Votar sin botar… difícil

26 mayo, 2018 § Deja un comentario


La Marginalia de esta semana tenía por título: “Mi mayo del 68”. Mayo se acaba, hace cincuenta años los estudiantes parisinos encontraron arena de playa bajo los adoquines de las calles del barrio latino y sin pensarlo dos veces le tiraron los adoquines a la policía que nunca había imaginado una playa por allí. Según un titular del periódico “Le Monde” del mes de marzo de ese año, los franceses se aburrían y los jóvenes que protestaban aun desde enero del mismo año lo que querían era cambiar, no querían una revolución, querían cambiar. Bien. El tema de La Marginalia de esta semana iba por ahí y por la influencia de la gráfica que las revueltas del mayo francés dejó en los muros de las calles parisinas y después en las galerías de arte y después en las colecciones de los mercaderes del arte. Iba por ahí pero cambió después de ver por televisión anoche, viernes veinticinco, el que según el presentador del Debate, que habló más que los candidatos, era el último Debate antes de las votaciones para Presidente de este domingo veintisiete en Colombia…

… ¡Qué tristeza! son cinco señores, doctores, que no debaten ideas, dicen lo mismo en orden y con palabras distintas, pero dicen lo mismo. No hay ideas. No debaten entre ellos y cuando alguna idea se atraviesa entre dos de esos señores, doctores, la califican como un “gentil desacuerdo”. Por supuesto no esperaba verlos pelear o agarrarse de las mechas como diría cualquier marchanta pero sí esperaba ideas, debate; esperaba la discusión de quienes pretenden manejar el país, con ideas, esperaba saber cómo cómo trataría cada uno los males que nos aquejan desde siempre, incluso desde antes, mucho antes, de que mataran a Gaitán, pero insisto, dicen lo mismo, en orden distinto. Y es lo mismo que todos los gobiernos anteriores han hecho…

… El doctor, a estos señores hay que llamarlos doctores, Fajardo hace caras de contemplado y habla mirando al techo como un niño castigado. El doctor Petro, infunde miedo por su prepotencia pero se queda en el mismo lugar de los otros, ni avanza, ni retrocede. El doctor De la Calle intenta mostrar una energía que no es de él. El doctor Duque, es como el ventrílocuo, habla con las palabras del jefe. El doctor Vargas Lleras, pierde el impulso y da la sensación de que patina en cada frase, de ahí la falta de impulso. ¡Lástima! de estos cinco doctores, cinco egos, no sale uno bueno para la presidencia de este país que, los cinco están de acuerdo en este punto como en todos los otros, está llevado. Sin embargo el domingo veintisiete de mayo y el domingo de junio que corresponda a la segunda vuelta hay que votar, no botar…
Argumento. Votaré por De la Calle a pesar de esa energía que no es de él… y con cada voto estamos, otra vez, al borde de la historia o del precipicio…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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El observador observado

19 mayo, 2018 § Deja un comentario


Soy un ave. Pertenezco a una de las setecientas cincuenta especies que habitan la Amazonía. Algunas endémicas, otras de paso; algunas amenazadas de desaparición por la destrucción de los humedales como el pato negro, el pato pico de oro o el pato colorado; otras con la amenaza de la comercialización clandestina como la guacamaya verde o el periquito alipunteado; y otras que se pueden observar en grandes bandadas como el colibrí esmeralda o chiribiquete que vive por estos parajes desde siempre, por lo menos desde que tengo memoria. Y no es una exageración esto de la memoria, estudiosos de la especie como Jennifer Ackerman aseguran que seis meses después, nosotras las aves, recordamos con precisión dónde, en centenares de kilómetros cuadrados de selva, de parajes inaccesibles o riberas de riachuelos, dejamos semillas escondidas. Sé, lo sabemos las aves, que algunos hombres nos buscan para cazarnos o para enjaularnos y se comportan como depredadores. Pero no todos son enemigos, conozco grupos de humanos que nos buscan para observarnos, para estudiar nuestro comportamiento; nos observan solos, en parejas o en grupo. De los depredadores humanos nos defendemos como lo hacemos con los depredadores naturales: con señales, con cantos cifrados o con movimientos rápidos. Lo que no saben los humanos que nos observan con ayuda de binoculares, punto láser para indicar nuestra posición, grabadoras, cámaras con teleobjetivo o incluso telescopio, es que nosotros los observamos sin necesidad de ayudas tecnológicas y cuando no hay depredadores al acecho preparamos montajes para que nos admiren, tomen fotografías o graben nuestras voces, distintas según el momento con que anunciamos a la bandada que estamos frente a un fruto, que es hora de comer o que el depredador está cerca y debemos cuidarnos o, también, que hay humanos a la vista y debemos prepararnos, como actores, para que nos observen, nos escuchen y nos tomen fotografías. En ocasiones hemos permitido que graben los llamados con que nos enamoramos; es difícil que nos tomen fotografías cuando los machos adornados con colores deslumbrantes están hermosos y las hembras se dejan conquistar por su elegancia preferimos preservar la belleza de la intimidad y permanecemos en la sombra.

A pesar de los inconvenientes que llegaron con la modernidad como la tala indiscriminada, la llamada civilización, la violencia, puedo asegurar que la Amazonía es el lugar ideal para vivir y hacemos lo posible por conservarla; sin embargo, no todo lo que llegó con la modernidad es nocivo, también vino con ella el observador de aves. Edmund Selous utilizó el término por primera vez en 1901 cuando, con aparatos de menor alcance en comparación con los que se utilizan hoy, contribuyó al estudio, comportamiento y clasificación de las múltiples familias de la especie. Lo que los humanos ignoran es que nosotras, las aves, hemos sido observadoras de humanos desde el arqueópterix, el ancestro más primitivo según los paleontólogosHoy en día, los observadores de aves, “pajareros” se llaman entre ellos, organizan expediciones y recorren la selva en grupos para observarnos, y nosotros participamos de la observación, organizamos convites, sesiones de alimentación en las copas de los árboles o juegos en la ribera del río cuando las lanchas pasan, incluso armamos alguna algarabía porque un depredador se acerca y mientras los humanos nos observan, nosotros también los observamos y estudiamos su comportamiento.

Elvis Cueva Márquez, llevamos tiempo observándolo, podría decir que es un amigo; es de los que viene con más frecuencia a buscarnos en los parajes de la selva; lo he visto y lo sé por algunos colegas suyos que en ocasiones pasa semanas enteras mirándonos, tomando fotos o grabando los cantos con que anunciamos el fruto maduro, el peligro o el amor. Lo considero amigo porque alguna vez le escuché decir: “… a la selva hay que entrar con respeto, hay que entrar como se entra a un lugar donde no se debe tocar ni dañar nada; uno entra a la selva para escucharla para apreciarla porque ella también lo observa a uno. A la selva hay que entrar con la mente abierta, sin prevenciones. Si entras con la tensión de la ciudad, la selva te pone tropiezos, te caes, una espina te chuza, una rama te golpea, las aves se esconden…”. Cuando le escuché decir esto comprendí que había descubierto nuestra afición, éramos amigos, éramos colegas.

Lo más cerca que he estado de él es cuando me ve en la copa de un yarumo y él se encuentra a las dos en punto, como dicen en la jerga de los “pajareros” para indicar su posición: allá abajo entre el follaje. Elvis es de los humanos que más he observado. Es un hombre de la selva; eso le viene de su madre Julia Márquez indígena Mayoruna; pero también se desenvuelve bien en los recovecos de la ciudad y eso le viene de su padre César Cueva, mestizo de origen andino de Chachapoyas y Cajamarca en el amazonas peruano. Me enteré, porque en la selva uno se entera de todo, los sonidos y las palabras vuelan sin tropezar con obstáculos, que la primera vez que se aventuró con su hermano mayor por los recovecos de la selva se perdieron durante dos semanas; cuando salieron de la espesura, cansados y asustados, Elvis dijo: no vuelvo. Entonces se hizo actor de teatro. El día que un amigo le sugirió que trabajara como guía por los senderos de la Amazonía estudió hotelería y turismo. Y como la selva se lleva en el alma, volvió a recorrerla, se hizo guía y aprendió a emocionarse con detalles tan sencillos como las hormigas que pasan en fila cargadas con hojas o granos tres veces su tamaño y desaparecen entre las ramas, y aprendió a ejercitar los sentidos vitales para el observador de pájaros, el oído y la vista; comprendió que ser discreto y respetuoso con las aves que observa es la condición esencial; entendió que el canto es una forma de defensa y también de regocijo, y aprendió a reconocerlos; logró distinguir sonidos tan sutiles como el aleteo sin turbulencia que produce el búho.

Porque he vivido desde siempre en la espesura, he volado más arriba de las copas de los árboles, me he disimulado entre las ramas, he esperado el momento propicio para mostrarme, para llamar o para pedir ayuda, sé que la selva tiene momentos invisibles para la mayoría; y sé también que en ocasiones muestra formas, colores o situaciones, que pocos sabrían describir, y solo aquellos que verdaderamente sienten sus vibraciones están en la posibilidad de distinguirlas, Elvis es uno de ellos. Lo sé porque, repito: en la selva todo se escucha; sé que “pajareros”, compañeros de observación se sorprenden de lo que ve entre las ramas y los troncos y los rayos de luz que se filtran. Se sorprenden de las especies de aves que logra observar y escuchar; pero no solo distingue aves, también reconoce las plantas y los insectos y logra decir por dónde se escabulló una lagartija tímida que prefiere la sombra de la vegetación en lugar de la luz de un claro.

Las aves somos celosas de la belleza exótica y plena de colores que adorna nuestro plumaje, sabemos que somos llamativas y a pesar de que es un atributo ineludible también es un punto de atracción para los depredadores que acechan; en tiempos de escasez, por ejemplo, debemos abandonar los espacios donde nos podemos proteger y salir en busca de comida; con los depredadores al acecho, es posible que varias bandadas nos encontremos cerca de la misma fruta y aunque el grande come primero, todos los presentes comen. Pero si el depredador está cerca, es posible que nadie coma. Elvis distingue esos momentos de urgencia, sabe que en todos los rincones un enjambre de códigos, movimientos y señales, que es necesario interpretar en el momento justo, abunda; sabe que vernos es una cosa y escuchar nuestros cantos y murmullos es otra. Observar aves es una aventura en la que se corre el riesgo de ser observado. Aves y “pajareros”, se reconocen mutuamente; saben de donde viene uno y para dónde va el otro. Es un juego donde ambos: ave y observador se muestran o se esconden y ambos lo saben…
Argumento. Un hombre recibe una cámara de fotografía como regalo. Según una cadencia impuesta, que no comunicó a nadie, toma una fotografía cada minuto. Al final del día tiene mil cuatrocientas cuarenta imágenes. Mientras las mira, los minutos del día siguiente corren. Con esa imagen comienza la historia.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Vivir entre robles y arrayanes

12 mayo, 2018 § 1 comentario


El último domingo de marzo, al final de la mañana, el sol picante de la Sabana de Bogotá nos esperaba para acompañarnos a visitar a mi hermana. Desde enero de este mismo año vive en la Reserva Natural El Pajonal entre robles y arrayanes. El punto de encuentro con los parientes con quienes iríamos a visitarla, y conocían el camino, estaba sobre la autopista Norte poco antes del Puente del Común; de ese lugar en adelante, nosotros, recién llegados para pasar unos días en el altiplano cundiboyacense, desconocíamos cómo llegar a El Pajonal. Distribuidos en cuatro carros: hijas, yernos, sobrinas con sus maridos y sobrinos con sus esposas y esposos, sobrinas nietas, sobrinos bisnietos, mi mujer y yo, su hermano, emprendimos el camino. Mi hermana vive en el filo del Páramo de Guerrero donde está la Reserva porque antes de partir había dicho que, llegado el momento, la llevaran a vivir a cielo abierto. Digo vivir porque nadie, en ningún momento del día, habló de morir y todos la imaginamos entre robles y arrayanes narrando con minucia historias sobre parientes lejanos o cercanos; de platos a los que inventaba nombres según el momento y disfrutaba cocinándolos para sus hijas y nietos; o recordando encuentros que venían de tiempo atrás y eran la memoria de la familia. Memoria que, me digo ahora, se llevó con ella y sobre la cual me hubiera gustado escuchar más…

… Cincuenta kilómetros, quizá un poco más, separan el municipio de Cogua, cercano a la represa del Neusa en el noroccidente de la Sabana de Bogotá, del punto de encuentro con los parientes. A las once de la mañana emprendimos el camino por las vías amplias y frecuentadas de la Sabana, manteníamos contacto visual de carro a carro a pesar de que en varias ocasiones algún extraño se intercaló y perdimos el contacto, sin embargo el tráfico en las carreteras, todo el mundo lo sabe, es una cuestión de paciencia y al final logramos llegar juntos a Cogua, al pie del Páramo de Guerrero, antes del medio día. No entramos al pueblo, lo bordeamos por calles estrechas de costado y más pronto de lo esperado encontramos la vía, secundaria y empinada, que nos llevaría a la Reserva El Pajonal a 3400 m.s.n.m. En Cogua estábamos a 2600 m.s.n.m. A la salida del pueblo la vía se hizo estrecha y empinada. Cundinamarca, se sabe, es tierra de ciclistas y escaladores, los famosos “escarabajos”; a medida que ascendíamos con la montaña a la izquierda y el paisaje interminable a la derecha los ciclistas se multiplicaban, a pesar de lo empinado del terreno ninguno parecía a punto de desfallecer. La carretera estrecha y con curvas cerradas obligaba a tener cuidado, no solo por los ciclistas que subían, también por otros carros o ciclistas que bajaran. Para resaltar, un detalle curioso: los ciclistas que bajaban eran pocos en comparación con los que subían; quizá, después de subir, el premio al llegar a la cima era quedarse arriba, en la montaña, “más cerca de las estrellas”, como reza el dicho tan bogotano; o también, es posible, que la vía rumbo al páramo fuera parte de un circuito y el regreso lo hicieran por otra vía. En un cruce inesperado, después de una curva estrecha y un grupo de “escarabajos” en pleno esfuerzo, una valla anunciaba la dirección a seguir para llegar a La Reserva. Según la valla debíamos tomar a la izquierda. De esa señal en adelante, desaparecieron los ciclistas y la vía se hizo estrecha, destapada, aun más empinada y el paisaje se enfrió a pesar del sol picante, de tierra fría, que no dejó de brillar. A medida que subíamos, el filo de la montaña cada vez más cerca se recortaba contra el cielo poblado de nubes, llegamos a pensar que habíamos tomado la ruta equivocada pero lo que habíamos tomado era una ruta sin retorno a menos que subiéramos hasta el final; las grandes extensiones con sembrados de papa a la izquierda, hasta el filo de la montaña y el paisaje infinito con verdes de bosque y sabana, y los destellos de agua bajo el sol del Neusa, por allá lejos, lejísimos, no permitían hacer el giro para regresar. Pronto nos dimos cuenta de que habíamos tomado el camino correcto, frente a nosotros, tan cerca del cielo que parecía al alcance de la mano apareció, después de una curva, una explanada donde había gentes y automóviles que esperaban o llegaban o regresaban a Cogua. No lo hubieran podido hacer porque hasta ese momento nosotros ocupábamos la vía. Después de una hora de recorrido, quizá más, quizá menos, habíamos llegado a El Pajonal…

… De las veintiún hectáreas del área total de La Reserva, nueve están ocupadas por vegetación nativa, el resto se encuentra cultivado con papa –los sembrados que vimos en el camino–, y pastizales no nativos, además de minas de carbón y canteras a flor de tierra. La situación es preocupante para los habitantes y para el cuidado del medio ambiente en la región; sin embargo, quienes trabajan en El Pajonal creen con firmeza en la recuperación de la vegetación propia del bosque andino y para lograrlo han creado programas. Uno de ellos con el objetivo de lograr la restauración, ojalá de la totalidad del área de la Reserva, son los Bonos Exequiales Renacer que permiten, a nombre de una persona fallecida y con el aporte de sus familiares, sembrar en el área de la Reserva uno o varios árboles nativos del páramo. A parte de su deseo de vivir al aire libre, otra razón por la cual mi hermana vive ahora entre robles y arrayanes es la restauración de los bosques nativos, con seguridad un plan con el cual ella estaba de acuerdo. Pensándolo bien, el recorrido hasta la Reserva fue como una suerte de introducción, de prólogo, al lugar perfecto en clima, paisaje, silencio, donde después de tres meses vivía mi hermana. Debe estar contenta, pensé, cuando comenzamos a subir por senderos previamente marcados hasta los 3500 m.s.n.m. donde los tres arrayanes y los cuatro robles la acompañan rodeada por una multitud de árboles nativos pertenecientes a otros habitantes de la Reserva. Allí le hicimos visita, admiramos el paisaje y conversamos, cada uno a su manera, con ella. Carlos, a nombre los presentes, recordó reuniones donde ella narraba sus historias. Benjamín, el sobrino bisnieto, el más joven del grupo, fue más allá y no le habló de recuerdos, le habló de algo que seguramente iba a suceder, pero no dijo cuando. Recorrimos la Reserva hasta el filo del páramo, como sucede al llegar de visita a casa de un pariente, nos concentramos en los paisajes, en la represa del Neusa por allá, lejos; nos dejamos deslumbrar por el lugar y seguramente todos pensamos que entre robles y arrayanes era el lugar ideal para vivir. De repente, del filo de la montaña bajó un niño de unos trece años con margaritas en una gorra que sostenía al revés entre sus manos y preguntó si podía ponerlas alrededor de los árboles. Le dijimos que lo hiciera. Y mientras decía con voz de hombre grande: por aquí hace frío por la mañana, calor al medio día –lo pudimos comprobar–, y llueve entre el final de la tarde y la noche, aplanaba la tierra negra alrededor de los arrayanes y los robles todavía pequeños y calculaba el lugar de cada flor como quien arregla un florero. Andrés José era el nombre del joven con voz de hombre grande. Esperamos que terminara de adornar los árboles con las margaritas y regresamos a la explanada donde habíamos dejado el carro…

… Así visitamos a la Yía, mi hermana. De la visita nos queda la alegría de haber estado en el lugar donde está; nos queda la seguridad de que volveremos y también nos queda el vacío de sus historias, por eso, para recuperarlas, estamos seguros de volver. Entonces deshicimos el camino empinado rumbo a Cogua. En el descenso no vi ciclistas pero vi una mujer al borde de la carretera con un niño en brazos, resaltaba la piyama roja de bolas blancas y la incomodidad de una pierna suelta del niño que se sostenía abrazado a los hombros de la madre. En algún punto del camino que los familiares conocían paramos; era un lugar con salas grandes y objetos en todos los rincones, ni un solo espacio libre, todo ocupado por imágenes, botellas, tarros, seguramente recuerdos que el dueño y su descendencia han acumulado durante toda la vida. Allí confirmé que esta tierra no es solo de ciclistas, también es tierra de truchas. Y, además, es la tierra donde vive mi hermana. Allí mismo nos separamos de los familiares, ellos regresaban a Bogotá y nosotros: mi mujer, mis hijas, sus maridos y yo, seguíamos rumbo al norte, hacia Villa de Leyva en Boyacá. Al caer la tarde paramos casi a mitad de camino, en Cristianía, un nombre sin par para una sola calle. En una cafetería al borde de la calle apareció a mi lado, de la nada, un hombre enjuto que en voz baja dijo una retahíla de la que solo comprendí una palabra: tinto. Entonces pedí dos tintos, uno para él y otro para mí…
Argumento. Su recuerdo está presente… Así es la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

El dibujante libre

5 mayo, 2018 § Deja un comentario


Una noche, bajo el cielo poblado de estrellas, Draison Murillo se encontró en libertad. Esa noche como todas las noches durante los últimos siete años y medio el frío seco del altiplano cundiboyacense calaba hasta los huesos. En los alrededores de la cárcel de Cómbita, en Boyacá, solo había soledad y sombras recortadas por la luz de las estrellas. Fue la primera y la última vez que Draison echó una mirada a lo que había al otro lado de los muros del penal, entonces escuchó el ruido de la puerta a sus espaldas. Estaba libre y sintió miedo, quince años de su vida quedaron al otro lado de esa puerta. Le hizo falta la cobija de dotación que le había servido de ruana para protegerse del frío de la celda en las noches o del frío del patio durante el día mientras pasaba las horas dibujando. Horas preciosas que le sirvieron para rebajar en seis años la pena a la que había sido condenado. Quince años después, con la puerta de la prisión cerrada a sus espaldas Draison estaba a punto de arrancar de nuevo, no llevaba nada con él, solo una muda de ropa y el dinero que había recibido de sus familiares para el viaje de regreso a Medellín; todo, absolutamente todo, incluidos más de doscientos dibujos entre retratos de sus compañeros o de sus familias, retratos de Cristina su mujer y dibujos de otros temas que rondaban su imaginación quedaron al interior de los muros de la prisión. Era cierto, Draison iba a comenzar de nuevo. Iba a reunirse con Cristina la mujer que lo acompañó en la distancia durante más de diez años, la mujer que conoció en los patios de la cárcel Bellavista cuando ella iba a visitar a su hermano y se enamoraron. A pesar de que el dibujo siempre fue su mayor afición, en Bellavista donde estuvo recluido siete años y medio, no dibujó, trabajó en un caspete desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche lavando platos y mientras lavaba ponía cuidado a cómo hacían los que cocinaban; un domingo el cocinero amaneció enfermo, Draison dijo que él podía reemplazarlo, lo hizo y de ese día en adelante el puesto fue suyo. Cocinar es un oficio que no está lejos de dibujar, requiere ingenio, habilidad y talento. Sin imaginar lo que vendría, Draison volvía a su afición de niño por el dibujo; la cocina es un arte, como el dibujo; además, trabajar en el caspete le permitía comer lo que cocinaba para los internos que tenían con qué pagar y evitaba ir al “bongo” donde la comida era igual de mala para todos: arepas crudas; sopas hechas con ingredientes desconocidos; carne dura como suela de zapato y café con pinta de agua de radiador.

Hasta que un día, quizá porque llevaba mucho tiempo en Bellavista y ya era hora de cambiar, lo agregaron a una lista de remisión, lo subieron encadenado con otros detenidos a un avión Hércules de la Fuerza Aérea al que habían quitado las sillas y le traqueaba hasta la pintura, lo amarraron al piso del fuselaje y lo llevaron a la cárcel de Cómbita donde estuvo recluido hasta la noche estrellada en que cerraron las puertas a sus espaldas, quedó en libertad y todo recomenzó, pero distinto. Draison dedicó los años pasados en Cómbita a dibujar, a mirar, a separar unos hechos de otros, a entrar en el interior de quienes retrataba; había cambiado y estaba listo para registrar sus vivencias en el dibujo.
Cuando llegó a Cómbita todo estaba cubierto aun por el polvo de la construcción recién terminada. Recibió el “chanchón” anaranjado de los internos marcado CD845, su número de ese día en adelante; recibió unas botas pesadas e indomables conocidas como las “Ricky Martin” y compartió celda con tres reclusos más. El clima en Cómbita es frío, menos de cinco grados bajo cero en las mañanas y en las noches tres o menos. A las cobijas de dotación les abrían un hueco en la mitad para usarlas como ruanas pero como no podían sacarlas de la celda se envolvían en ellas y salían al patio sin que los guardias lo notaran. Durante los años que vivió en Cómbita Draison pasó por la ducha de agua helada a las cinco de la mañana y salió al patio hasta las cuatro de la tarde, hora de volver a la celda, todos los días. A las ocho de la noche apagaban la luz y la cárcel dormía; todos menos Draison que, instalado en un rincón de la celda donde llegaba un reflejo del pasillo, dibujaba hasta el amanecer.

Un día, recién llegado, se encontró con otro recluso que también dibujaba y le dejó ver sus dibujos. Draison pensó: yo también puedo hacer dibujos así. Y empezó a dibujar. El primero, fue un retrato a lápiz de Cristina que quedó con un ojo más abajo que el otro, un compañero le hizo caer en la cuenta y lo repitió hasta que logró hacerlo bien; estaba entusiasmado, había vuelto a su afición de antes pero conseguir el permiso para tener lápices y papel en Cómbita no era fácil; sin embargo cuando algo va a suceder, sucede: estudiantes de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia de Tunja, UPTC, propusieron clases de dibujo en los programas de adaptación y trabajo para los reclusos. Draison se inscribió, logró tener acceso a los materiales y también, por horas estudio y trabajo, redujo seis años de la pena impuesta.
El retrato de Cristina fue el primero. Un día un compañero le encargó el retrato de la mujer y el hijo a partir de una fotografía, Draison aceptó y recibió veinte mil pesos en mecato del expendio  como pago, porque en las cárceles no se puede manejar plata. Yesid Arteta, un recluso de las FARC, le encargó el retrato de Albert Camus, también a partir de una fotografía. Draison no sabía que el hombre de la foto era el autor de El extranjero, ganador del Premio Nobel, sin embargo hizo el retrato. El señor Arteta quedó a gusto y le pagó con una dotación de útiles de aseo. Otro recluso, ya mayor, le pidió que dibujara un gallo entre sus manos y después un muchacho quiso que hiciera su retrato. Cuando tuvo fama de dibujante, Draison que siempre dibujó a lápiz, se instaló con un compañero que dibujaba al pastel en un lugar del patio donde los internos se acercaban y les pedían que los dibujaran en una u otra técnica, ellos escogían, y al final pagaban con mecato del expendio. Unos retratos tenían más trabajo que otros, los más difíciles requerían tiempo y calma para lograr la expresión; a pesar de las dificultades Draison alcanzó a hacer un buen número de dibujos y retratos de personajes de la vida nacional que copiaba de fotografías, también dibujó mujeres desnudas y escenas religiosas; su celda era una galería de arte con los dibujos expuestos en las paredes pero los inconvenientes con los guardias que, durante la requisa, los arrancaban y los dañaban fueron frecuentes. Más de treinta dibujos de pliego y una innumerable cantidad de retratos y otros dibujos se quedaron, se perdieron dice Draison, porque la noche en que la puerta del penal se cerró a sus espaldas, solo llevaba una muda de ropa como equipaje.

En la terminal de transportes de Medellín, pidió a los parientes que lo recibieron que fueran derecho a la casa, estaba asustado. El taxi que los llevó se metió casi hasta la sala porque Draison no quería que lo vieran. Dos meses estuvo sin salir a la calle y si alguien iba de visita se escondía. La calle lo asustaba. La gente del barrio lo saludaba pero él no reconocía a nadie y cuando lo invitaban a una media en la esquina decía: listo, pero en la casa. Sin embargo, el tiempo pasó, la confianza volvió de a pocos y la memoria de lo vivido aquellos quince años se convirtió en dibujos donde la soledad, la angustia, el dolor de la reclusión, la humillación, el deseo de morir y la muerte están presentes. Este recomenzar que Draison tituló: “Pelea, crimen y castigo” se compone de doce dibujos a lápiz con títulos evocadores: “Cartas a Cristina” representa la decepción del hombre que abandonado por el amor decide matarse pero no sabe cómo. “Requisa” muestra la humillación a la que es sometido el recluso desnudo bajo la amenaza del guardia y el perro que lo acompaña. “¿Quién mató a Bocanegra?” ilustra un ajuste de cuentas entre presos porque el llamado Bocanegra delató una caleta a los guardias. “Libertad para un amigo” es el momento de la visita al amigo muerto: morir es, casi siempre, la única manera de salir libre. “Pecho de águila se ahorcó en su celda” es la confirmación del desespero de un hombre que intentó el suicidio de varias maneras hasta que al fin lo logró. “Una hora de sol” representa el poco tiempo de luz y aire, una hora cada día, para estirar las piernas en el patio. La “Visita conyugal” dura cuarenta y cinco minutos, ni uno más ni uno menos, es una visita con amor pero de afán, casi una violación. “La fuga” es el intento de unos muchachos por lograr lo imposible abriendo un hueco en el muro pero los pillaron. Draison presentó tres de estos dibujos a la Quinta Convocatoria del Salón de Arte Popular de la Fundación BAT y ganó el segundo puesto, recibió un premio en dinero, un libro y la posibilidad de hacer parte de la exposición itinerante en las principales ciudades del país.
Conversé con él mientras almorzábamos sierra frita, arroz con coco y guandolo en un corrientazo de la Plaza Minorista donde trabaja con su madre y un hermano en el puesto de plátanos del primer piso. Ahora dibujo por las tardes porque en las mañanas trabajo aquí, dice. Le pregunté qué dibujaba en ese momento. Terminé “Habitantes de mi calle” un tríptico que voy presentar en una próxima convocatoria, dijo; hizo una pausa y agregó con una sonrisa: … todavía me faltan muchos temas por dibujar…
Argumento. Un comentarista deportivo, el fútbol es su fuerte, llega a un país donde las cadenas radiales y de televisión presentan noticieros, programas, encuentros y foros en las franjas de mayor audiencia con pintores, escritores, músicos, poetas, teatreros de ese país y el extranjero; las entrevistas, las aventuras, las contrataciones millonarias, las publicaciones, exposiciones, ires, venires de sus obras y proyectos están al orden del día. El experto comentarista no encuentra trabajo en ese país… Entonces comienza la historia.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Tres momentos y un teléfono

28 abril, 2018 § Deja un comentario


Un detalle de “La chica del teléfono”, obra al acrílico del año 2008 de Jorge Zapata, sugirió esta Marginalia. Los teléfonos cuando suenan y nadie los escucha o cuando hay quien los escuche y responde son un misterio que atrae historias…

1.
… El teléfono sonó y nadie fue a responderlo porque nadie se sintió dueño de la llamada. En tiempos como los que corren un teléfono propio, personal, único, en el bolsillo es lo corriente. Responder uno pegado a la pared que parece sin dueño, es una aventura que pocos quieren afrontar. ¿Quién llama? no se sabe, ¿para qué llama? tampoco se sabe. El timbre, que parece la versión casera de una alarma para incendios, suena pero no inquieta, es uno de esos sonidos que por el lugar, por la fuerza de las circunstancias, el día o la noche, las horas, los minutos y la cadencia de los timbres todos escuchan pero ninguno escucha, una paradoja. Saben dónde está pero lo ignoran. Pocas cosas tan azarosas como el timbre de un teléfono: plantea dudas, sugiere peligros, desapegos, pocas veces halagos, todos lo saben y por eso nadie responde a pesar del timbre tipo alarma. La frecuencia medida y las pausas entre repiques dejan una suerte de parpadeo que hace brincar los ojos y las palabras entre los presentes cada vez que el timbre suena. Como las sillas de plástico azules o las paredes, también azules, color sala de espera, el teléfono es una pieza más del mobiliario. Nadie lo respondió cuando timbró la primera vez el día o la noche después de que tres técnicos de la Empresa de Teléfonos con cascos de seguridad, botas con punta de acero y uniformes color naranja lo instalaron; el único objeto no azul, rojo, en el salón con pocas sillas donde se sientan los que pueden y los que no se quedan de pie. De ese día en adelante nadie lo respondió porque no era de nadie, hasta la mañana o la tarde, difícil de asegurar porque la luz en el salón azul era siempre igual, en que la mujer con blusa ombliguera, blanca, que se recortaba contra el azul de las paredes entró, no saludó ni miró a nadie, fue hasta donde estaba el aparato, descolgó el auricular y dijo: ¿aló?, ¿aló?, ¿aló? Los presentes: cuatro hombres, dos de pie, y tres mujeres, no abrieron la boca, no parpadearon porque el teléfono no timbró más y quedaron quietos con los ojos fijos en la mujer a la espera de lo que iba a seguir. Seguramente iba a seguir algo más. La mujer en ombliguera blanca como un recorte sin sombras se plantó frente al aparato, no se movió y esperó que alguien desde el otro lado respondiera…

2.
… La mujer esperó. Como estaba de espaldas al salón, ninguno de los presentes podía ver lo que hacía con las manos, pero era evidente, porque sostenía el auricular entre la cabeza y el hombro, que las tenía ocupadas en algo. El silencio que impuso la curiosidad se estancó en los rincones y todo quedó a la espera. La mujer también. La premura con que apareció, descolgó y repitió ¿aló? tres veces, llegó hasta que el teléfono se convirtió en ancla y la dejó allí sembrada. No se movió más. La fuerza inicial de su voz se diluyó hasta convertirse en murmullo, incomprensible para los presentes, cuando aparentemente alguien habló del otro lado. No era una conversación, los murmullos eran recortes de frases, de respuestas equivocadas o de silencios donde parecía evidente la duda; quien hablaba del otro lado hablaba con fuerza y preguntaba cosas que seguramente ella ignoraba; a cada respuesta equivocada, su pose, que no cambió porque siempre sostuvo el auricular entre la cabeza y el hombro, de espaldas al salón, tenía el sobresalto del pillado fuera de base. La curiosidad de los presentes, pendientes de lo que ella dijera o hiciera, se agudizó porque lo más seguro era que hablaba de cosas que tenían que ver con alguno de ellos o con todos; lo que sucediera allí tenía que ver con ellos, el teléfono era una opción para hablar con quien quisieran más allá de las paredes azules, claro que nunca se enteraron de quién ordenó la instalación y si les preguntaran el número, ninguno lo sabría decir y si sonaba no lo respondían. El teléfono era una puerta de salida a distintos lugares dependiendo de quien llamara; una puerta que ninguno se atrevió a abrir hasta que la mujer con la ombliguera blanca apareció y la abrió. Los treinta segundos, que transcurrieron entre la entrada de la mujer, el momento en que colgó el teléfono y dijo con voz musical sin dejar de mirar la pared azul: “… número equivocado…”, fueron una eternidad…

3.
… Las tres mujeres y los cuatro hombres, incluso los que estaban de pie, sintieron alivio y frustración; la curiosidad había picado y dar el paso, levantar el auricular y responder, para algunos, debía tener más que una disculpa por resultado… Eulalia que nunca le había parado bolas al teléfono porque no tenia quien la llamara y prácticamente tuvo que abandonar su puesto cuando la mujer llegó a agarrar el auricular por encima de ella y casi la atropella, pensó que estaba mintiendo; si tenía tanto afán para contestar era porque esperaba algo. Esa mujer no dice la verdad, si no, por qué habló por señas… John Jairo, lo llaman “Negro”, uno de los que estaba sentado no quitó los ojos de la tanga que sobresalía por encima del bluyín ajustado y se preguntó donde tendría el tatuaje, porque con seguridad tenía uno y cuando hay uno el segundo no está lejos; “Negro” pensó que el teléfono podía timbrar todas las veces que quisiera, eso no era con él, lo de él en ese momento era la tanga… Como Wilmer estaba de pie le quedó fácil recostarse contra la pared, necesitaba apoyo para ver mejor a la mujer que, de metida, le dañó el cruce; al principio creyó que era la misma que había arreglado con él para que contestara y le dijera, delante de los otros, que lo llamaban al teléfono; pero no era la misma, las mujeres con pelo desteñido y el ombligo al aire se parecen cuando uno las ve de espaldas. Estaba confundido y se tenía que quedar callado… A Marina,“Marinita”, la mayor pero no tan mayor, le pareció curioso que ninguno se diera cuenta de que la mujer con el ombligo al aire era un hombre, aunque parecía una mujer con todos los fierros para ella era uno como los que se paseaban por la acera del frente conversando o esperando clientes, pero como no la había visto antes y como desde que entró no se dejó ver la cara le quedaba difícil decir que la conocía, seguramente no porque no recordaba ese cuerpo ni esas nalgas y menos esas ganas de contestar un teléfono ajeno… Nancy sí esperaba una llamada pero no en ese teléfono porque ni siquiera sabía el número, a menos que el hombre aquel, su nuevo amor, lo hubiera averiguado y hubiera decidido llamarla allí, pero no creía, él prefería que nadie se diera cuenta; si su mujer los pillaba sería un rollo; claro que la mujer con el ombligo al aire podía ser su mujer… Lucho dormía, incluso de pie, si no había puestos, recostado contra la pared; decía que el timbre del teléfono lo arrullaba y que allí dormía lo que no había podido dormir la noche anterior porque cada uno estaba en lo suyo y nadie se metía con nadie. Dormía de pie en un rincón cuando la mujer con la ombliguera blanca entró y solo notó la forma blanca con ombligo cuando el teléfono dejó de sonar… Eusebio se sentó siempre en la misma silla entre la puerta y el teléfono. Era un punto estratégico, desde allí podía ver quién venía por la acera, quién iba a entrar, quien seguía sin mirar y quien miraba hacia adentro. Nunca entendió por qué nadie contestaba el teléfono y estuvo a punto de responder pero una premonición le sugirió quedarse quieto. A nadie le gusta que lo jodan y para que lo dejen en su nota es mejor quedarse tranquilo. La vida en la calle no es fácil…

4.
… De la mujer con ombliguera blanca no se sabe nada. Es posible que haya regresado, la gente en el salón azul cambia con frecuencia y seguramente nadie la ha visto dos veces. Hasta el día de hoy el teléfono no ha cesado de timbrar…
Argumento. ¿Aló? dijo la voz… Y la historia comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Historias sin final

21 abril, 2018 § Deja un comentario


Infinitas sugerencias, sentimientos, instantes, circulan entre las cajas de Mónica Ramírez y quien se encuentre frente a ellas. Las llamo cajas porque cada una, limitada por un borde preciso, propone una representación. Es inevitable que una relación de gusto, emoción, contacto, incluso de reflejo se establezca entre la obra y quien la mira. Sin embargo la obra es una historia sin final y cada espectador la considera desde un ángulo propio, personal. Cuando unos perciben ciertas sensaciones, emociones, texturas, otros ven o sienten distinto. Cuando el espectador cierra el instante de encuentro con la obra y pasa a otra o abandona el lugar donde se encuentra, la relación queda en suspenso; es cuando la memoria y las coincidencias entran en juego. Y cada vez que el encuentro sucede, con las cajas de Mónica Ramírez, la historia recomienza pero no como continuación del anterior, sino, con la disposición y la posibilidad de descubrir lo no visto antes o de interpretarlo con otra mirada, con la curiosidad dispuesta al filo del momento por una multitud situaciones, palabras legibles o ilegibles, incluso puntos de color que conviven en ese espacio limitado en la forma pero ilimitado en el contenido…

… En esas condiciones la proliferación de historias puede ser infinita y su final, lejano. Las historias, como las cajas de Mónica Ramírez, son el resultado de una organización, o mejor, de una organización inesperada de detalles que puestos unos al lado de otros componen el contenido, debiera decir componen el discurso, puesto que el brillo de los materiales y el reflejo en los costados interiores que multiplican al infinito las figuras, obran como eco inconfundible que estimula los sentidos de quien está en frente y lo obliga a entrar en el juego. Un juego determinado por el orden que cada espectador encuentre. Los detalles precisos, preciosos por su ejecución perfecta, los ojos cerrados o abiertos que llevan a preguntase si pertenecen a alguien que sueña o a alguien que mira y espera. Imaginar qué sueña quien cierra los ojos y mira su interior es el inicio de una historia que lleva hasta los confines de la imaginación, llegaríamos, sin duda, a mezclar sueños propios y, por qué no, a descubrir que en lo soñado está la clave de las ficciones y en ellas el origen de lo que imaginamos como realidad…

… En las cajas, entonces, obra el reflejo y en él los detalles que narran el contenido, las figuras y las texturas, de la historia. Y si los ojos abiertos permitieran mirar al interior de cada caja, de cada figura o de cada espectador descubriríamos que la espera es común; la expectativa es también un aliciente para la imaginación. Con los cinco sentidos presentes en todos los rincones las manos que hacen la pausa y en su expresión llaman, indican un acercamiento, un saludo, un reconocimiento, hablan con lenguaje propio. Si las cajas tienen la función de escena, en el extremo opuesto, en contraste con las caras, las manos expresan su intención, incluso permiten descifrar textos que llevan grabados entre los dedos o en el interior de las palmas donde las líneas que determinan lo desconocido se resaltan con figuras, marcas, círculos punteados en color rojo o incluso puntas de lanza apenas perceptibles que indican una dirección. Son, para retomar la idea, la contraparte de las caras, en las historias que representan. Las manos llaman, los ojos miran, las bocas simulan sonrisas, las texturas imponen el ritmo. ¿Y el espectador? El espectador une los extremos y crea su historia, busca en su significado, descubre la relación entre los sentidos, estimula su imaginación y hace parte de lo que ve. Es el guía de lo que tiene en frente y el final que no llegará es su cometido…… Las historias no terminan, aseguró Jorge Luis Borges, cuando se cree llegado el momento derivan en otras historias y estas en otras y en otras hasta el infinito. Así es la ficción, así son las historias que, para existir, necesitan un narrador, alguien que lo haga con imaginación, con las manos, con el tacto, con los ojos; alguien que mezcle en espacios precisos lo que hasta ese momento no se había mezclado en materiales, en objetos, en formas y en intención. Porque no me queda la menor duda del sin número de situaciones que imagina, construye, narra Mónica Ramírez mientras trabaja en su taller en las colinas de El Poblado, las cajas son una muestra del imaginario que ronda cerca y que ella compone, narra, para que otros, según las palabras de Borges, deriven de allí sus propias ficciones. Si nos situáramos afuera de las cajas, algo que se puede lograr con dificultad, escucharíamos el silencio del lugar o los murmullos de quienes pasan cerca. Dejaríamos de lado los eventos en su interior: los textos que rozan las caras, los ojos que miran, las bocas que esbozan sonrisas, las manos que tienen voz propia y llaman, las texturas que van de un lado a otro y marcan su ritmo en la piel y en los objetos que a veces cubren los ojos sin ocultarlos, la transparencia líquida y quieta de las aguas sólidas que envuelven lo que encuentran a su paso y en su movimiento estimulan el imaginario, los detalles que lo crean y la presencia del que parece estar afuera pero está al origen de la historia, y entonces sucede que la obra creada para ser habitada por quien la mira vive y es otra y es otra y es otra como una historia sin final…

El Museo Maja de Jericó presenta:
Hilos Atávicos . Obra reciente de Mónica Ramírez H.
Hasta el 30 de mayo de 2018

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Linchado

14 abril, 2018 § 1 comentario


Estoy muerto. Llevo setenta años así. Mi muerte sucedió minutos, quizá menos de media hora, después de la muerte del hombre a quien dicen que maté y no lejos de donde él murió. Pero de mí dicen muchas cosas, tantas que llegan a confundirme. Mi vida comenzó ese día, viernes nueve de abril, cuando se habló de mí como nunca antes. Si me preguntaran por qué diría que por estar donde no debía estar a una hora en la que todo el mundo prefiere almorzar y las calles están desiertas. Se ha hablado tanto, se ha dicho tanto que, en ocasiones, dudo y no me reconozco. Hay quien dice que ese día estaba sin afeitar, demacrado y que en mis ojos solo se notaba el odio. Otros dicen que llevaba un vestido café a rayas y sombrero oscuro. Otros dicen que el hombre que mató a quien dicen que yo maté era flaco, alto y con la cara manchada por las pecas. Yo no era alto, pero sí era flaco, ¿quién no era flaco entonces?, ¡ah! y no tengo pecas, soy más bien mestizo. Ahora, después de tantos años de muerto he intentado recordarme en ese viernes de abril y lo que viene a mi memoria es el vestido gris ratón que llevaba puesto ese día. Mi madre, doña Encarnación, lo ajustó a mi medida dos semanas antes, porque lo heredé de un hermano mayor, y me lo puse por primera vez el día que fui a la tienda de don Efraín a encontrarme con Luis Enrique Rincón, el que trabajó conmigo en la reencauchadora, y nos tomamos unas cervezas. Recuerdo ese día, no solo por el vestido, también lo recuerdo porque no teníamos con qué pagar la cuenta y don Efraín aceptó que dejara la cédula como prenda, porque me conoce desde hace tiempo. Se habló tanto de mí que hasta la foto de la cédula, que don Efraín entregó a la Policía para que hablaran de él y hacer un poco de publicidad al negocio, salió en la prensa…

… Se dijo también que me habían visto sin hacer nada, como esperando, en la entrada del edificio Agustín Nieto, donde quedaba la oficina del Doctor que dicen que maté y también que me vieron en la puerta del ascensor del cuarto piso donde trabajaba el doctor, incluso dicen que el día que nos mataron a él y a mí, me vieron recostado contra la pared en el descanso de la escalera. Lo que nadie ha dicho o quizá sí y no me he dado cuenta, es que la esquina de la carrera séptima con la Avenida Jiménez era la esquina del movimiento y mucha gente estaba por allí a esa hora y a todas las horas; cerca quedaba El Gato Negro, el Café Colombia, el restaurante Monte Blanco y la casa Kodak en la entrada del edificio Faure, contigua al edificio Nieto, donde vieron por última vez al hombre con pecas en la cara que parece, pero pocos lo dicen, mató al Doctor que dicen que yo maté. Para decir la verdad yo sí estaba por ahí cerca a la hora en que sonaron dos disparos seguidos, luego uno que pareció salido del revolver después de medir  bien el tiro y al final un cuarto disparo que hubiera podido ser para distraer o asustar a los que estuvieran por allí. Yo vi salir al Doctor que mataron del brazo de otro hombre que acercó su cabeza a él, tanto como las alas de sus sombreros lo permitieron, y dijo algo al oído del Doctor, luego se retiró, y los disparos sonaron. El hombre que iba con el doctor desapareció entre el gentío que llegó de todas partes. Después fue el desorden total. La gente se acercó, rodeó el cuerpo ensangrentado que hizo algunos movimientos como si estuviera aun con vida hasta que otro hombre, uno de los que iban con él, se inclinó a su lado lo examinó y dijo: “¡aun vive, hay que llevarlo a una clínica!” pero entre el gentío escuchamos algo distinto: “¡…mataron a Gaitán…!” y se desató el tumulto…

… Uno de los testigos dijo que el hombre pecoso que tenía un revólver, no llevaba sombrero y parecía ser el asesino, estaba detrás de dos policías que lo protegían para que la gente no lo agrediera pero en el tumulto lo único que quedó de él fue el sombrero en el piso, pensé que era el del Doctor y toqué el mío para confirmar que aun lo llevaba puesto, que en el tumulto no lo había perdido. En ese momento el mundo cayó sobre mí, los policías me agarraron, los emboladores me golpearon con sus cajas de madera y sin ningún cuidado me metieron en un local abierto, una droguería si no estoy mal y cerraron las rejas para protegerme. ¿Protegerme de qué? me pregunté. El local de la droguería era pequeño y la gente afuera gritaba e intentaba agarrarme entre las rejas. Varias personas me preguntaron cosas que no supe responder y un hombre alto, rubio, de pelo corto, sin sombrero y bien vestido, en comparación con los otros, se paró al lado de la reja y gritó que había que linchar al asesino. Entonces tumbaron la reja y todos los brazos me agarraron, sentí un golpe tremendo en la cabeza y alcancé a ver una caja roja y amarilla de embolador que me golpeaba por segunda vez. El rubio alto y bien vestido seguía gritando que había que linchar al asesino. Y no sentí nada más pero escuché los gritos de la gente que llamaba a la revuelta y a las armas; y también vi, me vi, vi mi cuerpo arrastrado por la multitud que vociferaba contra el Gobierno y llamaba a la revuelta general. Cuando ya no tuve ropas de donde me agarraran quienes arrastraban mi cuerpo alguno amarró una corbata azul con rayas color naranja a mi cuello y con ella me arrastraron hasta el palacio de La Carrera, donde vivía el Presidente. Después vino un aguacero como nunca antes había visto uno y con el aguacero la calma para mi, los manifestantes me abandonaron allí al borde de la acera pero los gritos y los disparos seguían pasando por encima de mi cuerpo desnudo. Solo sentí frío cuando unos hombres, que imagino de la Policía, tomaron mis huellas digitales y después me lanzaron a un camión donde había otra cantidad de cuerpos desnudos como yo. Todos muertos. No sabría decir cuando, tal vez uno o dos días después, alguien me reconoció por la corbata entre los arrumes de cadáveres en el Cementerio Central…

… Fue entonces cuando empezaron a hablar de mi. Empezaron a investigar a mi familia. Empezaron a preguntarse cómo habían vivido don Rafael y doña Encarnación, mi papá y mi mamá; o quiénes eran y qué hacían los seis hijos que aun sobrevivían de los catorce que tuvieron mis padres. Incluso fueron a preguntarle por mí a María de Jesús, Marujita como la llamaba cuando estábamos solos, mi mujer, mi amante, la mamá de la niña; le preguntaron si yo trabajaba, qué hacía y si en los últimos tiempos había tenido algún comportamiento extraño. Qué comportamiento extraño iba a tener yo si salía desde por la mañana a buscar trabajo y volvía a la casa por la tarde con los pesos que lograba conseguir por aquí y por allá, haciendo trabajos de mano. Hasta el alemán Gerd dijo que me había convertido al rosacrucismo y lo único que hice fue ir a preguntarle dónde podía ir a buscar trabajo y por eso dijeron que vivía como ensimismado. Llegaron a decir que el día que me encontré con Luis Enrique y dejé la cédula donde don Efraín había negociado con él para que me ayudara a conseguir un revólver, yo que ni siquiera hice el servicio militar y nunca había disparado un arma. Llegaron a decir que yo era gaitanista y que seguía todos los discursos del doctor Gaitán y que me los sabía de memoria y que pedía a mis hermanos que fueran gaitanistas también. Claro que mi mamá sí era gaitanista, mis hermanos no sé, imagino que sí, por la casa todo el mundo era gaitanista, menos los curas y los godos, claro, pero esos eran ricos y vivían en otra parte. Hasta la secretaria del doctor Gaitán que, por lo que me he dado cuenta en estos setenta años de escuchar hablar de ese viernes, no era de confiar, dijo que me había visto en su oficina con la intención de hablar con el Doctor y que nunca me había dado la cita, dizque, dijo ella, porque era para pedirle trabajo y que yo no tenía cara de nada. Y todo el mundo creyó que el pecoso que disparó era yo porque buscaba trabajo, ¿y entonces?, ¿quién en Bogotá, en ese momento, no buscaba trabajo? y lo dicen como si yo fuera el único. Se ha hablado mucho de mí, llevo setenta años escuchando decir lo mismo, por lo menos cada vez que llega el nueve de abril y solo unos pocos se atreven a decir que lincharon al hombre equivocado y que la guerra, que comenzó ese día, no ha terminado aun setenta años después…
Argumento. Setenta años después… con esas palabras comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018