Coincidencias

12 agosto, 2017 § Deja un comentario



Hace poco más de un año publicaste en esta Marginalia un texto dedicado a Las cárceles imaginarias de Giovanni Battista Piranesi. La coincidencia, origen de la ficción, entre aquellos dieciséis grabados de Piranesi y los llamados en ese momento Dibujos abigarrados, en los que trabajabas desde algunos años antes, viene del hecho que las cárceles de Piranesi no son cárceles en el sentido oscuro y cerrado que se les conoce. Todo, incluso la Roma que Piranesi miró al detalle, era una ruina monumental con escaleras que se interrumpen en el vacío, cuerdas y poleas, minaretes clausurados, puentes altísimos donde los personajes se insinúan, no están donde debieran estar y aparecen convertidos en trazos que favorecen la presencia de objetos, estructuras, piedras y máquinas.
La coincidencia entre Las cárceles imaginarias de Piranesi y los Dibujos abigarrados que llevan, hoy, como subtítulo en el reverso la inscripción Texturas Urbanas y son exposición en el Hall del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, está en lo urbano convertido en textura, en claros y oscuros, en cielos y nubes, pasadizos y entre puertas; y lejos, muy lejos, casi para adivinar, personajes que se insinúan y parecen estar donde no debieran. La coincidencia es formal. Es el resultado de haber recorrido, de haber copiado Las cárceles imaginarias durante meses, años, por todos los rincones, sin saberlo. De haber subido y bajado sus escaleras, incluso de haber saltado en alguno de sus vacíos o puesto a funcionar las máquinas en los Dibujos abigarrados que con el tiempo se convirtieron en Texturas Urbanas. Es el resultado de los “Ejercicios espirituales con Piranesi” como Humberto Pérez hubiera llamado la coincidencia. Sin embargo, insistes, éste es el aspecto formal. El otro, resulta de la frase de Hamlet en diálogo con Rosencrantz, que cita la señora Yourcenar: “…Dinamarca es una prisión, dice Hamlet. … Entonces, el mundo también lo es, responde Rosencrantz…”; y resulta también de la afirmación de Aldous Huxley a propósito de los personajes en Las cárceles imaginarias que no parecen estar donde debieran. Este otro ángulo de la coincidencia no se manifiesta ya en las Texturas sino en las presencias a veces definidas, a veces no, de personajes protagonistas de los textos que acompañan las texturas y en apariencia no tienen relación con ellas.


Las Texturas Urbanas habitan libretas de bolsillo, una ventaja que te permite dibujar en cualquier parte; al mismo tiempo, escribes un diario con ficciones que suceden mientras viajas en bus, haces fila, tomas café o esperas el cambio de luz en un semáforo; ficciones que vienen de los personajes que frecuentan estos lugares o situaciones y también se podrían encontrar en alguna de las plazas o galerías que Piranesi construyó en sus aguafuertes. En las Texturas Urbanas, dibujo y escritura alternan, son parte de tu trabajo que, sin prevenirlo, se ha convertido en tu manera de ver y sentir o de expresar tus ficciones…
… Un hombre te mira sin pestañear. Tu dibujas. Adviertes, por el ángulo más alejado, la mirada fija. Al cabo de algunos trazos, no sabes cuantos minutos o segundos, caes en la cuenta de que no es a ti a quien mira, tampoco mira los dibujos o sus ojos no muestran interés por ellos, sus ojos están fijos más allá de ti, detrás, a tus espaldas. Con un movimiento de mago miras a tus espaldas. Es una mirada rápida, suficiente para ver qué o quién hay detrás. En una mesa, igual a la tuya, con un vaso desechable en ella y alineada con la que ocupas y con la del hombre que no pestañea, hay una mujer que por su pose relajada no está allí, está en otra parte, ¿una playa?, ¿un avión?, ¿una habitación de hotel? Te encuentras sin quererlo en la tierra de nadie, en la trinchera que impide la curiosidad de uno y los sueños de la otra, ¿qué hacer? Dibujas. La situación han sido súbita y solo te queda dibujar una textura en el mismo lugar donde ya estaban las otras con sus líneas y sombras. Cuando consideras terminado el dibujo, levantas la mirada pero estás solo, ellos han partido, quizá por el mismo camino…
… Un salón desierto. Once sillones, cómodos, vacíos; uno ocupado, donde te encuentras y sin exagerar puedes llamar tu sillón. Tu sillón está en la esquina más alejada. Tienes vista sobre aquel espacio que nadie ocupa, solo ausentes que no volverán. ¿Cuántos ausentes? no lo sabes. Solo sabes que en ninguna parte caben todos. Una textura infinita…


… El hombre hace tres cosas simultáneas: fuma, escupe y levanta la mano para saludar. En menos tiempo del que es posible medir el hombre levantó la mano para saludar diez veces, escupió otras tantas, terminó el cigarrillo, lo dejó caer al piso, lo destripó con el zapato y prendió otro. Sin embargo, no fueron las acciones simultáneas lo que llamó tu atención, fueron sus pantalones arrugados de la cintura a los pies. Las arrugas no eran naturales, de esas que aparecen cuando se duerme vestido; eran arrugas fijas, quietas, pintadas en el pantalón y lo hacían ver rígido, como una armadura. Sus movimientos eran duros quizá por culpa del pantalón y también por culpa del peso del morral que llevaba al hombro. Sus pantalones que parecían salidos de algún dibujo abigarrado fueron solo el inicio, el resto del dibujo apareció en forma de capas, texturas y sombras, sobre todo sombras. Sin esperarlo, el hombre se convirtió en una sombra…
… Una mujer teclea en su celular y ríe. Teclea de nuevo y espera respuesta. Supones que la recibe porque ríe con ganas. Entonces teclea rápido, muy rápido, es posible que le hayan respondido antes de terminar de teclear porque ríe de nuevo con las mismas ganas de antes. Entonces adivinas gotas como lágrimas en sus mejillas. Teclear, esperar respuesta y responder se volvieron acciones simultáneas, como la risa. Llega un momento en que no distingues lo que hace: espera, responde, ríe o llora. Ves que llora porque con un ademán brusco seca las lágrimas que ya ruedan por sus mejillas. Entonces, en un ademán inesperado pero totalmente seguro tira el celular hasta el centro de la avenida. En ese momento un carro pasa…
… Un personaje espera recostado contra un muro, de tiempo en tiempo mira su reloj para ver la hora, constata el tiempo que no pasa, espera sin angustia porque es su lugar y posición, es parte de otros personajes y éstos a su vez de otros y de otras situaciones, como trazos apenas visibles en un puente, galería o recoveco de Las cárceles imaginarias. El mismo personaje en idénticas circunstancias se mezcla entre las Texturas Urbanas. No son visibles, Ni aquí ni allá son identificables, su estadía es un sin fin de situaciones, un tiovivo, que vuelve y vuelve. Se repite. Todo lugar significa un tiempo. Las cárceles imaginarias como las Texturas Urbanas son representaciones de tiempo que se repite, como los personajes. Hasta el infinito…


Argumento.
Un hombre, también puede ser una mujer, espera. Para la historia el lugar no tiene importancia. Otro, que lo observa, la observa, nota que con el tiempo quien espera desaparece o se confunde con los objetos o las personas que lo rodean. Así comienza la historia….
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016 / 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín

“Texto Textura” un libro en exposición

29 julio, 2017 § Deja un comentario


Escribir es, para mí,
lo mismo que dibujar:
anudar las líneas de tal
suerte que se transformen
en escritura, o desanudarlas
de tal suerte que la escritura
devenga dibujo…
Jean Cocteau

Tomé prestado el texto de Jean Cocteau porque me sucedió con él lo que sucede con los encuentros inesperados: definen el instante, la acción, incluso el sentimiento. Por eso son inesperados. Si no lo fueran todo se daría por sabido y como dicen por ahí en la calle: …parte sin novedad… Vivía entonces, y vivo aun, aplicado a encontrar en los personajes con quienes me cruzo en lugares públicos los argumentos para narrar la ficción que nos rodea. Las ficciones ajenas llevan a las propias y de ese cruce resultan las texturas y los textos. Resulta Texto Textura, el libro que estará en exposición en el hall del segundo piso del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, al lado del Parque de los Deseos en Medellín, hasta el mes de septiembre…

De dónde vienen las texturas
Dibujo en una libreta que llevo en el morral. Dibujo desde hace tiempo, años seguramente. Puedo decir que he dibujado todo. Los dibujos pasan por el vaivén del momento, por la imaginación y por una práctica que evoluciona. He dibujado caras, retratos, situaciones, objetos. Dibujé también planas con líneas cortas, unas detrás de otras, con la misma inclinación, de lado a lado de la página en la libreta. Al terminar una fila de líneas cortas, sigo con otra debajo pero con inclinación en sentido contrario. Hasta llenar la página. A este ejercicio, es un ejercicio, lo llamo planas. Llené múltiples hojas con planas. Varias libretas. De los trazos que iban de lado a lado de la hoja comenzaron a surgir formas y texturas. Aparecieron densidades inesperadas. De a pocos las formas se compaginaron entre ellas y dieron lugar a situaciones, tal vez sombras, tal vez paisajes, tal vez presencias. Mientras esto sucedía con los dibujos escribí algunas historias. Los dibujos se hicieron abigarrados, las formas se hicieron complejas, aparecieron otras texturas y volúmenes y las presencias, al menos para mí, fueron evidentes. En “El elogio de la sombra” Junichiro Tanizaki escribe que la sombra define la forma. Entonces los dibujos abigarrados en las libretas comenzaron a ser sombras que no necesitan de las formas para existir pero las definen.
Los dibujos son una mezcla de texturas, sin orden aparente, que en ocasiones combinan y en ocasiones no. Todos son hechos con tinta negra y pluma. Ahora que menciono esta técnica: tinta negra y pluma, debo decir que me atrae más que cualquier otra, bien sea lápiz, carboncillo, pastel, óleo o acrílico. En mi memoria de dibujante los trazos iniciales de un dibujo con tinta, que no se pueden borrar, que desde el primer impulso están como y donde están, que al no permitir corrección imponen la forma, me atraen. Me atrae la contingencia de lo indeleble más que la de corregir, borrar o variar sobre la marcha.
Lo que comenzó en planas, como un ejercicio, se ha convertido en construcciones donde la tensión impera. Al dividir la página con líneas sencillas, rectas o curvas, que se cruzan, se unen o se separan con el objeto de modular el espacio, cada segmento define una textura que lo diferencia y busca la tensión de la sombra. En ocasiones las texturas se confunden y asumen una dirección inesperada; en ocasiones se quedan quietas y no pasa nada. Entonces dudo. Los dibujos son el resultado de lo que sucede alrededor, en ningún momento buscan identificar objetos, personas o lugares. Lo que representan es lo que sucede, lo que oigo o lo que veo. Con frecuencia, lo que siento…

Para dónde van los textos
Textos y texturas se construyen mientras el mundo circula alrededor. Mientras escucho conversaciones, mientras me hablan y respondo a medias. He visto personas mirar por encima de mi hombro lo que dibujo en las libretas o lo que escribo en el celular y después alejarse sin decir nada. Esperan una explicación que no llega porque yo tampoco sé para dónde van las líneas y las formas que aparecen y esperan o los textos que las situaciones, a pesar de ellas, sugieren. En ocasiones dejo la libreta a un lado mientras miro la mujer que pasa, el hombre que se aleja, la joven que chatea y escribo. En ocasiones es lo contrario. Dejo la libreta o el celular a un lado y espero. Los trazos y las historias se definen al azar del momento, con frecuencia de la hora. No es lo mismo esperar, acción recurrente por excelencia, a las nueve de la mañana que a las cinco y media de la tarde. Esperar tiene algo de inquietante. La lentitud irreversible del tiempo hace mella en las figuras que se descomponen. En los lugares públicos donde nadie mira a nadie pero, sin que los otros lo noten, todos miran a todos. La espera es una suerte de vitrina donde todo es visible, donde la curiosidad disimulada abunda. Cada uno asume la situación con naturalidad pero todos buscan los lugares más cómodos según un interés personal hecho público. Los intereses hechos públicos van desde extender el cuerpo en dos o tres asientos, dormir o simular dormir; concentrar la mirada en un punto indefinido que no coincida con la presencia de otro; hasta comprar un café en pocillo desechable y tomarlo a sorbos cortos, medidos, continuos para que no se enfríe y mirar, sin ver la mayoría de las veces.
Hay situaciones que por lo cotidianas y corrientes carecen de importancia, en apariencia, sin embargo están al origen de la ficción que abarca todas las actividades y está en todas partes. Las texturas y los textos, las libretas o la pantalla del celular, tienen la posibilidad de hacerlas aparecer.
En un lugar desierto apareció un hombre. Me saludó como si me conociera de tiempo atrás, no me atreví a responder el saludo por temor a una conversación interminable. El hombre cayó en la cuenta de que yo no era quien imaginó y se comportó como si yo no existiera. Se sentó a mi lado pero no intentó mirar de reojo o sobre mi hombro. Ocupó un lugar, quizá a la espera de ver pero como no hice ningún gesto abandonó su puesto. Si le hubiera mostrado la textura o el texto no se hubiera reconocido o quizá sí, nunca se sabe…
Argumento. Un personaje pasa, puede ser hombre o mujer. Otro lo mira o la mira pero no ve el hombre que espera o la mujer atareada; ni la mujer coqueta ni el hombre perdido. Ve la ficción que cada uno lleva a cuestas… La historia comienza mientras la ficción pasa…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

El jubilado que todos llevamos dentro

22 julio, 2017 § Deja un comentario


El hombre con figura de jubilado espera a mi lado. Habla solo. …Eso se sabe, dice en voz baja… …Eso se sabe… Camina tres pasos, regresa, va hasta la esquina, vuelve a su puesto. …Eso se sabe… Apenas lo escucho porque los motores, las sirenas y otra voz que se acerca vendiendo tarjetas para el metro, a mil pesos, pasan por encima de su voz. Gritos, músicas distintas y hasta murmullos mezclados con los motores entierran las voces. Sobresale, una o dos veces la de una mujer …llámala aunque sea una vez, dice. Un hombre al que faltan los dientes de abajo ve al jubilado que espera, y lanza una retahíla que no alcanzo a distinguir, me acerco, el hombre sin dientes explica por qué necesita plata para completar el pasaje, mientras habla muestra unos papeles que el jubilado no lee, saca una moneda del bolsillo y la deja en la palma de la mano abierta donde el hombre sin dientes tiene otras monedas. El jubilado se inquieta, la cita que espera no llega, supongo que espera una cita, si estuviera matando el tiempo como yo se notaría; ¿espera una mujer?, ¿un cliente?, ¿otro jubilado?, ¿una jubilada?  Con un gesto seco saca el celular. Marca el número de quien no llega, supongo, y supongo también que el interesado en ese encuentro es él, si no, no hubiera inquietud. Quien respondió dijo, sin mediar saludo, que no llegaría porque algo se varó, no prende y no sé qué hacer, dijo. A pesar de los ruidos alrededor escuché todo. La cara del jubilado no dejó ver nada, ni emoción ni angustia. El incumplido o la incumplida debió llamar, avisarle que no iba a llegar, murmuré, pensé en decírselo pero no me dio tiempo, abandonó el lugar y caminó calle arriba. A unos cincuenta metros, frente a la entrada de lo que antes era una sala de cine y ahora es parqueadero, frente al portón alto, abierto hacia el interior oscuro como un pozo sin fondo, el hombre que administra la entrada y salida de carros esperó al jubilado, caminó unos pasos a su lado y dijo, ¿le puedo hacer una pregunta? El jubilado no respondió, solo movió la cabeza. El hombre esperó mientras dieron dos pasos más calle arriba y preguntó: la cebolla de huevo, cuando todavía está sembrada tiene hojas, ¿cierto?, como unas ramas verdes largas, ¿cierto? La pregunta sorprendió al jubilado, parecía una pregunta en clave. Yo iba unos pasos detrás y caí en la cuenta de que ignoraba la respuesta o por lo menos la clave de la respuesta. No tengo idea, respondió el jubilado en voz baja. Yo estaba tan cerca que lo escuché como si hablara conmigo. El administrador de la entrada y salida de carros del parqueadero no caminó más al lado del jubilado, regresó hasta su lugar en el portón y dijo en voz alta, tal vez alguien lo escuchaba en el fondo del pozo oscuro, tal vez lo dijo como un reproche: ése no es, tampoco sabe

Sigo al jubilado calle arriba. No parece intranquilo por la cita fallida y tampoco por la pregunta inesperada. Camina hasta una librería dos calles más arriba. Me paro a su lado frente a la vitrina. No me ha visto, puedo asegurarlo, no ha notado mi figura en el reflejo. Al otro lado de la vitrina, más allá de los libros veo, vemos debería decir, una mesa alta en el centro del espacio rectangular y estrecho rodeado de libros, vemos incluso el ventanal en uno de los costados de la librería cubierto de libros en estanterías frente al vidrio. La mesa es alta color madera fresca, bancos azules, altos, cuatro a cada lado. En la esquina y en el costado opuesto a donde se sentó el jubilado después de pedir un capuchino, una mujer que no levantó la cabeza y escribe alternativamente en un portátil y en una libreta. Entro después del jubilado, me concentro en una de las estanterías y miro de reojo a la mujer. Ella seguramente no se ha dado cuenta de mi presencia y tampoco de la del jubilado concentrado en su celular, lo sacó apenas se sentó. La mujer escribe frases cortas por impulsos, quizá poesía o cartas de amor y está en un momento de inspiración. Después me dije que hace cuentas y en lugar de frases cortas y sentidas, escribe números. El jubilado no levanta la cabeza del celular, parece preocupado pero no logro decir por qué. Ella es pálida, tiene los labios estrechos y apretados y no da muestras de nada, aparte del movimiento de sus manos nada se mueve en ella. Al fondo del local, detrás de un mostrador que también es exhibición de libros, dos dependientes, una mujer y un hombre, jóvenes, parecen atareados con los libros y con la organización. Me digo que una librería es un lugar mágico. Estoy a punto de decirlo a los dependientes cuando el jubilado se levanta, pasa su brazo cerca, paga el capuchino y sale como si hubiera caído en la cuenta de un olvido o hubiera recibido un mensaje urgente. Lo sigo, en el momento de salir veo que la mujer en el otro extremo de la mesa no escribe poesía, ni cartas, ni una novela, ni hace cuentas. Dibuja con trazos cortos y rápidos algo parecido a las ramas verdes de una cebolla…
Por la rapidez con que salió de la librería por poco lo pierdo. Iba unos diez metros delante de mí  cuando giró a la izquierda y desapareció. Afané mis pasos y llegué, llegamos debería decir, a unos metros de distancia por supuesto, a un pasillo de espacio abierto, como el inicio de un laberinto donde un taburete blanco espera a quien lo quiera ocupar. El jubilado se para a su lado. Es difícil imaginar un taburete o una silla donde no se haya sentado nadie, éste parecía nuevo, demasiado nuevo, es posible que nadie se haya sentado en él. Es de madera, espaldar y posadera, patas y cruces también; de apariencia sólida que bien hubiera soportado un peso pesado, quiero decir una persona grande que posiblemente desborde el tamaño de la posadera. Quizá es un taburete para sentarse allí un momento, darse un respiro y seguir. Fue lo que el jubilado hizo y me tomó por sorpresa. Me detuve a cierta distancia. Lo observé en posición de ensayar el taburete, no parecía que tuviera necesidad de descansar. La sensación, mí sensación, es que se sentó en él con el ánimo de estrenarlo, lo iba a ocupar solo un momento y no más; sin embargo se demoró más de lo previsto. Entonces jubilado y taburete fueron uno, una historia…
Mientras el instante se hace historia, una mujer con el brazo derecho tatuado apareció entre él y yo. Sus tatuajes son coloridos con detalles minuciosos y bien dibujados. Me acerco para verlos mejor, en uno de sus brazos veo, como un brazalete, las hojas verdes y largas de una cebolla. Entonces la escucho decir yo no sé qué le pasa a… agrega un nombre incomprensible …lo llamo y no contesta. Ella no habla conmigo, quizá habla al jubilado, entonces veo que no es una sola mujer, son dos, una mayor y otra tatuada. Desde otro taburete, nuevo como el del jubilado, un señor flaco, lo digo por sus brazos, me mira con interés, como si me hubiera descubierto. Me pregunto por qué y lo miro, veo su sonrisa disimulada por la mano que tapa media boca. Media sonrisa debería decir. Reconozco al administrador del parqueadero. La otra mujer, al lado de la tatuada me mira y después mira al jubilado, es la mujer de la librería. Un joven concentrado en su celular parece extraño porque lleva gafas de sol y no hay sol, debe ser el que incumplió la cita y por eso se disimula detrás de las gafas oscuras. Entonces como si obedecieran, obedeciéramos, a la orden de un consueta invisible, las mujeres, el hombre flaco, el incumplido con gafas para el sol y el jubilado, que parece ir delante de todos salen, salimos, a la calle. Los sigo, pero no, son ellos quienes me siguen…
Argumento. El jubilado despertó. Miró la hora. Calculó el tiempo. Y pensó que tenía tiempo para dormir otro sueño… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

El lugar común

15 julio, 2017 § Deja un comentario



Los martes de cada semana paso unas dos horas en un lugar público. Siempre el mismo. A primera vista hay pocas diferencias entre un martes y otro, los personajes se repiten a veces y esperan como todo el mundo. Detalles mínimos que se muestran poco y son casi siempre inesperados hacen la diferencia. Los presentes tienen poca o ninguna referencia de los otros, no los miran y si les preguntaran quizá digan que son los mismos, siempre. Sin embargo, cada día este salón de paso público es un hervidero de historias y personajes iguales pero distintos. Hoy, por ejemplo, veo solo mujeres en las sillas, tres dobles y dos sencillas, que hacen rectángulo con la vitrina donde venden café y pasteles. Solo mujeres. Seis y un bebé en los brazos de una de ellas. Caigo en la cuenta de que una de las mujeres es un hombre con camisa roja que teclea en el celular cerca de sus ojos. No sé por qué lo confundí con una mujer; teclea, se acaricia el mentón, como si se arrepintiera de lo tecleado y mira para otro lado. Al mismo tiempo el bebé hizo amagos de llanto, la mujer que lo tiene en brazos se levanta y se aleja cinco o seis pasos en el espacio abierto, “la tierra de nadie”, entre las sillas y la vitrina. La mujer se levanta y al mismo tiempo un joven sin afeitar ocupa su lugar; las otras mujeres murmuran. El joven sin afeitar cae en la cuenta de la invasión y desaparece como apareció. El hombre que tomé por mujer deja el celular a un lado y ahora, siempre acariciándose el mentón mira al frente sin ver, espera a la mujer que lleva tapabocas tiene los ojos cerrados y está más acostada que sentada; otra mujer a su lado se tapa la boca con un pañuelo y parece acostada también. El taconeo de una joven que corre detrás de una moneda llama mi atención, los tacones le impiden ir a la velocidad de la moneda, cuando la alcanza más allá de la mitad del salón, la recoge y regresa. En sentido contrario, por el mismo lugar por donde pasó la que perseguía la moneda otra joven, gorda, concentrada en su celular pasa, el choque se evitó por poco. El hombre con uniforme blanco, incluso la gorra, mas no el delantal de plástico amarillo, no vio correr los tacones detrás de la moneda; pasa con afán, lleva una escoba como se lleva una bandera y parece retrasado. En ese momento una mujer se para frente a mí, piensa que soy un espejo, me mira, se mira en mí, no me ve, acomoda la entrepierna de su pantalón y luego se va, pasa cerca de la mujer que carga el bebé y no se ha vuelto a levantar de su puesto, no corre el riesgo de perderlo de nuevo. Mi silla, la que siempre ocupo en uno de los ángulos del rectángulo está libre, la dejo así; hoy me instalo en una banca de tres puestos al lado de una máquina dispensadora.


Mientras hago inventario de lo que hay alrededor, el hombre con uniforme blanco, menos el delantal, pasa en sentido contrario rastrillando el piso con el palo de la escoba, detrás de él un gordo camina despacio y me mira, se debe preguntar qué hago allí. Otro, joven, con ropa de playa, audífonos y barba de tres días parece en busca de un lugar dónde pasar vacaciones, no debe de estar lejos porque un señor mayor vestido como el joven de los audífonos también busca dónde veranear. A mi izquierda, en otra fila de sillas como las que ocupo ahora, un hombre doblado por la mitad, la cabeza entre las piernas, habla por celular; a su lado una mujer ordena documentos en un sobre, guarda el sobre en el bolso que lleva colgado del hombro y parte. La mujer del bolso y el sobre es reemplazada por otra mayor que lleva el morral colgado al pecho, toma café en pocillo desechable descansa los brazos en el morral, toma café a sorbos pequeños y piensa. La que me confundió con un espejo regresa con otra mujer que camina como ella, a las dos les queda estrecho el pantalón. Hay más mujeres que hombres. De vez en cuando uno, como el que pasa en este momento escarba en el bolso que lleva terciado, busca el celular, cuando llega frente a mí lo encuentra, lo pone en la oreja pero no habla, seguramente espera que le hablen y por poco se choca con la mujer se acerca a la máquina dispensadora pone un billete en la ranura y no recibe nada a cambio, insiste, sacude la máquina, hunde el botón y nada; imagino que desconsolada por la pérdida del billete la mujer parte, minutos después regresa con el encargado que no sé de dónde salió porque nunca aparecen cuando se necesitan; el encargado llega con un manojo de llaves y ensaya una por una hasta que encuentra la que abre la máquina, saca el billete de la mujer, lo guarda en el bolsillo de su bata azul y le entrega un paquete, de maní, quizá. Entonces veo el hombre que confundí con una mujer, está de pie y no entiendo por qué lo confundí con una mujer. Cedió su puesto a una pareja de morenos voluminosos. El hombre que confundí con una mujer parece cansado, hace poses a la izquierda y a la derecha, mira la cabeza caída hacia un lado de la mujer con tapabocas y le provoca sacudirla, quizá ronca pero desde mi puesto no la escucho. Es posible que los tres hombres que hacen fila frente a un cajero automático, los veo de espaldas, sí la escuchen. Uno de ellos lleva cachucha al revés y gafas de sol debajo de la visera, está de espaldas y sus gafas para atrás me miran; en los costados de su cabeza se agitan unas formas que parecen llamas movidas por el viento, son oscuras casi negras y no tienen el color de las llamas. Por el pasillo entre el rectángulo formado por “la tierra de nadie” y mi puesto pasa un personaje con cara de profesor jubilado, cargado de papeles, mochila indígena y gafas de miope; pasa y me saluda, respondo el saludo pero no ve mi respuesta, en cambio el hombre sin pelo, con corbata, sin saco, con morral y pantalón gris de oficinista que camina con el celular pegado a la oreja y al mismo tiempo habla con una mujer que camina a su lado, si notó mi saludo pero como hacía dos cosas a la vez lo ignoró. El técnico de la máquina dispensadora tiene problemas con la máquina, la desarmó, sacó el contenido, lo dejo en bolsas de plástico que trajo con él y se metió en la máquina. Desapareció.


Desapareció también el hombre que confundí con una mujer y la mujer del tapabocas, la despertó y la llevó a dormir a otra parte. De la pareja de morenos grandes y masivos solo queda uno que conversa con las tres mujeres del bebé, habla, las tiene obnubiladas, debe ser gracioso, me digo. Hace calor, mis ojos se cierran. El bebé pasa de unos brazos a otros de las tres mujeres. Un joven, trabajador de restaurante, pasa empujando un carro con platos servidos. Otra mujer, esta vez flaca, pasa, me mira, la miro, sonríe, sonrío, se da cuenta de su equivocación, me confundió con otro, acelera y desaparece. Confirmo que hay más mujeres que hombres. A pesar de que varias personas han arriesgado el saludo, no conozco ninguno de los que han circulado cerca. El técnico de la máquina dispensadora no ha terminado aun su trabajo, la máquina sigue desarmada y el adentro. Cierro los ojos, el calor me domina. Cuando los abro una pareja mayor ocupa las sillas vecinas. El señor chatea, la señora le dice lo que debe teclear y él obedece. Ella habla, él escribe. De repente la señora no dicta más, él cesa de teclear y coloca sobre sus rodillas un cartapacio de papeles que no sé dónde sacó y, uno por uno, les toma fotografías con el celular; estás incómodo, le dice la señora, te van a quedar mal; él toma las fotografías hasta la última hoja. Las tres mujeres se turnan el bebé entre ellas y el moreno masivo que habla todo el tiempo. Solo entonces me doy cuenta de que hay un embolador a unos metros de mi puesto, no lo vi antes porque entre nosotros está la máquina dispensadora y el técnico sigue aun en su interior, desapareció por allí. El embolador pone betún con un cepillo pequeño en un zapato, lo extiende con cuidado; con un trapo envuelve sus dedos índice y medio, y con el mismo cuidado, y movimientos circulares pule el zapato. A intervalos medidos, frota los dedos envueltos en el trapo contra las cerdas de un cepillo de brillo, es su estilo para inyectar brillo especial con el trapo, y vuelve a pulir con movimientos circulares, por encima, por los costados, por detrás, ningún resquicio queda sin frotar. Los zapatos brillan. La próxima vez, me digo, hablaré con él…
Argumento. El hombre mira… Los personajes pasan, sus ficciones quedan… La historia fluye…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

Tres veces Cuevas

8 julio, 2017 § Deja un comentario


Dicen o leí en alguna parte que los personajes, en ocasiones intrincados, atareados o en reposo  que siempre dibujó o grabó José Luis Cuevas, en toda la extensión de su obra, eran autorretratos. Dicen que su primera acción cada día era dibujar un autorretrato. Quizá nadie lo dijo y lo inventé para que me sirviera como disculpa, escribir sobre ellos y copiarlos. Copiarlos en el sentido que Humberto Pérez da a sus encuentros con los maestros: los copia y cada copia es una conversación. Humberto llamó esos encuentros “ejercicios espirituales”. De la misma manera mis encuentros, conversaciones, con Cuevas, sucedieron con personajes interpuestos y lo más curioso de estos encuentros es que sucedieron en lugares inesperados. De repente un personaje aparece, se acerca y sin mediar tiempo o acción los trazos cortos, precisos, los cuerpos a veces sin forma, los ojos bien abiertos y la boca a punto de hablar toma el lugar del personaje y el encuentro comienza. Cuevas me llevó hasta su Museo en el Centro Histórico del DF por calles intrincadas habitadas por personajes salidos de sus cuadros, y fue un descubrimiento. Solo que el hecho de llevarme, casi de la mano, hasta su Museo, lo comprendí después. Este encuentro será publicado en la próxima edición de la Revista Cronopio. Tres veces Cuevas relata tres encuentros, que, ya lo dije, sucedieron con sus personajes, seguramente con sus autorretratos, en los lugares menos pensados… 

José Luis Cuevas y los personajes que vuelan
Cualquier papel es bueno, cualquier lugar también. Todo está expuesto al ojo que no deja pasar el más mínimo detalle. Estamos en una habitación de hotel. Yo soy el papel con membrete sobre la mesa de trabajo que siempre hay en las habitaciones de los hoteles. Cuevas es el artista. Hoy se levantó tarde. Ayer, como siempre lo hace, salió a mirar la gente que camina y vive la ciudad, creo que pasó el tiempo conversando. Ahora, antes de tomar el primer café se sienta frente a mi, toma un lapicero y comienza a hacer trazos cortos y seguros, exactos, sobre mi superficie blanca. Yo, que algunas personas utilizan para escribir notas, teléfonos o recordatorios, me convierto en papel fino gracias a sus trazos cada vez más numerosos. Sin que él lo perciba, me miro en el brillo de sus anteojos, veo al revés una silueta que se dobla por la cintura hasta que sus brazos casi tocan los pies. La cabeza de perfil mira al frente con ojos abiertos y gesto construido con pequeños trazos que se encuentran, se cruzan y algunas veces pasan de lado a lado, para definir los claroscuros de la figura, sin tocarse…
Alguien llama a la puerta, él suspende su trabajo, se levanta y unos segundos después regresa con un camarero que trae una taza de café negro. Mientras toma sorbos cortos del café todavía humeante, dobla mi cuerpo de hoja de carta hasta convertirme en un avión de cinco pliegues, luego va hasta la ventana. Una corriente de aire caliente me impulsa y subo. Desde esa mañana no he vuelto a bajar pero veo muchas hojas como yo en las alturas…
Este texto fue publicado en el libro “Sin título. Técnica mixta” de Ficción La Editorial en 2015

A propósito de un personaje de José Luis Cuevas
El personaje no parece tener pies. Dos manchas circulares, como ruedas, ocupan su lugar, quizá por eso llevan a pensar en el reemplazo de los pies. Tampoco tiene piernas o, a causa de las ruedas, definir su posición es fácil. Digamos que en lugar de pantalones el personaje lleva un faldón de tela gruesa que va desde la cintura hasta las ruedas. Tampoco tiene manos o si las tiene están bajo una suerte de mantón corto escotado que esconde brazos y manos aunque la diferencia de colores marca la línea de los brazos y como las manos tampoco son visibles la idea del mantón protector contra el frío toma forma. ¿Hace frío? Es posible. A pesar de que nada lo sugiere. Es evidente que las proporciones entre cuerpo y cabeza en el personaje no corresponden a una línea ideal, su cabeza es más grande que su cuerpo, sin embargo no parece molestarle, quizá le divierte; la sonrisa insinuada sin disimulo y la mirada de costado, fija, coinciden en una expresión alegre aunque quieta. Los tonos de las ropas y los de la piel coinciden en algunos puntos, la figura parece quieta pero movimientos imperceptibles producen un vaivén de colores que unifica la figura. Las formas, cabeza, cuerpo, brazos, piel, cabello, ojo, nariz, están marcadas por líneas francas y cortas que simulan el volumen. Tal vez por las ruedas, el personaje parece desplazarse, se desliza por una superficie plana, sin accidentes. Y tal vez por esa expresión a punto de hablar, de participar en algo, su figura y lo que tiene alrededor no se detienen. El personaje es dibujo y personaje y allí está su fuerza. Es Cuevas aunque no lo dice, es quizá uno de los múltiples autorretratos que dibuja cada día y en esta esquina nos encontramos…

El encuentro entre un personaje mío y los creados por Cuevas
Cuando abandonó la mesa el conocido que no me reconoce dejó un vaso vacío en el centro. Por accidente, por temor al error o a la efusividad sin retorno, no me reconoció. Lo vi como uno de los personajes de José Luis Cuevas, el pintor mexicano. La expresión atareada, el cuerpo enmarañado, los trazos feroces que, en apariencia, van en todas direcciones y caen sin prevenir en cualquier parte a pesar de que todo es preciso, distinguen al conocido. Sin embargo, como en los dibujos de Cuevas ninguna línea, ninguna sombra, sobra o está fuera de lugar.  No sé por qué sucedió así, no puedo asegurar que la mezcla de las figuras de Cuevas con el vago recuerdo del conocido hubiera sido nítido desde siempre. La sensación de que podría ser uno de sus personajes apareció la primera vez que me crucé con él después de un buen número de años. Para decir la verdad yo no estaba seguro de que él fuera el conocido de antes, supongo que él tampoco estaba seguro de que yo fuera yo. Nos saludamos con una seña. Ni él, ni yo, preguntamos si éramos quien imaginábamos, fue una seña de esas que significan menos que un saludo y quedan fijas en el tiempo, quizá por miedo al error o a la efusividad sin retorno. Fue entonces cuando el personaje de Cuevas apareció, de pie, no muy distante, con trazos múltiples en todas direcciones pero en su lugar cada uno, expresión fija y manos a punto de hablar. Así quedó en mi memoria…
Argumento. Los personajes que se cruzan en mi camino parecen salidos de una historia que se juega o se jugó en otra parte, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

Hay gente así

1 julio, 2017 § Deja un comentario


Envigado, la plaza de mercado. Recorro los laberintos con negocios y ventas de todo tipo a lado y lado. El aroma de plantas medicinales, verduras, madera y granos y carnes, está por todas partes. Una mujer de edad mediana, alta y lenta, se atraviesa en mi camino varias veces. La primera vez, le pedí permiso, me miró sin verme; la segunda, frente a las jaulas de canarios que me trajeron el recuerdo de una tía, tuve que empujarla un poco para que me dejara pasar; la tercera vez debí hacer un rodeo porque estaba conversando con otras gentes en la mitad del pasillo, no me oyó y tampoco me vio. La plaza de mercado es un lugar particular, se encuentra uno personajes como la mujer que se atravesó. Dejé la plaza y fui tres calles hacia el sur en busca de una venta de libros leídos. La encontré pero estaba cerrada. Sin embargo llegué a otra que no había terminado de instalarse aun. El joven que estaba allí dijo que la otra venta de libros, la que yo buscaba, estaba cerrada. Por coincidencia llegué a una venta nueva de libros viejos. Pregunté por un libro en particular y mientras el joven se acariciaba la barba de tres pelos enredados en el mentón señaló unas bolsas que ocupaban la mitad del local y dijo que el libro probablemente estaba allí: si viene en una semana, ya tendré todo en orden y encontrar su libro será más fácil. Compré dos libros: “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile” de García Márquez y “La guerra del fútbol y otros reportajes” de Ryszard Kapušciński. Cinco mil pesos cada uno. Con los libros bajo el brazo fui hasta una cafetería y venta de jugos cerca de la plaza principal. Es un local amplio con mesas y sillas de aluminio y paredes entre verdes y anaranjadas con dibujos de frutas. El lugar estaba desierto, yo era el único, quizá el primer parroquiano del día. Ocupé la última mesa de la primera fila. La joven del servicio adivinó lo que iba a tomar, lo debo tener marcado en la frente: jugo de mango en agua sin azúcar. Me recibió en la mitad del local cuando pasaba entre otras mesas con la intención de llegar a la que elegí desde la puerta, y dijo lo que iba a pedir antes de que me sentara. Me instalé mirando hacia la calle y abrí el libro de Kapušciński. Antes de que el jugo llegara me sumergí en “La guerra del fútbol”. “El Hotel Metropol” está en Acra, capital de Ghana, en África, aunque eso no se dice sino hasta bien entrado el relato. Kapušciński describe el Hotel como una balsa con compartimentos, habitaciones donde viven ocho personajes extraños, alcohólicos, negociantes, vagos y viajeros que no viajan. Kapušciński hace el retrato de cada uno: sus aventuras, gracias y desgracias. Todos saben que están en su último puerto y viven al límite, del alcohol, del sexo, de los otros. Kapušciński llegó allí por accidente; en el vuelo que lo llevó de Londres a Acra conoció un libanés que lo llevó al Hotel; una suerte para él que no buscaba reportajes exuberantes de cacerías o gobernantes sino encontrarse con la gente de la calle. Fue a Acra a ver, preguntar, escuchar, oler, escribir y el Hotel Metropol era el lugar ideal. Cuando terminé el texto tenía frente a mí el vaso desechable y transparente donde trajeron mi jugo, el local estaba colmado de clientes, todas las mesas ocupadas y el servicio desbordado…
En otra mesa una mujer. Mira solo al frente. Ante ella una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso recién sacado del horno. A pesar de que parece caliente la mujer parte pequeños pedazos y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera tiempo o como si tuviera que cuidar sus dientes; mastica con intención que va más allá del sabor, del placer de masticar, practica una forma de exprimir la mayor cantidad de sabor de su manjar. Después de observarla media hora, quizá veinte minutos; llego a la conclusión de que la mujer espera, no sé que espera, no ha dejado notar ninguna tendencia o sí, quizá una, mira furtivamente alrededor. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Por momentos, mientras mastica deja reposar sus ojos sobre la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo del dedo de queso, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los dirige al plato para que le sirvan de guía entre el plato y su boca, pone el pedazo entre sus dientes y mastica, saborea el manjar que, en porciones mínimas, le proporciona la tranquilidad, imagino, de esperar con aliciente. Sus ojos, mientras tanto, pasan de la bolsa de plástico, al plato, y luego con rapidez sin que nadie lo note, a la puerta. Entonces reinicia el itinerario entre la bolsa, el plato y la puerta…
Algunas mesas a la izquierda de la mujer dos personajes, seguramente jubilados, hacen como si conversaran. En apariencia hablan de todo y de nada. Toman café, callan, se miran, no saben qué decir o si saben, no lo dicen, quizá lo han dicho ya cientos de veces. De repente, cansados de esperar lo que no va a llegar se levantan para partir, lo que esperaban de la conversación no se dijo. Uno partió hacia la plaza con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. El otro partió en sentido contrario, su actitud en comparación con la del colega es la misma, no escuchó lo que esperaba…
Entonces aparece la rosa de los vientos en un lugar inesperado: el omoplato de una mujer joven. De la rosa de los vientos salen aviones, cuatro o cinco de esos que resultan del papel plegado. También unas letras, frases que quizá tengan algún sentido pero, desde mi puesto y por la calidad del tatuaje, son ilegibles. Cualquiera de los puntos cardinales es bueno para llegar en avión, aunque sea de papel y vuele con los impulsos de la imaginación. La frase debe proponer algo por este estilo, un deseo, un hecho cumplido, una aventura. La mujer no ve el tatuaje en su omoplato, quizá con la ayuda de un espejo. Es posible que saberlo ahí, indeleble, sea suficiente. Imagino que siente orgullo por llevarlo y por eso no lo tapa, no lo disimula, sabe que lo lleva, no lo ve, lo imaginó. El deseo de los planes cumplidos estará por siempre ahí, en su omoplato. No se podrá deshacer de la marca que un día diseñó, dibujó, llevó a un tatuador. Sin embargo todo siguió igual. Si lo imaginado en el tatuaje se hubiera cumplido. Si la rosa de los vientos y los aviones hubieran sido realidades y la frase ilegible se hubiera escuchado, el tatuaje hubiera sido un buen tatuaje, bien dibujado, un tatuaje con significado en todas las líneas. En cambio no, el tatuaje es borroso, tal vez la tinta, tal vez la pluma, gastada o no tan fina como es necesario para la minuciosidad del detalle y la dimensión del deseo. La rosa de los vientos y los aviones de papel, se quedaron a mitad de camino. La mujer los lleva inscritos en su cuerpo, aunque los mira poco, quizá nunca. Sin embargo espera…
Argumento. El personaje es solo trazos. Los ojos y la boca o lo que está en su lugar, son trazos. La nariz y el cuerpo también. Quien los hizo sabe de trazos y retratos… Así es la primera línea de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

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