Cosas 35

8 agosto, 2020 § Deja un comentario


Norte

Llevo una brújula a todas partes. Todos llevamos una. Algunos se vanaglorian de tenerla incluida en su configuración desde cuando llegaron al mundo. Otros, la mayoría, la llevan como agregado posterior. Los usuarios del celular, muchos lo ignoran, llevan, como yo, una brújula a todas partes. Me he preguntado cuál fue la razón para que los diseñadores de estos artefactos “inteligentes” entre comillas, decidieran incluir una brújula entre las utilidades al alcance de un toque suave. Para hacerlos más inteligentes es una razón de paso. Otra razón, no de paso sino de peso, es para proporcionar a los embolatados, inseguros, distraídos, vacilantes, movedizos, un “Norte” que les sirva de guía. Me pareció una razón de peso cuando la descubrí en el celular que llevo a todas partes, que miro cada diecisiete segundos y me sirve sobre todo de libreta de apuntes porque en él anoto lo que veo, a quienes veo, lo que hacen, cómo lo hacen y, lo he repetido en numerosas ocasiones, donde consigno las ficciones que sus acciones me sugieren; ficciones que, al fin y al cabo, no son las de ellos sino las mías. Por accidente, apreté donde no debí hacerlo, encontré la brújula en el celular y me sentí perdido. Entonces recordé un texto escrito hace ya algunos años para el Pequeño Periódico titulado “Norte” donde, con la ayuda de la brújula y sus orígenes chinos –una aguja de magnetita, mineral con propiedades magnéticas, pegada a un trozo de bambú que flota en un recipiente con agua y gira sobre su eje hasta indicar el Norte Magnético–, hacemos un recorrido por los “Nortes” con los que nos relacionamos. La brújula permitió descubrir que el Norte Magnético era un punto en permanente movimiento, cuarenta kilómetros cada trescientos sesenta y cinco días. Al Norte Geográfico llegó Robert Peary el seis de abril de mil novecientos nueve, cuando alcanzó el Polo Norte. Con ese Norte establecido en posición, coordenadas, eventos, lenguaje, y todo lo demás, apareció el Norte Simbólico, aquel lugar imaginario donde la expresión “Perder el norte” tiene origen; sin embargo, el Norte no solo se pierde, también se encuentra y significa: seguridad, éxito o al menos la posibilidad mínima de error. Pero el magnetismo del Norte Simbólico es endeble, tan fácil se encuentra como se pierde. Debido a los movimientos continuos del centro magnético de la Tierra cada trescientos mil años el Sur toma el lugar del Norte, en ese evento las brújulas indican el polo opuesto y toda la seguridad que representa el Norte Simbólico queda reducida a nada, las direcciones se trastocan, el Sur pasa a ser el punto de referencia y quien pierda el Norte pero halle el Sur se encontrará perdido pero en el lugar correcto, solo que cuando esto suceda será necesario adaptarse a otros códigos de organización, dirección y guía. Es posible que nos veamos enfrentados a esa situación. Sin embargo, existe un factor capital para tener en cuenta: el centro magnético de la Tierra está en su núcleo, las brújulas indican el Norte Magnético como punto de referencia pero como su desplazamiento es permanente, ese punto de referencia es incierto, igual que el Norte Simbólico. Si, llegado el momento, las brújulas indicaran el centro de la Tierra, como es posible que suceda, significaría que ya nadie tiene la necesidad de buscar el Norte Magnético como materialización del Norte Simbólico, todo el mundo estaría parado en su propio Norte, no sería necesario ir, venir o buscar más allá. Aquel símbolo de seguridad y en cierta forma de logro, estaría bajo los pies de cada uno. Parece una ficción y eso es, aunque es bueno tener en cuenta que en este mundo cambiante la ficción se repite hasta convertirse en realidad…

Cosas…

… Hay “cosas” que estremecen pero también hay “cosas” que alegran…

Los “Retratos Aislados” están aquí…

Cosas 34

1 agosto, 2020 § Deja un comentario


Ojos

Fue la única de todas las presentes que me miró. Me miró, digo, porque al acercarme al mesón donde estaban exhibidas era la única que no tenía la cabeza derecha y los ojos a los costados como todas las aves. La que me miró era, de toda evidencia, de la misma familia de la veintena que la acompañaban pero distinta, la única que miraba, las otras tenían ojos pero no parecían ver; era también, la única de un color distinto al negro de siempre de las mariamulatas. La que me miró sin mover sus ojos era de un tono ocre oscuro, quizá no era una como las que inmortalizó Enrique Grau. Ninguna movía sus ojos, eran tallas en madera pintada realizadas por artesanos de la Costa. Sin embargo con aquella mariamulata sucedía algo curioso, sus ojos me seguían, si me movía dos pasos a izquierda o derecha sus ojos parecían desplazarse igual; si me paraba en frente, el mesón donde estaban exhibidas era relativamente bajo, sus ojos miraban hacia arriba, y cuando me agaché delante de ella y la miré de frente, sus ojos me siguieron. Le pedí a mi mujer que la comprara, le dije que sus ojos me perseguían y de paso, después de comprarla, cuando ya íbamos camino a buscarle un lugar en nuestra casa desde donde nos mirara fijo, sin pestañear, le conté que cuando era niño, tendría seis o siete años, vivíamos en el barrio La Candelaria de Bogotá cerca de la iglesia de San Alfonso María de Ligorio, donde me bautizaron y años después ardió hasta las cenizas en un incendio imposible de apagar. Vivíamos por allí en un apartamento de segundo piso al final de un pasillo de unos diez o quince metros donde también había otro apartamento, si recuerdo bien eran dos o tres por piso. En el primer piso ocupando la misma área de los apartamentos del segundo y tercero, tenía su estudio y cuarto oscuro un fotógrafo que colgaba a lado y lado del pasillo de entrada al edificio, con techo más alto pero de la misma extensión que el que llevaba a nuestro apartamento, fotografías de las personas que iban a su estudio para que les hiciera un retrato de cumpleaños, de compromiso, de grado o de estilo. Cada vez que pasaba por aquel pasillo, en las mañanas cuando salía para el colegio o al medio día cuando regresaba a almorzar; o en las tardes cuando salía de nuevo para el colegio y cuando regresaba entre las cuatro y cinco de la tarde, los personajes enmarcados y en sus poses fotográficas me miraban pasar, sus ojos me seguían desde la puerta de entrada hasta final del pasillo donde comenzaban las escaleras. No importaba si mi paso era rápido o lento, todos los ojos seguían mis movimientos y si me detenía se detenían y si corría hacían esfuerzos para no salirse de sus órbitas y seguir mi carrera, al menos eso era lo que yo creía. Era un juego que me divertía. Pasé muchas horas recorriendo aquel pasillo de un lado a otro, la verdad, se convirtió en el espacio de mis juegos y ellos, los retratados, en compañeros de aventuras con quienes inventaba encuentros y escondites. Sucedió igual con la mariamulata que aquella tarde no me quitó el ojo de encima. Hoy se encuentra en un pedestal en la entrada de la habitación donde paso la mayor parte de las horas del día y cada vez que paso a su lado siento su mirada, como sentía las que me seguían cuando caminaba o corría por el pasillo del fotógrafo. Ahora solo nos miramos, los espacios no son iguales y los tiempos tampoco…

Cosas…

… Qué “cosa”… si estuviéramos jugando un partido, del deporte que sea, podríamos decir que la “cosa” va ganando… 

Un recorrido virtual por los “Retratos Aislados” está aquí…

Cosas 33

25 julio, 2020 § Deja un comentario


Manos

El Juego de manos es un dibujo al “scratch” –una técnica que consiste en raspar con pluma sobre un cartón cubierto por yeso negro, al contrario del dibujo con tinta–. Es un dibujo de cuando era observador de manos y aun lo conservo cerca. Tres manos con todo: una izquierda, otra derecha y una tercera de apoyo. Quince dedos, cinco en cada una, la misma cantidad de uñas a pesar de que es posible que alguna haya cambiado de color por accidente, golpe o machucón; en las palmas, que no se ven, están las líneas donde los expertos definen lo que vendrá y lo que no. Hay quien dice: “… ‘El ojo táctil’ se encuentra en las puntas de los dedos…” esta frase estuvo, seguramente, al origen del dibujo y se manifiesta al rozar con suavidad, en círculos cortos, la yema del pulgar con las del índice y el corazón. Cuando hago ese movimiento, palabra sin voz, siento lo que no había visto. En ocasiones, cuando hablan, porque las manos hablan, lo hacen con una sola voz; esto no indica, por supuesto, que sean idénticas; las manos vienen con habilidades que se complementan en acciones con un mismo fin, aunque en términos simbólicos –izquierda, derecha– las divergencias son notables a pesar de que los extremos se junten. Durante años fui observador de manos: qué gestos hacen, cuándo los hacen, cómo se expresan, dónde y cuándo se esconden o salen a relucir. Un ejemplo flagrante es no saber qué hacer con ellas; dejarlas en los bolsillos o engarzadas en la espalda como garras para que nadie las vea; cuando las manos van a la cabeza puede ser signo de desespero o de viento que despeina; y cuando se cierran como puños o se estiran para frotar los ojos con las yemas de los dedos puede significar la intención de ignorar aquello que está ahí y bien ahí. Ellas obedecen órdenes pero su respuesta es cifrada. El personaje, ciego de nacimiento, de “Amanecerá y veremos” una novela corta, recobró la vista por accidente pero su sorpresa fue mayor cuando cayó en la cuenta de que el mundo que aparecía ante sus ojos, que siempre imaginó deslumbrante, lo era más cuando, ciego, lo descubría con los ojos del tacto. Muchos no saben qué hacer con ellas, actores en escena o gentes de a pie que, por los avatares del día a día, deben enfrentarse a otros que padecen el mismo drama, siguen entrenamientos intensos para encontrarles lugar. Hace poco en una sala de espera, a parte de aquellos que van de un lado a otro y se distraen mirando el piso o mirándose las uñas, observé que la mayoría pasa el tiempo con las manos sobre las piernas; manos sin expresión, sin ganas. De lejos, porque la sala era amplia, vi manos separadas, abiertas, una sobre cada pierna; cerradas cada una por su lado o apretadas entre ellas. Pocas veces, esa figura, podríamos llamarla así, sucede por angustia o cosa parecida, es el resultado de la espera, lo digo porque cuando se trata de algo distinto apretar no es suficiente, es necesario agarrar lo primero que se encuentre cerca, objeto o persona. Pero no todo es impulso irrefrenable,  hay manos que se mueven al ritmo de las palabras y en ocasiones son más expresivas que el discurso mismo, por supuesto, también las hay que callan bajo los brazos cruzados pero eso no les resta intención. A pesar de que tienen la misma configuración: palma, dorso y cinco dedos, cada uno con nombres bien definidos y en todas es igual, es imposible encontrar dos iguales, incluso en la misma persona. Las uñas, las mujeres las llevan pintadas, y los adornos: anillos, argollas, pulseras, sin mencionar los guantes porque podrían tomarse por disfraz, hacen la igualdad. Las manos,  cuando no se quedan quietas, hacen dibujos en el aire como en el  Juego de manos… 

Cosas…

… El anunció fue: la “cosa” es cosa seria… pero muchos no creyeron… ¡Qué cosa!

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 32

18 julio, 2020 § Deja un comentario


Máscaras

Son dos las máscaras que se acomodan y en ocasiones se desacomodan pero vuelven a su lugar cerca de mi puesto de trabajo. Son dos, pequeñas, les sobra espacio en mi mano abierta. Una la conseguí hace algunos años, ¿tres, cuatro?, en un mercado de la ciudad de Morelia en México. Era la más pequeña entre las máscaras que poblaban la estantería. Era su única diferencia. Todas tenían el mismo tono rosado piel, el mismo mostacho negro sobre el labio callado y los mismos ojos lentos. Pero lo que me obligó a acercarme a ellas fueron dos ranuras en los párpados que de lejos semejaban el comienzo de ojeras y de cerca la certeza de que eran máscaras de esas que utilizan los actores en escena o en carnaval. Elegí la más pequeña porque a pesar de ser igual a las otras la obra que alguien representara con ella puesta debía ser para dos caras, una suerte dos en uno, como Jekill y Hyde. La segunda máscara la encontré en un almacén de mil cosas en el municipio de El Retiro, cerca de Medellín. Uno de esos almacenes donde hay de todo, desde cremas de manos hasta fertilizantes florales, pasando, claro está, por tinturas, telas, lápices de colores, adornos, juegos, joyería de diseñador, bebidas o dulces saludables y, no podían faltar, máscaras. La que saltó a mis ojos tenía puntos negros rodeados de un halo naranja en lugar de ojos; por nariz, dos arcos medios al final de una línea gris oscura de arriba abajo que la partía en dos; nada de boca y sin embargo una suerte de lengua sobresalía hasta tocar un collar de argollas blancas alrededor del cuello. La piel, de tono amarillo ocre rodeada de gris oscuro marcaba el óvalo que, incluyendo una forma de puntas redondas, hacía las veces de corona o sombrero. Si bien sus proporciones eran los de una figura humana la condición de máscara ritual era evidente por la textura con la que había sido concebida. La compré. Y cuando llegué a mi casa le encontré lugar al lado de la máscara de teatrero de Morelia. Esto sucedió hace un tiempo ya, meses, quizá más de un año. Después de aquel día, cada vez que paso a su lado, lo hago varias veces al día, tengo la sensación de que ellas, las máscaras, al sentir mi cercanía se separan para no delatar su complicidad. En estos tiempos de confinamiento obligatorio mi tiempo en su cercanía aumentó, lo mismo que la sensación de confabulación entre ellas. Recordé que Saramago escribió en sus “Cuadernos” un texto donde hacía mención de las actividades y actitudes, incluso relaciones de las cosas entre ellas durante la noche, cuando todos duermen y nadie las mira. “El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde” de Stevenson, también volvió a mi memoria, no solo porque ya había pensado ver en ellas al uno y al otro, si no porque Henry Jekill y Edward Hide, en un solo cuerpo, evidenciaron la inconformidad de Jekill, que Hide convirtió en crimen, como resultado del desasosiego que le producía la conservadora Inglaterra de finales del siglo XIX. ¿Como Jekill y Hyde las máscaras están a disgusto en el lugar que les correspondió en mi casa? Qué puedo esperar de ellas si desde los primeros días del encierro, cada vez que paso a su lado, siento que ocupan su puesto como si nada y me ignoran, pero es evidente que disimulan. Ha sucedido que sentado frente a la pantalla de mi computadora, cuando el silencio del confinamiento se cuela por todas las rendijas, las escucho cuchichear. ¿Traman?, ¿qué traman?, ¿Jekill y Hyde?, ¿en mi casa? Entonces la duda se instala. ¿Será mi imaginación? O será el peso atronador de los días de encierro que las acosa…

Cosas…

… Y la “cosa” ahí…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 31

11 julio, 2020 § Deja un comentario


P38

El año pasado, en un almacén de muebles, me crucé con una silla que me trajo a la memoria las novelas de Antoine de Saint–Exupéry. La forma de la silla, quizá parecida a la que ocupaba en su P38 cuando desapareció en el norte de Africa en julio de mil novecientos cuarenta y cuatro, me trajo el recuerdo y ocupé la silla a riesgo de que alguna de las empleadas me llamara la atención o intentara vendérmela. Miré a lado y lado como si desde aquel lugar pudiera distinguir la costa mediterránea o el desierto del Sahara donde transcurrió “El Principito” una de sus narraciones más leídas, sino, la más leída. Seguramente porque Saint–Ex., como lo llamaban sus allegados, ha estado alrededor desde hace años, tengo objetos que lo recuerdan. El libro mencionado y otros como “Piloto de guerra”, “Correo del sur”, “Vuelo nocturno” que fueron lecturas de otros años rondan en lugares precisos de las estanterías con libros que hay en mi casa. Una chaqueta de cuero usado, como el de la silla aquella, y forro reforzado para el frío de las alturas, descansa en un armario cercano. El avión que conservo y desde el primer momento, cuando lo vi entre los cacharros de un taller de soldadura, me pareció el P38 de Saint–Ex, ocupa un lugar preferencial detrás de mi puesto de trabajo. Recuerdo que lo distinguí entre desechos de latón, alambres retorcidos, tornillos, tuercas y abundante polvo oscuro por el hollín y la grasa. El avión, pequeño, cabía en la palma de mi mano, sobresalía porque su fuselaje era una bujía para motor de gasolina, la rosca de la bujía parecía la cabina del avión coronada por una hélice maltrecha, las alas debajo del fuselaje y también de latón oxidado, dos escarpines a manera de esquíes hacían las veces de llantas. Fue tal mi entusiasmo al verlo y rescatarlo de entre el amasijo donde se encontraba que, cuando pregunté a Edison el dueño del taller, cuánto valía el avión me dijo: lléveselo, se lo regalo. Quise preguntarle por qué había ensamblado ese avión pero sin darme tiempo, me dijo, espéreme, entró al taller y regresó cinco minutos después con un libro en la mano. Era “Vol de nuit” en francés en la edición de 1935 de “Le Livre de Poche”. El libro que en la portada tenía una ilustración del P38 en pleno vuelo en medio de nubarrones oscuros, estaba ajado, las puntas dobladas y el borde de las hojas amarillento por el tiempo y el polvo oscuro del taller. Lo saqué de aquí, dijo, un día, hace tiempo, apenas comenzaba con el taller, una señora trajo una caja con cachivaches y me dijo: como usted vende cosas viejas y usadas ahí le dejo esa caja que estorba en mi casa. En esa caja venía el libro. Como no sé francés y me gustan los aviones guardé el libro que según el momento, el día o el estado de orden del taller pasa de un cajón a una estantería o debajo de alguna mesa de trabajo; pero, dijo con seguridad en su voz, no lo boto ni lo regalo ni lo vendo y, como a usted le gustan los aviones, llévese el avión y yo me quedo con el libro. Así llegó la versión de Edison del P38 de Saint–Ex a mi casa. Con frecuencia, entre sesiones frente a la computadora miro el avión con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación…

Cosas…

… La “cosa” vino para quedarse… eso dicen, a menos que… que ¿qué?…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 30

4 julio, 2020 § Deja un comentario


Alebrijes

Sigue la narración de una búsqueda de hace algunos años que dio como resultado el Alebrije que conservo cerca y hace parte de lo cercano de cada día. Sucedió así: Alebrije en “caló”, variante del “romaní”, lengua gitana, significa: cosa enredada, difícil y de tipo confuso o fantástico. Nunca había escuchado la palabra que un conocido, al enterarse de un posible viaje a México, mencionó como algo que quería para él. Después de buscar en diccionarios y en internet encontré que los alebrijes eran figuras fantásticas creadas por un “cartonero”, así llaman en México a quienes hacen figuras en papel maché, llamado Pedro Linares López. En 1936 Pedro sufrió una grave enfermedad y cuando volvió del coma dijo que se había encontrado con animales fantásticos, que le gritaban ¡AlebrijesAlebrijesAlebrijes! Eran leones con cabeza de perro, serpientes con alas y testuz de jaguar, iguanas de colores y colas retorcidas en tirabuzón, puercoespines con apariencia de osos hormigueros y puntas de colores en el cuerpo. Para que sus familiares vieran cómo eran aquellos seres fantásticos los recreó en papel maché, con tan buena fortuna que la fama de sus figuras traspasó los muros de su casa. Otra versión dice que los Alebrijes fueron obra de un artesano esquizofrénico de Oaxaca que, en sus crisis alucinatorias, veía seres fantásticos, armados con alas, cuernos, garras y cabezas de animales que no pertenecían a esos cuerpos. Las dos versiones tienen un punto en común, ambas aseguran que los hijos heredaron el oficio de “alebrijeros”. Entre los alebrijes creados en Ciudad de México y los de Oaxaca hay una diferencia fundamental, los primeros son hechos en papel maché, los segundos tallados en madera de copal. Buscar los alebrijes en el DF, como llaman en lenguaje telegráfico a Ciudad de México, se convirtió en una persecución en filigrana por la variedad de versiones que nos llevaron por pistas equivocadas. No todas las figuras zoomorfas que se concentran en los anaqueles, mercados o vitrinas de almacenes y puestos de artesanos, son alebrijes. Alguien nos dijo que en la Avenida del Ayuntamiento pero encontramos el rastro frío. Al día siguiente fuimos por los alrededores del Zócalo, los habían visto por allí pero solo dimos con almacenes a puerta seguida que ofrecían la mayor cantidad de Vírgenes de Guadalupe que habíamos visto. En un restaurante de Coyoacán tuvimos por vecino de mesa a Juan Villoro y estuvimos a punto de interrogarlo, quizá él conociera alguna pista pero los espejos que duplicaban el lugar nos dejaron la sensación de que solo habíamos visto su reflejo. En “La Ciudadela” encontramos un “alebrijero”. Había allí, en canecas transparentes, innumerables alebrijes en papel maché, casi todos representando un animal de cuatro patas con garras de dinosaurio, aleta en el lomo y pico abierto de ave en lugar de hocico, ninguno estaba pintado. Un hombrecito pequeño, con apariencia de muchacho pero voz de bajo que lo hacía parecer mayor, nos dijo: “en San Ángel”. Para llegar allí pasamos por callejones estrechos de piso en piedra y casas con muros insalvables. Recorrimos puestos con músicos, pintores de Ex-Votos, vendedores de telas bordadas con animales inesperados cercanos a los alebrijes, pintores de lucha libre y tejedores de sueños, hasta que llegamos a un “alebrijero” de segundo piso. Detrás de vitrinas protectoras nos esperaban tallados en copal, pintados, de todos los tamaños y combinaciones de alas, garras, colas, cuerpos y colores. La pista estaba allí, sin embargo, la persecución solo comenzaba y debía seguir en la medida que los “alebrijeros” en madera de copal de Oaxaca o de papel maché del DF, estimulen la imaginación con combinaciones cada vez más fantásticas…

Cosas…

… La “cosa” es cosa seria y deja sin respiración… Qué “cosa”…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 29

27 junio, 2020 § Deja un comentario


Drama

Una mañana, antes de que la “cosa” nos confinara, subí al metro en la estación de Envigado. Iba para el Parque de Berrío tras uno de los recorridos que por aquellos tiempos hacía con frecuencia por las calles del centro. Era temprano y el vagón venía con puestos libres; incluso mi lugar preferido, al lado de las puertas corredizas, contra la barra que separa los asientos del área de desembarque estaba desierto. Apenas subí al vagón ocupé, de pie, mi lugar de siempre. A pesar de que me hubiera podido sentar “prefiero no hacerlo”, copia de la sin razón de Bartleby. Desde ese puesto tengo visión global del vagón, de los pasajeros y de lo que hacen, sobre todo de cómo manejan sus ficciones, algo sencillo cuando la práctica para descubrirlas, por un movimiento, por un tic, por un cruce o descruce de piernas o por un abrir y cerrar del bolso o el morral, se agudiza. Aquella mañana desde mi puesto al lado de la puerta que no se iba a abrir porque el andén de las estaciones siguientes estaba en el otro costado, tenía vista amplia del vagón y sus pasajeros. A esa hora, diez o diez y media de la mañana, viaja gente que no tiene afán ni horarios por cumplir, debe hacer alguna diligencia sin la presión de la urgencia o tiene tiempo para llegar donde debe llegar. Dos hombres altos, gruesos, uno con maletín de vendedor; el otro con gorra de deportista que no hace deporte y un estuche como de taco de billar, estrecho y largo colgado del hombro, se sostenían en la barra del pasillo; una enfermera y tres estudiantes ocupaban asientos cerca de dos señoras que iban a encontrarse con amigas, lo supuse porque iban bien vestidas, maquilladas y no paraban de cuchichear entre ellas. De los pasajeros cercanos, las dos mujeres y el hombre con el taco de billar al hombro eran los únicos que no estaban concentrados en mirar fotos o chatear. Los otros, incluso un policía, iban pegados del aparatico. Si los tomara uno por uno, seguramente encontraría sus ficciones a flor de piel. Iba precisamente a concentrarme en el hombre con gorra y taco de billar al hombro que parecía libre de celular, de tiempo, de la presión de un jefe fastidioso o de una esposa angustiada y seguramente iba jugar algún campeonato de tres bandas que tenía pensado ganar, cuando una mujer de edad promedio se atravesó entre nosotros y me obligó a seguirla con la mirada; era una mujer bonita que caminó apresurada hasta detenerse frente a la puerta siguiente. El tren iba a entrar en la estación y la mujer quería bajar en ella, no parecía nerviosa pero una suerte de rasquiña la obligaba a mantener la mano cerca de la oreja izquierda; los audífonos, me dije, es lo normal en estas épocas de conexión permanente. El tren entró en la estación, las puertas se abrieron, nadie subió, la mujer tenía espacio para bajar pero la molestia en la oreja no la dejaba tranquila y cuando el timbre anunciando el cierre de puertas sonó, dio un salto hasta el andén, apenas lo hizo giró sobre sus talones porque un brillo, pequeño, cayó de su oreja al piso, la mujer lo sintió, quiso volver pero el cierre de las puertas ya era irreversible. Nadie. Ni los dos hombres de pie, ni las mujeres que iban a la reunión de amigas, ni la enfermera, ni los estudiantes se dieron cuenta del drama que dejó como evidencia un brillo pequeño, bien visible desde mi puesto, en el piso de caucho oscuro. Me adelanté hasta la puerta y recogí el objeto, un arete con piedra morada y brillantes alrededor. Lo guardé en mi bolsillo. Pensé bajar en la estación siguiente y esperar a la mujer para devolverle el arete pero me pareció inútil; lo hubiera tenido que llevar a la oficina de objetos perdidos pero no lo hice. Decidí guardarlo. Por culpa del encierro, hace pocos días mientras organizaba los objetos que conservo cerca de mi puesto de trabajo, me crucé con el arete que me recordó su drama y el del hombre con gorra de deportista que, es posible, regresó a casa sin jugar el campeonato de billar que tenía pensado ganar…

Cosas…

… Siendo las cosas lo que son, la que nos tocó en suerte, sin forma ni color, no es una “cosa”… es otra “cosa”…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 28

20 junio, 2020 § Deja un comentario


Otto

Las coincidencias están en todas partes y cuando se cruzan el resultado es inesperado. Hace pocos días el tedio del confinamiento me llevó a revisar el contenido de mi computadora. Por azar abrí una carpeta de hace algunos años donde encontré un texto titulado: La sombra de Marolini. Me entró curiosidad porque recordaba poco el texto, pensé que lo había escrito otra persona. Se trata de una novelita corta de esas que no publica nadie porque no es de mafiosos ni tiene el morbo del desarraigo social incluido y menos aun la “cosa” que nos acorrala. Es una novelita que narra la relación entre “El Gran Marolini”, mago de circo, y un joven de quien nunca se menciona el nombre y llega o mejor, no llega, a ser su ayudante porque vive enamorado de la diva que acompaña al mago en escena: “Galaxia”, una mujer hermosa que aparece y desaparece pero desaparece más de lo que aparece. En la búsqueda de “Galaxia” el joven candidato a asistente cuenta su búsqueda al trapecista: Lucio Lomas en la vida civil; “Otto. The flying man” en escena, en homenaje a Otto Lilienthal el inventor del planeador. Otto era un solitario que salía de su carromato para hacer acrobacias en el trapecio; el resto del tiempo lo pasaba pintando máquinas voladoras con la minuciosidad de quien sabe de volar. “… Vivir en los aires es mi profesión. Fui ‘hombre bala’ pero un accidente me planteó la disyuntiva: el trapecio o el pavimento. Elegí el trapecio…”, confiesa Otto en un momento de la conversación. Leí la novelita. Otto llamó mi atención por su convicción de hombre volador pero sobre todo porque reencontrarlo, pues fui yo quien escribió la novelita, me llevó al efecto “coincidencia” que menciono en la primera línea de este texto. En una repisa cercana al puesto donde paso buena parte de mis días, un grupo de trapecistas, ocho, venidos de distintos lugares esperan que me detenga a su lado y apriete la base del trapecio para ejecutar malabares que no se repiten. Dos, llevan vestido de superhéroe, Batman y el Hombre araña; otro lleva un vestido de letras porque lo recibí en una Fiesta del Libro; otro, es mujer, lleva un vestido corto, oscuro con puntos claros, y la encontré en un bazar en el oriente de Antioquia; los otros cuatro, llevan uniformes de equipos de fútbol: Medellín, Nacional, Selección Colombia, el de la Selección se repite. Los vende un hombre que podría ser Otto, por su aplicación al vuelo de los malabares, en una esquina a tres semáforos de mi casa. Lo vi cuatro veces, en cada una me pareció que lograba obtener de los trapecistas, frente a las ventanillas de los carros, malabares irrepetibles y cada vez le compré uno. Un medio día le pregunté si tenía trapecistas con uniformes de otros equipos, el Barcelona por ejemplo. Me miró, seguramente como Otto miró al joven candidato a asistente cuando le preguntó si conocía a Galaxia, por supuesto, en ese momento no hubiera podido imaginarlo, pero el hombre que ahora recuerdo como Otto me miró y me dijo: la semana entrante se lo tengo. Pero la semana entrante no llegó, la “cosa” nos acorraló y nos tiene haciendo malabares en tierra. Ojalá Otto, el de la esquina a tres semáforos de mi casa, siga con su aplicación al vuelo de los trapecistas…

Cosas…

… ¿Será que con el tiempo llegaremos a pensar: no hay “cosa” que por bien no venga? … ¿Será?

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 27

13 junio, 2020 § Deja un comentario


Espejismo

Sucedió en uno de esos pasillos limitados por telas de plástico verde que se utilizan para disimular, a ojos de los transeúntes, el avance de las obras públicas. Medio día, el sol y el calor se cuelan por todas las rendijas, las únicas sombras son las que proyectamos la mujer vestida de flores de todos los colores que avanza por el pasillo y yo, unos diez pasos detrás. Nadie más de este lado del plástico verde. Del otro lado se escucha el fragor de los taladros mecánicos y el choque del metal contra el pavimento que es necesario romper para instalar otro que quedará como nuevo cuando las reparaciones en las tuberías estén listas. El tráfico de vehículos particulares, además de taxis, buses, camiones y camionetas de todos los tamaños, contribuye al estrépito que sacude todo a los dos lados del plástico verde. El pasillo, transitable a riesgo del peatón, parece una servidumbre desierta si no fuera por el ruido y la polvareda. De repente un brillo fugaz cae de la mano de la mujer y rebota contra el pavimento. Ella, sin prestar atención al objeto, sigue su camino. Hubiera esperado un gesto, ver que se detiene y lo recoge, pero siguió como si nada hubiera sucedido. Dos cosas: no se dio cuenta de la pérdida o no quiere ser reconocida dejando objetos abandonados en la calle. Como no había notado que yo estaba a unos pasos, caminé un poco más rápido, disminuí la distancia entre nosotros y comprobé que lo que cayó de su mano fue una pierna de Barbie, la muñeca que primero fue juego de adultos y luego de niñas, casi destruida, arrancada de su cuerpo por la fuerza, rota. Mientras me recosté contra la tela verde para tomar la fotografía la mujer se alejó, caminó más rápido y unos pasos más adelante otro objeto se deslizó de su mano. Aceleré el paso. Ella también. Alcancé el nuevo objeto y me encontré con otra pierna de Barbie, esta vez sin zapato, sin pie, al lado de una marca verde pintada sobre el asfalto por los ingenieros de la obra. Se está deshaciendo del pasado, me dije y quiere que se lo trague la tierra o, al menos, los trabajos en la vía. La mujer caminó sin mirar atrás y a medida que avanzaba, rápido pero sin correr, quizá no tenía la fuerza para eso, dejaba caer al pavimento roto y polvoriento por los trabajos, pedazos de Barbie: brazos, piernas, torso, abandonados a su suerte. El cuerpo entero. Íbamos más allá de la mitad de la servidumbre cuando la perdí de vista, ella avanzó rápido y yo me distraje con los pedazos que encontré. De repente, por culpa de un viento que no sé de dónde vino y levantó el plástico verde unos ojos me miraron fijamente. El plástico subió y bajó. Los ojos me miraron y desaparecieron tras el verde. Parecían fijos. Una camioneta estuvo a punto de atropellarme cuando intenté agacharme para verlos de cerca. Descubrí entonces que un par de ojos sin mirada me miraban sin pestañear enmarañados en la cabellera rubia de Barbie. Recordé entonces una frase que siempre pensé de Borges: “…No son ojos porque te ven sino porque los estás viendo…” –alguien me señaló un día que no era de él–. Quizá, me dije, los fragmentos de muñeca, la mujer que ya había desaparecido y los ojos enmarañados por la cabellera, fueron un espejismo, una jugada de la hora, del sol, de la ausencia de sombras. Sin embargo, la pierna certifica el momento. La mujer, el espejismo como la llamé, se alejó sin mirar atrás abandonando en el camino, como marcas para un improbable regreso, fragmentos de tiempos idos…

Cosas…

… Cuando no las entendemos, las cosas como la “cosa”, nos acorralan…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 26

6 junio, 2020 § Deja un comentario


Marcado

Al otro lado del cruce de Junín con la avenida La Playa donde en otras épocas el café La Bastilla, fundado en 1920, fue centro de reunión de artistas, poetas e intelectuales con don Tomás Carrasquilla a la cabeza, tuve la idea de pedir un café y esperar, siempre estamos a la espera de algo, mientras miraba pasar la gente. Es posible que en algún recoveco de aquella intención se encontrara el deseo de ver aunque fuera de lejos al mismísimo don Tomás tomando café y conversando con sus amigos. El lugar, hoy, no tiene parecido con el Café de antes, la clientela parece apurada, consume sin hablar y libera la mesa tan pronto termina. Aparte de la mesa vecina donde dos hombres mayores tomaban un desayuno abundante en silencio, tal vez están allí desde las épocas de don Tomás, en las otras mesas no se notaba la intención de mirar la gente, conversar o escuchar, como antes, alguna historia de boca de don Tomás. Por un lado el ruido de la calle que no deja hablar ni escuchar y por el otro, una cierta presión en el ambiente que obliga a partir. Solo los dos hombres mayores en la mesa vecina parecían protegidos de aquello, incluso llegaron a cruzar entre ellos palabras que no pude escuchar. Terminé mi café y como es costumbre fui a hacer la fila frente a la caja para pagar mi consumo. Delante de mí, seis personas con sus tiquetes en mano esperaban que un joven vestido de negro con peinado en puntas engominadas y brazos tatuados recibiera tiquetes y dinero. Cuando llegué a la fila el joven sostenía un intercambio de palabras y billetes con el cliente que encabezaba la fila. Con el siguiente fue igual y con el siguiente también. La fuerza indefinida que incitaba a partir y el ruido me obligaron a espiar la causa de la demora. Alcancé a notar que un billete era objeto explicaciones, demoras y devoluciones. El cliente delante de mi pagó su consumo, revisó el cambio y cuando llegó al billete en cuestión lo devolvió al joven quien, con un gesto de impotencia, lo recibió y lo cambió por otro. Mi turno sucedió como en cámara lenta. Los brazos tatuados, la mirada precisa, el teclado de la registradora, el recibo de mi consumo y la voz por encima de todos los ruidos: tres mil novecientos pesos, fueron como una acción eterna. El joven recibió mi billete de cinco mil pesos, inscribió el valor, esperó que la registradora entregara el tiquete con el monto de la devuelta, tomó el billete que nadie quería del lugar donde siempre lo dejó y me lo entregó disimulado bajo el recibo de caja, blanco con cifras negras, casi tan grande como el billete, además de una moneda de cien pesos. Esperó que yo lo recibiera. Todo esto en cámara lenta tomó una eternidad. Recibí el billete marcado con una escritura azul por las dos caras, quizá una declaración o una historia que quise conocer, mientras el joven esperaba mi reacción. Una fracción de segundo, eterno, se deslizó entre su mirada precisa y el movimiento de mis manos al doblar el billete por la mitad y guardarlo en mi billetera, como si nada. Respiró con alivio y liberado de semejante peso se dispuso a recibir el dinero del cliente que seguía en la fila. Entonces salí a la acera de aquel Café con historia, con la seguridad de llevar en mi billetera otra historia marcada en el billete…

Cosas…

… Dicen que la “cosa” vino para quedarse. Lo que pasa es que nadie quiere saber dónde, ni cómo, ni con quién…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” en la imagen y listo…