Una voltereta

13 octubre, 2018 § Deja un comentario


Esta Marginalia inicia por el argumento que siempre va al final. Es una voltereta, como las imágenes que la ilustran…


… Soy el A-20. Quien me vaya a llamar me llamará por ese número, sigla, código o como lo queramos llamar. Una mujer en uniforme negro con camisa verde será quien me anuncie el llamado. El llamado lo hacen por pantallas que solo ella ve. Tengo la esperanza de que la mujer en uniforme me anuncie rápido. El tiempo pasa, la mujer en uniforme, un poco extraña, como dormida, aparece, desaparece y reaparece hasta que desaparece del todo. No la vi más. Ese día no llamaron el A-20…


… Al día siguiente ya no soy un número, ya no espero aparecer en una pantalla digital, soy yo, mi nombre, y estoy en un listado. Delante de mí en el listado hay otros nombres, no sé decir cuántos porque no hay fila y sin fila lo que hay es un desorden. En la sala, pequeña, estrecha, los otros del listado se acomodan como pueden, unos por aquí, otros por allá. Así que no sé donde está mi puesto. A pesar del aparente desorden, todos parecen tranquilos. La encargada detrás de un mostrador alto llama mi nombre, me entrega un papel pequeño con una cifra escrita en él y me pide que vaya al fondo del pasillo hasta la puerta abierta, allá hay una doctora que me va a registrar las huellas digitales, dijo. Son unos quince metros de pasillo estrecho mal iluminado por lámparas de neón. La puerta abierta se encuentra al fondo, es la última. Desde la puerta veo un cubículo pequeño con una silla de plástico frente a la ventana. Allí solo hay espacio para una persona, frente a la ventana hay un escritorio con un computador, una silla para visitantes y detrás del computador una mujer morena, grande; grande pero no gruesa, grande. Su cara, su peinado, sus manos, sus uñas, son de mujer grande. No me mira y tampoco me habla, le pregunto si me puedo sentar en la silla del visitante, responde con una seña. Apenas me siento pregunta el número de mi cédula. Se lo digo. Lo teclea con su mano inmensa, no me mira; pregunta mi grupo sanguíneo, se lo digo; teclea de nuevo. Todo en ella es grande, los ojos maquillados y las pestañas largas, los labios, la boca incluso los dientes son grandes. Su voz, en cambio, es un murmullo que distingo con dificultad. Me pide que coloque mi índice derecho en el lector de huellas, como su voz es menuda no entiendo y debe repetir, sin embargo no repite más fuerte, lo hace en el mismo tono; alcanzo a descifrar la palabra índice y lo coloco en el lector; ella hace una operación con el “mouse” diminuto bajo su mano inmensa con uñas rojas, grandes y perfectas; me pide que cambié el índice derecho por el izquierdo, no la escucho por aquello de su voz pero como imagino que es la secuencia lógica de la entrevista coloco el índice izquierdo en el lector; la mujer repite los movimientos que hizo con el “mouse” cuando leyó mi índice derecho. No me mira, tampoco se mueve, lo único móvil en ella son los ojos, las manos y cuando murmura, la boca; con una seña me indica que terminó el examen y que debo regresar donde la otra mujer detrás del mostrador en la entrada. Salgo de la pieza, pequeña, estrecha, demasiado para el tamaño de la mujer, salgo sin mirarla, estoy seguro de que ella tampoco me miró. Regreso a la fila que no es fila. Quedan pocos hombres en ella, caigo en la cuenta de que aparte de una mujer joven con casco que hace parte del desorden, la mujer grande en la pieza del fondo y la que recibe y coordina los movimientos del listado, todos son hombres, incluso, imagino, las otras personas que ejecutan los exámenes en otros cubículos son mujeres pero eso es solo mi imaginación. Entre los que esperan hay uno que ve poco y habla o por lo menos intenta hablar con los otros; y hay otro, mayor, pelo blanco y gafas, ropa bien planchada, peinado sin un pelo fuera de lugar que parece recién bañado, limpio y rígido, solo mira al frente, quizá no mira a los lados por temor a despeinarse. Cuando lo llaman del fondo del pasillo para pasar el examen con la mujer grande quedo solo en la sala porque el que insistía en encontrar con quien hablar desistió y se fue. Quedé solo en la sala estrecha. En ese momento ignoraba que me faltaban otras tres filas, más largas, dispendiosas, igual de desordenadas y ponen a prueba la paciencia…


… El lugar es uno que aparenta poco, nada, pero es donde la gente espera. Mucha gente espera. Los observo, es posible que ellos hagan lo mismo, sin embargo parecen chateando, jugando o solo matando el tiempo, miran el aparato sin importarles lo qué miran. El único que no espera, porque camina de un lado para otro, es el guardia uniformado. Va desde el fondo hasta la entrada, mira el piso y mientras camina muerde un tubo de plástico de los que sirven para revolver el azúcar en los pocillos desechables. El guardia es bajito y grueso, quizá demasiado  bajito y grueso para ser guardia de seguridad. Lleva uniforme gris oscuro con letreros color naranja en la espalda y en el frente; encima del bolsillo izquierdo, es decir, encima del corazón su nombre y apellidos: Otoniel Azuero. Un nombre extraño, me digo, de alguien que seguramente llegó de otras tierras, es posible. Otoniel es moreno, tiene pelo quieto cortado a ras en los costados y alto encima de la cabeza, es la moda, imitación mohicano. Los desplazamientos los hace despacio, paso entre paso, sin embargo no todas las veces va hasta el fondo del salón, en ocasiones de detiene en la mitad, da una mirada periférica, imagino que cuenta o constata cuántos y quienes esperan allí y retorna sobre sus pasos. Es posible que un reloj marque el ritmo de sus recorridos, sin embargo cada ida y regreso tiene una extensión menor, en la medida que hace recorridos y el tiempo pasa su fatiga es mayor, a pesar de que tiene el tiempo medido decae su agudeza visual y como cada vez que va y viene el número de los que esperan es distinto, a veces más, a veces menos, con el paso de las horas la fatiga lo alcanza. Los recorridos largos se hacen lentos y los cortos también, si estuviera en él decidir ya habría abandonado los recorridos, incluso lo ha comentado con algunos compañeros, pero como son subalternos y además temerosos de perder el puesto prefieren callar. Es es la razón por la cual Otoniel mastica el pitillo de plástico, como si masticara el tiempo, el trabajo, los jefes, los compañeros, los que esperan, mastica todo. Sin embargo el pitillo no disminuye, ni se daña, ni se tuerce y él tampoco lo bota. El pitillo es lo único que le queda…


… Detrás de mí hay una mujer mayor con un búho tatuado en el hombro. Un búho sobre un lecho de rosas. Lo miro rápido para que la mujer no note mi interés. Su cara seria, cuadrada, con gafas pesadas y gruesas es lo contrario a la expresión alegre del búho. La mujer como la mayoría de las mujeres usa ropa una o dos tallas menos y se ve atrapada en ella, como quieta, sin movimiento; el balanceo de sus piernas es una manera de liberarse de la incomodidad de las tallas menores. Lo único suelto, en apariencia libre y a sus anchas es el búho en el hombro. El búho parece sonreír…


Argumento. Aquí siempre va el argumento que hoy va al comienzo…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

Desde hace días está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en su librería más cercana

Anuncios

Sistema

6 octubre, 2018 § 1 comentario


Una fila que se alarga frente a una ventanilla porque Sistema, con mayúscula y sin artículo, según la funcionaria detrás del vidrio de seguridad, se rehusa a trabajar; y una crónica de Reinaldo Spitaletta en su blog sobre su aventura con Sistema en un banco de la ciudad, me recordaron que hace cerca de diez años, cuando Sistema era aun poco conocido, servía de parapeto para disimular las ineficiencias y nos jugaba triquiñuelas insolubles, me crucé con él en el cubículo de un funcionario público. Hoy Sistema hace parte del día a día de todos pero es necesario certificar que aun se toma libertades, funciona cuando quiere y no cumple con la premisa establecida: Sistema, en las computadoras donde vive, solo hace aquello que le ordenan que haga…


… Un miércoles a primera hora de la mañana fui a la Administración Municipal. Debía cumplir con obligaciones que no me dejaban dormir tranquilo. Para evitar filas y congestiones llegué a la puerta de entrada al público antes de la hora. Tomé de la máquina dispensadora el ficho G22 que me acreditaba como primero en la fila frente a las ventanillas de despacho al usuario. La diligencia fue rápida, menos de tres minutos después iba camino al edificio donde despachan los abogados, a la vuelta de la esquina, porque la funcionaria de ventanilla no tenía autorización para confirmar mi diligencia sin la autorización de Jurídica, Sistema mostraba cifras que no correspondían con mi situación.
Hasta ese momento no había sucedido nada y todo estaba dentro del tiempo y los inconvenientes que siempre acontecen en ese tipo de diligencias. Lo bueno, si así se puede llamar, comenzó en la Jurídica, un espacio amplio con muros pintados de verde, pasillo de hospital, y ocho cubículos: cuatro a la izquierda, cuatro a la derecha. En aquel pasadizo entre cubículos y muros estaban las sillas para los usuarios frente al escritorio de cada funcionario y una fila de asientos, tres por módulo, recostados contra la pared para quienes esperan. A esa hora de la mañana, ocho y doce minutos no había publico y las conversaciones de un apartado a otro pasaban por encima. Cuando me acerqué al cubículo en la fila de atrás, que una dama vestida con uniforme de vigilante me indicó con un movimiento de manos, el funcionario, apoyado en su escritorio dijo: “qué caramelo tan escaso”, en referencia a otra persona, quizá compañero de trabajo, ausente en ese momento. La frase podía llevar a un sujeto amigable o extraño, lo contrario, o también alguien con quien no era posible caer en el descuido. Era sin lugar a dudas una advertencia…


… El funcionario me invitó a ocupar el asiento frente a su escritorio. Su disponibilidad parecía total. Expliqué la situación, le entregué las hojas que su colega de la ventanilla me pidió que hiciera revisar por los expertos de Jurídica y esperé. El análisis fue rápido, aunque me dio tiempo para escuchar desde una radio diminuta disimulada entre calculadora, relojes digitales y estampas del Sagrado Corazón, la voz de Julito y su mesa, preguntando, culpando y cortando a quien cayera entre sus ondas. El funcionario, Augusto de Jesús Rojas Tuta, según la escarapela sobre su camisa blanca, impecable a esa hora, lo identificó pero no me atreví a llamarlo por su nombre.
Augusto, lo seguiré llamando, aseguró que su colega de la ventanilla tenía razón y era necesario hacer algunos ajustes en la liquidación de los documentos. No hay ningún problema, dijo, Sistema está muy bien hoy. A esta hora es más veloz agregó para tranquilizarme. Eran las ocho y quince minutos de la mañana. Julito saltaba de una entrevista a otra. Las voces de los funcionarios en los otros cubículos se escuchaban alegres, hablaban de otros compañeros o de algún jefe. Augusto concentrado en la pantalla hacía los ajustes necesarios para solucionar mi caso, no los escuchaba y mi silencio parecía ayudarlo en la tarea. En ocasiones dejaba de escribir en el teclado y anotaba números en un papel diminuto. En ocasiones parecía reflexionar, más tarde me di cuenta que esperaba que Sistema hiciera su parte del trabajo. A las ocho y media, me miró con desgano pero no habló y yo, en mi función de espera, tampoco dije nada. Ocho o diez minutos después un hombre con camisa oscura y gordo llegó hasta el cubículo de Augusto y le preguntó por unos papeles oficiales. Augusto se desconcentró y dio indicaciones que el otro respondió con otra pregunta y Augusto se apresuró a dar otras indicaciones, luego otra pregunta y más indicaciones. Imagino que el hombre notó que estaba interrumpiendo algo porque entre una pregunta y otra me pidió disculpas por la intromisión. Entonces Augusto dijo al hombre que lo llamara en diez minutos, la diligencia conmigo no le tomaría más tiempo y en ese momento le entregaría la información necesaria. El hombre se disculpó y se fue. Faltaban cinco minutos para las nueve, Julito hablaba y su voz parecía salir de la estampa del Corazón de Jesús al lado de la radio y las conversaciones de los otros funcionarios iban de un personaje a otro sin detenerse. Augusto y yo no hablábamos para no interrumpir su labor…


… A las nueve y cuarto Augusto dijo, me dijo, no me da. ¿Qué pasa? pregunté. No encuentro la solución, respondió, Sistema reconoce ciertos datos y entonces no da por terminada la operación. A partir de ese momento Augusto comenzó a referirse al Sistema como si se tratara de otro allí con nosotros. Cada vez que la operación fallaba era él, Sistema, quien no quería responder o le hablaba de otra cosa. En ocasiones Augusto murmuró palabras incomprensibles y me di cuenta de que se dirigía a Sistema. A las nueve y media dijo voy a llamar al técnico. Descolgó el teléfono y marcó tres veces números equivocados, a la cuarta vez dijo: Wilson, tengo un problema con Sistema y se lanzó en una explicación sobre las actitudes que Sistema estaba tomando. Wilson debió dar indicaciones sobre la forma de tratarlo, sobre todo si se volvía voluble y creo que le aseguró que se encargaría de ponerlo en su sitio desde su lugar de trabajo. Las respuestas de Wilson tranquilizaron a Augusto, cesó de teclear, cruzó los brazos y miró fijamente la pantalla desde donde, imagino, Sistema lo miraba. Está esperando algo del Sistema, pensé. Eran casi las diez de la mañana cuando Augusto dijo, está bloqueado. ¿Quién? pregunté. Sistema ya no quiere hacer nada más. ¿Qué hacemos? pregunté. Augusto me miró con el mismo desgano con que Sistema lo miraba a él y preguntó, ¿no tiene otra diligencia para hacer?
A las diez sonó el teléfono. Imaginé que era Wilson con buenas noticias sobre el genio del Sistema, pero era una llamada personal para Augusto. Mientras hablaba sus intimidades, dinero, préstamos, una fiesta, miraba de reojo con la esperanza de descubrir al Sistema escuchando su conversación. Eran las diez y media, Sistema no se había recuperado de su rabieta, Augusto y yo no habíamos hablado nada, cuando el teléfono timbró otra vez. Pensé en Wilson y su habilidad para organizar la volubilidad del Sistema, pero no era Wilson. Por las respuestas me di cuenta de que era el hombre gordo de camisa oscura que había prometido llamar más tarde. Mientras hablaba, Augusto me miraba disculpándose con el hombre gordo por mi presencia allí. Sí, dijo antes de colgar, en diez minutos…


… Faltando dieciséis minutos para las once la situación no había cambiado, Sistema seguía bloqueado en su actitud y entre Augusto y yo las palabras no circulaban aunque hicimos intentos de conversar que siempre quedaron en las primeras frases. Sin embargo el silencio instalado entre nosotros, por supuesto acompañado en segundo plano por los ruidos, voces, Julito pontificando desde la imagen del Sagrado Corazón, me permitió notar el cambio que Augusto estaba sobreviviendo a medida que pasaban los minutos. Entre el funcionario bien peinado y recién planchado que encontré a las ocho y cinco de la mañana, al hombre de pelo parado, camisa arrugada, escarapela al revés, nudo de corbata caído y botón del cuello cerrado, como el doctor Mejía, había un mundo de diferencia. Pensé que Sistema estaba ganando su punto y la descomposición de Augusto era la muestra real de su derrota. A las doce llamó Wilson para decir que se iba a almorzar y que a las dos de la tarde daría solución al problema. Augusto me comunicó lo dicho por su colega, constató la hora, sintió hambre, me miró con la intención de saber si yo tenía la costumbre de almorzar y murmuró: “qué caramelo tan escaso”…
Argumento. Sistema se bloquea. El hombre apaga la computadora. Cuando la prende, Sistema le ordena: “no me apague más, de ahora en adelante yo soy tú y tú, ya sabes cómo se trabaja conmigo…” De ahí en adelante lo que Sistema quiera…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2007 / 2018

Ya está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en la librería más cercana

Trances

29 septiembre, 2018 § Deja un comentario



… Una servilleta llega a mi mesa sobre un plato de loza blanco, pequeño y redondo. Encima de la servilleta, un alfajor de maicena. La servilleta, por los grabados que vienen impresos en ella, me sirve de parapeto contra el ruido que abunda en el salón, amplio, con techo de doble altura y ventanales sobre la avenida de la altura del techo. Mi mesa está en el centro del salón, la elegí a conciencia pues imaginé que en el centro, en el eje, el ruido y el movimiento serían mitigados precisamente porque fenómenos así se mueven del centro a la periferia. Se alejan del centro. La servilleta es cuadrada de papel reciclado con quince centímetros de lado; impresos en su superficie, veinte grabados antiguos, pequeños claro está. Los grabados ilustran plantas y frutos referentes al café y utensilios de uso en su preparación. Están allí en filas ordenadas el fruto del café, el del cacao, un atado de tabacos, un manojo de maíz, un croissant, una balanza, un molino de grano seco, una taza, una cafetera, un juego de cubiertos: cuchara, tenedor y cuchillo, una mezclador de mano, un rodillo para amasar, una batidora de manivela y un frasco que podría ser de canela en polvo. Me protejo de las inclemencias del ruido con esa servilleta y me dejo llevar por las evocaciones que provocan los grabados de otro tiempo, seguramente de antes de la tecnología, incluso de la era industrial, cuando la preparación del café y sus acompañantes era artesanal y los grabados también, se dibujaba con buril sobre planchas de cobre y luego se imprimían en prensas manuales. La cocina del grabado es elaborada y precisa, avanza lentamente y solo permite ver aciertos o errores en copias de prueba donde la corrección es en ocasiones imposible. Mientras los grabados me llevan por parajes transitados en el tiempo, el ruido alrededor del eje del salón donde imaginé mi refugio parece difícil de acallar. El movimiento en el salón es imparable; mientras me dejo llevar por los grabados y en ocasiones, cuando debo buscar una palabra o un recuerdo, he levantado la mirada y cada vez me he encontrado con personajes distintos en las mesas vecinas. Seguramente porque la servilleta con grabados como parapeto es efectiva, solo después de un buen rato caigo en la cuenta del revoloteo de hombres y mujeres con uniforme, recogiendo utensilios, acomodando mesas, corriendo taburetes, incluso barriendo y limpiando mesas aunque estén ocupadas; uno de ellos alcanzó a levantar la servilleta de la base del plato donde la tenía pisada para que no se la llevara el viento. El uniformado era joven, con gafas de vidrio grueso, un poco desparramado, seguramente cansado de circular entre las mesas acomodando, quitando o recogiendo; sin preguntar tomó la servilleta de mi mesa y la iba a tirar al cajón de los desechos que empujaba sobre cuatro ruedas, cuando interrumpí su impulso y le quité, le arrebaté, la servilleta de las manos. El uniformado me miró a través de sus vidrios gruesos; ignoro si me vio a mí o solo vio mi sombra pero no alcanzó a decir nada; tomé la servilleta, con cuidado de no estrujarla más de lo que ya había sido maltratada y la guardé en el bolsillo de mi camisa. Después me levanté y como si no tuviera nada más que ver allí, me fui en busca de algún personaje que me llamara la atención…


… Con la servilleta bien plegada en el bolsillo de la camisa y no lejos de la mesa que me perteneció, me crucé con dos personajes. En este lugar son vecinos. Pero en la llamada realidad de sus historias nunca se vieron, ni siquiera se imaginaron porque vivieron épocas alejadas en el tiempo y en bordes opuestos. El de la derecha es un guerrero de terracota de la Dinastía Qin doscientos años antes de la era cristiana. El otro es un pariente cercano del Capitán América, creación gringa de los años de la Guerra fría. Nada debería siquiera acercarlos, fueron creados, vivieron y viven aun en espacios que en apariencia no se cruzan. Sin embargo aquí son vecinos. Una coincidencia gastronómica los puso donde están ahora: un restaurante de comida rápida china y otro de de comida rápida gringa; cuando uno vende noddles el otro vende hamburguesas. Sin embargo en la expresión de sus caras, los ojos entrecerrados, la mirada fija al frente, está la esencia del encuentro; uno carga con la fuerza de la historia y el otro con la voluntad del consumo; los dos heroicos y sonrientes dispuestos a lo que se sea; seguramente, si se lo proponen, nada los detendrá, el poder los apoya, los empuja. Desde otro ángulo, la llamada realidad como las ficciones tiene varios ángulos, es posible que la sonrisa no sea de suficiencia sino de temor, nada más cercano que la suficiencia y el temor. Son dos caguetas juntos por la necesidad del comercio…


… Llego con cierto desasosiego a un lugar público, el aburrimiento me acosa. Pido un capuchino y un pan de chocolate, dicen que comer es buen antídoto para el desasosiego. Como no veo sobre qué escribir, la gorda gorda y el flaco, flaco, que ocupan la mesa cercana a la mía los he reseñado varias veces y si no son ellos, he reseñado otros muy parecidos a ellos. La mujer, en la mesa del frente que ojea una revista del corazón también lleva tiempo en el mismo lugar y ya pasó por mi cedazo y la otra mujer, detrás de la que ojea la revista, parece invisible y aunque es una buena posición la ignoro y decido leer. Las bellas extranjeras narraciones cortas de Mircea Cărtărescu, lo busco en mi morral y leo la primera parte de “Antrax”. El personaje, Cărtărescu en persona, recibe una llamada donde le dicen que un sobre llegado de Dinamarca a su nombre está en las oficinas de una revista y debe pasar a recogerlo, como el único danés que conoce es Hamlet, la curiosidad lo obliga a ir en busca del sobre. Por la descripción de las calles, el edificio donde debe ir, la secretaria que se lo entregó, incluso su abrigo, la ciudad es fría, gris, decadente, aburrida. El mismo Cărtărescu escribe en otra narración que Bucarest es la ciudad más aburrida del planeta. El sobre también tiene esa apariencia. Cărtărescu Intenta rasgar el sobre, pero solo alcanza hacerlo en una de las puntas y un polvo blanco ensucia sus dedos, Cărtărescu duda, piensa que el polvo es ántrax, un veneno que utilizan los terroristas para atacar objetivos lejanos. Cărtărescu no entiende por qué se lo envían a él y tira el sobre en un basurero. La narración es tensa. Mientras leo, la música de una balada que parece endulzada con exceso de almíbar suena por todos los rincones, nada más opuesto al texto de Cărtărescu. Sin esperarlo me encontré entre la jalea exagerada de la música y el frío casi oscuro del texto, entonces dejé de leer. Levanté los ojos y me encontré con que la mujer invisible había desaparecido y en su lugar había un joven, grueso, con barriga, bluyines rotos como manda la moda, zapatos con suela blanca y pelo engominado. El joven tenía poca barba, como es la moda no se afeitó y con la cara sucia parecía clavado en el celular, quieto, con todos los sentidos puestos en la pantalla, no estaba incómodo ni estresado, es posible que se encontrara, como yo, en algún lugar entre la música edulcorada y el aburrimiento…


… Hace calor. Se nota en las caras sin expresión de las gentes al final del día. Una joven con audífonos blancos tan grandes como su cabeza, contrastan con su pelo negro, mira el vacío y sonríe; otra, también joven, sentada en frente lee un libro con desgano, lo toma con la mano derecha, con la izquierda sostiene su cara quizá para que no se hunda en el libro abierto, y lee; no me parece que lea; como toma el libro por una esquina con la mano derecha, el libro abierto cae hacia la izquierda y las letras de la página de ese lado deben ser ilegibles; sin embargo la mujer joven no se mueve y su pose de lectora permanece. Es el resultado del calor apabullante. Al lado de la mujer joven que parece leer, quizá duerme, un hombre con gafas duerme, parece acostumbrado a dormir sentado y acosado por el calor porque nada en él desentona con el momento…
Argumento. ¿Qué más argumentos que los que corren las calles de arriba abajo el día entero todos los días? Basta con mirarlos pasar … Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Ya está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en la librería más cercana

Tiempo quieto

22 septiembre, 2018 § Deja un comentario


Inmovilizar el tiempo, que el día o la noche no lleguen, que las manecillas del reloj no giren, que las gentes en la calle sean estatuas al final o al comienzo del movimiento. Aparcar el tiempo un instante, un segundo, una acción, una coincidencia, aunque alrededor todo sea ruidos, voces, sirenas, roces, es suficiente para que la ficción ejerza. Aquí van cuatro…

… En una columna estrecha hay un reloj imitación cu-cu, suizo, que funciona con pilas y marca las horas con tonadas navideñas. Un aviso copia de los años veinte anuncia perros calientes con mostaza por veinticinco centavos, “Los mejores en la ciudad” reza el eslogan debajo de la salchicha caliente, con un arabesco de mostaza, entre el pan. Un dibujo a la punta fina de Edward Duigenan artista irlandés de Jericó representa las distintas partes de una máquina de café, firmado por él con fecha del ocho de diciembre de dos mil quince, escrito a lápiz en la parte baja del marco, fuera del dibujo, el título: “Café Saturia”, un lugar en Jericó donde pasan el buen café del suroeste. Debajo del dibujo de Duigenan el objeto de esta nota: una pintura pequeña, un óleo, con marco tallado, dorado y decorado con adornos de estilo, el marco parece excesivo para la pintura, sin embargo van bien juntos; la pintura representa unas flores, cartuchos blancos con pistilos amarillos, que surgen del centro del pétalo enroscado hacia la base donde se une con el tallo y deja de ser blanco para pasar al verde. Se alcanzan a ver detalles de hojas y tallos. Son cinco flores recortadas contra un cielo azul con escasas nubes casi transparentes. La pintura siempre está torcida. Muchas veces la he enderezado pero minutos después o cuando la vuelvo a mirar está torcida de nuevo. He revisado el aplique en la parte de atrás del marco para arreglar el desnivel y no tiene aplique, tiene una cuerda. Revisé que la cuerda estuviera equilibrada, pegada a la misma altura de cada costado. Si alguien se toma el trabajo de colgar el centro de la cuerda del clavo en la columna la pintura debería sostenerse derecha. Sin embargo se desnivela. Debe ser la gente, mi mujer o alguna de mis hijas o yo, o algún pariente que al pasar cerca no la mira y ella, sensible, se inclina al paso de quienes no la ven  o la ven pero la ignoran como sucede con cientos de objetos…

… En el restaurante donde la especialidad son los frisoles bostonianos en El Carmen de Vivoral, mi puesto está frente a dos copias de Alejandro Obregón, una de Manuel Hernández y otra, copia también, de un pintor que no conozco. El salón con mesas incontables, seis sillas por mesa y una persona por silla es un nido de murmullos, de ruido de platos, de voces, de cubiertos que chocan y de órdenes que se demoran en llegar a la mesa. Los frisoles bostonianos son buenos, quizá un poco grasos; el plato, una suerte de cazuela con salchichas y chicharrones picados corto, llegan a la mesa hirviendo. Hay que esperar antes de probarlos. La técnica de preparación, imagino, debe ser sencilla: cocinan los frisoles a primera hora del día, quizá varias ollas al mismo tiempo y los dejan reposar; en ese estado, mientras enfrían, pican menudo los agregados ya cocidos. En el momento en que llegan al servicio los pedidos de la sala las cocineras mezclan todo: frisoles y agregados y los llevan entre diez o quince minutos al horno de carbón. El horno no es amplio, caben entre ocho y nueve cazuelas durante el tiempo indicado, mientras tanto, otros cocineros, preparan el plato que acompaña: arroz, ensalada de repollo picado fino, una rodaja de tomate, una porción de aguacate y dos tajadas de plátano maduro. Pasado el tiempo de horno, cuando la cazuela hierve, la llevan a la mesa; unos instantes después llega el plato con los acompañantes. El servicio es lento y los comensales terminan por mirar para todo lado con ojos perdidos porque su pedido no llega y el hambre acosa. La mejor salsa es el hambre dicen los expertos en lides culinarias y los propietarios de “La Frisolera” la ponen en práctica con excelentes resultados: los clientes se comen todo lo que llega a sus mesas y además, les parece exquisito. En esos momentos de flotamiento, mientras los comensales no saben qué hacer y el hambre acosa, lo que queda es mirar las copias de las pinturas de Obregón, de Hernández y, por supuesto, la del pintor desconocido que, quizá, no es copia…

… Las nubes son un misterio de forma, contenido y densidad. No se quedan quietas, se mueven al deseo del viento, suben, bajan, se desintegran hasta convertirse en jirones, fragmentos diminutos o nada, solo rastro; siempre hay rastro de nubes, aun tras el cielo azul compacto, limpio y claro “como ojos de gringa” reza el poema de Gonzalo Arango, tras una veta que se abre paso en el azul del cielo, aparece la nube. Antonio Tabucchi escribió la historia de un hombre sentado frente al mar Adriático que observa las nubes, practica “nefelomancia”: el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Desde mi puesto, no frente al Adriático como el personaje de Tabucchi, sino frente al paisaje con montañas lejanas verdes y azules y verdes oscuras con bosques aquí y allá mezclados con los cientos de tonalidades de verde en todas partes, del oriente de Antioquia observo las nubes, las descubro, hago intentos por descifrar alguna de las formas que llegan, sostienen la pose unos segundos y cambian. Recuerdo alguien que encontraba en las nubes los números que más tarde jugaría a la lotería. Aunque los busque no identifico números; lo más perceptible es el movimiento lento, lentísimo, que apenas se siente. Escribo lo que el lector viene de leer y cuando levantó los ojos la forma en el cielo es otra, no es número, es solo la punta final de una masa que va lejos o no va más porque solo tuvo su momento frente a mí en el instante en que no la miré. La punta desapareció, fue consumida por otra masa que se desplaza detrás, delante, más abajo o más lejos. A pesar de la densidad y el tamaño, las nubes son ligeras pero llevan en ellas el suspenso del momento, la forma y por supuesto el número, pero hay que verlo…

… Hago tiempo antes de una cita y entro a un lugar amplio donde solo hay mujeres. Pido un salpicón que consumo cucharada por cucharada, despacio. Ocho mujeres. Seis en tres mesas, hablan, hacen visita, se desatrasan o trabajan, es posible; difícil saberlo porque el salón es grande y no alcanzo a escuchar lo que dicen. Las otras dos están solas frente a sus computadoras, igual a las anteriores: trabajan, se desatrasan o visitan el mundo paralelo. Solo dos de las que están en grupo consumen algo, desde mi puesto parece un helado pero no lo puedo asegurar. Mientras observo las mujeres solas y las que están en grupo llega otra, joven, rubia, flaca y alta, acompañada por un hombre rubio, flaco y alto como ella. La diferencia entre ella y él está en la barba de tres días. Ella y él llegaron con bandejas en la mano y desde que ocuparon su mesa, paralela a la mía, comen sin hablar y sin mirarse, entre mordiscos a algo parecido a un sánduche chatean, como tienen la boca llena prefieren conversar por celular; hablan entre ellos, me digo. Mientras observo la pareja otra mujer llega sola y ocupa un lugar a mis espaldas, lleva coca-cola y pastel en una bandeja de plástico gris que deposita en la mesa y sin sentarse aun toma el pastel entre sus manos y le da un mordisco, no veo su cara pero escucho el celular que suena al lado de la coca-cola. No puedo decir que ese celular fue el primer ruido pero a partir de él, poco a poco los ruidos aumentan en el salón. No sé de dónde vienen. El zumbido de motores, el golpeteo de martillos como almádanas y el roce de metales cada vez más cerca me acorralan, entonces, sin terminar el salpicón, salgo el salón de las mujeres que, aparentemente, no escuchan nada…
Argumento. No tengo tiempo, dijo el primero. Lo mismo repitieron el segundo y el tercero. El cuarto se llevó la mano al cuello y dijo: el tiempo se detuvo, la historia no…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Ya está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en la librería más cercana

 

Radiografías

15 septiembre, 2018 § Deja un comentario


Los estudios de anatomía que acompañan esta Marginalia describen los meridianos del cuerpo humano —venas, nervios, huesos, músculos—, para la aplicación de la acupuntura; fueron tomados del consultorio de la doctora Martha Jaramillo, con su autorización, por una razón sencilla: más allá del laberinto anatómico que transportamos a todas partes, estas estampas describen, no solo, la complejidad de lo que somos como materia, sino también, lo que somos como maquinaria propensa a la imaginación…


… A las nueve y veintitrés hago una fila. Quienes van delante de mí tienen múltiples diligencias para hacer y se demoran. Tengo tiempo de mirarlos. Todos parecen en paz, tranquilos, con tiempo. Como de costumbre nadie mira a nadie pero todos respetan la fila. A pesar de que la fila se mueve despacio nadie parece preocuparse. De repente un grito: …¡cómo así que no lo puede hacer!… El grito recorrió la fila hasta el último, me encontraba a cuatro puestos de la ventanilla, y lo sentí pasar de ida y de vuelta, cuando se detuvo, lo hizo en la señora inclinada hacía en vidrio de la ventanilla cercana al primer puesto de la fila. Por lo tanto no estaba lejos de mí. El grito se detuvo en ella y como el reflejo de un espejo o por el impulso de un resorte, el grito se repitió: …¿no lo puede hacer? … ¡pero la última vez si pudo!… La mujer en la primera ventanilla se encogía y se estiraba con cada grito; después del segundo repitió tres veces: …¡no es posible!, ¡no es posible!, ¡no es posible!… Los tres gritos rebotaron en ella, la estiraron y la encogieron. Era de esperar que cada grito tuviera una respuesta del otro lado de la ventanilla pero no se escuchó nada. La fila había crecido, con su lentitud se había movido y la segunda tanda de gritos la escuché desde el primer puesto de la fila, es decir cerca de la mujer, casi a su lado. Ni siquiera desde ese lugar privilegiado para escuchar los alaridos, la tercera tanda había subido de tono: …¡usted no sirve para nada!… ¡pierdo mi tiempo aquí!…, ni siquiera desde el primer puesto en la fila escuché repuesta o explicación que viniera del otro lado de la ventanilla, invisible por una división de madera pintada de blanco. En el momento menos pensado otra voz de mujer de un tono distinto, más grueso, pero al mismo volumen, ordenó a la que gritaba que se callara que no gritara más que esa no era hora de indisponer a quienes estaban en la fila. Entonces los gritos de una a otra fueron y vinieron. ¡Que no grite! decía una. ¡Que sí grito! decía la otra. Entre tiempo las gentes en la fila esperaban y tomaban partido por una o por otra, sin embargo nadie lo manifestó. Había quienes reían, miraban a lado y lado con desespero, o consultaban la hora. Ninguno se atrevió a arbitrar la discusión que, aun hoy, ignoro cómo terminó…


… A las diez y dieciséis del miércoles en la vitrina de una librería veo dos títulos de libros que incluyen la palabra Dios. Dios es mujer y Dios es joven. Busco un tercero, si lo encuentro, me digo, estoy salvado, el cruce con tanto dios es premonitorio. No hay otro título que incluya a dios; sin embargo encontré este: El diario del diablo que, en estas épocas de mercadeo y consumo desenfrenado, pone en evidencia la competencia. Y encontré un cuarto título donde aparece un retrato del Papa y otro de Mao. Necesitamos o sobran guías me digo… A las diez y treinta y cinco una mujer que no conozco, que nunca he visto, me saluda como si nos conociéramos de toda la vida y sigue su camino sin detenerse. Imagino que cayó en la cuenta del error y no encontró otra salida que escabullirse… Cinco minutos después entro a un local llamado “La cava de los quesos”, el local que no es cava, es decir sótano, estaba en silencio, desierto y en silencio. Entramos, mi mujer y yo, nos acercamos a una mesa y en el instante en que nos sentamos una música estridente comenzó a sonar, invadió los rincones y redujo a cero el espacio de la cava que no es cava sino local y es pequeño. Cuando el mesero se acercó hicimos nuestra orden y sugerí al mesero, que llevaba guantes de caucho, que dejara la música como la tenía cuando entramos: apagada. El mesero con guantes de caucho apagó la música y el local llamado cava volvió a su dimensión natural, pero en silencio… A las cinco y cuarenta y dos o antes me crucé con la escultura de una cabeza que imaginé terminada, con texturas, formas y agregados que solo da el tiempo. Pregunté y la autora dijo que estaba en proceso y sugirió varias posibilidades para terminarla. No dije más, pregunté si podía tomar una fotografía, hice dos y pensé: ojalá la dejara como está…


… Son las dos y treinta y siete, el hombre, se llama Juan, le dicen Juancho, mastica y grita al tiempo. Mastica sin tener nada para masticar en la boca y grita las rutas de los buses que llegan a la parada. Juancho vende también lotería y en una caja de madera usada por el trajín, del tamaño de una “pucha”, media libra de cualquier grano, lleva frascos pequeños de ungüentos y pócimas que tampoco anuncia. Su principal función es gritar la llegada y salida de los buses que van por la avenida El Poblado. La lotería y las pócimas son negocios aparte que si se venden, bien; si no, también… La mujer se llama Fabiola. Le gustan el rojo y el azul regados por todas partes en su cuerpo. Las flores rojas y azules se repiten por todas las costuras; el pañuelo al cuello también es una mezcla de rojo y azul pero con arabescos; los zapatos son azules con suela blanca, gruesa, marcada con palabras en inglés, rojas; el pelo, peinado con cola de caballo en lo más alto de la cabeza es amarillo, es lo único, con la piel, que no es azul o rojo en su figura. Fabiola espera. Recorre una distancia de diez metros, va y viene; mientras va y viene mira a lado y lado con la esperanza de ver a quien espera. No puedo decir nada de la expresión de sus ojos porque una gafas grandes con lentes azules los disimulan del sol, sin embargo, su boca rojo carmín, delata la angustia de la espera…


… A las nueve y treinta y siete entro a la Biblioteca Débora Arango. Es la primera vez que entro. En el primer piso una exposición de Huckleberry Finn y en el segundo la biblioteca. La recorro despacio, estantería por estantería; en la sexta encuentro varios libros: Verano sin hombres de Siri Husvet, otro del que solo veo el nombre del autor: Raymond Carver, y otro: Relatos de William Faulkner, en edición de Anagrama: seiscientas setenta páginas. Me siento en la mesa más cercana y abro el libro en cualquier página, caigo en la cuatrocientos setenta y uno. Es el inicio de un relato, “Don Giovanni” es su título. La letra es pequeña, seis o siete puntos, difícil de leer, sin embargo me lanzo en la lectura. Solo un personaje en la historia tiene nombre: Morrison. El escritor que vive en el primer piso de la casa donde Morrison vive no deja escuchar, por culpa del repiqueteo de la máquina de escribir, los llamados del personaje llamado el Visitante que viene en busca de Morrison para pedirle consejo. Por fin Morrison abre y el Visitante narra su aventura: el Visitante, se casó con una chica joven pero algo vulgar y la quería poco, sin embargo enviudó al poco tiempo cuando trabajaba como dependiente de ropa femenina en un almacén por departamentos. El visitante, se encontró con la libertad que le daba la soledad de su apartamento de soltero, viudo, y entonces se ingenió un encuentro con una chica, que bien hubiera podido ser como el primer encuentro con su difunta esposa. Se encontraron y conversaron. Ella quería bailar pero él prefería ir a pasear, al parque o a su apartamento. En un gesto de generosidad él aceptó ir a bailar con la chica, pero él no quería bailar, entonces simuló fatiga y le propuso que fueran a otro lugar; la chica aceptó, le pidió que saliera antes que ella y buscara un taxi mientras ella iba al baño. El Visitante, hizo lo que la chica le pidió pero, como demoraba en salir, regresó al interior y se encontró con que ella estaba con otro. Morrison escuchó la historia y no dijo nada. El Visitante llegó a la conclusión de que a las chicas les gusta que los hombres sean más osados y decidió que ése había sido su error esa noche… Mientras leo el cuento de Faulkner, un hombre en la mesa detrás de la mía duerme con un periódico abierto frente a él; lleva sombrero de ala corta, gafas para ver y camisa a rayas horizontales de varios tonos de verde. No veo sus pies pero imagino que lleva tenis con suela blanca como todo el mundo…
Argumento. Los personajes van y vienen, no logro seguirlos a todos, creo, dice el hombre con cara de duda, que ellos me siguen… En la duda comienza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Nada

8 septiembre, 2018 § Deja un comentario



Trescientos sesenta y cinco fragmentos de nada
es el título del libro que acaba de publicar la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, UPB, de Medellín. Su título original era: Trescientas sesenta y cinco crónicas de ficción pero el temor fundado a que los conocedores de la literatura aseguren que estas ficciones no son novela y tampoco cuento, a pesar de que en el devenir de los días los cuentos abundan, y que digan también que no son crónica y que aquello de ficción es una falacia porque la crónica no es ficción; tuve la idea, entonces, ya que los textos de este volumen no aplican en ningún borde y no se parecen a nada, que su título debería ser: Trescientos sesenta y cinco fragmentos de nada… El texto ya con forma de libro está en la Librería de la UPB en la Universidad y en la Fiesta del Libro y, por supuesto, también en otras librerías. Sin embargo, este tema que originalmente imaginé como ficciones, luego como crónicas, y de a pocos se convirtió en “nada” tiene un inicio, como todo, que a estas alturas me veo en la necesidad de narrar a los posibles lectores…


… Imaginemos una avenida. Multitud de todos los tamaños, colores y genios va y viene sin mirarse, interrumpiendo la línea que sigue el que viene en sentido contrario o sacándole el cuerpo para evitar el trompicón. Me encuentro allí y con demasiada frecuencia, debo decirlo, intento ver las historias o los sueños o los deseos que los que van o vienen llevan disimulados bajo la caparazón de moda, colores, tatuajes, accesorios que la modernidad ha impuesto envueltos en ruidos, músicas, gritos, pitos y todo lo demás que, sin que seamos conscientes es representación. Un suerte de actuación, de teatro permanente. ¿Qué sucede entonces? Alguno de los personajes que viene, o va al ritmo mío, llama mi atención. Lo sigo a distancia suficiente para no perderlo de vista y registrar en mi celular, sobre el terreno, gestos y acciones que delatan su actuación. Como es posible que el personaje no sea consciente de que está actuando debo ser muy cuidadoso para no parecer indiscreto. Es necesario aclarar que yo mismo actúo en permanencia y la intención de observar los otros para descifrar sus ficciones, sus crónicas o sus “nadas”, no es sino una forma de actuación de mi parte; una forma de enriquecer mis “nadas” con las “nadas” de otros…


… Estoy convencido de que no soy el único y muchos otros, buscadores de “nada”, abundan en las calles y esquinas de las ciudades. Con frecuencia cuando viajo en bus o espero con despreocupación en una esquina, me siento observado. Me veo como el actor en escena frente a un público invisible y no sé qué hacer. Me quedo quieto, pongo mis manos en los bolsillos, en la cintura, me acomodo el pelo, reviso el contenido de mi morral y me pregunto por qué estará tan pesado. ¿Esto qué significa? Sencillamente que trato de parecer natural a ojos de quien me observa. No le doy luces sobre lo que pienso o lo que voy a hacer. Cuando el semáforo cambia y puedo atravesar la avenida no la atravieso, me quedo quieto, ignoro el semáforo y continúo con mi repertorio de dudas y expresiones sin definición que, si quien me observa es aguerrido en esto de encontrar las “nadas” de los otros, serán retroalimentación enriquecida para su labor…


… La diferencia entre ser y no ser consciente de la condición de personaje que acompaña a cada uno es sutil. El personaje se sitúa en el estrado de aquel que ha pasado buena parte de la vida aprendiendo a mirar, de aquel que la curiosidad lleva a buscar ángulos inesperados. Ese personaje, porque a ojos de otros es un personaje, va por las calles, sube a los buses, al metro, entra a los restaurantes, ocupa las salas de espera, vive en su casa, en el trabajo, hace visitas, busca los caracteres invisibles, las “nadas” que se cruzan en su camino para luego narrarlas de una sola tirada, en una sola acción, en un movimiento único, vertical, no tan rápido que produzca temor, ni tan despacio que llegue al sin sentido… … 
Hay tantos personajes, narradores, como gentes que circulan en las ciudades o llegan al mundo con mayor o menor habilidad para darse cuenta del hecho. Aquellos que ni siquiera lo consideran, lo desconocen y pasan sus vidas dedicados a profesiones loables y en la mayoría de los casos necesarias para el devenir de la ciudad o el país que habitan, sin preocuparse de su esencia de personaje narrador ambulante que, querámoslo o no es cada uno, son felices. Sin embargo todos somos “nadas” activas desde la mañana hasta la noche, millones que se levantan, se acuestan, hacen el amor, odian, trabajan y se encuentran al origen de verdades o incluso mentiras que en general parecen verdades porque sencillamente así es la vida…


…Los argumentos son el segundo estado de la “nada”. Solo me atrevo a adelantar, ahora, que todo personaje requiere de uno o varios. Los acompañan, les dan la perspectiva y profundidad para convertirlos en protagonistas o hacer de ellos los malos o los buenos o los secundarios en las historias de otros. Como los personajes, los argumentos se paran en las esquinas, venden cosas, conversan, aparecen en juegos posibles de desarmar si se tiene la paciencia. Suben y bajan o se deslizan por calles húmedas. Aparecen y desaparecen en medio de una pequeña llovizna de esas que no significa nada pero cala hasta los huesos. Esperan que la luz cambie a verde y hacen que los finales luminosos lleguen como sin intención en medio de una conversación después de comer mientras llega el café. Así, a la espera de un buen café, comienza el día de un personaje que narra, o mejor, habla de, o mejor aun, habla como si dibujara, de lo que pasa frente a él. Si alguien se lo preguntara quizá respondería que no es “nada”…
Argumento. Nada es todo, dijo el otro y caminó calle abajo hasta la parada del bus… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Los juguetes jugados

1 septiembre, 2018 § Deja un comentario



Todos son juguetes “jugados”, dice Rafael Castaño con la certeza de que la palabra, que ahora escribo entre comillas, es testimonio de la historia que cada pieza del Museo del Juguete lleva como marca indeleble. En cada uno está el niño o la niña que lo jugó, le puso cuerda para arrastrarlo, lo marcó para distinguirlo; está la niña que pintó las uñas de su muñeca y el niño  que marcó con rojo los costados de su camión. Sin lugar a dudas “jugados” es la palabra que mejor define la esencia del Museo del Juguete. Converso con Rafael Castaño en la penumbra del salón del segundo piso donde el Museo tuvo asiento en las vitrinas, ahora desiertas, durante veinte años. Rafael está empacando los juguetes en cajas porque pronto, tan pronto como treinta días, debe dejar el local y no tiene aun dónde instalarlos de nuevo. Afuera, en la avenida Carabobo, el sol de agosto espanta las sombras y no parece permitir un lugar tan fresco cerca como el salón donde Rafael Castaño me cuenta la historia, su historia, la de sus colecciones y sobre todo la de los juguetes.
 Mientras conversamos no puedo dejar de imaginar las vitrinas con juguetes de distintas épocas, conseguidos en los recicladeros de Medellín, cada uno con su historia a flor porque con los juguetes del Museo vale decir como el refrán aquel: “…a ningún juguete se le quita lo ‘jugao’…”. Ha sucedido, me dice Rafael, que un visitante desprevenido se encuentra con el recuerdo cuando reconoce un juguete de su niñez por las marcas que años antes hizo en él. El momento es indescriptible y cuando sucede el visitante llora porque, sin esperarlo, se encuentra con el recuerdo del papá, la mamá, los tíos y las tías, los hermanos, los primos, el rincón de la casa, el olor de la casa, el patio, los amigos; por unos minutos o por el tiempo que dura la visita el juguete tiene el poder de llevar al visitante a la infancia. Casi cinco mil juguetes hacen parte del Museo. El más antiguo de finales del siglo XIX y el más reciente llegará ese mismo día en la tarde; mientras conversaba con Rafael, alguien, un reciclador quizá, llamó para decir que tenía un juguete para que Rafael viera; mientras él habla con el portador del juguete al otro lado del teléfono, no dejo de imaginar los miles de historias, alegres, tristes, fallidas, trágicas o deslumbrantes que durante años albergaron las vitrinas del Museo…


… Desde el día en que su tía abuela Corina Correa le regaló un álbum de filatelista con dedicatoria: “…Para Rafael que será un gran filatelista…” y le llevó sin falta las estampillas, todavía pegadas a los sobres que llegaban a la Gobernación de Antioquia para que las despegara con cuidado y las coleccionara, Rafael Castaño es coleccionista. Desde ese día empezó todo. Coleccionó tapas de gaseosa, álbumes de caramelos, objetos de tauromaquia y de circo. Se hizo al perfil del coleccionista en el que todo es objeto de colección, incluso las colecciones. Tres objetos es el inicio de una colección, dice, y cuando uno los tiene ya es imposible abandonarla. Rafael Castaño estudió Derecho en la Universidad de Antioquia. Cuando terminó, Mária, con el acento ahí, novia entonces y esposa desde entonces, se fue a trabajar a Cartagena. Rafael aprendió a hacer barcos en botellas y cuando dijo que se iba para Cartagena a encontrarse con Mária y que iba a vivir de hacer barcos en botellas, su madre le dijo: lo único que le pido, Rafa, es que no sea empleado de banco. Y no fue empleado de banco. Hizo barcos en botellas que encontraba en la calle de La Sierpe, la calle de los recicladores, en Getsemaní. “El Barquero”lo llamaron. Con el tiempo y por un encuentro fortuito se volvió experto en vitrales. Tuvo un hijo y después de ocho años de vida en la Heroica regresó con su familia a Medellín. Por culpa del gen de coleccionista instalado desde la niñez inició la colección de juguetes; el primero fue un carro de pedales que compró en la calle Maturín, donde los recicladores se instalaban al borde la acera; lo vio desde el bus, se bajó y lo compró; de esto hace treinta y tantos años. La colección empezó de a pocos porque la idea era conseguir juguetes jugados, y juguetes así solo se encuentran en el reciclaje; en ese tiempo, claro, no tenía una idea concreta de lo que iba a hacer con ellos; compraba siempre los juguetes que le atraían o le sugerían la historia de su origen aunque en muchos casos, porque sabía poco de juguetes, no podría decir exactamente por qué los compraba; le atraían, los compraba y los guardaba, seguramente por la manía de coleccionista que lo acompaña a todas partes…


… Mientras Rafael habla, desde mi puesto en la cabecera de la mesa recorro las estanterías ahora desiertas, pero las imagino agitadas por el bullicio de la multitud de juguetes que las habitaron y que, a medida que aumentaban, se convertían en la evocación de la infancia, quizá lejana, para algunos de los visitantes, pero siempre estimulante en la cosecha de recuerdos. Como en todos los Museos del mundo, grupos de estudiantes con su profesor a la cabeza pasan horas dibujando los juguetes, proponiéndoles con lápiz y el papel otra forma de juego. Muchos visitantes pasaron frente a las vitrinas colmadas de juguetes y se encontraron con sus historias o con las de sus antepasados. El día que un visitante aseguró a Rafael que el valor de algunos de los juguetes que compartían vitrina con otros de todos los géneros era mayor que aquel que él siempre pensó, a pesar de su esencia de “juguete jugado”, la colección comenzó a tener forma de Museo y se hizo necesario investigar la historia del juguete en Colombia y en el mundo. Entonces sucedió algo particular, a medida que se ampliaba la colección, elementos de la infancia: escolares, decorativos o culturales, entraron a hacer parte del Museo; hoy, los objetos infantiles que desbordan la idea original del juguete y hacen del Museo del Juguete un Museo de la infancia, son parte de la colección. Por la relación entre juguetes, visitantes y memoria, dice Rafael, he podido darme cuenta de que esta colección, este agrupamiento de juguetes, no es solo una representación de coleccionista; es un Museo que logra la identificación, la emoción, el reencuentro de las personas con su infancia, con los recuerdos, con la vida, pero sobre todo con el juego que en los años de la niñez es el lenguaje común, poco importa el lugar, el idioma o el color…

… En los últimos veinte años el Museo del Juguete fue invitado a exposiciones en el Museo Maja de Jericó y el Museo de la Memoria de Medellín; las salas de Comfenalco en Medellín y La Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá; también fue objeto de artículos en medios nacionales y extranjeros: Universo Centro, Vivir en El Poblado, Revista Diners, Revista Credencial, Revista de Iberia, El Tiempo, La Revista de los Museos del Juguete de San Isidro en Argentina. En el inmenso libro de visitas, un antiguo libro de contaduría, también originario del reciclaje, los visitantes dejan testimonio, siempre emocionante, de su paso por este salón ahora en penumbra. Mientras Rafael Castaño habla del Museo y de sus historias, que son múltiples, no puedo dejar de escuchar la algarabía de los juguetes que habitaron las vitrinas que nos rodean, casi desiertas ahora y cuyo sinfín de juegos, de memoria, de ficciones, se acallará si no salen más de las cajas donde van a vivir de ahora en adelante…
Argumento. Esperemos que esta cantera de la memoria, El Museo del Juguete, encuentre apoyo y siga siendo el punto de encuentro de la infancia, de los recuerdos, de los juegos, de los sueños y de las ficciones de todos… Así continúa la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018