Lado A y lado B

20 mayo, 2017 § Deja un comentario



Lado A.
Día gris, lluvioso. Hora de almuerzo. Un salón de restaurante, rectangular. Grandes puertas de vidrio y ventanales en un costado. Del interior se ve la poca gente que pasa. En el lado opuesto, frente a los ventanales, el bar con espejos y botellas hasta el techo; un mostrador alto donde taberneros, meseros, cocineros y administradores atareados se mueven de un lado a otro. Entre los costados largos del rectángulo diez o doce mesas con el pleno de clientes. En uno de los costados cortos una tarima con aire de casa de familia con sofá y piano. Allí, un trío: bongó, pianola y flauta traversa pone ritmo caribeño al almuerzo. Al lado derecho de la tarima, contra la pared también con espejos donde se refleja la calle y la lluvia, pero sin botellas, dos mesas para dos o cuatro personas. Una está libre y hasta el momento nadie la ocupa a pesar del completo de clientes, quizá tiene reserva pendiente En la otra una pareja se mira a los ojos: no hablan, se besan, los hielos de sus bebidas se derriten y seguramente los platos que les llevarán de un momento a otro quedarán fríos donde el mesero los deje, el amor puede más. En la siguiente mesa, separada de la pareja por una columna, una dama sola: ¿espera su pedido?, ¿alguien que la acompañe? No la vi llegar, apareció allí de un momento a otro y su soledad en este lugar con el bullicio del cupo completo me causó curiosidad. La observé con disimulo. Automat, la pintura de 1927 de Edward Hopper, fue lo primero que vino al recuerdo. La mujer de la pintura de Hopper estaba tan sola como la dama un poco a la derecha de mi puesto en una de las mesas del salón; la de Hopper iba abrigada para las ventiscas del invierno neoyorkino; la dama solitaria en la mesa medio disimulada por la columna viste de rojo encendido, por lo menos de la cintura para arriba, no la vi de pie. La correa negra de su bolso terciado, cruza su pecho, pasa entre los senos y se pierde debajo de la mesa; lleva gafas con montura también roja que se quita y se pone con rapidez y algo de nerviosismo. En contraste con la tranquilidad aparente de la mujer de Automat, la dama de rojo parece inquieta. Dos detalles, pero de detalles están hechas las historias: uno, la dama de rojo no dejó su bolso sobre el asiento y aun lo lleva terciado; dos, los movimientos repetitivos con las gafas que se quita y se pone, son suficientes para despertar mi curiosidad. Y la de cualquiera. Es evidente que no ve bien de lejos y la acción con sus gafas delata que espera a alguien y no quiere que, quien quiera que sea, la vea sin que ella lo, o la, descubra antes. Mientras los enamorados se miran a lo más profundo de sus ojos y el salón se mueve entre el tintineo de cubiertos y voces cada vez más agudos porque la música no alcanza a tapar los otros sonidos, la dama de rojo se mueve inquieta en su puesto y ordena una bebida, quizá la ordenó al entrar y no lo noté, que llegó minutos después en un vaso largo, con líquido transparente y cubos de hielo; un manojo de hojas verdes rebosan el borde. Es posible que la bebida no fuera lo que imaginé pero el bullicio de las conversaciones y el ritmo de la música me hicieron pensar en un mojito cubano. A partir del momento en que llegó la bebida la dama pareció calmarse, incluso llegó a mover las gafas frente a su cara al ritmo de la percusión, pero sus ojos como puntos ingobernables se movieron sin descanso en intentos infructuosos por ver más o más lejos de lo que les era posible. Poco a poco una paradoja se instaló en la figura de la dama de rojo; por un lado algunos detalles que componen su figura denotan tranquilidad, dominio de la situación: cuando toma sorbos cortos de su bebida y la saborea entrecerrando los labios o cuando suelta las gafas sobre la mesa, quizá con la intención de dejarlas allí de una vez por todas; pero también carga con detalles que denotan intranquilidad: el bolso terciado obra como una muestra de inseguridad e incomodidad, lo mismo la mano derecha que acomoda el peinado con más frecuencia de la necesaria; y el impulso sin freno, en eso se convirtió, de tomar las gafas, hacer dos movimientos frente a los ojos, para ver lo que no ve sin ellas y volverlas a dejar sobre la mesa, cinco, a veces diez o quince segundos, entonces vuelve al principio. La dama de rojo es un puñado de contradicciones. Para completar, por inquietud o soledad, el mojito se terminó más pronto de lo esperado y cuando quizo probar un poco más se encontró con el frío del hielo que quema sus labios; una expresión de abandono la domina, sus hombros caen y, es cierto, su cuerpo se desliza hasta casi desaparecer debajo de la mesa. La joven menuda del servicio presintió el momento y se apresuró a ofrecer otro vaso o insinuar que pronto llegaría su plato, pero ella no había ordenado nada; si la joven menuda del servicio no hubiera llegado en su rescate la dama de rojo se hubiera, quizá, escurrido debajo de la mesa. Pasado el trance, la dama de rojo y la joven menuda del servicio, se decidieron por otro mojito…


Lado B.
Nadie me va a notar, pensó la dama de rojo en el momento de llegar a la entrada del restaurante y ver el salón con todas las mesas ocupadas. Era el momento ideal, no esperaba encontrarlo hasta el tope de clientes pero le convenía a la perfección. Desde la puerta alcanzó a ver una mesa pequeña, al otro lado del salón, fuera del circuito de meseros y comensales, perfecta para ella. Cruzó el salón por el centro. Fue un riesgo pero necesitaba llegar directo al mostrador donde los empleados despachaban pedidos, llenaban órdenes o esperaban la salida de algún plato. Preguntó a una de las meseras si la mesa del fondo, al lado de la pareja estaba reservada. La mesera, joven y menuda, más bajita que la dama de rojo, consultó con la mirada al administrador atareado en el bar y él, quizá por el afán del servicio, confirmó, con otra mirada igual que la mesa estaba libre. La joven menuda dijo a la dama de rojo que podía ocuparla y ella entonces, quizá para ganar tiempo, ordenó allí mismo un mojito recargado… recargado, insistió. Se deslizó tan rápido como pudo por el pasillo entre mesas y mostrador sin mirar para ningún lado con la esperanza de que nadie la viera, que nadie tuviera referencia de su presencia; con prisa ocupó la única mesa que para ella tenía una ventaja visible, se podía disimular detrás de la columna que la separaba de los enamorados. Por supuesto no miró los enamorados, sus ojos estaban puestos en la mesa. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que un trío tocaba ritmos caribeños en una tarima frente a su mesa, hasta ese momento no había escuchado la música. No fue una cita lo que la llevó hasta allí, ni una inquietud, ni la soledad que refleja quien parece abandonado a su suerte en una mesa para cuatro, mientras las otras, todas las otras, están ocupadas por grupos numerosos. Necesitaba un lugar con gente, entre quienes se pudiera disimular; un lugar donde nadie la viera. ¿Por qué no se fue para su casa si nadie la podía ver? La respuesta es simple, porque era allí donde primero la buscarían. Segura de eso decidió instalarse en ese salón al que nunca había entrado y era perfecto, a nadie se le ocurriría pensar que estaba allí. Y como sabía que no tendría más qué hacer, olvidó el celular o mejor, no lo olvidó, lo dejó, decidió que se distraería mirando qué hacen los otros cuando creen que nadie los mira. Cuando la joven menuda trajo el mojito recargado jugaba con las gafas, las hacía girar entre sus dedos o las pasaba de una mano a la otra; sin darse cuenta seguía el ritmo del son que sonaba en ese momento. Unas horas, era todo lo que necesitaba; un par de horas sin que nadie la encontrara, sin que nadie supiera dónde estaba, después aparecería con cara de sorpresa, incluso con lágrimas preguntaría: ¿qué pasó?, ¿cuándo fue?, ¿por qué no me llamaron?, ¿quién lo hizo? No sabría decir si por la tensión del momento, por la música, o por el hecho de estar sola en un lugar público, no estaba acostumbrada, el tiempo pasó y el mojito se terminó antes de lo que hubiera querido. Necesitaba que el tiempo pasara pero no tan rápido. Fue el roce del hielo en sus labios lo que desató una desazón como no la había sentido nunca; pedir algo, otra bebida o algo para comer implicaba llamar la atención,  se convirtió en un martirio, lo que menos deseaba en ese momento. La joven menuda, atenta al servicio de sus clientes se acercó para preguntarle si deseaba ordenar su plato pero notó el desanimo de la dama de rojo hundida, cada instante más perdida en el asiento y no alcanzó a hacer su pregunta, la dama caía en un estado lamentable, entonces la joven menuda decidió que lo mejor era traerle otro mojito más recargado aun para reanimarla. Fue entonces cuando la dama de rojo vio al hombre que desde una de las mesas del salón la miraba como se mira cuando se quiere ver más de lo que se puede ver. El hombre la miraba y escribía en su celular…


Argumento. Detrás de una historia siempre vienen otras historias… dijo el hombre, también puede ser una mujer, y comenzó a escribir…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Cruces inventados

13 mayo, 2017 § Deja un comentario


Nada es invento. Si por alguna razón, los detalles, datos o fechas de los “cruces” que siguen, coinciden con hechos sucedidos en la llamada realidad, es porque de tanto repetirlos han tomado el aire de lo sabido. Sin embargo son coincidencias sencillas que, como todo el mundo sabe, están al origen de la ficción. Calificar estos cruces como inventados es una repetición quizá innecesaria…


Coincidencias
Dicen que Las Meninas es una puesta en escena, un montaje, toda proporción guardada, idéntico a las imágenes en movimiento que propone el cine. Una razón de peso es que el pintor utilizó la Cámara Oscura, un recurso que Vermeer y otros contemporáneos emplearon. Parece que Las Meninas fue construida a partir de imágenes independientes con el apoyo de la Cámara Oscura y luego editada, un término cinematográfico, en el taller donde el artista agregó los detalles y el misterio. Y es de ese misterio de donde pueden surgir tantas versiones como espectadores visiten El Prado o cualquiera de los museos virtuales en internet. Unas más fantásticas o acertadas, a ojos de los expertos, que otras. El cuadro de Velázquez fue pintado a mediados del siglo XVII y quién sabe de cuántas historias ha sido la fuente.
Las historias están en todas partes y cada uno promueve las que más le gustan. En ocasiones las narraciones se cruzan y alcanzan vida propia en espacios distintos. En “Short cuts”, traducido al español como “Vidas cruzadas”, Raymond Carver escribió nueve cuentos que suceden en lo profundo de la clase media americana. Robert Altman hizo una película en 1993, con base en las nueve historias; el título era el mismo. Por cuestiones de ambientación la película se sitúa en un Los Ángeles desconocido y poco visualizado pero se acerca a lo imaginado por Carver, quien murió en 1988. Unos cuentos que se cruzan y una película que aunque no es literal lleva el mismo título y pone en escena los mismos personajes. Otra obra, que tiene relación con los cuentos de Carver aunque es casi seguro que su autor no se cruzó con él ni con Altman, es la de Edward Hooper el pintor que en los años cuarenta creó situaciones que no están lejos de lo imaginado por Carver y Altman en sus ficciones cruzadas. Hooper pintó, por ejemplo, un hombre en mangas de camisa y chaleco, que podría ser uno de los personajes de Carver; el hombre fuma y al mismo tiempo mira por la ventana algo que el espectador no ve, mientras una mujer ¿su mujer? en camisón de seda lee un libro, ¿en voz alta?, sentada en una silla oscura. Están en una pieza de hotel. No es su habitación de todos los días, no hay intimidad en los objetos que allí se encuentran. Es una puesta en escena como la de Velázquez trescientos años antes y surte el mismo efecto: historias que se cuentan. Ni Carver, ni Altman, ni Hooper y menos aún Velázquez se cruzaron en ningún momento de sus vidas…


Memoria
La memoria es algo que a veces hace reír y a veces hace llorar, es el epígrafe de un documental del que sólo recuerdo esa frase. Hace pocos días, ayer, escuché hablar de un libro que se lee tan rápido como se olvida. No hay memoria sin olvido. “… Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…” escribió Neruda; y Borges “…Sólo una cosa no hay, es el olvido…” Y de la misma manera es posible citar cientos de ejemplos de memoria y olvido que  llevarían a lo mismo: la memoria es el olvido.
Recordar una persona implica hacer una reconstrucción mental de su cara. Pero si el recuerdo debe ser más preciso, la búsqueda lleva a un momento señalado y el resultado será el momento de una acción y entonces vienen las preguntas: ¿cuándo sucedió aquello?, ¿cómo estaba yo vestido?, ¿qué hicimos después?, ¿por qué estábamos allí? Y entonces aparece el tiempo. Cuando alguien describe, en media hora, en diez páginas o en cien, una acción que tiene transcurso en años; memoria, olvido y tiempo, lo hacen de tal manera que quien escucha o lee recibe una versión creíble de lo sucedido. La acción literal, narrada al pie de la letra, minuto a minuto, tomaría tanto tiempo en su desarrollo como  la situación misma.
Como un ejercicio de memoria, o de olvido, una persona con quien sólo hablé una hora o un poco menos, me contó cómo la sensación de olvido lo invadió una noche frente a su computadora con un dolor de cabeza terrible. A mi pregunta de si había algo, cosa o persona que recordara más que otros de ese período, su respuesta fue: una mujer con un diente de oro. No hablamos más, su transporte llegó y el hombre fue a ocupar su puesto apresurado, se excusó diciendo que su tiquete no era numerado…


Las cosas no son del dueño
Las cosas no son del dueño sino, del que las necesita. Dicen. He aquí una prueba. Una vez, mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde para seguir mi camino alcancé a ver desde mi puesto de conductor unas gafas para sol abandonadas, perdidas por su dueño, al borde de la cera al otro lado de la calle. Desde ese instante consideré que eran mías pues yo las había visto de primero. ¿Primero de qué, antes que quién?, no lo se, pero eso fue lo que decidí y quedé convencido de mi derecho. No podía dejar mi puesto de conductor, cruzar la calle, recoger las gafas y volver de nuevo a mi puesto, era un riesgo, entonces las vigilé hasta el momento en que el semáforo hizo el cambio de luces. En el último segundo, cuando la luz titila entre rojo y amarillo antes de pasar al verde, un señor cruzó la calle corriendo y recogió las gafas como si fueran suyas. ¡He! grité… esas gafas son mías! Pero el hombre no me escuchó. Entonces pité varias veces hasta que logré llamar su atención. Mientras esto sucedía el semáforo paso a verde y el carro detrás de mí comenzó a insistir para que continuáramos. El señor al otro lado de la calle se quedó a la espera pues no sabía por qué le hacían señas desde un carro desconocido. Cuando llegué a su lado, tuve que parquear mi carro para no interrumpir el tráfico y le dije sin preámbulos, esas gafas son mías. La sorpresa del hombre fue tan grande como mi decisión para reclamar la propiedad. No nos dijimos ni una palabra más, él me las entregó, yo volví a mi puesto y partí. Ni siquiera se me ocurrió mirarlo por el retrovisor.
Hace poco en la ciclovía vi caer del bolsillo de atrás de alguien que me pasó en bicicleta un papel, tal vez era un billete, no lo puedo asegurar. Dos personas que trotaban unos metros detrás de mí vieron el papel y confirmaron que era un billete. Vi cuando lo recogieron. Recordé la historia de las gafas y les dije, ¡Eh, ese billete es mío! no me creyeron, no me lo entregaron y siguieron por donde iban como si nada hubiera pasado…
Argumento. Ningún cruce viene solo, dice el hombre. También puede ser una mujer… Después de decirlo sigue el cruce y, por supuesto, la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Ficciones pasajeras

6 mayo, 2017 § Deja un comentario


Como todos saben voy por la calle en busca de las ficciones de otros y generalmente encuentro las mías. Aquí van dos que viajaron conmigo en el transporte público hace algún tiempo y el azar o la repetición que me persigue las sube a esta Marginalia…

… No sucede a menudo y menos aun cuando el vagón va hasta el tope de pasajeros a pesar de que no es hora pico. Algo extraño, no sé decir qué, sucede. Primero, el vagón hasta el tope a una hora que habitualmente debería ir vacío o por lo menos con espacios generosos. Segundo, como no hay lugar cerca de las puertas donde prefiero estar, por instinto, para salir sin afugias o para evitar el estrujón. Me muevo hasta la mitad del pasillo y allí me agarro de la barra metálica, una acción que no es necesaria porque en medio del gentío cada uno se sostiene en el vecino. Un hombre joven viaja sentado en el puesto frente a mí sin levantar la vista porque está ocupado con su celular. No nota mi presencia y tampoco la de los otros pasajeros. Como también escribo en mi celular siento curiosidad por saber que escribe el personaje del asiento frente a mí. Convertir a los otros en personajes es una posibilidad que todo el mundo tiene pero pocos utilizan. Desde mi puesto de pie entre dos pasajeros, una mujer y un funcionario quizá de notaría intenté ver la pantalla del celular o leer lo que con agilidad pasmosa teclea pero es imposible, la pantalla es pequeña y la veo al revés, lo único que distingo son sus dedos moviéndose a la velocidad del rayo sobre el teclado. Se me ocurrió entonces escribir, en mi celular, lo que era posible que el personaje escribiera en el suyo si, como yo, tiene la costumbre de anotar lo que sucede alrededor. Ocupé, en mi imaginación claro está, su puesto y comencé a teclear en mi celular, quizá no tan veloz como él pero lo suficiente para no sentirme superado por su habilidad, lo que escribiría si ocupara su puesto: “…En este vagón apretujado hasta el tope, un hombre de pie espía los otros pasajeros, hace esfuerzos para escribir en su celular y no puede porque no tiene espacio. La mujer a su izquierda no se deja amedrentar por los empujones cortos y sostenidos pero precisos del hombre que escribe y no le permite movimiento. El hombre que escribe, además de apretujado, comienza a tener calor, se nota en su cara cada vez más congestionada; choca contra la espalda del funcionario a su derecha y de inmediato siente un golpe en la cintura a nivel del riñón. Lo corriente es que hubiera protestado pero no lo hace, se sostiene pegado a la barra y como desquite porque no se atreve a mirar de dónde vino el golpe, levanta el brazo más arriba de lo normal y empuja, esta vez sin disimulo, a la mujer que no se deja amedrentar. La mujer protesta. Le dice en tono de voz que todo el mundo escucha que controle su mala educación. El hombre no responde pero señala al pasajero que lo golpeó. La mujer no se deja llevar por la incomodidad del momento y por encima del hombre que escribe, empuja al pasajero de la izquierda que en ese momento ya está de espaldas…” Dejé de escribir como si fuera yo quien viaja sentado y no el personaje que ocupa el puesto al frente mí y de quien tomé el lugar, uno puede tomar el lugar de los personajes y en ocasiones, como ahora, la sorpresa es grande. Me di cuenta cuando dejé el lugar del personaje y volví al mío, de pie en el pasillo, que su puesto estaba vacío. El personaje que tecleaba a la velocidad del rayo había desaparecido. Quizá bajó en la estación anterior, la misma para donde yo iba, me dije. El vagón estaba prácticamente vacío y el único pasajero de pie en el centro del pasillo, agarrado a la barra metálica, era yo. Me pasé por estar tomando el lugar de personajes que seguramente bajaron donde debían hacerlo…
… Pintarse las uñas es un arte. Requiere habilidad, pulso y paciencia, sobre todo durante el tiempo de secado porque es frecuente que el trabajo se dañe por culpa de un movimiento de esos que se hacen sin pensar, que uno cree sin riesgo y cuya mecánica, si no se presta atención, saca, por así decirlo, las uñas. Esto es válido si quien se pinta las uñas es la misma persona o si una especialista es quien lo hace; de todas maneras el tiempo de secado es el mismo y lo que cada uno haga en él, es su problema. Todo esto sin mencionar que unas uñas bien pintadas requieren minucia y pulso firme.
Con esto en mente, porque he visto en innumerables ocasiones la frustración que resulta de uñas recién pintadas pero malogradas por un movimiento fortuito, la presencia de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante en el bus de una de las tantas rutas que va hacia el sur por la avenida El Poblado en la acción precisa de pintarse las uñas, me puso sobre aviso. Por supuesto, no vi lo que la mujer hacía hasta el momento en que llegué a la banca libre a su lado pero al otro lado del pasillo. Solo tres pasajeros iban en el bus cuando subí en la parada anterior al Parque. Me pareció extraño que a esa hora, las doce y media, el bus fuera casi vacío. Uno de los tres pasajeros era la mujer que se pintaba las uñas. Los otros dos eran un muchacho grande y joven en la banca de atrás, frente al pasillo, con un monopatín en el piso bajo sus tenis sucios; y en la primera banca, detrás del chofer, una mujer vestida de rojo con lentejuelas y peinado despeinado, el color de su cabello no parecía ser el original pero no presté más atención a ese detalle porque la pose de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante, plegada sobre ella como si quisiera aprovechar un momento propicio, que no va a regresar, llamó mi atención cuando pasé la máquina registradora y fui a ocupar la banca paralela a la suya. La mujer, con ropa deportiva, tenis fluorescentes, pantalón negro pegado al cuerpo; medias y camiseta magenta brillante llamaría la atención de cualquiera. Iba atareada en algo que no distinguí. Lo único visible era que venía concentrada en sus manos. Cuando ocupé mi lugar, el bus iba en movimiento, la mujer levantó la cabeza, entonces vi que tenía un pincel con tapa de esmalte para pintar uñas en una mano, la otra extendida sobre el muslo y entre las piernas, un frasco de esmalte rojo. Apenas me senté la mujer dejó de aplicar esmalte en sus uñas y quedó suspendida en la acción. Distinguí en su pose y en lo que alcancé a ver de su cara, quizá en sus labios apretados, la tensión de la espera. No dejé de mirarla. Cuando el bus se detuvo por culpa del tráfico, la mujer aprovechó y con precisión aplicó dos pasadas de esmalte en una uña, iba a hacer lo mismo en la siguiente pero el bus se puso en movimiento, frenó, arrancó de nuevo, esquivó un desnivel, disminuyó la velocidad para pasar un resalto y la mujer volvió a interrumpir su manicura. La idea de tomar una fotografía del momento me asaltó en alguna de las sacudidas del bus pero estaba obligado a esperar, como ella, los escasos momentos de quietud. Hubiera podido pedirle que si me permitía tomar una fotografía de su récord, porque es un récord pintarse las uñas en un bus en movimiento. He visto mujeres maquillarse, pintar sus ojos, sus labios o resaltar sus pestañas pero pintarse las uñas, era la primera. La fotografía, entonces, se convirtió en una obligación pero me faltaron agallas para pedirle que me dejara tomarle una foto, no hubiera sabido explicarlo si ella pregunta por qué o para qué. Y si se siente ofendida, si siente violada su intimidad, menos aun hubiera podido explicarlo. La fotografía sería de lado, de reojo si así pudiera llamarla, sin que ella lo notara y en el momento preciso en que el bus hiciera un alto o disminuyera la velocidad al punto de parecer quieto.
Lo que sucedió de ese momento en adelante es sencillo: ella esperó cada ocasión para aplicar esmalte y yo esperé cada ocasión para hacer, con mi celular, al calculo para no delatarme. Fallé más veces de las que logré acertar, en realidad las fallé todas, unas porque solo veía partes de su cuerpo, muslos o camiseta magenta; otras, porque, ella, más hábil que yo en eso de aprovechar los espacios de quietud, alcanzó a terminar sus diez dedos, alcanzó a soplar sus uñas frescas para que secaran más rápido y llegó antes que yo a su destino. Cuando bajó, sin siquiera mirarme, me quedé con el celular listo para la próxima parada donde lograría la fotografía del momento exacto en que ella aplica el esmalte en alguna de sus uñas, pero la parada llegó, ella desapareció y no logré la foto. El testimonio de esta historia es deficiente, tendrán que creerme…
Argumento. Me repito, dice el hombre, también puede ser una mujer… Y comienza a narrar la historia de siempre…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Perros calientes

29 abril, 2017 § Deja un comentario



Con frecuencia espero en las esquinas. En cualquier esquina. Lo desapercibido en la mitad de la cuadra, es relevante en la esquina. En los pueblos, la iglesia ocupa buena parte de uno de los cuatro costados,  la alcaldía el otro, en general el que está en frente al otro lado de la plaza y en las esquinas están la casa cural, la casa del gamonal, el bar más concurrido, los juzgados; en ocasiones hay una estación de policía pero suele estar disimulada en la mitad de la cuadra cerca de los juzgados. En las aglomeraciones urbanas las esquinas tienen dueños y habitantes variados; mandamases de la cuadra, de la calle o del barrio que alquilan el espacio entre semáforos para que otros ejerzan de venteros ambulantes, saltimbanquis, malabaristas, payasos, bailarines sin música o trompetistas, los he visto. Lo curioso de las esquinas es que a pesar de encontrarse en los extremos de calles o plazas, son el centro de la acción. En lenguaje de ordenador urbano esquina es el cruce de dos vías. En lenguaje de vendedores de cigarrillos, de lotería, de aguacates o de perros calientes es donde están los clientes. En lenguaje de gamonales, la esquina es la mayor demostración de poder, sobre todo si es de plaza principal. Una esquina, en términos de comercio, es el lugar más costoso de la cuadra; lo mismo si se trata de vivienda, las casas de esquina son más caras y en general más grandes.
Hay esquinas famosas como “Speakers Corner” en el Hyde Park de Londres o la que forman Broadway y la Cuarenta y dos: “Times Square” de New York. Igualmente famosos son el cruce de Junín con la Playa en Medellín y la esquina de la avenida Jiménez con la carrera Séptima en Bogotá, donde han asesinado caudillos, iniciado manifestaciones que derrocan dictadores y también eventos deportivos de la talla de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Sin embargo pueden más las esquinas pequeñas, de barrio, conocidas solo para los vecinos. La esquina del granero “La Abundancia” es famosa en cinco calles a la redonda y tiene tanta historia como las más engalanadas del mundo. O “Cuatro Esquinas” que se apoderó de los puntos de convergencia posibles. En una esquina de aquellas sucedió una historia que me cuesta no narrar.


Con frecuencia, mientras el semáforo cambia de color o aun después de que haya cambiado, espero en la esquina. Espero más de un cambio de luces o voy hasta la acera del frente y cuando la luz pasa a rojo regreso al punto de partida. Es una técnica. Hace algunos días, al anochecer, después ir varias veces hasta la acera del frente y regresar, a la espera del hecho que no dejaría el día en blanco y sería suficiente para una historia, claudiqué; cansado de pasar la calle de un lado a otro sin que nada sucediera, a parte de dos frases de circunstancia. Un policía bachiller dijo a su compañero mientras esperaban el cambio de luz: “…oí decir que nos iban a dar arma…”. Los dos agentes pasaron más rápido que yo, desaparecieron entre la gente y no escuché la continuación. La otra frase me alcanzó cuando llegué al otro lado, un hombre mayor dijo: “…solo me faltan los exámenes de orina…” ignoro si lo dijo a un amigo, mayor como él o a su mujer. No escuché más porque una moto frenó en seco a mi lado. Era una moto grande. Quien la manejaba se bajó sin quitarse el casco. El parrillero, también sin quitarse el casco se quedó en la moto, para cuidarla y sostenerla en equilibrio, me dije. La moto quedó con el motor y las luces prendidas. Al bajarse con afán, de mala gana me pareció, el piloto caminó a paso largo hasta un puesto de perros calientes a unos metros de la esquina. Pasó a mi lado como una exhalación de ida y, al regreso, dos o tres minutos después, con un enorme envoltorio cubierto de salsas y aderezos, fue una tromba. No chocó conmigo porque una luz premonitoria me hizo dar un paso atrás. Todavía con el casco puesto, no sabría decir si era hombre o mujer, se acercó al que se había quedado en la moto prendida y, sin miramientos, puso el envoltorio con el perro caliente frente a la visera de su casco.

Tampoco podría decir si el parrillero era hombre o mujer a pesar de que observé con atención su figura quieta mientras esperaba el regreso del otro, ¿otra? Había un gesto de rabia en la manera como puso la mezcla de salsas, ripio de papas, pan y la apenas visible punta de una salchicha, frente a los ojos del parrillero. ¿Parrillera? Sin mover el envoltorio con el perro del lugar donde lo puso y sin quitarse los cascos se enfrascaron en una discusión sorda. La, o, el que se quedó sosteniendo la moto, rechazó el envoltorio con un movimiento de parabrisas de su casco mientras el otro, hombre o mujer, insistía acercando cada vez más el perro caliente a la visera. Discutían sin hablar aislados por los cascos. Por la energía de los gestos, si hubieran gritado ni siquiera el ruido del tráfico hubiera sido suficiente para acallarlos, la discusión se hubiera escuchado en varias cuadras a la redonda. El piloto, cansado, cansada, de discutir sin encontrar salida, levantó la visera de su casco, introdujo el envoltorio por el espacio negro que abrió y dio un mordisco que solo puede ser de rabia, lo digo por lo que quedó cuando lo volvió a poner al frente al casco del parrillero, parrillera. Nunca podré asegurar si eran un hombre y una mujer o dos hombres o dos mujeres porque en un movimiento inesperado, el parrillero, hombre o mujer o lo que fuera, pasó de su puesto al puesto del piloto, aceleró y desapareció calle arriba, pasó el semáforo en rojo y sin que el otro, otra, con medio perro caliente en la mano pudiera hacer nada, solo correr detrás…
Argumento.  Con estas palabras comienza la historia: ¡…En esta esquina…!
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

La parábola de los ciegos

22 abril, 2017 § Deja un comentario


En 1568 Pieter Brueghel, el viejo, tenía cuarenta y tres años. Moriría al año siguiente después de pintar dos de sus obras más representativas: La parábola de los ciegos y La urraca sobre el cadalso. El año anterior, con la llegada del Duque de Alba y por orden de Felipe II, había comenzado en el País Flamenco la represión de la doctrina protestante. Según algunos especialistas las dos pinturas denuncian la persecución. En La urraca sobre el cadalso, la horca y la urraca simbolizan la habladuría que lleva a la ejecución; en La parábola de los ciegos, el guía ciego y sus seguidores también ciegos caerán al hoyo que les espera justo cuando pasan frente a la iglesia de Santa Ana. La parábola es una pintura al temple, pigmentos mezclados sobre la tela con cola líquida, una técnica empleada en lugar de la pintura al óleo y utilizada para la ilustración de libros. Brueghel aprendió el temple de su maestro Pieter van Aelst y del ilustrador italiano Giulio Clovio con quien trabajó la pintura en miniatura durante su estadía en Italia, de allí su precisión en el detalle. Sin embargo hay quien asegura que su suegra Mayken Verhulst influyó en su aprendizaje.

… Hace dos años, cuatrocientos cuarenta y cinco después de que Pieter Brueghel pintara La parábola de los ciegos, una tarde de viernes, mientras caminaba por la canalización de la quebrada La Ayurá rumbo a la Avenida El Poblado, los vi. A unos veinte metros, los vi. Los bastones llamaron mi atención. Eran dos. Supuse, nunca se debe suponer, que un tercero los guiaba. Los bastones eran blancos con tramos rojos. Supuse, digo, que eran dos ciegos, por los bastones, y el tercero, un vidente que los acompañaba. Eran las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde de un viernes caluroso. A esa hora el poniente tiñe de ocre todo lo que toca, carros y pavimento y árboles que bordean la canalización. Porque es viernes en la tarde, víspera de fin de semana, hay más gente, más carros, más ruido. Hace calor. Tal vez por eso vi tres. Los dos ciegos y el guía. Cuando me encontré a menos de diez metros distinguí sólo los ciegos, es decir, los portadores de los bastones. No había guía. Esperaban que el semáforo cambiara a verde al borde de la acera. Eran dos hombres mayores, el más joven iba adelante, el otro, más bajo de estatura y con la mano derecha en el hombro de su compañero se dejaba guiar. Llegué a su lado, parecían tranquilos y dueños de la situación. La luz cálida del poniente hacía brillar sus bastones y sus camisas blancas…

Dos años antes de la pintura de Brueghel, Erasmo publicó en su Adagia “El ciego líder del ciego” donde Horacio menciona los ciegos inspiradores de la parábola que Brueghel amplió a seis. Dicen que la pintura de Brueghel inspiró a Charles Baudelaire el soneto Los ciegos que fuera publicado en la revista L’Artiste y más tarde incluido en la segunda edición de Las flores del mal, sin embargo hay quien duda porque es posible que en 1860, año en que Baudelaire escribió el poema no conociera la pintura pues la copia que se encuentra en El Louvre llegó en 1893. Se dice también que el escritor alemán Ernest Hoffmann se inspiró en la pintura para escribir uno de los diálogos de La ventana en la esquina, uno de los cuentos de su libro “Cuentos póstumos”. El punto en común entre Baudelaire y Hoffmann es que ambos hacen alusión a las caras dirigidas al cielo de los ciegos. ¿Qué buscan los ciegos en el cielo? se pregunta Baudelaire. Quien sí escribió un poema en 1962 en el libro Pinturas de Brueghel y otros poemas fue el poeta americano William Carlos William: …los rostros se levantan / hacia la luz / no hay detalles ajenos / a la composición cada uno / sigue a los otros báculo / en mano triunfante hacia el desastre.

… Quizá temeroso del desastre, esperé con los ciegos el cambio de luz del semáforo. Cuando el timbre que indica el cambio sonó los dos ciegos iniciaron su paso de un lado a otro de la calle. Ambos movían los bastones como péndulos, contra el piso, delante de sus pasos. La luz rasante destacaba sus figuras pausadas y sus sombras proyectadas en el asfalto parecían ir  más rápido que ellos. El calor hacía reverberar el momento, los ciegos en fila iban cada vez más lento, los segundos que marca con sonido metálico el semáforo antes del cambio de luces transcurrían implacables. Calculé que no alcanzarían a llegar al otro lado antes de terminar el conteo y la jauría de motorizados se desbocaría sobre ellos calle abajo. Por la luz rasante y dura, por el desplazamiento sin afán de los ciegos, por las siluetas de los automóviles a la espera viendo desfilar los dos hombres frente a ellos, por todo eso y también porque nada más se movía alrededor, se hizo un silencio profundo donde lo único que se escuchaba era el rastrillar de los bastones que indican el camino…

Seis ciegos siguen el paso que indica el guía, también ciego, en la pintura original; se llevan agarrados al bastón o al hombro del que va adelante. En otras pinturas los ciegos se identificaban por los ojos cerrados; en La parábola, Brueghel adjudica, hasta el más mínimo detalle, una condición ocular diferente a cada uno: el segundo no tiene ojos, el tercero sufre leucoma, el cuarto una atrofia del globo ocular, el quinto no percibe la luz; al sexto lo mismo que al primero, el guía, que ya cayó en el cepo, no se les ven los ojos. Los ciegos giran la cabeza en dirección al cielo, la actitud que atrajo la atención de Baudelaire y Hoffman; la precisión en el detalle y la austeridad en el empleo de tonos tierras oscuros, verdes y grises. No hay rojos. Además, el movimiento imparable de la composición que conducirá a los seis personajes al mismo hueco, hacen de La parábola un ejemplo de la maestría de Pieter Brueghel. El drama está a la vista, el desenlace sucederá de un momento a otro.

… El silencio alrededor de los dos hombres, la precaución de su paso, la luz rasante y sus sombras alargadas atizaban el drama. Esperé en la esquina, miré sus pasos lentos y el ritmo acompasado con que rastrillaban sus bastones contra el piso. Pensé que no alcanzarían a llegar a la otra orilla. Recordé la pintura de Brueghel y agradecí que no hubiera un hueco al otro lado de la vía donde hubieran caído sin remedio. Pasaron dos años antes de que la parábola del ciego guiando el ciego me alcanzara de nuevo. Busqué entre mis papeles las notas que tomé aquel día y como Brueghel, que en su momento denunció la ceguera del poder al reprimir a quienes no están de acuerdo, caí en la cuenta de que la historia se repite y de la misma manera que hace cuatrocientos cuarenta y nueve años, los ciegos de hoy, guiados por otros ciegos, vamos sin remedio a un hueco profundo de donde nada nos sacará…

La parábola de los ciegos es una pintura relativamente pequeña: ochenta y seis por ciento cincuenta y cuatro centímetros. Se encuentra en la Galería Nacional de Capodimonte en Nápoles. La copia que quizá Baudelaire nunca vio está en el Museo de El Louvre en Paris…
Argumento. El hombre, también puede ser una mujer, pregunta: ¿ve? El ciego dice no… y caen. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

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Nada es lo que parece

15 abril, 2017 § Deja un comentario


Es difícil saber lo que piensa la gente en los lugares públicos. Los observo con disimulo y hago lo posible por imaginarlo. Ninguno creería, si se los dijera, que está en camino de convertirse en el personaje de una historia sin final de la que no podrá salir más. Por eso, dirán algunos, es mejor no mirar para ningún lado, no ver a nadie y pasar como se pasa un desierto, rápido. Por eso, por aquello del desierto, el hombre que vi venir de lejos me causó la impresión de estar en una historia de la que era imposible salir. ¿Por qué, el hombre que se acercó despacio, sin arrastrar los pies pero lento, parecía no poder salir de esa historia que lo tenía dominado? No hubiera sabido decirlo en ese momento, luego vinieron los hechos. Ya verán.
Era un hombre de apariencia corriente. Estatura promedio, edad promedio, bigote gris más bien delgado y mirada perdida tras unas gafas de carey antiguas; camisa color crema, pantalón marrón de tela sintética y zapatos también marrón. Protegía con cariño, bajo el brazo izquierdo, la forma negra y delgada de un estuche de cuero. Me dije que era músico. Tenía figura de músico. El estuche de cuero negro trajinado por el tiempo podía contener un clarinete. No tuve duda, era un estuche de clarinete, pequeño para un oboe y grande para una flauta. Lo observé sin que se diera cuenta y confirmé para mi tranquilidad que era músico. La manera de proteger el estuche lo delataba. También lo delataba una suerte de temblor permanente que parecía salido de su interior como una manera de sostener el ritmo, un ritmo de él, propio, una energía subterránea que en apariencia dominaba sin dificultad. El tamborileo con las puntas de los dedos en el aire y el tap tap, al dos por cuatro, con el zapato derecho lo ponían evidencia ante mí, experto en descifrar lo que la gente lleva por dentro y pretende no dejar ver. Había que observarlo con detenimiento para ver que la música lo invadía. Los transeúntes que pasaban a su lado o tropezaban con él no lo notaban; muchos, ni siquiera lo miraban. Fue evidente para mi que el músico iba para una cita de trabajo, era media tarde y se me ocurrió pensar en la posibilidad de un ensayo, su orquesta preparaba un concierto, en el peor de los casos, para esa misma noche; de ahí, me dije, el temblor interior que lo ponía a tono. El hombre miraba al frente, estaba concentrado en su música. Estoy seguro de que no me vio, en ningún momento me vio. Hubiera podido observarlo de frente sin encogimiento y él no lo hubiera notado. Y entonces, mirándolo bien, no me pareció que fuera integrante de una orquesta sinfónica, el tap tap con sus pies delataba un ritmo más movido, ¿salsa, merengue, cha cha, cha? no lo sé, algún ritmo de ese estilo, más no clásico. Quizá lo que desencadenó esa duda, la primera, fue el bigote delgado, pulido como una línea, al estilo Vicentico Valdés aquel cubano cantante de salsa.
Y de la primera duda surgió otra que comenzó a hacer mella, el tamborileo que pensé como marcador de un ritmo musical se convirtió en “tic” que camufla el vacío de la espera. La mirada fija al frente, el cuerpo tenso, el tap tap corto, sencillo, sin ruido, con el zapato, fueron los rasgos que eliminaron su apariencia de músico. Ya no era músico, ya no iba para un ensayo. ¿Qué era?, ¿para dónde iba?, ¿qué esperaba?, ¿el “tic” era una manifestación de nervios reprimida?, ¿y el estuche?, ¿si no era un clarinete?, ¿qué era? No sé cómo ni por qué el estuche de clarinete se convirtió en portador, fino y de cuero aunque trajinado, de caña de pescar y entonces lo del trajín pareció posible porque nadie va por montes y veredas en busca de cañadas o riachuelos, los pocos que quedan, sin desgastar el equipo. Ahora el hombre sostenía el estuche con las dos manos y sus dedos se movían al ritmo de la espera mientras, como si quisiera ignorar el lugar, su mirada continuaba fija al frente. El hombre que un cuarto de hora antes tenía figura de integrante de una orquesta que se movía al ritmo de lo que tocaría esa misma noche, pasó a reflejar la impaciencia del pescador que espera y tamborilea, sin ruido, mientras el pez merodea alrededor de su carnada. Resultó entonces claro en mis conjeturas de observador experimentado, que el hombre estaba en una historia de la que no se podía evadir. Era un pescador que hacía rutinas de espera mientras llegaba lo que tenía que llegar: una hora, un encuentro, una cita, un pez, quizá gordo. Si este hombre espera con la tranquilidad del pescador, a esta hora, en este lugar y con media hora de avance (después de media hora nada había sucedido aparte de pasar de músico a pecador), es porque no tiene nada más que hacer, duda de la certeza de la cita o espera un pez gordo a quien no puede quedarle mal.
Si es esto lo que sucede, la situación cambia, un pez gordo es otra cosa, el estuche deja de ser estuche de caña de pescar y se convierte en secreto, ofensivo, defensivo o quizá solo disculpa para salir de casa sin crear sospechas y sin dar explicaciones. El hombre, estaba seguro ahora, espera un pez gordo. Pero, a pesar de que se hacía evidente el por qué de su presencia allí, el estuche continuaba siendo un secreto. No esconderlo, no disimularlo, era la prueba irrefutable del secreto. Para que algo sea secreto hay que decirlo, mostrarlo, ponerlo en primer plano, si no se hace así no existe y pasa desapercibido. El contenido del estuche que pasó del inofensivo clarinete a la caña de pescar, se convirtió en mí obsesión y pasó a ser arma, cerbatana silenciosa y mortífera, o estilete de espía en la guerra fría. Me enfrasqué en el descubrimiento del secreto con tanta fuerza que cuando llegó el pez gordo, si llegó, o quizá utilizó el arma camuflada en el estuche, si la utilizó, no lo noté. Para mi tranquilidad, el hombre no toca el clarinete en una orquesta y tampoco es pescador, sin embargo, ignoro aun y eso me deja inmerso en su secreto, el contenido del estuche…
Argumento.Los secretos solo existen cuando se les califica como tales. Hasta entonces son nada… Así, con nada, empieza una novela secreta…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2015 / 2017

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Máscara contra máscara

8 abril, 2017 § Deja un comentario


La Arena México en la colonia Doctores, 197 calle Dr. Lavista en el DF, estaba a reventar. Pantallas gigantes, luces giratorias con colores que cambian al ritmo de la música estridente, pitos, gritos; la multitud alborotada en la fila y en el hall presagian un espectáculo seguramente difícil de olvidar. En el hall de entrada, antes de las graderías, algunos luchadores o sus dobles, rodeados de modelos en bikini posaban para los fotógrafos de ocasión, todo dueño de celular es uno. Había, por supuesto, teatralidad en las poses, en sus músculos a punto de estallar, en las modelos que se mueven como gacelas. “…Las actitudes y vestimentas teatrales de los luchadores presagian el futuro de su papel en el cuadrilátero…” escribe, palabras más palabras menos, Roland Barthes en su texto sobre el mundo de la lucha libre. “Catch” en francés. La teatralidad del momento, la expectativa de lo que íbamos a presenciar, la presencia de los luchadores o sus dobles y las modelos en hall, no parecía fuera de lugar. Estábamos allí para ver un espectáculo con personajes de habilidad extrema en el cuadrilátero, personajes que conocen su papel, el devenir de sus intervenciones y también los gestos y voces, con los que enardecen el público o entre ellos, llegado el momento.
La teatralidad también está en el público. En la fila antes de entrar y en el hall me crucé con asistentes enmascarados como los luchadores que íbamos a ver: ¿luchadores en asueto?, ¿aficionados que se toman el momento a pecho? En la fila de asientos delante de la mía, a unas diez o doce filas del cuadrilátero y con vista total del espectáculo, menos en los momentos de mayor algarabía cuando el público se para, grita, levanta los brazos, vitorea o rechaza a uno u otro de los protagonistas, cuando todos hacemos lo mismo, una pareja joven se emociona, se abraza, se separa, se besa, a veces de pie, a veces sin levantarse de sus puestos; él lleva máscara de luchador color naranja con arabescos negros, ella no; la máscara, sin embargo, no impide la emoción, la estimula.


La Arena México está a reventar. Esta noche el combate estelar promete emociones, máscara contra máscara, El Diamante Azul contra Pierroth. Es combate de apuesta. En los combates de apuesta, máscara contra máscara o cabellera contra cabellera, quien pierde debe quitarse la máscara o raparse la cabeza, y eso, según la norma establecida, equivale a desaparecer. No volverá a subir a un cuadrilátero con el nombre y la máscara o la cabellera con la que perdió el combate de apuesta. Pierde la incógnita en el caso de la máscara o la personalidad en el de la cabellera. Y si regresa a los cuadriláteros será bajo otro nombre y con otros distintivos. Supe de un luchador que en un combate de apuesta, cabellera contra cabellera, perdió, fue rapado por su contrincante y cuando regresó enmascarado lo hizo con tal suerte que por su estilo, por sus fintas, el público lo reconocía y le gritaba el nombre anterior. He aquí una diferencia con el “catch”: el luchador de “catch” no tiene la preocupación de ganar sino de realizar las posturas que se esperan de él; Roland Barthes anotó en su texto que el “catch” es un espectáculo y no un deporte. La lucha libre tiene tanto de uno como de otro con la diferencia de que el luchador que participa en combates de apuesta pone en juego su identidad, su personalidad en el cuadrilátero y perder puede ser una lastre de por vida.
La norma es estricta, quien hace carrera, con máscara, en el mundo de la lucha libre no puede mostrar su rostro en público y tampoco dejar conocer su nombre, por ningún motivo. Las entrevistas en la prensa o la televisión; la llegada o salida en ropa de calle de la Arena serán siempre con la máscara. La máscara, llamada la incógnita, es su imagen pública. Y en esto hay algo de teatral: el luchador enmascarado es un actor. La máscara le otorga una personalidad, una manera, un estilo; la máscara significa su personaje. La máscara es su heterónimo. El heterónimo de El Santo, el enmascarado de plata, uno de los más legendarios luchadores es Rodolfo Guzmán Huerta o quizá es al contrario; el nombre y apellidos de El Santo solo se conocieron en el momento de su retiro. Sucede con frecuencia a los luchadores, héroes incógnitos, a quienes la gente reconoce y pide autógrafos cuando llevan la máscara y no los reconocen, los ignoran, cuando van por la calle sin ella. Con la máscara son famosos, sin ella son transeúntes anónimos. Durante la velada presenciaremos, aparte del combate de fondo, otros cinco combates y el homenaje a un hombre que llegó al retiro de la actividad sin perder la máscara, con la incógnita intacta; se trata de El Villano III quien, acompañado por sus hijos, luchadores enmascarados como él, se quitará la máscara en el cuadrilátero frente al público y dejará ver su cara. Volverá a ser él, después de años en los cuadriláteros. Un momento emocionante, sin lugar a dudas.


Los combates se disputan a tres asaltos. El luchador que quede inmóvil, la espalda contra la lona pierde y es el fin del asalto. El primer combate femenino enfrentó seis mujeres, tres contra tres; luego vinieron dos combates masculinos también tres contra tres; la disputa por un campeonato mundial entre El Último Guerrero y Matt Taven; y, antes del homenaje a El Villano III, la disputa de otro título mundial de tríos masculino. La norma establecida enfrenta siempre rudos contra técnicos. Los rudos van contra todo, no respetan las reglas y para ellos todo vale, son los villanos. Los técnicos, por el contrario, respetan y casi siempre tienen el favor del púbico, son los héroes. Los rudos hacen gestos agresivos a las graderías desde lo más alto de las cuerdas y cometen faltas que son abucheadas; sin embargo atizan la emoción y la participación del público que se levanta y grita para rechazarlos o apoyarlos. Entre el público hay partidarios de los dos bandos.
A medida que se desarrolla el combate los golpes van y vienen, las patadas voladoras, los brazos inmovilizados, los tirantes a los brazos, las llaves de rendición, las de dolor, los toques de espalda y los forcejeos a ras de la lona, los candados al cuello y a los brazos; todos los movimientos son una demostración de habilidad, arrojo y estado físico. De un momento a otro, sin que nadie lo espere, uno de los combatientes, quizá un técnico aunque un rudo también lo hace, corre de un lado a otro del cuadrilátero, se deja rebotar contra las cuerdas del costado opuesto y en su regreso golpea con el antebrazo el cuello y los hombros de su oponente que posiblemente no espera la maniobra. En otras ocasiones el rudo sorprende al héroe con una voltereta en el aire, se amarra a su cuello con los pies y en una finta veloz de su cuerpo, lo derriba a la lona. El héroe queda golpeado o se entrega a la derrota, sin embargo se recupera con facilidad inesperada y en segundos se encuentra de nuevo con los brazos al frente y las manos abiertas a la espera de empuñar las del rudo como si nada hubiera pasado. Caer fuera del cuadrilátero es frecuente, buena parte de los combates tiene lugar en el espacio abierto alrededor, cerca y a veces entre el público. Cuando uno de los contrincantes cae fuera su oponente vuela entre las cuerdas, se suspende en el aire y va a dar con todo su peso encima del otro y allí, en ese pasadizo estrecho, continúa la lucha. Entonces la Arena tiembla, grita, ovaciona.

El Santo, El hijo de El Santo, El Cavernario, Karloff Lagarde, La Pantera Sureña, El Copetes, El Villano, La Orquídea Negra, Blue Demon, El Pandita, El Matemático Junior, Aníbal, El Hijo de Aníbal, Cien Caras, Dragón Lee, Marco Corleone, Los Misioneros de la Muerte, El Espanto, La Princesa Guerrera, El Invasor, Estrellita, Tiffany, El Polímero Espacial, El Espíritu, Olimpus o Al Rojo Vivo, y muchos otros con nombres pintorescos, extraños o agresivos han sido héroes o villanos; mujeres y hombres, que han trasegado los cuadriláteros de México, Estados Unidos, América y Europa, durante décadas. Algunos han perdido su incógnita o su cabellera pero casi siempre han vuelto con otro nombre o con otra personalidad. La lucha libre es un arte que se hereda, que vive en las familias de padres a hijos a sobrinos incluso a nietos y por ruda que parezca, no descarta mujeres, algunas de ellas luchadoras con historiales de campeonas. Por esto no es extraño encontrar parejas de hermanos, o padres e hijos, que luchan juntos, se lleva en la sangre.
El combate de fondo, máscara contra máscara entre El Diamante Azul y Pierroth, fue un espectáculo desde la salida de los contrincantes por la rampa inclinada que lleva al cuadrilátero. El Diamante Azul hace honor a su nombre y pasa entre las cuerdas envuelto en una capa azul, amplia y semi transparente. Todo en él es azul: la máscara, los botines, la pantaloneta. En tres vueltas rápidas saluda a su público. No ha terminado aun cuando, de un momento a otro, una figura con vestido de calle, saco y pantalón negro, camisa blanca y corbata también negra, entra al cuadrilátero como una tromba. Lo único que lleva a pensar que no se trata de un espontáneo que saltó allí para saludar al Diamante es la máscara negra con arabesco blanco: es el El Pierroth que invade con fuerza el terreno; de un tirón arranca sus ropas y queda en pantaloneta, listo para el combate. El publico grita, aplaude, abuchea. La pareja delante de nosotros: él con máscara, ella no, se abrazan con emoción. Fueron tres asaltos disputados. Las llaves, las fintas, los candados, los saltos y contra saltos, abundaron. Un candado al brazo a ras de lona en el tercer asalto, con la espalda del Pierroth vencida, dio como ganador a El Diamante Azul. El Pierroth perdió la incógnita. Como nos habían prevenido nuestros acompañantes Diana y Agustín, Luz Elena, mi mujer, y este cronista, terminamos como la concurrencia, aplaudiendo el espectáculo, aplaudiendo a héroes y villanos. Era cerca de la media noche cuando salimos en busca de un carro a la calle Dr. Lavista…
La Familia Lorenzo, pintores de padres a hijos y a nietos, originarios del estado de Guerrero, son los autores de los luchadores que ilustran esta Marginalia. Nos encontramos con Fernando Lorenzo un miembro de la familia en el puesto que tienen los sábados en el mercado San Ángel en el DF. Siempre están por allí…
Argumento. Todos tenemos un heterónimo, dijo. Por lo menos uno, respondió el otro… O más volvió a decir el primero… Así con ese inventario comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

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