Doña Lucía

20 marzo, 2017 § 1 comentario



Este texto fue publicado en la edición 494 de octubre de 2012 de Vivir en El Poblado de Medellín con el título “La casa de los muñecos”. Fue, 
en ese momento y es, ahora, un homenaje al talento infinito de doña Lucía.


Para doña Lucía Correa de Posada crear un muñeco comienza, a veces, por una rama seca, por una cuchara de palo, por un par de botones, por un retazo de tela que se vería bien como camisa o mejor como pantalón. Un muñeco puede empezar por un objeto inesperado o por la selección de material y colores para la piel, para los detalles, para los accesorios. En ocasiones la creación de un molde está al comienzo. Sin embargo, es importante el carácter, la personalidad del muñeco, el reflejo de su figura, su intimidad, porque los muñecos tienen una, si no, serían otra cosa. Todo esto, por supuesto, habita la imaginación y las manos de doña Lucía de Posada y se manifiesta en el momento de la combinación de materiales, en las posibilidades que presiente, lo mismo que en las características y los detalles que seguramente ve antes de terminar el personaje. Dicen que el “Arte Poética” aparece cuando dos palabras que por su naturaleza no se han unido, lo hacen para crear un significado. Combinar materiales de origen distinto, cambiar su esencia al situarlos en lugares inesperados o con funciones que antes no desempeñaban y así lograr que asuman una nueva forma casi con vida, es también poesía. Con su talento y capacidad de observación todos los materiales entran en juego, la madera, el corcho, el metal, las telas, un botón por allí, una pluma por allá, una tela de flores como falda para la chica o corbata para el varón, unas chaquiras irrepetibles en la cabeza; unas cabezas de alfiler para marcar un peinado, o las barbas de árbol para figurar el cabello al viento. Un par de broches sencillos se convierten en ojos de mirada profunda, pero lo más especial es que esos mismos broches también pueden ser diadema y parecen distintos.
Doña Lucía Correa de Posada crea muñecos desde hace más de cuarenta años. Primero, hace muchos años, fui modista, dice, hice vestidos para clientas que venían a mi casa. En la medida en que dominó los materiales, las telas, los hilos, los botones, las mezclas entre unos y otros, infinitas posibilidades florecieron en sus manos con la ayuda de la máquina “Paff” de toda la vida que siempre ha estado frente a la ventana. Ha hecho colchas de retazos, manteles, cortinas, adornos, cajas, coronas con materiales diversos y también ha reparado muñecas antiguas, son innumerables sus realizaciones. Con sus muñecos ha participado en exposiciones de importancia nacional y son ellos quienes han recorrido almacenes y vitrinas de todo el país agregando un aura especial a las marcas que acompañan.
Conocimos a Doña Lucía cuando se instaló con taller y casa, en compañía de Adriana, su hija, en la Loma de Las Brujas. Nuestra afición por los objetos y la admiración por su trabajo hizo el resto. Hemos seguido su labor creativa durante años. Lo más fácil es decir que su casa es una casa de muñecas, no por el tamaño que se les conoce a esas casas de juguete sino por la cantidad innumerable de muñecos y muñecas que la habitan, muchos creados por ella pero también otros traídos del mundo entero por ella, sus hijos o sus familiares y amigos. También hemos dicho que la casa de doña Lucía parece una casa de cuento donde los personajes cobran vida cuando todos duermen, sin embargo es posible que eso también haya sucedido bajo sus ojos mientras trabaja en sus personajes. Su casa es un estímulo a la imaginación, es un lugar donde la convivencia entre colecciones se da en todos los rincones: la colección de cajas en las escaleras, o los Pinochos al lado de un televisor de los años cincuenta, o los corazones que se ven desde la entrada, o el santoral donde pocas figuras faltan; o las gallinas de todos los tamaños o los pájaros de cabeza inclinada y picos de colores. No importa donde se mire, siempre hay algo que estimula la vista.
No solo se necesita imaginación para crear un lugar así, su casa y lugar de trabajo son también el resultado de la relación especial que ella sostiene con los objetos, con los materiales, con la posibilidad de ver donde nadie ha visto antes. No es exagerado decir que su talento está en la capacidad de comprender la esencia de los objetos que colman su casa y en su mayoría están al origen de sus personajes, de la posibilidad de imaginarlos más allá de su forma física, de agregarles y quitarles, de vestirlos y desvestirlos, de darles forma, de conversar con ellos, de criarlos, porque doña Lucía es además la abuela de una familia con hijas, hijos y nietos que son fuente de estímulo para su labor creativa. Doña Lucía es la abuela de una familia que se amplía hasta el número infinito de personajes que ha creado.
Argumento. Sin argumentos.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Esperar

11 marzo, 2017 § Deja un comentario


Siempre esperamos. Esperamos que algo suceda o que no suceda, que siga como está. Esperamos un cambio o no esperamos nada. No esperar también es esperar que lo que está siga como está. Hay quien pasa los días esperando y nada. Nada ya es algo. La gente en la calle deja la sensación de espera; cuando es abierta tiene lugar en una esquina, en una mesa de café o bajo el neón de algún aviso; y cuando no, se esconde detrás de posturas discretas, cambios de pose, miradas perdidas. Claro que una cosa es esperar sin saber qué se espera o con la idea vaga de que lo que venga, cualquier cosa que sea, será distinto de lo que hay; y otra, con conocimiento de causa; en ese caso cuando la espera falla, la frustración toma su lugar; cuando no, no pasa nada, es lo que se esperaba, así, sin sobresaltos. La acción de esperar viene con dos espacios paralelos casi siempre simultáneos: esperar y ser esperado. El hombre que camina apresurado por la acera saturada de gente y, además, en sentido contrario a todos, es esperado por alguien en algún lugar quizá no muy lejano; sin embargo, simultáneamente, él espera que quien lo espera, lo espere a pesar de su retraso. Esperar no solo concierne los otros, también los eventos que llegan, a veces con suspenso, otras sin él. Esperar toma todas las horas de lunes a lunes, sin descanso. Cada día, hay quienes esperan el paso de los minutos hasta completar la horas y los días y si trabajan en una oficina frente a computadoras que no se apagan nunca esperan la hora de salida, la hora de la fila para entrar a la estación y subir al metro apretujados como cigarrillos; esperan llegar a casa, prender el televisor, mirar las noticias: cuántos muertos, cuántos robos, cuántas violaciones, cuántos políticos corruptos, cuántos robos de sumas inverosímiles que nadie es capaz de escribir. Otros esperan sin preguntarse o esperan a ver qué pasa. Y no pasa nada. O sí, sí pasa, pero cuando pasa y no era lo que se esperaba es como si no se hubiera esperado. Hay personas que cuando salen del trabajo, en la tarde, no van directamente al metro ni a la fila del bus. Esperan en algún lugar estratégico, en una esquina, en una mesa de cafetería, recorren en ida y vuelta la misma acera o se paran a observar a los otros en el reflejo de una vitrina. Las dos mujeres que conversan sobre todo y sobre nada, sin mencionarlo; cada frase es la constatación de lo que esperan y no ha llegado. Cuando se despiden quedan como si lo que esperaban no se hubiera dicho. Una, parte calle arriba con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. La otra, parte en sentido contrario y si la posibilidad de comparar su actitud con la de su amiga fuera posible, el resultado sería el mismo, tampoco escuchó lo que esperaba. Una tarde mientras espera en una mesa de cafetería, un hombre mira al frente. Una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso que parece recién sacado del horno sobre la mesa. El hombre parte pequeños pedazos del dedo de queso y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo; mastica con la intención de quien quiere más. Llevar pedazos pequeños de dedo de queso a la boca y masticar con cuidado, como parte de la pantomima de la espera, le toma media hora o quizá veinte minutos. Cuando va por la mitad del dedo de queso no ha dejado notar ninguna tendencia; de un momento a otro, con el siguiente bocado, deja notar una: mira furtivamente hacia la puerta. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Mientras mastica sus ojos reposan en la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los concentra en el plato que le sirve de punto de referencia, pone el pedazo entre sus labios y mastica, saborea el manjar que, en mínimas porciones, le proporciona la tranquilidad de esperar con aliciente. Su mirada entonces pasa de la bolsa de plástico, al plato, y luego, sin que nadie lo note, ni siquiera la persona a quien espera, mira hacia la puerta. Así es el sin fin que viene con la espera. El ir y venir entre la bolsa, el plato y la puerta. Podemos quedarnos allí para ver qué pasa. Algo debe pasar. La espera prevista: una cita, por ejemplo, viene con suspenso limitado. En la espera no prevista, la incertidumbre de esperar sin saber qué, conmueve hasta el punto de acompañar a quien espera hasta que renuncie, se entregue al desengaño y abandone con la espera sin concluir. O, también es posible, que la espera se cumpla y la acción recomience al día siguiente. La espera no termina. Esperar, y eso lo sabemos bien, viene con suspenso incluido, no se trata solo de desear que algo pase y esperarlo, se trata del suspenso que la espera proporciona. Cuando la espera es propia ignoramos el suspenso. Lo ignoramos, no lo dominamos. Dominarlo equivale a no esperar, a saberlo todo. Sin embargo, dominarlo a su manera, en calles, cafeterías, en el metro o en su propia casa, determina lo que los otros esperan, qué esperan y también qué esperan de lo que esperan. Es sencillo esperar que algo llegue, que algo suceda, que llegado el momento pase lo que vaya a pasar o no pase. Con frecuencia la espera se hace sin imprevistos; con frecuencia, también, lo esperado no es lo que llega y la frustración aparece; eso es previsible, se nota en la mirada, en la respiración, en la caída de la boca. Esperar así es inquietante. Si la espera es en grupo, los referentes y las comparaciones entre el significado de la espera, distinto para cada uno, se manifiestan. La lentitud irreversible del tiempo hace mella y las figuras se descomponen. En los lugares públicos nadie mira a nadie pero, sin que los otros lo noten, todos miran a todos. Ese detalle hace del inicio de la espera una vitrina donde todo es visible. Como nadie está preparado la curiosidad disimulada abunda. Cada uno asume la situación con naturalidad pero todos buscan los lugares más cómodos según un interés personal hecho público. Los intereses hechos públicos van desde extender el cuerpo en dos o tres asientos, dormir o simular dormir, concentrar la mirada en un punto indefinido que no coincida con la presencia de otro, hasta comprar un café en pocillo desechable y tomarlo a sorbos medidos, continuos para que no se enfríe, o mirar, la mayoría de las veces sin ver, la pantalla de un portátil, una tablet o un celular y teclear en él. Cuando esta acción viene acompañada del uso de audífonos, la mirada es aun más ausente y la espera más presente. Es probable que el uso de dispositivos contribuya a aminorar la angustia del tiempo que se instala en lugares donde grupos de personas se reúnen con un fin: cumplir una cita médica, actualizar un documento público, hacer una fila. En general, la espera está sometida a los avatares del tiempo y casi siempre obliga a estar. No se hacen amigos cuando se espera. Lo máximo a lo que se llega es a dos o tres confidencias; tal vez a la narración de una aventura mal terminada en una espera similar. La versión del conocido que terminó mal en una espera idéntica a la del momento es frecuente. A partir de aquí solo queda esperar. Siempre esperamos. Algo debe pasar…
Argumento. Pasada la espera, todos respiran hondo y olvidan, la memoria no está para conservar esos recuerdos, espera otros… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

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Entre papeles

4 marzo, 2017 § Deja un comentario


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Entre papeles encontré lo siguiente: “…cuando el tiempo se detenga no podremos calcular su paso en días, horas, minutos o segundos; es posible que su forma y transcurrir cambie, que pierda su condición lineal y se convierta en alternancia, juego o sucesión de relaciones de momentos, espacios, presencias que según el deseo se modifican. Cuando el tiempo se detenga, tendremos la capacidad de pasar de un instante inolvidable al lado del mar a otro no menos inolvidable en la montaña, ¿antes o después? poco importa, la capacidad para ir y venir, alejarnos y regresar será infinita. Lo que sigue es especulación, nadie lo sabe. Aquellos para quienes se ha detenido, por segundos, hablan de una luz enceguecedora, pero tampoco ellos tienen la explicación total. Difícil es hablar del tiempo sin dominarlo, sin saber si en ese estado todavía cargamos con dos necesidades vitales: el sustento y la palabra. La necesidad de nutrirse y la necesidad de contarse. No imagino un estado, por leve, vaporoso o indefinido que parezca, donde no sea necesario sentir el aroma de una salsa mientras cuece y al mismo tiempo escuchar la voz que la narra…’  Todo plato tiene su momento histórico: el plato de lentejas que permitió a José negociar la primogenitura; o, en un tiempo más cercano, las peras al chocolate que alguna vez sirvieron a la mesa de Sarah Bernhardt y fueron tan de su gusto que quedaron bautizadas como Las peras Bernhardt que se encuentran en el menú de los grandes restaurantes al promediar la primavera. El cordero con Salsa a la Menta era uno de los platos de elección en el Titanic la noche del 12 de abril de 1912, hacía parte del menú y se podía combinar perfectamente con el Calabacín relleno y el Ponche romano que, dice la historia, era el postre de los Césares. No se sabe cuántas personas probaron aquel menú la noche de la catástrofe. ‘La mejor salsa es el hambre’ escuché decir hace algún tiempo y conservé la frase en la memoria porque quien la pronunció lo hizo como si palabra, sustento, deseo e imaginación fueran un placer que se satisface simultáneamente. La herramienta natural para comunicar: la palabra; la importancia de alimentar y no solamente comer, sino, hacer de la preparación un arte; el placer de crear con imaginación las narraciones, los aromas, los sabores, los colores. El resultado será una historia lejos de la historia oficial, será la historia cercana, la cotidiana, la de cada uno, la personal, la íntima. Aquella, que si el tiempo se detiene, no cambia.

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Es la historia que el tiempo convierte en necesidad, que encuentra la palabra que la sazone, la imaginación que la diferencie, el placer con sabor de vida y memoria. El encuentro del cual voy a anotar el siguiente párrafo es significativo: …Sentí curiosidad por ver quienes eran los otros invitados. Lejos de mí, al otro lado de la mesa, cerca del ventanal que miraba hacia los apartados del gran salón, estaba don Oliverio. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas hizo una seña desde su puesto que me pareció un saludo. Don Oliverio es un experto conocedor de las especias y los sabores. El día de nuestro primer encuentro, estaba con su mujer al final del paseo bordeando el parque. Ese día me llevó en un recorrido por los sabores. Las especias picantes de la India, en comparación con los chiles, también picantes de México, son diferentes, dijo Don Oliverio. El “hot” hindú, usted sabe que “hot” significa caliente, pero allí es picante, se pega al paladar y se esparce por la boca; mientras que el “chile” mexicano es como una explosión que pasa tan rápido como llega. Otra cosa muy distinta es el amargo. Allí hay tonalidades. Imagine el pequeño gusto, amargo y perfumado a la vez, del jengibre en una salsa para salmón sazonada con anchoas: toma el gusto denso de una salsa madura. Recuerde el mismo jengibre, mezclado con finas hierbas y yogur en una salsa al fresco, ideal para combinar con dados de pollo a la parrilla por su amargo, sutil y distinto. ¿Qué opina?, preguntó. Tiene razón, dije. Lo voy a invitar a mi casa, dijo, allá podríamos profundizar sobre el tema, si le interesa, claro está. Por supuesto que me interesa, dije, pero sobre todo me interesan los aromas. Pero mi querido amigo, interrumpió don Oliverio, ningún sabor está separado de su aroma, eso no existe; volvamos al jengibre, ¿Qué aroma tiene?¡perfumado!, se respondió y me miró para confirmar mi opinión. Sí, respondí, perfumado y discreto. ¡Eso es! Si llega el momento en que podemos calificar y diferenciar los aromas y los sabores, es porque son nuestros, igual que los recuerdos que vienen con ellos, agregó. Las salsas son aroma y sabor que excitan los sentidos. ¿Qué es una salsa?, se preguntó. Hablando desde el punto de vista de la técnica, es una mezcla de ingredientes que en otras épocas tenía como objetivo esconder aquello que no queríamos que el huésped viera; lo mismo sucedía con los pintores menores del Renacimiento, cuando debían pintar una mano o un pie descalzo, encontraban una piedra, el tronco de un árbol, una ruina o un drapeado para esconderlo. Desde el punto de vista del chef, la salsa es parte de la composición y en lugar de esconder lo indeseable, contribuye a poner en valor la estética, el sabor, el aroma y oficia de mediador entre el huésped y el plato. Como el maestro de ceremonias que presenta, La Salsa, con mayúsculas, cuenta, introduce. Mire, continuó don Oliverio, en su libro “Afrodita” más precisamente en el capítulo de “Salsas y otros fluidos esenciales”, Isabel Allende menciona así el valor sensual de una salsa: ‘…debe ser atractiva a la mirada, como el rostro de la persona amada, sabrosa como un beso, suave como las partes más íntimas y debe tener un aroma único, intransferible como la piel…’

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¿Qué más ingredientes para una historia? me pregunto ahora. La historia se cuece en su origen, en su tiempo y en el de sus ingredientes. Allí donde algunos encuentran historias de amor; otros, de aventuras; otros, de conspiraciones y borrascas; algún sensible tendrá presente el aroma del lugar de sus idilios o habrá también quien encuentre en su memoria el perfume de las costillitas doradas al aceite de oliva mezclado con mejorana. O las calles donde el aroma de aceitunas, sardinas frescas y Vino se rodea de amigos desconocidos, aficionados a pasar las tardes conversando a la sombra de algún árbol, al calor de un almuerzo de esos que duran hasta cuando el sol se esconde en el horizonte. Como decía don Oliverio, aroma y sabor son inseparables, como tan inseparables son comida y palabra o audacia y visión: atributos básicos para elaborar la relación entre lo que está y lo que pasa, entre la narración y la memoria; entre la textura y el sabor, el color y la forma. Los ingredientes están en todas partes. 
No es fácil tenerlos en cuenta. Si lo fuera, todo o casi todo estaría hecho, incluso con el tiempo detenido…”


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Ilustraciones de Humberto Pérez Tobón. Lápiz sobre papel. sf.

Argumento. Cuando no sé qué hacer escarbo entre papeles, dijo el hombre, siempre hay algo. Entre papeles está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

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Visible o invisible

25 febrero, 2017 § Deja un comentario


Una naranja en el lugar menos pensado, sobre una mesa al lado de una ventana. La vi al pasar frente a la puerta abierta. A las cuatro o cinco de la tarde el poniente contra la mesa pequeña, con patas en tijera, brilla como el agua quieta de un lago. La naranja, al contraluz sobre la superficie brillante, semeja todo menos lo que es. La composición y el momento perecen elegidos para que al pasar frente a la puerta abierta, en lugar de naranja, una esfera suspendida sobre una superficie brillante, que podría ser metálica, aparezca. La composición es perfecta, el sobresalto entre lo que es y lo que se ve, sugiere, sin embargo, el riesgo de quedarse con lo invisible es ilimitado, aunque es posible que una vez visto lo invisible, todo vuelva a ser sencillo. La naranja en su lugar y lo que después no se ve, también…

 

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…La mañana del día siguiente o del siguiente, poco importa. Cuando el sol, ardiente, comienza a despuntar. Un camino adoquinado bordea un barranco profundo. A la izquierda, fachadas de colores vivos; a la derecha, el barranco y más allá el paisaje infinito: las montañas, el cañón por donde corre un río y el cielo con nubes quietas. A la vera del camino adoquinado, cada cincuenta metros, una banca de tres maderos, dos redondos, cortos y verticales en los extremos sostienen uno largo y plano donde los caminantes descansan o esperan. De espaldas al paisaje, en una de esas bancas y frente a una casa con muros, puertas y ventanas de colores que vibran con la música a todo volumen, un hombre grueso, camisa blanca, pantalón oscuro, sin sombrero en la cabeza hundida entre los hombros, mira con ojos quietos una cajetilla de cigarrillos azul. Piensa, me dije cuando lo vi de lejos. No levantó la cabeza cuando pasé a su lado. Tampoco, es posible, se dio cuenta de que me detuve a unos metros y lo miré con la intención de preguntarle hasta dónde lleva el camino adoquinado, pero la posición abrumada, los ojos clavados en la cajetilla azul, los dedos rígidos como garfios y la misma cajetilla lo impidieron. Si le pregunto, me dije, es posible que no responda, que ni siquiera me escuche; también es posible que la conversación se amplíe y no solo hablemos de los adoquines sino del paisaje a sus espaldas. Y quizá entonces me diga qué tiene la cajetilla de cigarrillos, azul, que lo obliga a sentarse de espaldas al paisaje. Quizá lo diga. Quizá no. Quizá se levante, mire el paisaje que incita a volar y lance la cajetilla con la esperanza de ir tras de ella…

 

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…Quizá, así, se haga invisible, como los ruidos que hacen parte de las cosas. Atribuir a un ruido el valor de cosa es suponerle una forma, un peso, un espacio y un volumen. En una venta de leídos compré un libro de Bárbara Leaming: “Si aquello fue felicidad. La vida de Rita Hayworth”. Lo compré porque la bella Rita me gusta por misteriosa e inesperada como en “La dama de Shanghai”. Compré el libro y fui a Versalles, un lugar donde los marinos pintados en la mitad de la pared de la izquierda, entrando, se baten contra la tormenta que los abruma desde cuando mi memoria recuerda este lugar hace más de treinta años. Ocupé una mesa en la fila del centro, una mesa para cuatro, y pedí un café negro con almojábana. Desempaqué el libro y comencé a leer. El capítulo uno inicia con la presentación de un cómico en el Orpheum Theatre de Duluth en Minnesota en febrero de 1917. Hacía frío, supongo, aunque el texto no lo menciona. Los hermanos Cansino, Eduardo y Elisa, bailarines, padre y tía de la bella Rita, esperan turno para salir a escena. Cuando, de repente, como caído del cielo, un estruendo me sacudió, sacudió el lugar, sacudió el café y la almojábana que apenas llegaban a la mesa. Un arrume de bandejas de aluminio en equilibrio se deslizó hasta caer al piso en un estrépito tal que la mirada de todos los parroquianos alcanzó el fondo del salón. Entonces sucedió algo inesperado, como siempre con lo inesperado, después de que sucede todo cambia. Los ruidos se hicieron presentes, tomaron forma, peso y lugar específico. La conversación a mis espaldas resaltó circular y espesa, como la esfera; la queja del señor de camisa de cuadros porque el café, caliente, lo quemó, se interpuso como un triángulo con puntas; el llamado de otra mujer para ordenar un desayuno cayó como un tablón encima del tintineo de platos que chocan. Ruidos de tamaños y pesos que no me atreví a descifrar entraron y salieron por los resquicios. Ruidos con forma, peso y volumen, como objetos en el espacio, sobre las mesas, entre la gente, ocuparon los espacios y me arrinconaron…

 

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…Un vaso de plástico transparente, desechable, con contenido amarillo que se recorta limpiamente contra el entorno oscuro no arrincona. Una línea, menos visible pero también de plástico, se recorta entre el contenido del vaso y la masa también amarilla, ensortijada como una cabellera, que se comunica con el vaso por la línea menos visible que las une. Me costó, a pesar de la luz del día separar las formas, dar a cada una su valor en el todo y construir una figura. Es una mujer, viste de negro; su cuerpo se confunde con el entorno en penumbra por las sombras de los árboles que rodean el lugar, al aire libre y a plena luz del día, bajo la sombra. Distingo, aparte de las formas amarillas y la línea menos visible, una mesa metálica. La mujer ocupa uno de los costados de la mesa. La veo de perfil. No hay movimiento. Pienso en alguna pieza en tres dimensiones, una escultura por ejemplo. Las texturas son precisas en la transparencia y brillo del vaso, en las sombras del cabello ensortijado y en la más tenue linea que une las formas amarillas. El cuerpo, la ropa y quizá la piel del personaje, mujer escultura, se diferencian del entorno por su falta de brillo. La observo con detenimiento, a pesar de que nada se mueve, espero que algo pase. Percibo entonces un movimiento por impulsos: el líquido amarillo del vaso sube por la línea que une las formas de color. A medida que el amarillo en el vaso disminuye, sube por la línea menos visible que une las formas, el color de la cabellera se hace más intenso. El paso del color amarillo de una forma a otra se sucede sin contratiempos. Pienso en una escultura con motor o, y esta es una opción más delirante, imagino un androide instalado allí para la representación de una nueva tecnología. Me distraigo de la conversación con mis amigos, no me atrevo a decirles lo que veo, ni lo que pienso, no me creerían y es posible que vieran algo distinto. Mientras esto pasa por mi mente el vaso de plástico queda vacío; la cabellera amarilla ensortijada cambia a una pose vertical y la línea de unión que volvió a ser transparente queda interrumpida con inclinación hacia la figura vestida de negro, como si la señalara. Entonces, sin anunciarlo, sin prevenirme, la figura vestida de negro, una mujer alta y delgada con un tatuaje en alguna parte, se levanta y abandona la mesa en dirección contraria a donde me encuentro. En la mesa queda el vaso vacío, transparente, y el pitillo inclinado hacia donde estaba la mujer, ahora invisible. Segundos después, dos mujeres jóvenes tomadas de la mano que se besan con timidez, ocupan la mesa. El vaso transparente, huella de lo invisible, no se mueve de la mesa…

Argumento. Lo que está en juego no es de poner en evidencia lo visible, sino, lo invisible, dijo y después calló. Con esta declaración arranca la historia…. …
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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Ver pasar

18 febrero, 2017 § Deja un comentario


259-c-comercial-3Una tarde de domingo en un centro comercial. El templo del consumo, de la multiplicación, de la oferta, de la demanda, de las promociones, de todos los ruidos, de los anuncios, de la moda, de las imágenes con gentes bellas, con sonrisas fijas, peinados imposibles, siluetas curvilíneas y pantalones rotos con mezclas de ropas y colores que solo quedan bien en la fotografía; el templo de las vitrinas con reflejos donde los pasantes se miran y miran sin que los vean a quien está al lado; el templo de las ofertas sin precio, de los afanes y las citas, de quien espera y a quien espera no llega; el templo de las frustraciones y en ocasiones de las alegrías donde entrar es difícil, a veces imposible, donde conseguir un puesto para el carro es una proeza, porque también es el templo donde quien va, va en carro. En fin, el templo donde todos vamos. Ningún conocido, ni de cerca ni de lejos. Amagos de conocidos. Vi pasar de todo. He aquí una suerte de inventario de mercaderes, clientes, feligreses, adherentes o solo pasantes, que los hay y no lo pueden evitar. Imagino, mientras veo pasar, los Mercaderes del Templo de Caravaggio, de El Greco o de Rubens, con la diferencia de que en este templo no hay quien los eche; imagino también texturas como las que ilustran esta Marginalia…
259-c-comercial-1Pasa un hombre en pantalón corto, sin pelo, masticando un sánduche más grande que su boca, mientras mira su celular… Pasa una mujer joven empujando, al revés, la silla de ruedas donde una mujer mayor va con los ojos cerrados… Pasa un hombre joven con un niño en sus hombros, dejó a la mujer que lo acompaña para hablar con otra mujer, el niño en sus hombros llora y no los deja hablar… Pasan un hombre y una mujer, se disputan un puesto, cansados de hacer fuerza cada uno se va por su lado y el puesto queda vacío… Pasa un hombre, sin que nadie lo vea pega un chicle debajo de una mesa… Pasa una mujer que me reconoció y a quien yo no reconocí, me saludó y no respondí al saludo… Pasa una mujer que carga, con dificultad, un perro. Mientras lo sostiene con esfuerzo, habla por celular y cada vez que la persona del otro lado del teléfono dice algo ella pone el aparato en la oreja del perro que se revuelve en sus brazos… Pasa una mujer con cara de preocupación, mira el reloj y llora; vuelve a mirar el reloj y llora otra vez. Cuando va lejos llora aun… Pasa, por segunda vez, la mujer joven que empuja, al revés, la silla de ruedas con la mujer mayor, ahora van en sentido contrario… Pasa otra mujer joven, alta, flaca, vestida con pantalón corto, verde. Cuando me ve sonríe. Vi su sonrisa enmarcada en los labios rojo escarlata, la sonrisa no me impidió ver el dragón verde y negro tatuado alrededor de su brazo desde la mano hasta el hombro… Pasa mi reflejo en una vitrina mientras escribo en el celular, solo me vi yo, el resto era reflejo, luces, sombras, brillos, nada identificable… Pasan dos gordos con bolsas de regalo, cada uno una, el de la derecha lleva su bolsa en la mano izquierda, el otro al contrario; con las manos libres se llevaban ellos… Pasa una mujer toda blanca, su abrigo hasta los pies también blanco y la ropa interior también blanca debajo del abrigo; el pelo también es blanco. Rojos son sus labios y plateado el aro que llevaba incrustado en la nariz… Pasa una mujer a mi lado con una falda corta y una mancha morada, tal vez un golpe, en el muslo; intenta disimularlo pero la falda no se lo permite, entonces trata de disimularlo cruzando la pierna pero se cansa rápido y vuelve a la posición original…  Pasa un señor que juega con un bebé. El bebé llora y por eso el señor, su padre, le juega con mayor insistencia, el bebé entonces llora más fuerte. En cierto momento, quizá para descansar o acomodarse el pantalón el hombre deja de jugarle, el bebé no llora más. Cuando vuelve a la carga con  juegos y malabares con las manos, el bebé arranca a llorar de nuevo… Pasan cinco mujeres y tres hombres van en fila india por lo que deduzco que no van juntos. Los cinco hablan por celular y miraban hacia arriba como si todos hablaran del tiempo o del futuro que se les viene encima… Pasa un hombre con una barriga tan grande que el tigre que lleva estampado en la camiseta estrecha no logra disimular… Paso frente a un hombre que lee en este bullicio imposible, sin embargo no lee, duerme detrás de libro… Pasa una japonesa flaca, muy flaca y con cara de preocupación. Está perdida, me digo…
259-c-comercial-2Pasa una mujer mostrando la primera parte de la línea vertical de las nalgas. Cuando el hombre que la acompañaba le dijo lo que mostraba la mujer miró para todos lados como si hubiera sido descubierta y se tapó la nalga… Pasa un niño frente a mí, me mira con curiosidad, como apenas aprende a caminar le cuesta trabajo sostenerse de pie. Entonces sonrío y lo saludo. El niño empieza a llorar… Pasa una mujer comiendo maní de una bolsa abierta, con el dedo índice y el pulgar pesca un grano cada vez, come despacio y mastica cada grano con seriedad. A medida que mastica y los granos en la bolsa disminuyen su mirada se ausenta… Pasa una mujer mayor lejos, me hace señas, cuando se acerca se da cuenta del error y ya no hace señas… Pasa un hombre pequeño en medio de dos mujeres idénticas, quizá gemelas y más altas, mucho más altas que él… Pasa un hombre que no conozco y me saluda como si me hubiera buscado las últimas semanas… Pasan dos gordos, uno al lado del otro; se sientan a mi lado, los dos están concentrados en sus celulares, no se miran y no se hablan, entre ellos hay una botella de Coca Cola, a intervalos regulares, primero uno, después el otro, toman sorbos de la botella; pensé que eran amigos; cuando se acabó la Coca Cola cada uno parte por su lado… Pasa un hombre calvo que se acaricia el cráneo como si peinara una cabellera rebelde… Pasa una mujer en pantalones cortos, hasta ahí nada anormal; lo extraño eran sus piernas blancas como dos vasos de leche y sus brazos y cara bronceados como si viviera bajo el sol… Pasan dos ancianos con bastón, para quien los vea de lejos, los ancianos hablan entre ellos; quien los vea de cerca notará que no se escuchan… Pasa una pareja que come helado del mismo vaso desechable con una sola cuchara, caminan y se turnan el bocado… Pasa un hombre que saluda efusivamente: buen día, felicidades, los veo muy bien, con seguridad la suerte los acompaña, tan queridos, buenos días, cuando se cansó de saludar porque nadie le responde me saludó también y yo no respondí… 259-c-comercial-4Pasa la representación de un músico tocando una pandereta. Me pareció una pandereta aunque hubiera podido ser un instrumento cualquiera… Paso frente a la fotografía de un fotógrafo que es a la vez el retrato del fotógrafo… Pasa una mujer con pechos descubiertos y vestido plateado. Se acerca y pregunta una dirección. Le doy las indicaciones del caso. La mujer no me cree y se va en la dirección contraria… Pasa un hombre comiendo, más bien probando, un helado de vainilla, lo digo por el color. El helado es pequeñito, pero el hombre hace maña para comerlo despacio, parece como si no lo probara, pasa la lengua o los labios sobre la crema blanca del helado y no disminuye. De repente se echa el helado al bolsillo y se aleja a paso rápido… Entre todos los que pasan muchos llevan bolsas. Me pregunto qué llevan en ellas…
Argumento. Por aquí todos pasan. Dijo el hombre, también puede ser una mujer. Y mientras pasan las historias comienzan…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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El silencio es ganancia

10 febrero, 2017 § Deja un comentario


258-silencio-1El ruido y el silencio están en los opuestos, entre ellos, quien sufre uno o goza el otro. El silencio no se escucha, está. Necesita desplazar al ruido para ser escuchado y aún así no es fácil de notar. El silencio necesita del opuesto para ser echado de menos. En música tiene tanta trascendencia como una nota. En la palabra, los silencios suelen ser impulsos y según el orador es valorado como pausa o reflexión. En la escritura un silencio equivale a un punto o, un punto aparte. El silencio existe en contraposición al ruido y cada vez que se menciona, la figura del opuesto viene implícita. Una pistola, una motocicleta, una puerta, un lugar público, un aplauso, un martillo, una almádena, son denominaciones para objetos, lugares o acciones que de ordinario hacen ruido. Es tan sólido el silencio que el ruido necesita armas potentes para desplazarlo: martillos o almádenas, por ejemplo.
Dos semanas después del lunes en que todo comenzó, me dijo aquella frase que parece tomada de alguna memoria en desbarajuste por el ruido: “…El silencio es ganancia…”, casi no alcanzo a escuchar sus palabras mezcladas entre golpes de martillo y almádena que venían del otro lado de la pared del estudio. El ruido inunda como el agua, se perfila por los resquicios, hace temblar los vidrios y no permite que el silencio sea, murmuró, con la mirada clavada en la pared límite entre él y los golpes de los martillos y las almádenas, y no tiene marcha atrás.
El primer golpe retumbó un lunes a las ocho de la mañana en la casa vecina, la 147. Bien pudo ser martes o miércoles. Quizá como un mecanismo de defensa interior olvidó el día; los lunes, todo el mundo lo sabe, son días que deberían pasar desapercibidos, quizá propicios para un buen martillazo. No cayó en la cuenta en ese momento de lo que se venía encima. El golpe retumbó a primera hora. Pensó que había sido un accidente, algo que se cayó y nada más. Ni siquiera pensó en la posibilidad del martillazo, si fuera eso, me habrían avisado, alguien me habría prevenido, es lo menos en aras de la convivencia pacífica de la que tanto se habla. Cuando los golpes se repitieron, dos, tres veces, tan cerca de su cabeza que hubiera podido suponer que venían del interior mismo de su cerebro, pensó que el accidente o la cosa caída no estaba del otro lado de la pared, sino allí mismo, a su lado. Algunos golpes más, sin reposo, con la insistencia de quien tiene la obligación de demoler lo que tiene en frente, retumbaron de nuevo, ya no solo en su cabeza sino en todas partes, en la pieza que le servía de estudio, en las otras piezas, en toda la casa. El retumbar de la almádena trajo a su memoria la primera secuencia de “Ensayo de orquesta” la película de Fellini, recordó aquella bola de hierro, como las que se utilizan en las demoliciones, cuando de un solo golpe desaparece la fachada de un edificio. Imaginó una bola gigante, como aquella, al otro lado de la pared, en la casa vecina. Estar lo más lejos posible de allí, fue lo único que se le ocurrió, no quería correr el riesgo de que todo le cayera encima. Los martillazos se sucedieron sin interrupción esa mañana, los días siguientes y aun dos semanas después del primer golpe, el primer aviso si lo podemos llamar así, cuando me dijo “… el silencio es ganancia…” los golpes eran intensos como el primer día. En ese momento, por supuesto, ya sabía que un equipo de demolición trabajaba al interior de la casa vecina. Con el paso de los días y la furia de las embestidas había aprendido a distinguir la intensidad, el objeto y la intensión del martillazo. Había martillazos para aflojar y para quebrar, había también martillazos con ayuda de otro útil para levantar o despegar. Los había con intensidades que van desde el golpe a una pieza suelta, que responde con un sonido hueco, sordo, en ocasiones bajo y sin eco; hasta el golpe frontal a una pieza pegada por completo a la pared o el piso y tiene parecido con el choque entre locomotoras que se encuentran frente a frente a velocidad de crucero. Podían tener aplicaciones distintas, sonidos distintos, sin embargo, todos sin lugar a clasificaciones eran martillazos que retumbaban en su cabeza.258-silencio-2
En medio del retumbar de martillos intentó diferentes técnicas: taponar los oídos como hacen los operarios de máquinas ruidosas en cadenas de producción; buscar en alguna parte de su interior la dosis de paciencia suficiente para pasar el bache; partir, lo hizo, pero fue imposible recorrer las calles sin rumbo por tiempo indefinido; buscar un lugar público, centro comercial o cafetería, donde trabajar sin la almádena pegada a los oídos. El ruido, confirmó, contamina más que la polución: los motores, las músicas, distintas de una puerta a otra, las sirenas, los llantos, los gritos, los timbres, los roces entre metales. En ningún lugar el silencio tiene cabida. Decidió enfrentar la situación y quejarse. Lo hizo un par de veces, sin embargo, quienes iniciaron la demolición la deben terminar y las quejas no son obstáculo. La demolición, como el futuro y los ruidos que vendrán después, quizá ya no martillazos sino pulidoras o sierras eléctricas, no tiene reversa. Recordó que algunos años antes dejó un apartamento porque el vigilante le hizo caer en la cuenta de que el único inquilino en todo el edificio que no estaba en la fiesta era él. Incluso le sugirió que se uniera a la fiesta. Si no es posible vencer al enemigo lo mejor es unirse a él, le dijo el vigilante con una sonrisa.
Entonces con la mirada pegada a la pared de su estudio, me dijo que le había pasado por la mente comenzar a demoler de su lado, responder a cada martillazo de allá para acá con otro de acá para allá, así, quizá lleguemos a una suerte de ritmo que podría ser placentero; una suerte de alfabeto morse: tres golpes cortos, tres largos, tres cortos, que nos permitirá sostener una conversación fluida, marcada por avisos de ¡auxilio! a los martillazos. He intentado todo, agregó por fin después de algunas frases sueltas, incluso buscar una salida a la situación, una salida que venga acompañada con algo de placer, porque es de placer de lo que se trata; he llegado a imaginar, mientras los golpes de martillo me rodean, que demoler debe ser algo parecido a jugar con agua. Un placer sin igual. Mojar es equivalente a ver caer, poco importa el ruido, también tiene su encanto, nadie lo puede negar. Incluso quien está metido hasta la coronilla entre los martillazos, quien suministra los golpes no los escucha. He pensado que si en algún momento de mi vida me veo en la obligación de cambiar de profesión, por ahora tengo una inclasificable, soy buscador de ficciones, el oficio de demoledor me vendría a las mil maravillas. Me imagino dando martillazos sin saber, sin preguntar, sin que nadie me diga, qué hay del otro lado. Y cuando la almádena haya hecho su trabajo y el muro haya desaparecido, lo que encuentre del otro lado será un descubrimiento: quizá encuentre un sordo o un loco, o una señora mayor y enferma con un malestar irreversible; quizá también encuentre el vacío o un entierro o, por qué no, un paisaje con horizonte bajo, una pradera color clorofila y colinas al corte con el cielo. Toda una aventura. Una ficción con tantas variables como descubrimientos. Me dijo todo esto sin interrupción. Lo dejé hablar porque era su única manera de combatir la situación irreversible, de esas que aparecen y dejan como único recurso: esperar. Si nos hubieran avisado, dijo por fin, quizá hubiera sido distinto…
Argumento. El silencio no se ve, no se siente, ni siquiera se escucha, dijo el hombre, también puede ser una mujer. Sin embargo, el ruido, demasiado fuerte impidió que alguien lo, la, escuchara… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017 / Casa 148. Unidad Residencial Las Brujas

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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A veces es mejor que nadie lea lo que uno escribe

4 febrero, 2017 § Deja un comentario


257-metro-2Esta es una historia difícil de creer pero así, tal cual, apareció en la prensa. Un escritor narró, no se sabe a quién ni cuándo, que se había cruzado con un pasajero que leía una de sus novelas en el metro, precisamente una que se desenvuelve allí, en el metro mismo, en hora pico. Agregó que se había parado a su lado y lo había observado sin quitarle el ojo de encima. Aseguró que lo hizo con disimulo porque quería ver su reacción, quería saber si la lectura de pocas páginas le bastaban para dar por terminado el libro o si por el contrario avanzaba de una página a otra aunque eso no era evidencia de que le hubiera gustado; sin embargo, dijo, le pareció que la lectura lo absorbía hasta el punto de aislarlo del bullicio y el gentío. Precisamente como sucedía con el personaje de la novela. Fue una coincidencia, la primera, que la atmósfera de la novela fuera igual o casi igual, a la que el lector y él mismo vivían entre pasajeros pegados a celulares, chateando, cargados con morrales pesados, los ojos cerrados, o abiertos pero sin concentrarse en nada ni en nadie. Como en la novela, en cada estación, una multitud subía y bajaba o se estrujaba para abrirse paso. La gente pasaba entre ellos pero ni el lector, ni él, se dejaban desplazar del puesto que habían logrado en el pasillo, sin mirarse, claro; en aparente ignorancia del otro. De tiempo en tiempo, tal vez de un párrafo a otro, el lector hacía ruidos extraños. El escritor supuso que había llegado a un punto de la narración que lo inquietó, una página donde continuar le obligaba esfuerzos de concentración mayores; el lector no dejó de leer, pero a partir de ese momento su actitud se hizo defensiva quizá un poco huidiza. El escritor calculó, por la cantidad de páginas, que había llegado el momento donde el personaje preocupado porque se da cuenta de que lo persiguen se disimula detrás del libro. El escritor recuerda el párrafo y piensa en lo inútil que le pareció el escondite, sin embargo, no había otro. En la novela, el personaje es reconocido por quienes lo persiguen y su intención de esconderse queda frustrada. El escritor observa con mayor atención al lector y cae en la cuenta de que a medida que avanza en la lectura ve menos de él, su respiración se acelera y se esconde aun más detrás del libro. Difícil de comprender, pensó el escritor, que en medio de los ruidos del metro, la gente, los altavoces, escuche con claridad los altibajos en la respiración del lector y más extraño aun que su figura disminuya como la del personaje en la novela. En ese punto, según el cálculo del escritor, el lector ignora lo que sucederá en la novela, quizá desea, como sucede con frecuencia entre los lectores, que el personaje logre evadir la persecución. Pero el escritor sabe que no podrá evadirla.

257-metro-1El lector le cayó simpático al escritor, no porque haya conversado con él o le haya dado alguna opinión acerca de la novela; le cayó bien por el simple hecho de leerlo: comprar el libro y leerlo; pedirlo prestado y leerlo; o robarlo, esa ya es una acción encomiable con uno de sus libros, robarlo y leerlo. El escritor, entonces, se preocupa por la actitud a la defensiva del lector y piensa en la posibilidad de prevenirlo sobre lo que sucederá al personaje de la novela. Por algún motivo que no sabe explicar siente la obligación de ayudarle ya que, a fuerza de observarlo, lo ve como el personaje que él mismo compuso. Imagínese, dijo el escritor, uno de mis personajes en el momento crucial de una de mis historias frente a mí. Un “déjà vu” literario. Mientras el metro avanza y se detiene en todas las estaciones, el escritor recuerda que están a cuatro estaciones del momento en que el personaje será interpelado por quienes lo persiguen. Por primera vez se le ocurre pensar en una solución. ¿Hablarle? ¿Hacerse su amigo? ¿Lograr que entre en confianza y sin anunciarle lo que sucederá, obligarlo a que le entregue el libro o se lo preste antes de llegar a la estación fatídica? La única alternativa que el escritor encuentra es distraerlo, sacarlo de la lectura. Mientras piensa en cómo abordar la conversación con el lector, cada vez más a la defensiva detrás del libro, el tren hace alto en una estación. Los altavoces anuncian horarios, rutas de salida a trenes en conexión o llaman la atención sobre el cambio de itinerarios. Mientras el ruido de voces y el roce de metales se pega a todo y los pasajeros que suben y bajan estrujan a los que ocupan los pasillos, como el lector y el escritor, porque no hay puestos libres; el lector, como el personaje de la novela, hace del libro un parapeto e impide cualquier aproximación del escritor que intentó hablarle cuando otro pasajero, vestido de azul y con audífonos que lo aíslan de todo lo empuja; él exagera el empujón, murmura una disculpa que el lector no responde y agrega una queja, algo así como: a esta hora ya no se puede viajar. Pero el lector no se dio por aludido. En la estación siguiente sucedió más o menos lo mismo, otro intento de acercamiento, esta vez preguntando la hora, con la misma reacción por parte del lector.

257-metro-3Durante el penúltimo el tramo antes de la estación donde subirían los perseguidores, el escritor intentó hablar del libro: ¿es un buen libro? preguntó. Debe ser muy bueno si le permite concentrarse en medio del gentío. El lector, ahora sí prácticamente invisible detrás del libro, levantó los ojos, miró al escritor por encima del borde de la portada y no habló. ¿Quién es el autor? insistió el escritor. En ese momento entraban en la estación, faltaba una para llegar a la parada donde según la novela ya nada tendría reversa, el personaje sería cazado por sus perseguidores. El lector no respondió a ninguna de las preguntas del escritor y cuando los frenos comenzaron a chirriar, el silbido del aire comprimido se deslizó por las rendijas y el timbre de los altavoces anunció la entrada del tren en la estación, el lector cerró abruptamente el libro, algo que sorprendió al escritor porque esa acción no estaba en la novela y tampoco se le hubiera ocurrido; se enderezó tanto como pudo, hasta quedar por lo menos una cabeza más alto que el escritor, murmuró una excusa por la incomodidad y empujó al escritor sin esperar respuesta; pasó a empujones entre los pasajeros y saltó al andén donde se escabulló entre la multitud que esperaba, que llegaba o que partía. Nada de esto estaba en la novela del escritor. Según él, el lector debía ir hasta la siguiente estación donde sería atrapado. El escritor no sabía qué hacer. Con ese cambio, el argumento que le tomó meses, por no decir años, desarrollar perdía piso por completo; ¿quién era quién en la novela, el personaje era el lector?, ¿al revés?, ¿ahora que el lector interrumpió la acción, los perseguidores subirían al tren en la estación siguiente?, ¿dudó incluso de él, cuál era su participación en la trama?, ¿de dónde salió su personaje?, ¿lo había olvidado? Y entonces ocurrió la segunda coincidencia: ese día vestía la misma ropa que el personaje de la novela cuando los perseguidores lo atrapan; era una costumbre suya venida de quién sabe cuál escritor inmortal, como un fetiche: vestir al personaje igual a como él viste en el momento de escribirlo. Quiso ir detrás del lector, seguirlo para saber a dónde iba, qué iba a hacer, con quién se iba a encontrar, necesitaba decirle que debía volver a su puesto en el tren, que si no lo hacía perdería años de trabajo, pero las puertas del vagón cerraron y no logró bajar. En la estación siguiente, donde tendría lugar el encuentro con los perseguidores, tres hombres con la amenaza en la mirada subieron al vagón y fueron directamente hacía donde el escritor se encontraba, no dudaron: un sujeto con las características de quien buscaban y vestido como les dijeron que vestiría se encontraba en el lugar donde estaba marcado que iría el sospechoso. Es lo que sucede en la novela, pensó el escritor…
Argumento. Todo es ficción, dice uno. El resto también, responde el otro. Así comienza la acción en la llamada realidad…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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