Cosas 30

4 julio, 2020 § Deja un comentario


Alebrijes

Sigue la narración de una búsqueda de hace algunos años que dio como resultado el Alebrije que conservo cerca y hace parte de lo cercano de cada día. Sucedió así: Alebrije en “caló”, variante del “romaní”, lengua gitana, significa: cosa enredada, difícil y de tipo confuso o fantástico. Nunca había escuchado la palabra que un conocido, al enterarse de un posible viaje a México, mencionó como algo que quería para él. Después de buscar en diccionarios y en internet encontré que los alebrijes eran figuras fantásticas creadas por un “cartonero”, así llaman en México a quienes hacen figuras en papel maché, llamado Pedro Linares López. En 1936 Pedro sufrió una grave enfermedad y cuando volvió del coma dijo que se había encontrado con animales fantásticos, que le gritaban ¡AlebrijesAlebrijesAlebrijes! Eran leones con cabeza de perro, serpientes con alas y testuz de jaguar, iguanas de colores y colas retorcidas en tirabuzón, puercoespines con apariencia de osos hormigueros y puntas de colores en el cuerpo. Para que sus familiares vieran cómo eran aquellos seres fantásticos los recreó en papel maché, con tan buena fortuna que la fama de sus figuras traspasó los muros de su casa. Otra versión dice que los Alebrijes fueron obra de un artesano esquizofrénico de Oaxaca que, en sus crisis alucinatorias, veía seres fantásticos, armados con alas, cuernos, garras y cabezas de animales que no pertenecían a esos cuerpos. Las dos versiones tienen un punto en común, ambas aseguran que los hijos heredaron el oficio de “alebrijeros”. Entre los alebrijes creados en Ciudad de México y los de Oaxaca hay una diferencia fundamental, los primeros son hechos en papel maché, los segundos tallados en madera de copal. Buscar los alebrijes en el DF, como llaman en lenguaje telegráfico a Ciudad de México, se convirtió en una persecución en filigrana por la variedad de versiones que nos llevaron por pistas equivocadas. No todas las figuras zoomorfas que se concentran en los anaqueles, mercados o vitrinas de almacenes y puestos de artesanos, son alebrijes. Alguien nos dijo que en la Avenida del Ayuntamiento pero encontramos el rastro frío. Al día siguiente fuimos por los alrededores del Zócalo, los habían visto por allí pero solo dimos con almacenes a puerta seguida que ofrecían la mayor cantidad de Vírgenes de Guadalupe que habíamos visto. En un restaurante de Coyoacán tuvimos por vecino de mesa a Juan Villoro y estuvimos a punto de interrogarlo, quizá él conociera alguna pista pero los espejos que duplicaban el lugar nos dejaron la sensación de que solo habíamos visto su reflejo. En “La Ciudadela” encontramos un “alebrijero”. Había allí, en canecas transparentes, innumerables alebrijes en papel maché, casi todos representando un animal de cuatro patas con garras de dinosaurio, aleta en el lomo y pico abierto de ave en lugar de hocico, ninguno estaba pintado. Un hombrecito pequeño, con apariencia de muchacho pero voz de bajo que lo hacía parecer mayor, nos dijo: “en San Ángel”. Para llegar allí pasamos por callejones estrechos de piso en piedra y casas con muros insalvables. Recorrimos puestos con músicos, pintores de Ex-Votos, vendedores de telas bordadas con animales inesperados cercanos a los alebrijes, pintores de lucha libre y tejedores de sueños, hasta que llegamos a un “alebrijero” de segundo piso. Detrás de vitrinas protectoras nos esperaban tallados en copal, pintados, de todos los tamaños y combinaciones de alas, garras, colas, cuerpos y colores. La pista estaba allí, sin embargo, la persecución solo comenzaba y debía seguir en la medida que los “alebrijeros” en madera de copal de Oaxaca o de papel maché del DF, estimulen la imaginación con combinaciones cada vez más fantásticas…

Cosas…

… La “cosa” es cosa seria y deja sin respiración… Qué “cosa”…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 29

27 junio, 2020 § Deja un comentario


Drama

Una mañana, antes de que la “cosa” nos confinara, subí al metro en la estación de Envigado. Iba para el Parque de Berrío tras uno de los recorridos que por aquellos tiempos hacía con frecuencia por las calles del centro. Era temprano y el vagón venía con puestos libres; incluso mi lugar preferido, al lado de las puertas corredizas, contra la barra que separa los asientos del área de desembarque estaba desierto. Apenas subí al vagón ocupé, de pie, mi lugar de siempre. A pesar de que me hubiera podido sentar “prefiero no hacerlo”, copia de la sin razón de Bartleby. Desde ese puesto tengo visión global del vagón, de los pasajeros y de lo que hacen, sobre todo de cómo manejan sus ficciones, algo sencillo cuando la práctica para descubrirlas, por un movimiento, por un tic, por un cruce o descruce de piernas o por un abrir y cerrar del bolso o el morral, se agudiza. Aquella mañana desde mi puesto al lado de la puerta que no se iba a abrir porque el andén de las estaciones siguientes estaba en el otro costado, tenía vista amplia del vagón y sus pasajeros. A esa hora, diez o diez y media de la mañana, viaja gente que no tiene afán ni horarios por cumplir, debe hacer alguna diligencia sin la presión de la urgencia o tiene tiempo para llegar donde debe llegar. Dos hombres altos, gruesos, uno con maletín de vendedor; el otro con gorra de deportista que no hace deporte y un estuche como de taco de billar, estrecho y largo colgado del hombro, se sostenían en la barra del pasillo; una enfermera y tres estudiantes ocupaban asientos cerca de dos señoras que iban a encontrarse con amigas, lo supuse porque iban bien vestidas, maquilladas y no paraban de cuchichear entre ellas. De los pasajeros cercanos, las dos mujeres y el hombre con el taco de billar al hombro eran los únicos que no estaban concentrados en mirar fotos o chatear. Los otros, incluso un policía, iban pegados del aparatico. Si los tomara uno por uno, seguramente encontraría sus ficciones a flor de piel. Iba precisamente a concentrarme en el hombre con gorra y taco de billar al hombro que parecía libre de celular, de tiempo, de la presión de un jefe fastidioso o de una esposa angustiada y seguramente iba jugar algún campeonato de tres bandas que tenía pensado ganar, cuando una mujer de edad promedio se atravesó entre nosotros y me obligó a seguirla con la mirada; era una mujer bonita que caminó apresurada hasta detenerse frente a la puerta siguiente. El tren iba a entrar en la estación y la mujer quería bajar en ella, no parecía nerviosa pero una suerte de rasquiña la obligaba a mantener la mano cerca de la oreja izquierda; los audífonos, me dije, es lo normal en estas épocas de conexión permanente. El tren entró en la estación, las puertas se abrieron, nadie subió, la mujer tenía espacio para bajar pero la molestia en la oreja no la dejaba tranquila y cuando el timbre anunciando el cierre de puertas sonó, dio un salto hasta el andén, apenas lo hizo giró sobre sus talones porque un brillo, pequeño, cayó de su oreja al piso, la mujer lo sintió, quiso volver pero el cierre de las puertas ya era irreversible. Nadie. Ni los dos hombres de pie, ni las mujeres que iban a la reunión de amigas, ni la enfermera, ni los estudiantes se dieron cuenta del drama que dejó como evidencia un brillo pequeño, bien visible desde mi puesto, en el piso de caucho oscuro. Me adelanté hasta la puerta y recogí el objeto, un arete con piedra morada y brillantes alrededor. Lo guardé en mi bolsillo. Pensé bajar en la estación siguiente y esperar a la mujer para devolverle el arete pero me pareció inútil; lo hubiera tenido que llevar a la oficina de objetos perdidos pero no lo hice. Decidí guardarlo. Por culpa del encierro, hace pocos días mientras organizaba los objetos que conservo cerca de mi puesto de trabajo, me crucé con el arete que me recordó su drama y el del hombre con gorra de deportista que, es posible, regresó a casa sin jugar el campeonato de billar que tenía pensado ganar…

Cosas…

… Siendo las cosas lo que son, la que nos tocó en suerte, sin forma ni color, no es una “cosa”… es otra “cosa”…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 28

20 junio, 2020 § Deja un comentario


Otto

Las coincidencias están en todas partes y cuando se cruzan el resultado es inesperado. Hace pocos días el tedio del confinamiento me llevó a revisar el contenido de mi computadora. Por azar abrí una carpeta de hace algunos años donde encontré un texto titulado: La sombra de Marolini. Me entró curiosidad porque recordaba poco el texto, pensé que lo había escrito otra persona. Se trata de una novelita corta de esas que no publica nadie porque no es de mafiosos ni tiene el morbo del desarraigo social incluido y menos aun la “cosa” que nos acorrala. Es una novelita que narra la relación entre “El Gran Marolini”, mago de circo, y un joven de quien nunca se menciona el nombre y llega o mejor, no llega, a ser su ayudante porque vive enamorado de la diva que acompaña al mago en escena: “Galaxia”, una mujer hermosa que aparece y desaparece pero desaparece más de lo que aparece. En la búsqueda de “Galaxia” el joven candidato a asistente cuenta su búsqueda al trapecista: Lucio Lomas en la vida civil; “Otto. The flying man” en escena, en homenaje a Otto Lilienthal el inventor del planeador. Otto era un solitario que salía de su carromato para hacer acrobacias en el trapecio; el resto del tiempo lo pasaba pintando máquinas voladoras con la minuciosidad de quien sabe de volar. “… Vivir en los aires es mi profesión. Fui ‘hombre bala’ pero un accidente me planteó la disyuntiva: el trapecio o el pavimento. Elegí el trapecio…”, confiesa Otto en un momento de la conversación. Leí la novelita. Otto llamó mi atención por su convicción de hombre volador pero sobre todo porque reencontrarlo, pues fui yo quien escribió la novelita, me llevó al efecto “coincidencia” que menciono en la primera línea de este texto. En una repisa cercana al puesto donde paso buena parte de mis días, un grupo de trapecistas, ocho, venidos de distintos lugares esperan que me detenga a su lado y apriete la base del trapecio para ejecutar malabares que no se repiten. Dos, llevan vestido de superhéroe, Batman y el Hombre araña; otro lleva un vestido de letras porque lo recibí en una Fiesta del Libro; otro, es mujer, lleva un vestido corto, oscuro con puntos claros, y la encontré en un bazar en el oriente de Antioquia; los otros cuatro, llevan uniformes de equipos de fútbol: Medellín, Nacional, Selección Colombia, el de la Selección se repite. Los vende un hombre que podría ser Otto, por su aplicación al vuelo de los malabares, en una esquina a tres semáforos de mi casa. Lo vi cuatro veces, en cada una me pareció que lograba obtener de los trapecistas, frente a las ventanillas de los carros, malabares irrepetibles y cada vez le compré uno. Un medio día le pregunté si tenía trapecistas con uniformes de otros equipos, el Barcelona por ejemplo. Me miró, seguramente como Otto miró al joven candidato a asistente cuando le preguntó si conocía a Galaxia, por supuesto, en ese momento no hubiera podido imaginarlo, pero el hombre que ahora recuerdo como Otto me miró y me dijo: la semana entrante se lo tengo. Pero la semana entrante no llegó, la “cosa” nos acorraló y nos tiene haciendo malabares en tierra. Ojalá Otto, el de la esquina a tres semáforos de mi casa, siga con su aplicación al vuelo de los trapecistas…

Cosas…

… ¿Será que con el tiempo llegaremos a pensar: no hay “cosa” que por bien no venga? … ¿Será?

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 27

13 junio, 2020 § Deja un comentario


Espejismo

Sucedió en uno de esos pasillos limitados por telas de plástico verde que se utilizan para disimular, a ojos de los transeúntes, el avance de las obras públicas. Medio día, el sol y el calor se cuelan por todas las rendijas, las únicas sombras son las que proyectamos la mujer vestida de flores de todos los colores que avanza por el pasillo y yo, unos diez pasos detrás. Nadie más de este lado del plástico verde. Del otro lado se escucha el fragor de los taladros mecánicos y el choque del metal contra el pavimento que es necesario romper para instalar otro que quedará como nuevo cuando las reparaciones en las tuberías estén listas. El tráfico de vehículos particulares, además de taxis, buses, camiones y camionetas de todos los tamaños, contribuye al estrépito que sacude todo a los dos lados del plástico verde. El pasillo, transitable a riesgo del peatón, parece una servidumbre desierta si no fuera por el ruido y la polvareda. De repente un brillo fugaz cae de la mano de la mujer y rebota contra el pavimento. Ella, sin prestar atención al objeto, sigue su camino. Hubiera esperado un gesto, ver que se detiene y lo recoge, pero siguió como si nada hubiera sucedido. Dos cosas: no se dio cuenta de la pérdida o no quiere ser reconocida dejando objetos abandonados en la calle. Como no había notado que yo estaba a unos pasos, caminé un poco más rápido, disminuí la distancia entre nosotros y comprobé que lo que cayó de su mano fue una pierna de Barbie, la muñeca que primero fue juego de adultos y luego de niñas, casi destruida, arrancada de su cuerpo por la fuerza, rota. Mientras me recosté contra la tela verde para tomar la fotografía la mujer se alejó, caminó más rápido y unos pasos más adelante otro objeto se deslizó de su mano. Aceleré el paso. Ella también. Alcancé el nuevo objeto y me encontré con otra pierna de Barbie, esta vez sin zapato, sin pie, al lado de una marca verde pintada sobre el asfalto por los ingenieros de la obra. Se está deshaciendo del pasado, me dije y quiere que se lo trague la tierra o, al menos, los trabajos en la vía. La mujer caminó sin mirar atrás y a medida que avanzaba, rápido pero sin correr, quizá no tenía la fuerza para eso, dejaba caer al pavimento roto y polvoriento por los trabajos, pedazos de Barbie: brazos, piernas, torso, abandonados a su suerte. El cuerpo entero. Íbamos más allá de la mitad de la servidumbre cuando la perdí de vista, ella avanzó rápido y yo me distraje con los pedazos que encontré. De repente, por culpa de un viento que no sé de dónde vino y levantó el plástico verde unos ojos me miraron fijamente. El plástico subió y bajó. Los ojos me miraron y desaparecieron tras el verde. Parecían fijos. Una camioneta estuvo a punto de atropellarme cuando intenté agacharme para verlos de cerca. Descubrí entonces que un par de ojos sin mirada me miraban sin pestañear enmarañados en la cabellera rubia de Barbie. Recordé entonces una frase que siempre pensé de Borges: “…No son ojos porque te ven sino porque los estás viendo…” –alguien me señaló un día que no era de él–. Quizá, me dije, los fragmentos de muñeca, la mujer que ya había desaparecido y los ojos enmarañados por la cabellera, fueron un espejismo, una jugada de la hora, del sol, de la ausencia de sombras. Sin embargo, la pierna certifica el momento. La mujer, el espejismo como la llamé, se alejó sin mirar atrás abandonando en el camino, como marcas para un improbable regreso, fragmentos de tiempos idos…

Cosas…

… Cuando no las entendemos, las cosas como la “cosa”, nos acorralan…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 26

6 junio, 2020 § Deja un comentario


Marcado

Al otro lado del cruce de Junín con la avenida La Playa donde en otras épocas el café La Bastilla, fundado en 1920, fue centro de reunión de artistas, poetas e intelectuales con don Tomás Carrasquilla a la cabeza, tuve la idea de pedir un café y esperar, siempre estamos a la espera de algo, mientras miraba pasar la gente. Es posible que en algún recoveco de aquella intención se encontrara el deseo de ver aunque fuera de lejos al mismísimo don Tomás tomando café y conversando con sus amigos. El lugar, hoy, no tiene parecido con el Café de antes, la clientela parece apurada, consume sin hablar y libera la mesa tan pronto termina. Aparte de la mesa vecina donde dos hombres mayores tomaban un desayuno abundante en silencio, tal vez están allí desde las épocas de don Tomás, en las otras mesas no se notaba la intención de mirar la gente, conversar o escuchar, como antes, alguna historia de boca de don Tomás. Por un lado el ruido de la calle que no deja hablar ni escuchar y por el otro, una cierta presión en el ambiente que obliga a partir. Solo los dos hombres mayores en la mesa vecina parecían protegidos de aquello, incluso llegaron a cruzar entre ellos palabras que no pude escuchar. Terminé mi café y como es costumbre fui a hacer la fila frente a la caja para pagar mi consumo. Delante de mí, seis personas con sus tiquetes en mano esperaban que un joven vestido de negro con peinado en puntas engominadas y brazos tatuados recibiera tiquetes y dinero. Cuando llegué a la fila el joven sostenía un intercambio de palabras y billetes con el cliente que encabezaba la fila. Con el siguiente fue igual y con el siguiente también. La fuerza indefinida que incitaba a partir y el ruido me obligaron a espiar la causa de la demora. Alcancé a notar que un billete era objeto explicaciones, demoras y devoluciones. El cliente delante de mi pagó su consumo, revisó el cambio y cuando llegó al billete en cuestión lo devolvió al joven quien, con un gesto de impotencia, lo recibió y lo cambió por otro. Mi turno sucedió como en cámara lenta. Los brazos tatuados, la mirada precisa, el teclado de la registradora, el recibo de mi consumo y la voz por encima de todos los ruidos: tres mil novecientos pesos, fueron como una acción eterna. El joven recibió mi billete de cinco mil pesos, inscribió el valor, esperó que la registradora entregara el tiquete con el monto de la devuelta, tomó el billete que nadie quería del lugar donde siempre lo dejó y me lo entregó disimulado bajo el recibo de caja, blanco con cifras negras, casi tan grande como el billete, además de una moneda de cien pesos. Esperó que yo lo recibiera. Todo esto en cámara lenta tomó una eternidad. Recibí el billete marcado con una escritura azul por las dos caras, quizá una declaración o una historia que quise conocer, mientras el joven esperaba mi reacción. Una fracción de segundo, eterno, se deslizó entre su mirada precisa y el movimiento de mis manos al doblar el billete por la mitad y guardarlo en mi billetera, como si nada. Respiró con alivio y liberado de semejante peso se dispuso a recibir el dinero del cliente que seguía en la fila. Entonces salí a la acera de aquel Café con historia, con la seguridad de llevar en mi billetera otra historia marcada en el billete…

Cosas…

… Dicen que la “cosa” vino para quedarse. Lo que pasa es que nadie quiere saber dónde, ni cómo, ni con quién…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” en la imagen y listo…

Cosas 25

30 mayo, 2020 § 1 comentario


Náufrago

Los personajes aparecen en cualquier mesa de café, puerta de casa o esquina. Con libros o cajas de herramientas bajo el brazo o entre cachivaches en la cima de un arrume de reciclador. Sin embargo, los personajes no aparecen, están, no los vemos y cuando los vemos por culpa del azar o la coincidencia, rodeados por un  halo que los separa del resto, en general están a punto de hacer otra cosa. La coincidencia tuvo su parte en este encuentro. Primero un marco de madera destartalado que se sostiene entre la esquina de una caja de cartón y una tela azul cielo hecha un nudo en la cima de una carreta de reciclador cargada hasta el tope. Allí, en lo más alto estaba el marco, y no lo hubiera visto si el hombre que arrastraba la carreta, Javier es su nombre, no se detiene en la esquina antes de la glorieta porque el tráfico le hacía difícil el paso. Segundo, lo alcancé en la esquina. Todo lo que había visto hasta ese momento era el arrume de cachivaches atado con cuerdas por los costados y balanceándose, un peligro para quien se encuentre a su lado si el equilibrio falla. Tercero, esperábamos el momento de cruzar. Más por desconfianza que por curiosidad miré la cima del arrume, vi el marco de madera y en su interior una cara borrosa. Pregunté a Javier, desconocía aun su nombre, qué era ese marco y respondió que no era nada; viene con el viaje, murmuró sin quitar los ojos de la calle. Le compro el marco, dije, ¿cuánto vale? No respondió, me miró como si midiera cuánto podía cobrar por el marco pero vio poco porque repitió: no vale nada, ¿para qué lo quiere?, eso no sirve para nada. Le doy diez, dije. Entonces me miró con más detenimiento, bajó el freno de estacón de la carreta y con una agilidad que nunca hubiera imaginado subió por el borde, aprovechó para tensar la cuerda, agarró el marco medio destartalado y lo dejó en mis manos. Todo en segundos. Era la fotografía en sepia de un hombre tal vez joven con corbata, saco oscuro y camisa blanca, un uniforme quizá; suposición que vino por el pelo de corte a ras y la pose rígida. Un accidente, ¿un naufragio? borró los detalles: ojos, nariz, boca; mojó la fotografía y la adhirió al vidrio que en el desbarajuste fue lo único que quedó intacto; o, se me ocurrió pensar, mientras Javier esperaba mi reacción al tener el marco entre mis manos, que una marea constante lo dejó sin identidad posible y el tiempo hizo el resto. Recordé una película de hace años en blanco y negro o sepia como la fotografía: “El hombre que nunca existió”. Entregué el billete de diez a Javier, fue cuando pregunté su nombre, que no podía creer en la venta, y seguí rumbo a mi casa con la foto, el marco destartalado y el vidrio sin rasguños. Lo recordé como parte de una operación de espionaje durante la guerra que terminó en simulacro de naufragio en una playa desierta. Desde aquel día el marco destartalado con vidrio intacto y foto borrosa del hombre que nunca fue, hace juego con otros marcos que cuelgan en la pared frente a mi puesto de trabajo en la pieza donde paso buena parte de mis días…

Cosas…

… Dónde andará la “cosa” hoy. ¡Vaya “cosa”!

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” y listo…

Cosas 24

23 mayo, 2020 § 1 comentario


Poncherazos

Un “poncherazo” es una fotografía tomada sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco. Como salga. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado había fotógrafos en las calles de las ciudades que hacían “poncherazos” de los pasantes que, casi siempre, caían en la cuenta cuando el “poncherazo” ya no tenía reversa. Los transeúntes recibían un comprobante numerado con el que podían reclamar su foto ese mismo día por la tarde o la mañana siguiente, a más tardar, en un local con puerta a la calle, a cambio de una tarifa razonable. Eran pocos los que no pasaban a recoger sus fotos, para verse, burlarse o pegarlas en los álbumes familiares. Ya no hay fotógrafos de “poncherazo” en las calles. Desde que llevamos una cámara en el celular, somos fotógrafos de “poncherazo” en potencia. Incluso yo, que no soy fotógrafo, he cometido algunos pero debo decir que también los he escrito…  

Tres puestos libres. Una sombra se abalanza sobre el que tiene más cerca. Quedan dos puestos. El sujeto de camisa a cuadros a mi lado espera que yo ocupe uno, lo presiento. Antes de decidir lo que voy a hacer pasa a mi lado y me empuja. Es una clara insinuación para que me siente. ¿Una orden? Ignoro el empujón, no ocupo ninguno de los puestos vacíos. La sombra sonríe…

• Frente a mí un anciano revisa su pasaporte. Lo abre sobre la mesa y saca del bolsillo de su chaqueta una bolsa de plástico con fotos. Una docena de fotos y las extiende sobre la mesa. Tiene la intención de elegir una. Algunas regresan a la bolsa y con las otras arma una columna al lado del pasaporte abierto. Compara. Hace una nueva selección y deja solo dos sobre la mesa. Las otras van a la bolsa. Con calma las coloca en el lugar que corresponde. Elige una. Arranca la foto pegada al pasaporte, saca un tubo de otro bolsillo de la chaqueta, aplica dos gotas en el reverso de la elegida y la fija en el lugar donde estaba la que arrancó. La considera con cuidado, se mira a un espejo satisfecho…

• Dos mujeres se miden ropa en un almacén. Una entra al apartado donde cambia de prendas. La otra espera. Se turnan para entrar a medirse la ropa. Se hacen comentarios. En general son comentarios grises: “se te ven los gordos”, “te ves muy bajita”, “tus tetas se pierden”. Como ocupo un lugar preferencial escucho lo que dicen. No tardo en darme cuenta de que a cada cambio de prendas los comentarios suben de tono. Si alguien llegara en este momento diría que la guerra está cerca. La sorpresa es mayor cuando las mujeres parten, dejan un desorden parecido a un campo de batalla, no compran nada, y sonríen satisfechas…

• Detrás del sol canícular un hombre me ofrece una botella de agua helada. Parece más espejismo que presencia. No habla. Desde más allá del resplandor me ofrece la forma de una botella que no alcanzo a atrapar. Entonces veo el juego, muestra la botella, yo intento atraparla y la botella desaparece, solo queda el resplandor. En la esquina siguiente comienza de nuevo. Solo veo el espejismo …

• Una flaco vestido de verde besa a la mujer a su lado. Le arranca el beso. Ella no deja ver dolor, no siente nada, no cierra los ojos y se deja hacer mientras sus labios quedan pegados a los de él. Mientras la besa, sube sus piernas sobre las de ella, enmalladas de negro que se encogen sin remedio. Se besan sin mirar…

• Un sujeto mayor intenta tomar la fotografía de un vaso desechable con su celular. Lo intenta varias veces: de más cerca o de más lejos. Hace la foto, corrige y la repite con una mínima diferencia de distancia y ángulo. Toma cuatro fotos, después las mira y no sabe cuál escoger para mandar a su mujer que quiere saber qué hace en ese momento…

Una mujer a mi lado pregunta la hora a otra que está detrás de una puerta cerrada. A pesar de que la puerta es de vidrio no la escucha y responde con señas que la mujer afuera no entiende. Esto la desespera. Levanta la voz, se nota urgida; sin duda tiene necesidad de conocer la hora, está retrasada y por esto insiste en comprender los gestos de la otra al interior. Por señas la mujer al interior responde a los gritos. Se ven pero no se escuchan, las señas son incomprensibles y el tiempo pasa. El poncherazo queda…

Cosas…

… Sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco la “cosa” nos atrapó…

Ficción La Revista está en

Cosas 23

16 mayo, 2020 § Deja un comentario


Leer

El número ocho de Ficción La Revista circula hoy, sábado dieciséis de mayo de este año de gracia 2020. Recuerdo que el último enero, en la primera Marginalia del año, escribí lo siguiente: “… 20/20 es la medida de agudeza visual. El primer 20 es la distancia, en pies, a la que se encuentra el objeto del sujeto; el segundo 20 es la distancia a la cual el sujeto ve el objeto en detalle. Si se dan estas medidas, la agudeza visual es perfecta. Esperemos que en el 2020 que llega, la agudeza no sea solo visual, que también sea para escuchar, para entender, para distinguir verdades de mentiras, política de politiquería, para hablar menos y hacer más, para vivir y dejar vivir…” Hoy, cinco meses después, esperemos que la agudeza sea también para leer, tema central de este número de la Ficción La Revista. Buenas y provechosas lecturas:

… Frases tomadas al azar en los textos que hacen parte de esta edición son la mejor definición de leer: su significado y trascendencia: … La profesora quería que hiciera énfasis en mi faceta de lector […] Hace días viene leyendo a Elvira Sastre y “Días sin ti” la dejó casi sin aliento […] Liberó legendarios lenguajes; labró lustrosas leyendas, legando lúcidas lecciones literarias […] Las primeras letras que junté como una suerte de invocación al milagro fueron las que, en una cartilla muy colorida […] Dante, en el último círculo del infierno, le habla al lector, le advierte que no dirá más de lo que está viendo y de paso lo reta […] Durante siglos, saber escribir fue privilegio de pocos; aún en los albores del siglo XXI millones de personas en el mundo continúan ajenas a su dominio […] Se leyó a la mujer mientras comía, lentamente, aprendiéndosela de memoria, como si leyera un tratado importante de filosofía o una historia del mar de Creta […] Una carta en sobre cerrado, / una promesa arrojada al buzón / baila entre mis dedos, / mientras, / el estado de excepción / se abre paso en cada vuelta […] Sabía que tenía libros suficientes, dado el caso de que, como sospechaba, le iba a sobrar mucho tiempo […] Tallamos el cuerpo con lecturas: Palabras luciérnagas. Palabras Océano. Palabras solares. Boscosas palabras nos tallan los cuerpos que hay en el cuerpo […] Leer es asistir a un concierto de palabras que devienen en imágenes, ritmos y sonidos […] Hay que leerlos. Suelen llegar en la noche. Hay que leerlos detenidamente y más cuando suelen llegar de uno en uno. Hay que leerlos en la oscuridad. Leerlos en silencio […] Leer ahora es leerme a mí misma, revisarme entre las páginas de mi vida. Caminar entre las páginas de mi vida […] “Lee. ¡Escucha!”, me decían mis hijos, mi esposo, mis padres, antes de dormir […] Para dar cuenta también de que “leer” ha tenido y seguirá teniendo transformaciones y que estas transformaciones nos llevarán a espacios imaginativos no explorados […] Leer es una cuestión de actitud. No solo se leen cartas, libros, artículos o avisos, también se leen imágenes… Lo leído hasta aquí y mucho más se descubre en este número de Ficción la Revista…

Cosas…

… ¿Hemos aprendido a leer la “cosa” que nos acorrala? Ojalá…

Ficción La Revista está en

Cosas 22

9 mayo, 2020 § Deja un comentario


La rosa de los vientos

Viento

El gran eunuco Zheng He era el comandante de la flota china, más de setenta naves y cinco mil hombres, que en 1421 inició un viaje alrededor del mundo en busca de mercados. El Nuevo Mundo no había sido descubierto aun pero los cartógrafos chinos sabían de su existencia. Poco antes de zarpar Zheng He asistió a la inauguración de la Ciudad Prohibida pero menos de un año después debió suspender la correría y regresar porque un incendio, hubo dos durante la Dinastía Ming, destruyó la Ciudad Prohibida. Esta catástrofe dio como resultado la interrupción de la expedición, el aislamiento de China del resto del mundo y con absoluta seguridad evitó la llegada al Nuevo Mundo de los chinos que se aislaron de occidente hasta la primera parte del siglo XX. En 1992 Enrique Tobón Lara escribió un texto que fue publicado en Asfalto Graphis una revista que editábamos por aquellos años. Enrique fue, entre todos sus talentos, constructor de barcos a escala y conocedor profundo de las naves que surcaban los mares en tiempos en que era necesario aprender a domesticar los vientos. “… Los primeros navegantes tuvieron que poner riendas a la fuerza del viento para maniobrar sus embarcaciones en direcciones distintas a las que imponían los vientos, su presencia constante los obligó a crear una estrella de dieciséis puntas, llamada Rosa de los Vientos, en la cual cada punta corresponde a una de las direcciones en las que sopla el viento […] Hasta finales del siglo XVII la construcción naval era producto de la experiencia de maestros carpinteros navales ligados al conocimiento del mar y sobre todo de los vientos […] En 1492 Cristóbal Colón llegó a la Hispaniola con poco más de noventa hombres distribuidos en tres naos, dos carabelas y una carraca, y la esperanza de haber acortado las rutas comerciales con el Extremo Oriente. Dicen que sus cartas de navegación estaban sustentadas en aquellas que los cartógrafos de Zheng He habían trazado más de setenta años antes…” En su texto, Enrique menciona las naos exploradoras del Almirante. “… dos carabelas: La Pinta y la Niña; y la Santa María, la capitana, una carraca de tres palos con velas cuadras apoyadas por una latina en el palo de mesana, construida a ‘ojo’ en 1480 en Santander. La Santa María no regresó del primer viaje y con sus restos se edificó el tristemente célebre Fuerte de Navidad […] Según Alvise de Ca’ de Mosto la carabela era la mejor nao que surcaba los mares. La Pinta era pequeña, veinte metros de eslora por seis de manga y una tripulación de veinte hombres pero no era tan veloz como La Niña una clásica carabela latina, con tres velas sin rizos, lo que indica que no era posible reducir el velamen en caso de vientos demasiado fuertes; en aquellos casos se debía maniobrar con la vela de capa, de ahí el decir popular: ‘capear el temporal’. Colón realizó su tercer viaje en 1498 a bordo de La Niña…” Hasta aquí algunos fragmentos de lo escrito por Enrique para aquella ocasión, que traigo de nuevo a primer plano, por si alguien pregunta hoy qué habría sido de nosotros si en lugar de Colón, Zheng He hubiera llegado al Nuevo Mundo setenta años antes, en 1421…

…Cosas

… “Capear el temporal” es una expresión cercana a lo que hacemos con la “cosa” en estos tiempos de tempestades… 

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginaliahasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

Cosas 21

2 mayo, 2020 § Deja un comentario


Chirrido

Hace quince mil años, quizás más, la necesidad de proteger los pies obligó el primer paso hacia un invento que cambió el rumbo de la humanidad: la pantufla ligera y sin tacón que además de resguardar los pies de accidentes y raspones, los embellecía. Con la idea de procurar la belleza es necesario tener en cuenta que desde siempre los chinos sostuvieron que el pie pequeño era el pilar del encanto femenino y en favor de conseguirlo inventaron los suecos de madera que las mujeres calzaron, más pequeños que el tamaño de su pie, durante siglos. En la antigua Roma el vestido de los pies era símbolo de posición social; pero fueron los griegos quienes crearon el zapato con forma opuesta para pie izquierdo y derecho. Los ingleses iniciaron la numeración según la talla en 1642, cuando tuvieron la necesidad de fabricar botas para el ejército. El calzado no siempre fue cómodo, por pesado o por ancho y plano, con frecuencia era poco adecuado para caminar. El tacón apareció entre los siglos XVI y XVII y se incorporó al calzado femenino como un elemento estético. La Revolución Francesa acabó con todos los símbolos de la aristocracia y los ciudadanos calzaron por igual zapatos planos. Con la derrota de Napoleón en Waterloo la bota Wellington, de tacón bajo y liviana, se puso de moda y ha sido la fuente de inspiración para casi todas las variables de bota masculina y femenina hasta nuestros días. La industria ha evolucionado. En su fabricación se han empleado metales, pieles con o sin pelo, hojas de palmera, caucho, madera de diferentes tipos, sedas, bordados y materiales de descubrimiento reciente. La historia no menciona por ningún lado aquel calzado que, a parte de proteger el pie y estar al origen del sonido de los pasos, produce también el chirrido de los materiales que se rozan entre sí. Sin embargo es necesario contarla resumida y encomendarse a San Crispin, patrón de los zapateros desde la Edad Media, cada vez que se escucha la temible maldición: “Que te chirreen los zapatos”. Lo único que se puede hacer cuando el ruido aparece es destruirlos, cortarlos en pedazos pequeños para que nadie los pueda armar de nuevo, enterrarlos y esperar que la naturaleza no deje rastro. En otros tiempos, al comienzo del año escolar, muchos estudiantes llevaban unos botines de cuero duro que, para “domarlos”, como decían, había que sufrir de las ampollas en el talón por lo menos los tres primeros meses del año; allí no valía la doble media, ni la plantilla, ni el contrafuerte bajo la pata del mueble más pesado. Era posible llegar a dominarlos y acabar por vencer las ampollas, pero lo que era indomable, sin lugar a duda, era el chirrido que producían. Otra versión cuenta que un cliente insatisfecho lanzó la maldición a un zapatero y a partir de ese día todos sus zapatos chirriaron. Desesperado, el zapatero cambió de materiales, de suelas de cuero pasó a suelas de caucho, buscó entre sus plantillas y utilizó un cuero más suave; fabricó él mismo las hormas y aún así, sus zapatos, por encargo o para poner en vitrina tuvieron el chirrido incluido. Dicen que la policía descubrió al autor de un crimen porque un testigo que se encontraba en la habitación contigua a la de los hechos reconoció al asesino por el chirrido de sus zapatos…

Cosas…

… Así, sin ruido o con chirridos, la “cosa” nos acorraló.

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginaliahasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

Ficción La Revista está Aquí… https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/4-ficcio_n-la-revista-no7