto en blanco gana por un margen tan amplio y los candidatos siguen igualados, se hace necesario en virtud de los valores de la democracia que el voto en blanco sea tenido en cuenta y, además, implicaría una reforma inmediata del sistema político, si el voto en blanco gana se deben convocar nuevas elecciones con otros candidatos. A las cinco de la tarde con el noventa y cinco por ciento de las mesas escrutadas el voto en blanco tenía, como en la novela de Saramago el ochenta y tres por ciento de los votos a su favor y los dos candidatos se repartían el diecisiete restante por partes iguales. Y ahí fue Troya. Los politiqueros de todos los bordes quisieron pescar en río revuelto. El expresidente que había buscado un ministerio para su hijo en el gabinete del ganador según sus especulaciones de viejo zorro de la política se atrevió a lanzarlo como candidato a la presidencia en las nuevas elecciones. Otros politiqueros se atrevieron a proponer nombres. La fórmula vicepresidencial de uno de los derrotados en primera vuelta dio puntadas para su candidatura, esta vez a la presidencia. Los exguerrilleros veían otra oportunidad para entrar en el juego. Los presentadores y comentaristas y expertos: unos nerviosos porque no sabían qué decir y otros osados porque entonces se mostraron como eran, se atrevieron a lanzar candidatos. El Gobierno permaneció en silencio. A diferencia de la novela de Saramago no hubo atentados en el país, solo hubo la lucidez de un país donde la democracia pierde espesura y se degrada; un país donde la gente espera otra cosa de los políticos y de la política. Un generalizado voto en blanco no es un simple llamado de atención, es una toma de conciencia sobre el poder político, dijo también Saramago en alguna de las presentaciones después del lanzamiento de su novela. Y quienes votan en blanco lo entienden así…
Argumento. El diecisiete de junio votaré en blanco. Dicen que las ficciones son premonitorias… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Segunda vuelta

28 mayo, 2018 § Deja un comentario


Las elecciones para Presidente de la República son a dos vueltas. Si en la primera, la que se llevó a cabo el domingo veintisiete de mayo, ninguno de los candidatos alcanza la mayoría, es decir el cincuenta por ciento más un voto, hay segunda vuelta. Ninguno de los cinco candidatos lo logró pero dos de ellos quedaron en los primeros puestos y disputarán la segunda vuelta: Petro y Duque. Los doctores, Gustavo Petro e Iván Duque. Ahora es necesario decidir entre ellos dos. Sin embargo la situación con relación a la primera vuelta, cuando cinco candidatos se disputaban el cargo, no cambia. Los doctores dicen lo mismo pero en orden distinto y eventualmente con palabras distintas pero, en esencia, lo mismo. A diferencia de la primera vuelta cuando los cinco candidatos se presentaban a los llamados “debates” y no debatían nada, más parecían un grupo de amigos de los que “arregla el país” cuando se reúne, como dicen las señoras o ellos mismos, para hacerles creer a las señoras que no hablaron de mujeres ni de fútbol; en esta segunda vuelta, la reunión, el encuentro, la cita, si es que programan alguna, tampoco será “debate”, porque como en los anteriores encuentros, no los llamemos “debates”, con todo el grupo reunido, se trataba más bien de dominar la pasarela: quién es más fotogénico, cuál tiene más ángel, quién se para mejor, quién tiene cara de decir menos mentiras; en fin, todo menos debatir ideas con argumentos, con posiciones claras para los millones de ciudadanos que terminan por votar en la ignorancia acosados por el susto o por el jefe. Votan por el más bonito o por el que haga más ojos o por el que petrifique menos o por el no pierda el impulso. Esos llamados “debates” fueron como los reinados de belleza cuando las candidatas desfilan por la pasarela en vestido de baño, menos mal que a los candidatos ni a sus asesores se les ha ocurrido semejante idea, y cuando llegan al final del recorrido responden, en general con una barrabasada, a la pregunta que el presentador les tiene preparada. La segunda vuelta no será distinta. Los dos finalistas dirán lo mismo con relación a la gran empresa, a la mediana y a la pequeña; lo mismo con relación al empleo formal y al informal; lo mismo con relación a los impuestos y lo mismo cuando mencionen la clase media que es, a la larga, la que los elige, no la que los sostiene en el poder, esos son los poderosos, pero sí la que los elige. Hablando de cultura, de ciencia y tecnología, de seguridad, de educación, de relaciones exteriores, será igual, dirán lo mismo, pero, insisto, en orden y con palabras distintas. Por supuesto, como solo quedan dos finalistas, los debates ya no podrán ser tan amables y todos tan queridos, como ellos mismos calificaron los encuentros anteriores, no. Ahora serán más directos, incluso llegarán al insulto y a la mentira para desacreditar al otro, pero en ningún momento discutirán con argumentos; hablaran solo con deseos o con nubosidades sobre qué van a hacer, por ejemplo, con la ciencia y la tecnología o con la cultura o con la minería o con la fallida ingeniería nacional o con los niños o con las mujeres oprimidas y violentadas. Escuché decir a un comentarista en la radio que los medios y los politiqueros, ¡ojo! la política es otra cosa, nos hacen creer que estamos frente a un momento histórico porque si gana Petro vamos a quedar petrificados o, si gana Duque, la cultura del testaferrato que representa, oscura herencia de los mafiosos, quedará oficializada en el país. El comentarista agregó que no iba a pasar nada; que ganara quien ganara dentro de cuatro años estaríamos igual, quizá un poco peor, quizá un poco mejor, pero en esencia igual; con la misma corrupción, la misma politiquería, la misma leguleyada, los mismos desplazados, los mismos paras, los mismos guerrilleros, disidentes o conversos; las mismas mentiras que, de tanto repetirlas, parecen verdades; seguiremos siendo ventajosos y los campos se seguirán derrumbando e inundando cuando llueve y marchitando cuando hace sol porque el campo, uno de los temas sobre el cual los candidatos dicen lo mismo en orden distinto, seguirá igual. ¿Por qué? porque lo que presenciamos no es un debate de ideas con argumentos donde cada uno tiene un programa y unas políticas de Estado claras, aplicables y juiciosas, no; lo que presenciamos es un concurso de egos a quienes solo preocupa el Poder durante los próximos cuatro años, quizá ocho, desde que el jefe del doctor Duque inauguró la reelección, con leguleyadas, claro. Dicen que los votos en primera vuelta estuvieron repartidos y no hubo polarización, me parece significativo que los extremos, que, se dice, terminan por unirse, sean los que pasaron a segunda vuelta. Se esperan ahora grandes alianzas para definir al ganador en la segunda vuelta. Que los conservadores se irán con Duque y que seguramente los que votaron por Fajardo y los que lo hicieron por De la Calle se irán con Petro. Son componendas ingenuas y al bulto, porque como poco importa el contenido, lo que realmente vale es la forma, el ego. Los candidatos siguen diciendo lo mismo, por lo tanto la reflexión del comentarista de radio es acertada, cualquiera que gane es igual. Y ganará el que muestre la mejor sonrisa, la familia más unida, el más fotogénico, el que haga alianza con políticos más curtidos en esto de la pasarela y la politiquería y la promesa al elector; y el que le juegue de manera más intensa, el éxito de la propaganda es la intensidad, a su imagen. Lo que digan no importa porque dicen lo mismo. Sin embargo hay que votar. Queda como recurso el voto en blanco a pesar de que La Corte Constitucional dice en el artículo 9 del Acto Legislativo 01 de 2009 “… que deberá repetirse por una sola vez la votación para elegir miembros de una corporación pública, gobernador, alcalde o la primera vuelta en las elecciones presidenciales, cuando del total de los votos válidos, los votos en blanco constituyan la mayoría…” Es decir, en este momento con la segunda vuelta a la vista, el voto en blanco no representa perspectiva alguna. Sin embargo y teniendo en cuenta la quietud, sino, el empeoramiento de la situación en todos los frentes y con la convicción de que gane quien gane seguiremos igual y dentro de cuatro años los mismos con las mismas harán su paseo por las mismas pasarelas, votaré en blanco. Es la única posibilidad que tengo para dormir en paz…
Argumento. Dediquémonos al fútbol… Fútbol y ciclismo es lo único que nos queda, dijo el hombre y prendió el televisor. Así sigue la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Votar sin botar… difícil

26 mayo, 2018 § Deja un comentario


La Marginalia de esta semana tenía por título: “Mi mayo del 68”. Mayo se acaba, hace cincuenta años los estudiantes parisinos encontraron arena de playa bajo los adoquines de las calles del barrio latino y sin pensarlo dos veces le tiraron los adoquines a la policía que nunca había imaginado una playa por allí. Según un titular del periódico “Le Monde” del mes de marzo de ese año, los franceses se aburrían y los jóvenes que protestaban aun desde enero del mismo año lo que querían era cambiar, no querían una revolución, querían cambiar. Bien. El tema de La Marginalia de esta semana iba por ahí y por la influencia de la gráfica que las revueltas del mayo francés dejó en los muros de las calles parisinas y después en las galerías de arte y después en las colecciones de los mercaderes del arte. Iba por ahí pero cambió después de ver por televisión anoche, viernes veinticinco, el que según el presentador del Debate, que habló más que los candidatos, era el último Debate antes de las votaciones para Presidente de este domingo veintisiete en Colombia…

… ¡Qué tristeza! son cinco señores, doctores, que no debaten ideas, dicen lo mismo en orden y con palabras distintas, pero dicen lo mismo. No hay ideas. No debaten entre ellos y cuando alguna idea se atraviesa entre dos de esos señores, doctores, la califican como un “gentil desacuerdo”. Por supuesto no esperaba verlos pelear o agarrarse de las mechas como diría cualquier marchanta pero sí esperaba ideas, debate; esperaba la discusión de quienes pretenden manejar el país, con ideas, esperaba saber cómo trataría cada uno los males que nos aquejan desde siempre, incluso desde antes, mucho antes, de que mataran a Gaitán, pero insisto, dicen lo mismo, en orden distinto. Y es lo mismo que todos los gobiernos anteriores han hecho…

… El doctor, a estos señores hay que llamarlos doctores, Fajardo hace caras de contemplado y habla mirando al techo como un niño castigado. El doctor Petro, infunde miedo por su prepotencia pero se queda en el mismo lugar de los otros, ni avanza, ni retrocede. El doctor De la Calle intenta mostrar una energía que no es de él. El doctor Duque, es como el ventrílocuo, habla con las palabras del jefe. El doctor Vargas Lleras, pierde el impulso y da la sensación de que patina en cada frase, de ahí la falta de impulso. ¡Lástima! de estos cinco doctores, cinco egos, no sale uno bueno para la presidencia de este país que, los cinco están de acuerdo en este punto como en todos los otros, está llevado. Sin embargo el domingo veintisiete de mayo y el domingo de junio que corresponda a la segunda vuelta hay que votar, no botar…
Argumento. Votaré por De la Calle a pesar de esa energía que no es de él… y con cada voto estamos, otra vez, al borde de la historia o del precipicio…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

El observador observado

19 mayo, 2018 § Deja un comentario


Soy un ave. Pertenezco a una de las setecientas cincuenta especies que habitan la Amazonía. Algunas endémicas, otras de paso; algunas amenazadas de desaparición por la destrucción de los humedales como el pato negro, el pato pico de oro o el pato colorado; otras con la amenaza de la comercialización clandestina como la guacamaya verde o el periquito alipunteado; y otras que se pueden observar en grandes bandadas como el colibrí esmeralda o chiribiquete que vive por estos parajes desde siempre, por lo menos desde que tengo memoria. Y no es una exageración esto de la memoria, estudiosos de la especie como Jennifer Ackerman aseguran que seis meses después, nosotras las aves, recordamos con precisión dónde, en centenares de kilómetros cuadrados de selva, de parajes inaccesibles o riberas de riachuelos, dejamos semillas escondidas. Sé, lo sabemos las aves, que algunos hombres nos buscan para cazarnos o para enjaularnos y se comportan como depredadores. Pero no todos son enemigos, conozco grupos de humanos que nos buscan para observarnos, para estudiar nuestro comportamiento; nos observan solos, en parejas o en grupo. De los depredadores humanos nos defendemos como lo hacemos con los depredadores naturales: con señales, con cantos cifrados o con movimientos rápidos. Lo que no saben los humanos que nos observan con ayuda de binoculares, punto láser para indicar nuestra posición, grabadoras, cámaras con teleobjetivo o incluso telescopio, es que nosotros los observamos sin necesidad de ayudas tecnológicas y cuando no hay depredadores al acecho preparamos montajes para que nos admiren, tomen fotografías o graben nuestras voces, distintas según el momento con que anunciamos a la bandada que estamos frente a un fruto, que es hora de comer o que el depredador está cerca y debemos cuidarnos o, también, que hay humanos a la vista y debemos prepararnos, como actores, para que nos observen, nos escuchen y nos tomen fotografías. En ocasiones hemos permitido que graben los llamados con que nos enamoramos; es difícil que nos tomen fotografías cuando los machos adornados con colores deslumbrantes están hermosos y las hembras se dejan conquistar por su elegancia preferimos preservar la belleza de la intimidad y permanecemos en la sombra.

A pesar de los inconvenientes que llegaron con la modernidad como la tala indiscriminada, la llamada civilización, la violencia, puedo asegurar que la Amazonía es el lugar ideal para vivir y hacemos lo posible por conservarla; sin embargo, no todo lo que llegó con la modernidad es nocivo, también vino con ella el observador de aves. Edmund Selous utilizó el término por primera vez en 1901 cuando, con aparatos de menor alcance en comparación con los que se utilizan hoy, contribuyó al estudio, comportamiento y clasificación de las múltiples familias de la especie. Lo que los humanos ignoran es que nosotras, las aves, hemos sido observadoras de humanos desde el arqueópterix, el ancestro más primitivo según los paleontólogosHoy en día, los observadores de aves, “pajareros” se llaman entre ellos, organizan expediciones y recorren la selva en grupos para observarnos, y nosotros participamos de la observación, organizamos convites, sesiones de alimentación en las copas de los árboles o juegos en la ribera del río cuando las lanchas pasan, incluso armamos alguna algarabía porque un depredador se acerca y mientras los humanos nos observan, nosotros también los observamos y estudiamos su comportamiento.

Elvis Cueva Márquez, llevamos tiempo observándolo, podría decir que es un amigo; es de los que viene con más frecuencia a buscarnos en los parajes de la selva; lo he visto y lo sé por algunos colegas suyos que en ocasiones pasa semanas enteras mirándonos, tomando fotos o grabando los cantos con que anunciamos el fruto maduro, el peligro o el amor. Lo considero amigo porque alguna vez le escuché decir: “… a la selva hay que entrar con respeto, hay que entrar como se entra a un lugar donde no se debe tocar ni dañar nada; uno entra a la selva para escucharla para apreciarla porque ella también lo observa a uno. A la selva hay que entrar con la mente abierta, sin prevenciones. Si entras con la tensión de la ciudad, la selva te pone tropiezos, te caes, una espina te chuza, una rama te golpea, las aves se esconden…”. Cuando le escuché decir esto comprendí que había descubierto nuestra afición, éramos amigos, éramos colegas.

Lo más cerca que he estado de él es cuando me ve en la copa de un yarumo y él se encuentra a las dos en punto, como dicen en la jerga de los “pajareros” para indicar su posición: allá abajo entre el follaje. Elvis es de los humanos que más he observado. Es un hombre de la selva; eso le viene de su madre Julia Márquez indígena Mayoruna; pero también se desenvuelve bien en los recovecos de la ciudad y eso le viene de su padre César Cueva, mestizo de origen andino de Chachapoyas y Cajamarca en el amazonas peruano. Me enteré, porque en la selva uno se entera de todo, los sonidos y las palabras vuelan sin tropezar con obstáculos, que la primera vez que se aventuró con su hermano mayor por los recovecos de la selva se perdieron durante dos semanas; cuando salieron de la espesura, cansados y asustados, Elvis dijo: no vuelvo. Entonces se hizo actor de teatro. El día que un amigo le sugirió que trabajara como guía por los senderos de la Amazonía estudió hotelería y turismo. Y como la selva se lleva en el alma, volvió a recorrerla, se hizo guía y aprendió a emocionarse con detalles tan sencillos como las hormigas que pasan en fila cargadas con hojas o granos tres veces su tamaño y desaparecen entre las ramas, y aprendió a ejercitar los sentidos vitales para el observador de pájaros, el oído y la vista; comprendió que ser discreto y respetuoso con las aves que observa es la condición esencial; entendió que el canto es una forma de defensa y también de regocijo, y aprendió a reconocerlos; logró distinguir sonidos tan sutiles como el aleteo sin turbulencia que produce el búho.

Porque he vivido desde siempre en la espesura, he volado más arriba de las copas de los árboles, me he disimulado entre las ramas, he esperado el momento propicio para mostrarme, para llamar o para pedir ayuda, sé que la selva tiene momentos invisibles para la mayoría; y sé también que en ocasiones muestra formas, colores o situaciones, que pocos sabrían describir, y solo aquellos que verdaderamente sienten sus vibraciones están en la posibilidad de distinguirlas, Elvis es uno de ellos. Lo sé porque, repito: en la selva todo se escucha; sé que “pajareros”, compañeros de observación se sorprenden de lo que ve entre las ramas y los troncos y los rayos de luz que se filtran. Se sorprenden de las especies de aves que logra observar y escuchar; pero no solo distingue aves, también reconoce las plantas y los insectos y logra decir por dónde se escabulló una lagartija tímida que prefiere la sombra de la vegetación en lugar de la luz de un claro.

Las aves somos celosas de la belleza exótica y plena de colores que adorna nuestro plumaje, sabemos que somos llamativas y a pesar de que es un atributo ineludible también es un punto de atracción para los depredadores que acechan; en tiempos de escasez, por ejemplo, debemos abandonar los espacios donde nos podemos proteger y salir en busca de comida; con los depredadores al acecho, es posible que varias bandadas nos encontremos cerca de la misma fruta y aunque el grande come primero, todos los presentes comen. Pero si el depredador está cerca, es posible que nadie coma. Elvis distingue esos momentos de urgencia, sabe que en todos los rincones un enjambre de códigos, movimientos y señales, que es necesario interpretar en el momento justo, abunda; sabe que vernos es una cosa y escuchar nuestros cantos y murmullos es otra. Observar aves es una aventura en la que se corre el riesgo de ser observado. Aves y “pajareros”, se reconocen mutuamente; saben de donde viene uno y para dónde va el otro. Es un juego donde ambos: ave y observador se muestran o se esconden y ambos lo saben…
Argumento. Un hombre recibe una cámara de fotografía como regalo. Según una cadencia impuesta, que no comunicó a nadie, toma una fotografía cada minuto. Al final del día tiene mil cuatrocientas cuarenta imágenes. Mientras las mira, los minutos del día siguiente corren. Con esa imagen comienza la historia.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Vivir entre robles y arrayanes

12 mayo, 2018 § 1 comentario


El último domingo de marzo, al final de la mañana, el sol picante de la Sabana de Bogotá nos esperaba para acompañarnos a visitar a mi hermana. Desde enero de este mismo año vive en la Reserva Natural El Pajonal entre robles y arrayanes. El punto de encuentro con los parientes con quienes iríamos a visitarla, y conocían el camino, estaba sobre la autopista Norte poco antes del Puente del Común; de ese lugar en adelante, nosotros, recién llegados para pasar unos días en el altiplano cundiboyacense, desconocíamos cómo llegar a El Pajonal. Distribuidos en cuatro carros: hijas, yernos, sobrinas con sus maridos y sobrinos con sus esposas y esposos, sobrinas nietas, sobrinos bisnietos, mi mujer y yo, su hermano, emprendimos el camino. Mi hermana vive en el filo del Páramo de Guerrero donde está la Reserva porque antes de partir había dicho que, llegado el momento, la llevaran a vivir a cielo abierto. Digo vivir porque nadie, en ningún momento del día, habló de morir y todos la imaginamos entre robles y arrayanes narrando con minucia historias sobre parientes lejanos o cercanos; de platos a los que inventaba nombres según el momento y disfrutaba cocinándolos para sus hijas y nietos; o recordando encuentros que venían de tiempo atrás y eran la memoria de la familia. Memoria que, me digo ahora, se llevó con ella y sobre la cual me hubiera gustado escuchar más…

… Cincuenta kilómetros, quizá un poco más, separan el municipio de Cogua, cercano a la represa del Neusa en el noroccidente de la Sabana de Bogotá, del punto de encuentro con los parientes. A las once de la mañana emprendimos el camino por las vías amplias y frecuentadas de la Sabana, manteníamos contacto visual de carro a carro a pesar de que en varias ocasiones algún extraño se intercaló y perdimos el contacto, sin embargo el tráfico en las carreteras, todo el mundo lo sabe, es una cuestión de paciencia y al final logramos llegar juntos a Cogua, al pie del Páramo de Guerrero, antes del medio día. No entramos al pueblo, lo bordeamos por calles estrechas de costado y más pronto de lo esperado encontramos la vía, secundaria y empinada, que nos llevaría a la Reserva El Pajonal a 3400 m.s.n.m. En Cogua estábamos a 2600 m.s.n.m. A la salida del pueblo la vía se hizo estrecha y empinada. Cundinamarca, se sabe, es tierra de ciclistas y escaladores, los famosos “escarabajos”; a medida que ascendíamos con la montaña a la izquierda y el paisaje interminable a la derecha los ciclistas se multiplicaban, a pesar de lo empinado del terreno ninguno parecía a punto de desfallecer. La carretera estrecha y con curvas cerradas obligaba a tener cuidado, no solo por los ciclistas que subían, también por otros carros o ciclistas que bajaran. Para resaltar, un detalle curioso: los ciclistas que bajaban eran pocos en comparación con los que subían; quizá, después de subir, el premio al llegar a la cima era quedarse arriba, en la montaña, “más cerca de las estrellas”, como reza el dicho tan bogotano; o también, es posible, que la vía rumbo al páramo fuera parte de un circuito y el regreso lo hicieran por otra vía. En un cruce inesperado, después de una curva estrecha y un grupo de “escarabajos” en pleno esfuerzo, una valla anunciaba la dirección a seguir para llegar a La Reserva. Según la valla debíamos tomar a la izquierda. De esa señal en adelante, desaparecieron los ciclistas y la vía se hizo estrecha, destapada, aun más empinada y el paisaje se enfrió a pesar del sol picante, de tierra fría, que no dejó de brillar. A medida que subíamos, el filo de la montaña cada vez más cerca se recortaba contra el cielo poblado de nubes, llegamos a pensar que habíamos tomado la ruta equivocada pero lo que habíamos tomado era una ruta sin retorno a menos que subiéramos hasta el final; las grandes extensiones con sembrados de papa a la izquierda, hasta el filo de la montaña y el paisaje infinito con verdes de bosque y sabana, y los destellos de agua bajo el sol del Neusa, por allá lejos, lejísimos, no permitían hacer el giro para regresar. Pronto nos dimos cuenta de que habíamos tomado el camino correcto, frente a nosotros, tan cerca del cielo que parecía al alcance de la mano apareció, después de una curva, una explanada donde había gentes y automóviles que esperaban o llegaban o regresaban a Cogua. No lo hubieran podido hacer porque hasta ese momento nosotros ocupábamos la vía. Después de una hora de recorrido, quizá más, quizá menos, habíamos llegado a El Pajonal…

… De las veintiún hectáreas del área total de La Reserva, nueve están ocupadas por vegetación nativa, el resto se encuentra cultivado con papa –los sembrados que vimos en el camino–, y pastizales no nativos, además de minas de carbón y canteras a flor de tierra. La situación es preocupante para los habitantes y para el cuidado del medio ambiente en la región; sin embargo, quienes trabajan en El Pajonal creen con firmeza en la recuperación de la vegetación propia del bosque andino y para lograrlo han creado programas. Uno de ellos con el objetivo de lograr la restauración, ojalá de la totalidad del área de la Reserva, son los Bonos Exequiales Renacer que permiten, a nombre de una persona fallecida y con el aporte de sus familiares, sembrar en el área de la Reserva uno o varios árboles nativos del páramo. A parte de su deseo de vivir al aire libre, otra razón por la cual mi hermana vive ahora entre robles y arrayanes es la restauración de los bosques nativos, con seguridad un plan con el cual ella estaba de acuerdo. Pensándolo bien, el recorrido hasta la Reserva fue como una suerte de introducción, de prólogo, al lugar perfecto en clima, paisaje, silencio, donde después de tres meses vivía mi hermana. Debe estar contenta, pensé, cuando comenzamos a subir por senderos previamente marcados hasta los 3500 m.s.n.m. donde los tres arrayanes y los cuatro robles la acompañan rodeada por una multitud de árboles nativos pertenecientes a otros habitantes de la Reserva. Allí le hicimos visita, admiramos el paisaje y conversamos, cada uno a su manera, con ella. Carlos, a nombre los presentes, recordó reuniones donde ella narraba sus historias. Benjamín, el sobrino bisnieto, el más joven del grupo, fue más allá y no le habló de recuerdos, le habló de algo que seguramente iba a suceder, pero no dijo cuando. Recorrimos la Reserva hasta el filo del páramo, como sucede al llegar de visita a casa de un pariente, nos concentramos en los paisajes, en la represa del Neusa por allá, lejos; nos dejamos deslumbrar por el lugar y seguramente todos pensamos que entre robles y arrayanes era el lugar ideal para vivir. De repente, del filo de la montaña bajó un niño de unos trece años con margaritas en una gorra que sostenía al revés entre sus manos y preguntó si podía ponerlas alrededor de los árboles. Le dijimos que lo hiciera. Y mientras decía con voz de hombre grande: por aquí hace frío por la mañana, calor al medio día –lo pudimos comprobar–, y llueve entre el final de la tarde y la noche, aplanaba la tierra negra alrededor de los arrayanes y los robles todavía pequeños y calculaba el lugar de cada flor como quien arregla un florero. Andrés José era el nombre del joven con voz de hombre grande. Esperamos que terminara de adornar los árboles con las margaritas y regresamos a la explanada donde habíamos dejado el carro…

… Así visitamos a la Yía, mi hermana. De la visita nos queda la alegría de haber estado en el lugar donde está; nos queda la seguridad de que volveremos y también nos queda el vacío de sus historias, por eso, para recuperarlas, estamos seguros de volver. Entonces deshicimos el camino empinado rumbo a Cogua. En el descenso no vi ciclistas pero vi una mujer al borde de la carretera con un niño en brazos, resaltaba la piyama roja de bolas blancas y la incomodidad de una pierna suelta del niño que se sostenía abrazado a los hombros de la madre. En algún punto del camino que los familiares conocían paramos; era un lugar con salas grandes y objetos en todos los rincones, ni un solo espacio libre, todo ocupado por imágenes, botellas, tarros, seguramente recuerdos que el dueño y su descendencia han acumulado durante toda la vida. Allí confirmé que esta tierra no es solo de ciclistas, también es tierra de truchas. Y, además, es la tierra donde vive mi hermana. Allí mismo nos separamos de los familiares, ellos regresaban a Bogotá y nosotros: mi mujer, mis hijas, sus maridos y yo, seguíamos rumbo al norte, hacia Villa de Leyva en Boyacá. Al caer la tarde paramos casi a mitad de camino, en Cristianía, un nombre sin par para una sola calle. En una cafetería al borde de la calle apareció a mi lado, de la nada, un hombre enjuto que en voz baja dijo una retahíla de la que solo comprendí una palabra: tinto. Entonces pedí dos tintos, uno para él y otro para mí…
Argumento. Su recuerdo está presente… Así es la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018