El jubilado que todos llevamos dentro

22 julio, 2017 § Deja un comentario


El hombre con figura de jubilado espera a mi lado. Habla solo. …Eso se sabe, dice en voz baja… …Eso se sabe… Camina tres pasos, regresa, va hasta la esquina, vuelve a su puesto. …Eso se sabe… Apenas lo escucho porque los motores, las sirenas y otra voz que se acerca vendiendo tarjetas para el metro, a mil pesos, pasan por encima de su voz. Gritos, músicas distintas y hasta murmullos mezclados con los motores entierran las voces. Sobresale, una o dos veces la de una mujer …llámala aunque sea una vez, dice. Un hombre al que faltan los dientes de abajo ve al jubilado que espera, y lanza una retahíla que no alcanzo a distinguir, me acerco, el hombre sin dientes explica por qué necesita plata para completar el pasaje, mientras habla muestra unos papeles que el jubilado no lee, saca una moneda del bolsillo y la deja en la palma de la mano abierta donde el hombre sin dientes tiene otras monedas. El jubilado se inquieta, la cita que espera no llega, supongo que espera una cita, si estuviera matando el tiempo como yo se notaría; ¿espera una mujer?, ¿un cliente?, ¿otro jubilado?, ¿una jubilada?  Con un gesto seco saca el celular. Marca el número de quien no llega, supongo, y supongo también que el interesado en ese encuentro es él, si no, no hubiera inquietud. Quien respondió dijo, sin mediar saludo, que no llegaría porque algo se varó, no prende y no sé qué hacer, dijo. A pesar de los ruidos alrededor escuché todo. La cara del jubilado no dejó ver nada, ni emoción ni angustia. El incumplido o la incumplida debió llamar, avisarle que no iba a llegar, murmuré, pensé en decírselo pero no me dio tiempo, abandonó el lugar y caminó calle arriba. A unos cincuenta metros, frente a la entrada de lo que antes era una sala de cine y ahora es parqueadero, frente al portón alto, abierto hacia el interior oscuro como un pozo sin fondo, el hombre que administra la entrada y salida de carros esperó al jubilado, caminó unos pasos a su lado y dijo, ¿le puedo hacer una pregunta? El jubilado no respondió, solo movió la cabeza. El hombre esperó mientras dieron dos pasos más calle arriba y preguntó: la cebolla de huevo, cuando todavía está sembrada tiene hojas, ¿cierto?, como unas ramas verdes largas, ¿cierto? La pregunta sorprendió al jubilado, parecía una pregunta en clave. Yo iba unos pasos detrás y caí en la cuenta de que ignoraba la respuesta o por lo menos la clave de la respuesta. No tengo idea, respondió el jubilado en voz baja. Yo estaba tan cerca que lo escuché como si hablara conmigo. El administrador de la entrada y salida de carros del parqueadero no caminó más al lado del jubilado, regresó hasta su lugar en el portón y dijo en voz alta, tal vez alguien lo escuchaba en el fondo del pozo oscuro, tal vez lo dijo como un reproche: ése no es, tampoco sabe

Sigo al jubilado calle arriba. No parece intranquilo por la cita fallida y tampoco por la pregunta inesperada. Camina hasta una librería dos calles más arriba. Me paro a su lado frente a la vitrina. No me ha visto, puedo asegurarlo, no ha notado mi figura en el reflejo. Al otro lado de la vitrina, más allá de los libros veo, vemos debería decir, una mesa alta en el centro del espacio rectangular y estrecho rodeado de libros, vemos incluso el ventanal en uno de los costados de la librería cubierto de libros en estanterías frente al vidrio. La mesa es alta color madera fresca, bancos azules, altos, cuatro a cada lado. En la esquina y en el costado opuesto a donde se sentó el jubilado después de pedir un capuchino, una mujer que no levantó la cabeza y escribe alternativamente en un portátil y en una libreta. Entro después del jubilado, me concentro en una de las estanterías y miro de reojo a la mujer. Ella seguramente no se ha dado cuenta de mi presencia y tampoco de la del jubilado concentrado en su celular, lo sacó apenas se sentó. La mujer escribe frases cortas por impulsos, quizá poesía o cartas de amor y está en un momento de inspiración. Después me dije que hace cuentas y en lugar de frases cortas y sentidas, escribe números. El jubilado no levanta la cabeza del celular, parece preocupado pero no logro decir por qué. Ella es pálida, tiene los labios estrechos y apretados y no da muestras de nada, aparte del movimiento de sus manos nada se mueve en ella. Al fondo del local, detrás de un mostrador que también es exhibición de libros, dos dependientes, una mujer y un hombre, jóvenes, parecen atareados con los libros y con la organización. Me digo que una librería es un lugar mágico. Estoy a punto de decirlo a los dependientes cuando el jubilado se levanta, pasa su brazo cerca, paga el capuchino y sale como si hubiera caído en la cuenta de un olvido o hubiera recibido un mensaje urgente. Lo sigo, en el momento de salir veo que la mujer en el otro extremo de la mesa no escribe poesía, ni cartas, ni una novela, ni hace cuentas. Dibuja con trazos cortos y rápidos algo parecido a las ramas verdes de una cebolla…
Por la rapidez con que salió de la librería por poco lo pierdo. Iba unos diez metros delante de mí  cuando giró a la izquierda y desapareció. Afané mis pasos y llegué, llegamos debería decir, a unos metros de distancia por supuesto, a un pasillo de espacio abierto, como el inicio de un laberinto donde un taburete blanco espera a quien lo quiera ocupar. El jubilado se para a su lado. Es difícil imaginar un taburete o una silla donde no se haya sentado nadie, éste parecía nuevo, demasiado nuevo, es posible que nadie se haya sentado en él. Es de madera, espaldar y posadera, patas y cruces también; de apariencia sólida que bien hubiera soportado un peso pesado, quiero decir una persona grande que posiblemente desborde el tamaño de la posadera. Quizá es un taburete para sentarse allí un momento, darse un respiro y seguir. Fue lo que el jubilado hizo y me tomó por sorpresa. Me detuve a cierta distancia. Lo observé en posición de ensayar el taburete, no parecía que tuviera necesidad de descansar. La sensación, mí sensación, es que se sentó en él con el ánimo de estrenarlo, lo iba a ocupar solo un momento y no más; sin embargo se demoró más de lo previsto. Entonces jubilado y taburete fueron uno, una historia…
Mientras el instante se hace historia, una mujer con el brazo derecho tatuado apareció entre él y yo. Sus tatuajes son coloridos con detalles minuciosos y bien dibujados. Me acerco para verlos mejor, en uno de sus brazos veo, como un brazalete, las hojas verdes y largas de una cebolla. Entonces la escucho decir yo no sé qué le pasa a… agrega un nombre incomprensible …lo llamo y no contesta. Ella no habla conmigo, quizá habla al jubilado, entonces veo que no es una sola mujer, son dos, una mayor y otra tatuada. Desde otro taburete, nuevo como el del jubilado, un señor flaco, lo digo por sus brazos, me mira con interés, como si me hubiera descubierto. Me pregunto por qué y lo miro, veo su sonrisa disimulada por la mano que tapa media boca. Media sonrisa debería decir. Reconozco al administrador del parqueadero. La otra mujer, al lado de la tatuada me mira y después mira al jubilado, es la mujer de la librería. Un joven concentrado en su celular parece extraño porque lleva gafas de sol y no hay sol, debe ser el que incumplió la cita y por eso se disimula detrás de las gafas oscuras. Entonces como si obedecieran, obedeciéramos, a la orden de un consueta invisible, las mujeres, el hombre flaco, el incumplido con gafas para el sol y el jubilado, que parece ir delante de todos salen, salimos, a la calle. Los sigo, pero no, son ellos quienes me siguen…
Argumento. El jubilado despertó. Miró la hora. Calculó el tiempo. Y pensó que tenía tiempo para dormir otro sueño… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

El lugar común

15 julio, 2017 § Deja un comentario



Los martes de cada semana paso unas dos horas en un lugar público. Siempre el mismo. A primera vista hay pocas diferencias entre un martes y otro, los personajes se repiten a veces y esperan como todo el mundo. Detalles mínimos que se muestran poco y son casi siempre inesperados hacen la diferencia. Los presentes tienen poca o ninguna referencia de los otros, no los miran y si les preguntaran quizá digan que son los mismos, siempre. Sin embargo, cada día este salón de paso público es un hervidero de historias y personajes iguales pero distintos. Hoy, por ejemplo, veo solo mujeres en las sillas, tres dobles y dos sencillas, que hacen rectángulo con la vitrina donde venden café y pasteles. Solo mujeres. Seis y un bebé en los brazos de una de ellas. Caigo en la cuenta de que una de las mujeres es un hombre con camisa roja que teclea en el celular cerca de sus ojos. No sé por qué lo confundí con una mujer; teclea, se acaricia el mentón, como si se arrepintiera de lo tecleado y mira para otro lado. Al mismo tiempo el bebé hizo amagos de llanto, la mujer que lo tiene en brazos se levanta y se aleja cinco o seis pasos en el espacio abierto, “la tierra de nadie”, entre las sillas y la vitrina. La mujer se levanta y al mismo tiempo un joven sin afeitar ocupa su lugar; las otras mujeres murmuran. El joven sin afeitar cae en la cuenta de la invasión y desaparece como apareció. El hombre que tomé por mujer deja el celular a un lado y ahora, siempre acariciándose el mentón mira al frente sin ver, espera a la mujer que lleva tapabocas tiene los ojos cerrados y está más acostada que sentada; otra mujer a su lado se tapa la boca con un pañuelo y parece acostada también. El taconeo de una joven que corre detrás de una moneda llama mi atención, los tacones le impiden ir a la velocidad de la moneda, cuando la alcanza más allá de la mitad del salón, la recoge y regresa. En sentido contrario, por el mismo lugar por donde pasó la que perseguía la moneda otra joven, gorda, concentrada en su celular pasa, el choque se evitó por poco. El hombre con uniforme blanco, incluso la gorra, mas no el delantal de plástico amarillo, no vio correr los tacones detrás de la moneda; pasa con afán, lleva una escoba como se lleva una bandera y parece retrasado. En ese momento una mujer se para frente a mí, piensa que soy un espejo, me mira, se mira en mí, no me ve, acomoda la entrepierna de su pantalón y luego se va, pasa cerca de la mujer que carga el bebé y no se ha vuelto a levantar de su puesto, no corre el riesgo de perderlo de nuevo. Mi silla, la que siempre ocupo en uno de los ángulos del rectángulo está libre, la dejo así; hoy me instalo en una banca de tres puestos al lado de una máquina dispensadora.


Mientras hago inventario de lo que hay alrededor, el hombre con uniforme blanco, menos el delantal, pasa en sentido contrario rastrillando el piso con el palo de la escoba, detrás de él un gordo camina despacio y me mira, se debe preguntar qué hago allí. Otro, joven, con ropa de playa, audífonos y barba de tres días parece en busca de un lugar dónde pasar vacaciones, no debe de estar lejos porque un señor mayor vestido como el joven de los audífonos también busca dónde veranear. A mi izquierda, en otra fila de sillas como las que ocupo ahora, un hombre doblado por la mitad, la cabeza entre las piernas, habla por celular; a su lado una mujer ordena documentos en un sobre, guarda el sobre en el bolso que lleva colgado del hombro y parte. La mujer del bolso y el sobre es reemplazada por otra mayor que lleva el morral colgado al pecho, toma café en pocillo desechable descansa los brazos en el morral, toma café a sorbos pequeños y piensa. La que me confundió con un espejo regresa con otra mujer que camina como ella, a las dos les queda estrecho el pantalón. Hay más mujeres que hombres. De vez en cuando uno, como el que pasa en este momento escarba en el bolso que lleva terciado, busca el celular, cuando llega frente a mí lo encuentra, lo pone en la oreja pero no habla, seguramente espera que le hablen y por poco se choca con la mujer se acerca a la máquina dispensadora pone un billete en la ranura y no recibe nada a cambio, insiste, sacude la máquina, hunde el botón y nada; imagino que desconsolada por la pérdida del billete la mujer parte, minutos después regresa con el encargado que no sé de dónde salió porque nunca aparecen cuando se necesitan; el encargado llega con un manojo de llaves y ensaya una por una hasta que encuentra la que abre la máquina, saca el billete de la mujer, lo guarda en el bolsillo de su bata azul y le entrega un paquete, de maní, quizá. Entonces veo el hombre que confundí con una mujer, está de pie y no entiendo por qué lo confundí con una mujer. Cedió su puesto a una pareja de morenos voluminosos. El hombre que confundí con una mujer parece cansado, hace poses a la izquierda y a la derecha, mira la cabeza caída hacia un lado de la mujer con tapabocas y le provoca sacudirla, quizá ronca pero desde mi puesto no la escucho. Es posible que los tres hombres que hacen fila frente a un cajero automático, los veo de espaldas, sí la escuchen. Uno de ellos lleva cachucha al revés y gafas de sol debajo de la visera, está de espaldas y sus gafas para atrás me miran; en los costados de su cabeza se agitan unas formas que parecen llamas movidas por el viento, son oscuras casi negras y no tienen el color de las llamas. Por el pasillo entre el rectángulo formado por “la tierra de nadie” y mi puesto pasa un personaje con cara de profesor jubilado, cargado de papeles, mochila indígena y gafas de miope; pasa y me saluda, respondo el saludo pero no ve mi respuesta, en cambio el hombre sin pelo, con corbata, sin saco, con morral y pantalón gris de oficinista que camina con el celular pegado a la oreja y al mismo tiempo habla con una mujer que camina a su lado, si notó mi saludo pero como hacía dos cosas a la vez lo ignoró. El técnico de la máquina dispensadora tiene problemas con la máquina, la desarmó, sacó el contenido, lo dejo en bolsas de plástico que trajo con él y se metió en la máquina. Desapareció.


Desapareció también el hombre que confundí con una mujer y la mujer del tapabocas, la despertó y la llevó a dormir a otra parte. De la pareja de morenos grandes y masivos solo queda uno que conversa con las tres mujeres del bebé, habla, las tiene obnubiladas, debe ser gracioso, me digo. Hace calor, mis ojos se cierran. El bebé pasa de unos brazos a otros de las tres mujeres. Un joven, trabajador de restaurante, pasa empujando un carro con platos servidos. Otra mujer, esta vez flaca, pasa, me mira, la miro, sonríe, sonrío, se da cuenta de su equivocación, me confundió con otro, acelera y desaparece. Confirmo que hay más mujeres que hombres. A pesar de que varias personas han arriesgado el saludo, no conozco ninguno de los que han circulado cerca. El técnico de la máquina dispensadora no ha terminado aun su trabajo, la máquina sigue desarmada y el adentro. Cierro los ojos, el calor me domina. Cuando los abro una pareja mayor ocupa las sillas vecinas. El señor chatea, la señora le dice lo que debe teclear y él obedece. Ella habla, él escribe. De repente la señora no dicta más, él cesa de teclear y coloca sobre sus rodillas un cartapacio de papeles que no sé dónde sacó y, uno por uno, les toma fotografías con el celular; estás incómodo, le dice la señora, te van a quedar mal; él toma las fotografías hasta la última hoja. Las tres mujeres se turnan el bebé entre ellas y el moreno masivo que habla todo el tiempo. Solo entonces me doy cuenta de que hay un embolador a unos metros de mi puesto, no lo vi antes porque entre nosotros está la máquina dispensadora y el técnico sigue aun en su interior, desapareció por allí. El embolador pone betún con un cepillo pequeño en un zapato, lo extiende con cuidado; con un trapo envuelve sus dedos índice y medio, y con el mismo cuidado, y movimientos circulares pule el zapato. A intervalos medidos, frota los dedos envueltos en el trapo contra las cerdas de un cepillo de brillo, es su estilo para inyectar brillo especial con el trapo, y vuelve a pulir con movimientos circulares, por encima, por los costados, por detrás, ningún resquicio queda sin frotar. Los zapatos brillan. La próxima vez, me digo, hablaré con él…
Argumento. El hombre mira… Los personajes pasan, sus ficciones quedan… La historia fluye…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

Tres veces Cuevas

8 julio, 2017 § Deja un comentario


Dicen o leí en alguna parte que los personajes, en ocasiones intrincados, atareados o en reposo  que siempre dibujó o grabó José Luis Cuevas, en toda la extensión de su obra, eran autorretratos. Dicen que su primera acción cada día era dibujar un autorretrato. Quizá nadie lo dijo y lo inventé para que me sirviera como disculpa, escribir sobre ellos y copiarlos. Copiarlos en el sentido que Humberto Pérez da a sus encuentros con los maestros: los copia y cada copia es una conversación. Humberto llamó esos encuentros “ejercicios espirituales”. De la misma manera mis encuentros, conversaciones, con Cuevas, sucedieron con personajes interpuestos y lo más curioso de estos encuentros es que sucedieron en lugares inesperados. De repente un personaje aparece, se acerca y sin mediar tiempo o acción los trazos cortos, precisos, los cuerpos a veces sin forma, los ojos bien abiertos y la boca a punto de hablar toma el lugar del personaje y el encuentro comienza. Cuevas me llevó hasta su Museo en el Centro Histórico del DF por calles intrincadas habitadas por personajes salidos de sus cuadros, y fue un descubrimiento. Solo que el hecho de llevarme, casi de la mano, hasta su Museo, lo comprendí después. Este encuentro será publicado en la próxima edición de la Revista Cronopio. Tres veces Cuevas relata tres encuentros, que, ya lo dije, sucedieron con sus personajes, seguramente con sus autorretratos, en los lugares menos pensados… 

José Luis Cuevas y los personajes que vuelan
Cualquier papel es bueno, cualquier lugar también. Todo está expuesto al ojo que no deja pasar el más mínimo detalle. Estamos en una habitación de hotel. Yo soy el papel con membrete sobre la mesa de trabajo que siempre hay en las habitaciones de los hoteles. Cuevas es el artista. Hoy se levantó tarde. Ayer, como siempre lo hace, salió a mirar la gente que camina y vive la ciudad, creo que pasó el tiempo conversando. Ahora, antes de tomar el primer café se sienta frente a mi, toma un lapicero y comienza a hacer trazos cortos y seguros, exactos, sobre mi superficie blanca. Yo, que algunas personas utilizan para escribir notas, teléfonos o recordatorios, me convierto en papel fino gracias a sus trazos cada vez más numerosos. Sin que él lo perciba, me miro en el brillo de sus anteojos, veo al revés una silueta que se dobla por la cintura hasta que sus brazos casi tocan los pies. La cabeza de perfil mira al frente con ojos abiertos y gesto construido con pequeños trazos que se encuentran, se cruzan y algunas veces pasan de lado a lado, para definir los claroscuros de la figura, sin tocarse…
Alguien llama a la puerta, él suspende su trabajo, se levanta y unos segundos después regresa con un camarero que trae una taza de café negro. Mientras toma sorbos cortos del café todavía humeante, dobla mi cuerpo de hoja de carta hasta convertirme en un avión de cinco pliegues, luego va hasta la ventana. Una corriente de aire caliente me impulsa y subo. Desde esa mañana no he vuelto a bajar pero veo muchas hojas como yo en las alturas…
Este texto fue publicado en el libro “Sin título. Técnica mixta” de Ficción La Editorial en 2015

A propósito de un personaje de José Luis Cuevas
El personaje no parece tener pies. Dos manchas circulares, como ruedas, ocupan su lugar, quizá por eso llevan a pensar en el reemplazo de los pies. Tampoco tiene piernas o, a causa de las ruedas, definir su posición es fácil. Digamos que en lugar de pantalones el personaje lleva un faldón de tela gruesa que va desde la cintura hasta las ruedas. Tampoco tiene manos o si las tiene están bajo una suerte de mantón corto escotado que esconde brazos y manos aunque la diferencia de colores marca la línea de los brazos y como las manos tampoco son visibles la idea del mantón protector contra el frío toma forma. ¿Hace frío? Es posible. A pesar de que nada lo sugiere. Es evidente que las proporciones entre cuerpo y cabeza en el personaje no corresponden a una línea ideal, su cabeza es más grande que su cuerpo, sin embargo no parece molestarle, quizá le divierte; la sonrisa insinuada sin disimulo y la mirada de costado, fija, coinciden en una expresión alegre aunque quieta. Los tonos de las ropas y los de la piel coinciden en algunos puntos, la figura parece quieta pero movimientos imperceptibles producen un vaivén de colores que unifica la figura. Las formas, cabeza, cuerpo, brazos, piel, cabello, ojo, nariz, están marcadas por líneas francas y cortas que simulan el volumen. Tal vez por las ruedas, el personaje parece desplazarse, se desliza por una superficie plana, sin accidentes. Y tal vez por esa expresión a punto de hablar, de participar en algo, su figura y lo que tiene alrededor no se detienen. El personaje es dibujo y personaje y allí está su fuerza. Es Cuevas aunque no lo dice, es quizá uno de los múltiples autorretratos que dibuja cada día y en esta esquina nos encontramos…

El encuentro entre un personaje mío y los creados por Cuevas
Cuando abandonó la mesa el conocido que no me reconoce dejó un vaso vacío en el centro. Por accidente, por temor al error o a la efusividad sin retorno, no me reconoció. Lo vi como uno de los personajes de José Luis Cuevas, el pintor mexicano. La expresión atareada, el cuerpo enmarañado, los trazos feroces que, en apariencia, van en todas direcciones y caen sin prevenir en cualquier parte a pesar de que todo es preciso, distinguen al conocido. Sin embargo, como en los dibujos de Cuevas ninguna línea, ninguna sombra, sobra o está fuera de lugar.  No sé por qué sucedió así, no puedo asegurar que la mezcla de las figuras de Cuevas con el vago recuerdo del conocido hubiera sido nítido desde siempre. La sensación de que podría ser uno de sus personajes apareció la primera vez que me crucé con él después de un buen número de años. Para decir la verdad yo no estaba seguro de que él fuera el conocido de antes, supongo que él tampoco estaba seguro de que yo fuera yo. Nos saludamos con una seña. Ni él, ni yo, preguntamos si éramos quien imaginábamos, fue una seña de esas que significan menos que un saludo y quedan fijas en el tiempo, quizá por miedo al error o a la efusividad sin retorno. Fue entonces cuando el personaje de Cuevas apareció, de pie, no muy distante, con trazos múltiples en todas direcciones pero en su lugar cada uno, expresión fija y manos a punto de hablar. Así quedó en mi memoria…
Argumento. Los personajes que se cruzan en mi camino parecen salidos de una historia que se juega o se jugó en otra parte, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

Hay gente así

1 julio, 2017 § Deja un comentario


Envigado, la plaza de mercado. Recorro los laberintos con negocios y ventas de todo tipo a lado y lado. El aroma de plantas medicinales, verduras, madera y granos y carnes, está por todas partes. Una mujer de edad mediana, alta y lenta, se atraviesa en mi camino varias veces. La primera vez, le pedí permiso, me miró sin verme; la segunda, frente a las jaulas de canarios que me trajeron el recuerdo de una tía, tuve que empujarla un poco para que me dejara pasar; la tercera vez debí hacer un rodeo porque estaba conversando con otras gentes en la mitad del pasillo, no me oyó y tampoco me vio. La plaza de mercado es un lugar particular, se encuentra uno personajes como la mujer que se atravesó. Dejé la plaza y fui tres calles hacia el sur en busca de una venta de libros leídos. La encontré pero estaba cerrada. Sin embargo llegué a otra que no había terminado de instalarse aun. El joven que estaba allí dijo que la otra venta de libros, la que yo buscaba, estaba cerrada. Por coincidencia llegué a una venta nueva de libros viejos. Pregunté por un libro en particular y mientras el joven se acariciaba la barba de tres pelos enredados en el mentón señaló unas bolsas que ocupaban la mitad del local y dijo que el libro probablemente estaba allí: si viene en una semana, ya tendré todo en orden y encontrar su libro será más fácil. Compré dos libros: “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile” de García Márquez y “La guerra del fútbol y otros reportajes” de Ryszard Kapušciński. Cinco mil pesos cada uno. Con los libros bajo el brazo fui hasta una cafetería y venta de jugos cerca de la plaza principal. Es un local amplio con mesas y sillas de aluminio y paredes entre verdes y anaranjadas con dibujos de frutas. El lugar estaba desierto, yo era el único, quizá el primer parroquiano del día. Ocupé la última mesa de la primera fila. La joven del servicio adivinó lo que iba a tomar, lo debo tener marcado en la frente: jugo de mango en agua sin azúcar. Me recibió en la mitad del local cuando pasaba entre otras mesas con la intención de llegar a la que elegí desde la puerta, y dijo lo que iba a pedir antes de que me sentara. Me instalé mirando hacia la calle y abrí el libro de Kapušciński. Antes de que el jugo llegara me sumergí en “La guerra del fútbol”. “El Hotel Metropol” está en Acra, capital de Ghana, en África, aunque eso no se dice sino hasta bien entrado el relato. Kapušciński describe el Hotel como una balsa con compartimentos, habitaciones donde viven ocho personajes extraños, alcohólicos, negociantes, vagos y viajeros que no viajan. Kapušciński hace el retrato de cada uno: sus aventuras, gracias y desgracias. Todos saben que están en su último puerto y viven al límite, del alcohol, del sexo, de los otros. Kapušciński llegó allí por accidente; en el vuelo que lo llevó de Londres a Acra conoció un libanés que lo llevó al Hotel; una suerte para él que no buscaba reportajes exuberantes de cacerías o gobernantes sino encontrarse con la gente de la calle. Fue a Acra a ver, preguntar, escuchar, oler, escribir y el Hotel Metropol era el lugar ideal. Cuando terminé el texto tenía frente a mí el vaso desechable y transparente donde trajeron mi jugo, el local estaba colmado de clientes, todas las mesas ocupadas y el servicio desbordado…
En otra mesa una mujer. Mira solo al frente. Ante ella una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso recién sacado del horno. A pesar de que parece caliente la mujer parte pequeños pedazos y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera tiempo o como si tuviera que cuidar sus dientes; mastica con intención que va más allá del sabor, del placer de masticar, practica una forma de exprimir la mayor cantidad de sabor de su manjar. Después de observarla media hora, quizá veinte minutos; llego a la conclusión de que la mujer espera, no sé que espera, no ha dejado notar ninguna tendencia o sí, quizá una, mira furtivamente alrededor. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Por momentos, mientras mastica deja reposar sus ojos sobre la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo del dedo de queso, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los dirige al plato para que le sirvan de guía entre el plato y su boca, pone el pedazo entre sus dientes y mastica, saborea el manjar que, en porciones mínimas, le proporciona la tranquilidad, imagino, de esperar con aliciente. Sus ojos, mientras tanto, pasan de la bolsa de plástico, al plato, y luego con rapidez sin que nadie lo note, a la puerta. Entonces reinicia el itinerario entre la bolsa, el plato y la puerta…
Algunas mesas a la izquierda de la mujer dos personajes, seguramente jubilados, hacen como si conversaran. En apariencia hablan de todo y de nada. Toman café, callan, se miran, no saben qué decir o si saben, no lo dicen, quizá lo han dicho ya cientos de veces. De repente, cansados de esperar lo que no va a llegar se levantan para partir, lo que esperaban de la conversación no se dijo. Uno partió hacia la plaza con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. El otro partió en sentido contrario, su actitud en comparación con la del colega es la misma, no escuchó lo que esperaba…
Entonces aparece la rosa de los vientos en un lugar inesperado: el omoplato de una mujer joven. De la rosa de los vientos salen aviones, cuatro o cinco de esos que resultan del papel plegado. También unas letras, frases que quizá tengan algún sentido pero, desde mi puesto y por la calidad del tatuaje, son ilegibles. Cualquiera de los puntos cardinales es bueno para llegar en avión, aunque sea de papel y vuele con los impulsos de la imaginación. La frase debe proponer algo por este estilo, un deseo, un hecho cumplido, una aventura. La mujer no ve el tatuaje en su omoplato, quizá con la ayuda de un espejo. Es posible que saberlo ahí, indeleble, sea suficiente. Imagino que siente orgullo por llevarlo y por eso no lo tapa, no lo disimula, sabe que lo lleva, no lo ve, lo imaginó. El deseo de los planes cumplidos estará por siempre ahí, en su omoplato. No se podrá deshacer de la marca que un día diseñó, dibujó, llevó a un tatuador. Sin embargo todo siguió igual. Si lo imaginado en el tatuaje se hubiera cumplido. Si la rosa de los vientos y los aviones hubieran sido realidades y la frase ilegible se hubiera escuchado, el tatuaje hubiera sido un buen tatuaje, bien dibujado, un tatuaje con significado en todas las líneas. En cambio no, el tatuaje es borroso, tal vez la tinta, tal vez la pluma, gastada o no tan fina como es necesario para la minuciosidad del detalle y la dimensión del deseo. La rosa de los vientos y los aviones de papel, se quedaron a mitad de camino. La mujer los lleva inscritos en su cuerpo, aunque los mira poco, quizá nunca. Sin embargo espera…
Argumento. El personaje es solo trazos. Los ojos y la boca o lo que está en su lugar, son trazos. La nariz y el cuerpo también. Quien los hizo sabe de trazos y retratos… Así es la primera línea de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

El informe

24 junio, 2017 § Deja un comentario


… Desde el primer día me llamaron “Jefe”, los más tímidos “Señor Jefe” y los otros, los que no tienen arreglo, no me llamaban de ninguna manera. Nunca dije mí nombre, nadie lo preguntó. Siempre fui la representación de mi rango…
(Introducción necesaria)


A Jefe le pareció que hacer una descripción sobre el comportamiento de los sujetos investigados, podía interpretarse como un intento para influir en quienes leyeran el informe. Nada más lejano de sus intenciones. Y menos aun en este caso particular. Su futuro dependía, se lo había insinuado el superior inmediato, de los resultados y de la prontitud con que el informe llegara a manos de los altos rangos. Tienes que ser, le dijo, rápido y certero, no dejarte mezclar en divagaciones inútiles y presentarlo de manera que no deje lugar a la duda.
Durante la investigación Jefe analizó diferentes maneras de presentar los hechos. Cuando tuvo claro el resultado final se encerró en el mismo lugar donde había escuchado las respuestas de los involucrados y barajó, esa es la palabra, barajó, las opciones que tenía para hacer que el caso y aun más, su desenlace, fueran creíbles. Apegado a la técnica, consideró el planteamiento en el estilo impersonal, cronológico, de los informes; pensó también que si incluía algunos perfiles que mostraran la naturaleza de los involucrados lograría estimular el interés de los lectores oficiales. Se entusiasmó con la idea y la trabajó mientras los interrogatorios enriquecían el material de base. Siempre soñó con escribir una novela y sin proponérselo la ocasión había caído entre sus manos, por supuesto, no sería una novela en el sentido tradicional, con forma de libro y cientos de ejemplares impresos, sería, en apariencia, lo que siempre son los informes oficiales: un ladrillo. Un ladrillo con historia y con final, como una novela. Sería eso en lugar de la compilación de sucesos ordenados para la interpretación de los altos rangos.


Se la iba a jugar. El superior inmediato le había insinuado que lo hiciera, sin especificar cómo. La puerta a la innovación estaba abierta. ¿O será que entendió mal y el superior solo le había sugerido que hiciera un trabajo para cuidar el puesto? Cuando la duda lo asaltó, esa es la palabra, asaltó, se encontraba en interrogatorio; lo suspendió y citó al hombre con figura de músculos saltones para la mañana siguiente. Dio por terminadas las entrevistas del día y se encerró en el despacho, antiguo camerino del ilusionista desaparecido sujeto de la investigación, adaptado para su labor. ¿Será que entendí mal? se preguntó con insistencia. ¿Será que repetir acciones y sucesos es más efectivo para conservar el puesto, que hacer demostraciones de ingenio? A pesar de las dudas, las desechó, y sin esperar la luz del día se concentró en la tarea de organizar el material para escribir el Informe, con mayúsculas, que siempre esperó entregar a quienes pertenecía tomar la decisión. Sus dotes de escritor quedarían a flor para que los superiores reconocieran el talento que cuajó, esa es la palabra, cuajó entre ellos.
Intercaló jornadas de indagatoria con largas sesiones de escritura. La luz en el ojo de buey de su despacho, desde el primer día corrigió a quienes llamaron su lugar de trabajo “carromato” o “camerino”, permanecía prendida hasta horas en las que la mayoría dormía y volvía a brillar antes de que ninguno hubiese regresado de sus sueños. Repasó los interrogatorios y mezcló apartes que le ayudaron a construir la trama y no se permitió la facilidad de preparar para los lectores oficiales lo que era considerado desde siempre como un simple informe de investigación. En el arrebato, esa es la palabra, arrebato de la escritura olvidó las preocupaciones técnicas específicas a su profesión, es decir: rendición clara y escueta de los hechos; y se concentró en el suspenso de la trama. Tuvo la certeza de encontrar facetas, en los interrogados, que de otra manera hubieran permanecido en la oscuridad. Vio con claridad las relaciones que se tejen entre personas que comparten a diario durante mucho tiempo y desde el momento en que tomó la decisión de cambiar el tono del informe tuvo la convicción de haber llegado a lo que en realidad sucedió. Un amanecer, la inquietud del desenlace comenzó a hacer mella, lo atrajo con tal energía que las insinuaciones del superior inmediato sobre rapidez y acierto apoyaron su creencia, pues, se repitió, si los hechos se enumeran en un informe, así con minúscula, como él exige, nadie va a dar crédito a lo sucedido.


Los hechos tenían un origen incierto y por esto mismo estaba seguro de que podía comenzar a partir de la definición concreta del suceso culminante y, a partir de él, ir en marcha atrás descubriendo móviles e involucrados; sin embargo, no podía anunciarlo desde el comienzo pues las circunstancias de trama y suspenso lo impedían. Pasó días y noches pegado al portátil de dotación. Cuando terminó, grabó el texto en el puerto USB, lo imprimió y lo dejó sobre una de las dos sillas que utilizaron los testigos en los interrogatorios, parte del mobiliario desde antes de su llegada. Observó desde su puesto el paquete, cinco y medio centímetros de espesor, durante tres días sin tocarlo. De memoria, folio tras folio, repitió lo escrito. No lo mostró a nadie, ni siquiera al hombre que puso el denuncio de desaparición del ilusionista, nombrado en todos los testimonios como el Enano Director. Durante esos tres días tampoco se dejó ver. Esperó. Hizo el recuento y cuando consideró que lo tenía bajo control reapareció orgulloso del cartapacio que llevaba en el maletín de cuero negro. Aquí llevo una obra maestra, pensó cuando se sintió observado y cuando el Enano Director lo abordó en el momento de subir al automóvil oficial que fue a recogerlo, le repitió golpeando el maletín con la palma de la mano: aquí llevo una obra maestra.
Quienes hayan llegado a este punto del relato se darán cuenta de que ya no se narrará desde la mirada de alguien que desde afuera narra las peripecias, angustias y orgullos del aquel a quien todos llaman Jefe, porque a nadie se le ocurrió preguntar su nombre; sino, con la voz de un tercero que pasa a hablar en primera persona y se toma atribuciones quizá molestas para los lectores desprevenidos. Se preguntarán quién soy, cuál es mi posición en el Informe y sobre todo, cómo y por qué llegó a mis manos, y aunque quisiera decirlo con amplitud aplacaré la curiosidad de quienes se han hecho la pregunta con un tecnicismo: “reserva del sumario”. ¿Y entonces qué hago aquí? como respuesta debo entrar en una explicación, corta, para no abrumar, esa es la palabra, abrumar. Primero, no diré mi nombre. Segundo, no serán ustedes quienes lean el Informe, esa fue mí tarea; les quise evitar fatigas inútiles para facilitar la comprensión de los hechos. Es importante que entiendan que lo sucedido parece mentira y que esa fue la chispa que desató las veleidades, esa es la palabra, veleidades, de escritor de Jefe. Me tomé el trabajo de entrar en las páginas del Informe que llevaba aquel día en su maletín e hice el resumen. En otras palabras lo leí por ustedes.


Puedo decir que Jefe encontró lo que debía encontrar, no se equivocó, pero recurrió a sus dotes literarias para narrar, esa es la palabra, narrar los hechos. Utilizó, por supuesto, recursos de escritor para enfatizar los apartes que consideraba importantes. Comenzó sugiriendo que el Ilusionista desapareció sin dejar rastro porque no entendió la sutileza de una treta de prestidigitación y en lugar de regresar al lugar de la práctica se perdió en los confines de la magia. Esta afirmación es, por lo menos, una forma de eliminar posibles implicados, quitar la racionalidad que distingue ese tipo de informes y abrir un espacio sin medida en linderos que, solo alguien, con la imaginación de Jefe, tiene la posibilidad de narrar.
Ignoro cuál fue la acogida que tuvo el Informe pero eso tiene poca importancia porque, en el estricto sentido de su actividad, los superiores hubiesen tenido poco o nada para juzgar, si no es la desaparición de un ciudadano que en la mayoría de los casos queda sin resolver. Para las personas que viven en el mundo de la investigación era un caso común: la sospecha, el interrogatorio, el acusado, el occiso o la condena, que no hubiese revestido, de no ser por el Informe de Jefe, ningún interés particular. La forma de narrar los hechos, para mí un rasgo de genialidad, fue lo que atrajo mi atención, porque encontré placentero, esa es la palabra, placentero, verme narrado como si yo fuera un personaje de esos que van y vienen por la magia, esa es la palabra, magia, de la ficción…
Nota: Encontré este documento en el desorden de mi computadora. Lo transcribo tal cual. Puedo asegurar que busqué el informe pero desapareció también…
Argumento. Un salón cuadrado, dos ventanas y tres puertas, dos en los muros enfrentados y en ángulo recto con relación a las ventanas. La tercera puerta en la pared opuesta. Una mesa con flores y tres cuadros: dos paisajes y la reproducción de un desnudo. Un sofá frente a las ventanas y dos sillas en ángulo recto. Una mesa de centro, a nivel de las rodillas, donde una joven pondrá bebidas y comida o pasabocas si son necesarios. Cuando el protagonista entre inicia la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial


La bala perdida

19 junio, 2017 § Deja un comentario


Miércoles, nueve y media de la mañana. Por primera y última vez, en el mismo momento en que ocupó la mesa del segundo piso de la biblioteca, frente al gran ventanal, notó el agujero. Nunca antes lo había visto. Era pequeño, a la altura de los ojos, redondo, limpio, sin astillas, como de bala. Cuando ya estaba en su silla y sin haber escuchado la detonación, sintió el impacto de un proyectil, hubiera podido ser algo distinto, en su ojo izquierdo. Tuvo tiempo para considerar el significado del agujero en los ventanales de la biblioteca y después nada, o mejor, todo.
No podría decir que la vio venir pero cuando el brillo lo deslumbró presintió la bala, el roce veloz del metal con el vidrio confirmó la corazonada pero ya no había nada que hacer y tampoco se le ocurrió hacer nada. Una forma creció ante sus ojos y algo parecido a un puñetazo lo empujó hacia atrás. Un estremecimiento interior sacó su cerebro de madre y su corazón estalló. Dio una voltereta y se encontró de espaldas sobre el piso, inmóvil, con el ojo derecho fijo en la lámpara de un solo bombillo apagado a esa hora, y con el cerebro en efervescencia a pesar del impacto. La sorpresa lo llevó a un estado de agudeza inesperado. No sentía el cuerpo, sabía que estaba muerto o en trance de estarlo e intuía que de ese momento en adelante y mientras le quedaran fuerzas y capacidad debía intentar reconstruir para su propia satisfacción y para facilidad de los investigadores los hechos del atentado, porque había sido un atentado, no había sido una bala perdida y menos aun un accidente. En ese momento era el testigo y por supuesto, la víctima de un atentado.
Su interés por la investigación que un grupo de científicos venía realizando sobre la reconstrucción de la memoria en imágenes con la ayuda del Escáner Mercurial lo había llevado a la biblioteca ese día. Había escrito un “paper” sobre el tema y estaba intentando ponerse en contacto con otros investigadores pues un artículo aparecido en la Global Medical Review confirmaba su tesis sobre la digitación de las células del cerebro donde se encuentra la memoria y la posibilidad de reproducir en imágenes, como en una película, las actividades que el sujeto realizara en los momentos previos al análisis. La diferencia entre sus investigaciones y los resultados expuestos en la Revista estaba en la descripción detallada de un cierto número de ejercicios realizados con voluntarios. Los autores dejaban planteada una posición optimista frente a la hipótesis del alcance que su análisis podía tener en todas las actividades realizadas por el sujeto durante su vida. La información acumulada en el cerebro por su configuración en capas, como el tronco de un árbol, hacía viable la posibilidad convertir en imágenes las capas exteriores y debía ser posible también hacer lo mismo con las más profundas, aquellas más alejadas en el tiempo.


Recordó cómo devoró el artículo cuando Gloria, la encargada de las revistas se la entregó. La coincidencia del trabajo científico con el suyo lo emocionaron hasta el punto de convertir en obligación el contacto con los autores del artículo. La participación en el proyecto, incluso como voluntario, fue la motivación para afrontar el sueño que lo había perseguido como una pesadilla y que escribió bajo el título: “La visualización de la memoria digitalizada en una pantalla de ordenador, susceptible de ser vista por otros como una película”.
En el número siguiente de la Revista, el grupo de investigadores publicó un segundo artículo donde destacaban que el mecanismo del ojo humano era como un lente de resolución perfecta que permitía ampliaciones de hasta el mil doscientos por ciento de las imágenes captadas y almacenadas en la memoria. Al final del artículo y a manera de ejemplo los autores mencionaban “Blow up” la película de Michelangelo Antonioni, de los años sesenta del siglo veinte, donde un fotógrafo, sin proponérselo, contribuye a esclarecer un asesinato cometido en el Hyde Park de Londres ampliando hasta el máximo un detalle distante de la imagen que había querido fotografiar.
Esa mañana, cuando ocupó su mesa de la biblioteca todavía esperaba respuesta de los autores del artículo. Había tenido un primer contacto vía e-mail con los editores, quienes después de evaluar su interés, lo pusieron en contacto con el grupo de trabajo. Estaba ansioso por conocer la respuesta que daría inicio a su vinculación con el grupo. Por eso cuando percibió el destello y cayó al piso después del estremecimiento, su primer pensamiento fue para ellos. Comprendió que la reconstrucción de las primeras capas del cerebro facilitaría la labor de los investigadores. Su preocupación por registrar el momento del impacto en las capas exteriores del cerebro, donde se almacena la memoria, lo llevó a registrar el momento del disparo con la certeza de que a partir de ese detalle era posible identificar el autor del atentado, porque a diferencia de la imagen análoga en la película de Antonioni, en su caso la imagen sería digital y permitiría con toda seguridad una ampliación perfecta sin deformación o borrosidad alguna.
Estaba seguro de que había sido víctima de un atentado, no le cabía en la cabeza que hubiera sido un accidente: una bala perdida. No era posible, los accidentes no eran lo suyo, era práctico en exceso para permitir que cualquier evento pudiera salirse de control. Tampoco consideraba los imponderables. Para alguien como él no era deseable aparecer en los periódicos como la víctima de una bala perdida y aunque nunca imaginó que su vida terminara bajo las balas de un matón a sueldo, estaba dentro de lo posible y viéndolo bien, le gustaba. La situación le atribuía un cierto halo de héroe sacrificado. Con el ojo derecho fijo en la lámpara hizo desfilar por su memoria el lugar donde todas las mañanas a la misma hora se sentaba a leer, estudiar, preparar clase, o hacer nada. Lo vio rodeado de gente en una algarabía inusual. En el tumulto, los hombres gritaban y las mujeres se tomaban la cabeza entre las manos. Imaginó gente señalando en la distancia, desde los ventanales de la biblioteca, el lugar de donde había venido la bala; el lugar donde se hallaba el culpable. Pero no escuchaba nada, solo un pequeño zumbido que parecía entrar por un oído y salir por el otro, nada más.


Hasta que un ruido lo desconcentró, quiso mirar hacia el lugar de donde vino pero el ojo derecho no se movió de la lámpara. Deben estar haciendo los preparativos para trasladarme a un lugar donde me encuentre cómodo, donde la gente pueda visitarme. Creyó ver en el bombillo sombras corriendo para lado y lado; creyó escuchar mujeres llorando; un hombre vestido con uniforme de guardia privado examinaba el orificio redondo y perfecto, sin astillas, en el ventanal de la biblioteca a la altura de su cabeza. A medida que pasaban los minutos el remolino de gente era más numeroso ¿Es posible que alguno de ellos hubiera concebido el complot y después de ejecutarlo se mezclara con el público lloroso y preocupado?
Repasó si algún amigo nuevo había llegado en los últimos meses a sus cercanías; algún estudiante demasiado obsequioso o trabajador hasta el punto de volverse meloso; un vecino conversador más allá de lo normal que sugiere reuniones con amigas los viernes después del trabajo. Por más que buscó no encontró pistas que lo llevaran a personas con esas características. Los amigos eran los mismos desde siempre; su novia, resignada a tener novio toda la vida; los vecinos no habían cambiado desde el día en que su mamá le dejó el apartamento como herencia por adelantado.
Con el ojo fijo en el bombillo como en la bola de cristal llegó a la conclusión de que a él lo habían matado de lejos, como se mata a los grandes. Dejó esa reflexión bien visible en la superficie del cerebro. Pero aún así los asesinos habían tenido que preparar la acción, imaginarla y ejecutarla; fueron el brazo armado que la finalizó y aunque en apariencia estaban solos, detrás de ellos había otros que pensaron, programaron y llevaron a cabo la operación sobre el papel. El esfuerzo por dejar claro lo que debía o no quedar en la superficie de su cerebro lo debilitó. La poca energía que le quedaba se consumió en el intento por dejar pistas para los investigadores. Sabía que si los autores del artículo sobre la digitación de las capas de la memoria que tanto se parecía al escrito por él, lo tenían en cuenta como prototipo de las posibilidades científicas de su proyecto, la información que dejara a flor de cerebro era fundamental. De sus fuerzas sólo quedaba un recuerdo borroso y entonces el deseo de descansar lo invadió. No ver más, no decir más, no escuchar más, su misión estaba cumplida, los murmullos eran más y más lejanos. Cerrar los ojos repitió. Su ojo derecho no obedeció, recibió la orden tan débilmente como las voces y las imágenes que desaparecían, se quedó abierto, fijo en el vacío. Cuando sintió un manto blanco que lo cubría suavemente como si le fuera a cuidar el sueño, el silencio lo invadió.


Al final de la tarde, Gloria, la encargada de las revistas, lo encontró en el suelo al lado de una de las mesas del segundo piso, muerto. Nadie había pasado por allí en todo el día y asustada dio la alarma. Un infarto fulminante, dijo el médico legista al hacer el levantamiento. Cuando la figura de la empleada se reflejó en los ventanales sin rasguños, perfectos, orgullo de la biblioteca, se sintió triste, ya no iba a tener a quién mostrar las revistas nuevas cuando llegaran. La noche prometía ser oscura…

Argumento. Una mujer, o un hombre, vende lotería en una esquina. Cada día ofrece el número que corresponde a su lugar en la semana. El miércoles el tres, el viernes el cinco, el domingo el siete. Un lunes cambia los números: el domingo pasa a ser el dos, el jueves el uno, el martes el cinco… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

“Déjà vu”

10 junio, 2017 § Deja un comentario


Cada cierto tiempo algo ya visto o con la sensación de lo ya visto aparece. “Déjà vu” es el término en francés que define el momento. El diccionario dice que se trata de una alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido o modifica circunstancias de aquellas que se han producido. Es posible que los “déjà vu” que siguen solo lo sean para mí. Es posible también que narrarlos predisponga a que sucedan de nuevo y parezcan más que un instante. Es posible que sean el primer paso a la repetición a la que estamos expuestos en permanencia. Así es la ficción…

El azar juega en todos los espacios. Por azar presencié el empaque de unos regalos, disímiles en forma y tamaño. La mujer, joven, pequeña, delgada, de manos pulidas y bien cuidadas, lo advirtió desde el primer momento: yo puedo hacerlo pero no será rápido, dijo. Aceptamos el procedimiento, lo llamo así porque ella lo asumió como un ritual. Dispuso los objetos a empacar en aparente desorden sobre un extremo de la mesa, sacó de un cajón un lápiz corrector de tinta blanca; uno a uno tomó cada objeto borró el precio y lo devolvió a su lugar en un orden que parecía establecido. Por la rigurosidad con que asumió la tarea, esa primera parte pareció sencilla. La proporción, el ritmo y el orden de los objetos tomó forma despacio como había anunciado…

•••

De un momento a otro se va la luz, quedamos a oscuras, inmersos en la noche profunda. Nos abandonó el fluido eléctrico del que todo depende. Todo se apaga, se interrumpe, las pantallas van a negro, los aparatos dejan de funcionar, los bombillos se apagan, las redes se cortan, todo se detiene. Un hombre que hablaba por teléfono se quedó con la mitad de una palabra en la boca; una mujer que tomaba una ducha en un baño estrecho y oscuro con la luz prendida se encontró a oscuras y se terminó de bañar a tientas; un oficinista frente a su computadora perdió buena parte del trabajo realizado; un grupo de empleados quedó encerrado en el ascensor. Se fue la luz y aunque no lo notemos así, se fue todo. No solo dependemos de la energía física dependemos de la energía alterna, la que nos mantiene conectados…

Un escritor se propone narrar los hechos que suceden en un período de veinticuatro horas. Pronto se da cuenta que no logrará hacerlo y contrata los servicios de un digitador que llega a su estudio a las seis de la mañana y no debe abandonarlo hasta la misma hora del día siguiente. El escritor dicta y el digitador digita lo que el escritor dice. En cierto momento el escritor siente que no tiene mucho para agregar y decide involucrar dos elementos: el suspenso y un personaje. El personaje será el digitador que tendrá una participación activa, deberá digitar lo que él diga o haga, incluso lo que sienta. El suspenso llega con la aparición de un revólver con el que el escritor amenaza al digitador y dispara a su cabeza. El digitador escucha el chasquido del metal seco, sin detonación, el escritor ríe y de ese momento en adelante comienza un juego de ruleta rusa. Cada cierto tiempo sortean quien dispara pero en ningún intento hay detonación. Todo queda por escrito bajo la supervisión del escritor que no quiere ser engañado por el digitador pues su proyecto es enviar el texto a un concurso. Con una sola bala, el último disparo, en el revólver, el digitador, que de nuevo perdió el sorteo, no dispara a su cabeza sino a la del escritor. ¿Qué sucede después? no tiene importancia. La novela no ganó el concurso…

•••

Por supuesto las rutas se marcan, basta con recordar a Hansel y Grettel. También se desmarcan y desaparecen. Sé de personas a quienes ha sucedido. Sin embargo para hablar de caminos, de rutas que se desmarcan, que desaparecen, tal vez sea mejor hablar de imprevistos, accidentes o hechos fortuitos que los desvanecen. La lluvia es uno. Un ejemplo se da en la búsqueda de los personajes, testigos urbanos los llamo, que aparecen a mi paso en las aceras. No siempre es una búsqueda lineal, viene con frecuencia acompañada de desvaríos y es posible que lo visto hoy, mañana ya no se encuentre en el mismo lugar, se haya desplazado unos metros o se haya ido para siempre. Esta contingencia hace que la decisión de sacar al personaje de su confinamiento en cualquier acera sea espontánea y no deje tiempo para dudas; ésta es, quizá, su riqueza, a pesar de que ellos solo están, esperan, y van o vienen, como todos, según los avatares del día, como la lluvia que los cambia, incluso los desaparece…

Cuando abandonó la mesa el conocido que no me reconoce deja un vaso desechable, vacío, en ella. Lo vi como uno de los personajes de José Luis Cuevas, el pintor mexicano. Las expresiones atareadas, los cuerpos enmarañados, los trazos feroces que, en apariencia, van en todas direcciones y caen, sin prevenir, en cualquier parte. A pesar de que todo es preciso, ninguna línea, ninguna sombra, sobra o está fuera de lugar. No sé por qué sucedió así, no puedo tampoco decir que la mezcla de las figuras de Cuevas con el vago recuerdo del conocido hubiera sido nítido desde siempre. La sensación de que podría ser uno de los personajes de Cuevas apareció la primera vez que me crucé con él después de un buen número de años. Para decir la verdad yo no estaba seguro de que fuera el conocido de antes, supongo que él tampoco estaba seguro de que yo fuera yo. Nos saludamos con una seña. Ni él, ni yo, preguntamos si éramos quien imaginábamos, fue una seña de esas que significan menos que un saludo y quedan fijas en el tiempo, quizá por miedo al error o a la efusividad sin respuesta. Fue entonces cuando el personaje de Cuevas apareció, de pie, no muy distante, con trazos múltiples en todas direcciones pero en su lugar y con expresión fija. Así quedó en mi memoria…

•••

Queremos tocar. Necesitamos tocar. Somos santo Tomases en potencia. En un mundo cada día más virtual, más privado de sensaciones táctiles, donde el deporte y el sexo, dos aficiones masivas, suceden con mayor frecuencia en la pantalla de un televisor o de una computadora, el deseo de tocar, de sentir, incluso más que el de ver u oler, es fuente desequilibrios o angustias, en ocasiones, difíciles de controlar. Es por esto que las barreras, las cintas amarillas, los espacios vacíos entre los paradigmas, los héroes y el público, son cada vez más frecuentes y se desplazan a la virtualidad. Hoy, las campañas políticas ocupan buena parte de su tiempo y presupuesto en estudios de televisión o en redes sociales. En otras épocas ese mismo tiempo era dedicado a la plaza pública, al contacto con la gente, a sentir, como decían antes, “el pulso del pueblo”. Hoy, el mismo “pulso” se mide con estadísticas y tendencias, la mayoría de las veces erróneas porque, como la gente no siente, no toca, no aprieta, como se hace con un aguacate para saber si está maduro, no dice abiertamente sus preferencias…

Llegó a mis manos un libro pequeño. “Opio” es su título. Su autor, Jean Cocteau, narra su estadía en la clínica durante una cura de desintoxicación del opio. Cocteau escribe y dibuja, cuando no escribe dibuja y cuando no dibuja, escribe. Tres veces al día, en la mañana, al final de la tarde y cerca de la media noche, cuando no dibuja o escribe, consume opio como parte del tratamiento. Causa y remedio son lo mismo. En uno de esos textos Cocteau narra una visita al taller de Picasso en la Rue des Grands-Augustins. Durante la visita hablaron de milagros. Picasso dijo que todo era un milagro y que ya era un milagro no deshacerse en el baño como un terrón de azúcar. De esa visita quedó un poema escrito por Picasso y un dibujo hecho por Cocteau. Quizá fue al contrario. Sin embargo, la pregunta se mantiene, ¿de qué milagros podrían hablar estos dos personajes?, ¿alguien podría decir de qué milagros?, si milagros ya no quedan, todos los que iba a ser fueron y si no fueron se habló tanto de ellos que terminaron por serlo…

•••

Los espacios amplios, como las salas de espera o de paso en los aeropuertos o centros comerciales, hoteles, clínicas o lugares públicos que en general están ocupados, llenos de gentes que se mueven en todas direcciones sin un patrón o una ruta definida, son igualmente abrumadores cuando están desiertos. El espacio vacío pesa, no sugiere libertad de desplazamiento, ni siquiera silencio. Espacios así, concebidos para albergar decenas, cientos o quizá miles, no se liberan de esas presencias aun desiertos. La coincidencia de encontrarme en un espacio así a una hora vacía, es lo menos que puedo decir, y percibir los movimientos, las voces, los roces de metales o de materiales opuestos y alguna música distante, puede venir de un sueño, de una imaginación desenfrenada, del deseo no cumplido de encontrarme solo en uno de estos lugares multitudinarios a plena luz del día. Es posible que la percepción de multitud tenga origen en alguna de las causas mencionadas; es posible también que por imposibles que parezcan, las situaciones se cumplen. Nada se guarda, nada se queda sin suceder, todo tiene su lugar y su momento. La soledad frente al vacío no fue un sueño, ni un deseo cumplido. Seguramente fue una de esas ficciones que se quedan atrapadas en la maraña de la llamada realidad y se manifestó, por coincidencia, de la misma manera que se hubiera podido manifestar a otro. Un “dé-jà vu”…
Argumento. Todo se repite. Distinto pero se repite, dice uno. Lo habíamos dicho, responde el otro… Así, la conversación igual pero cada vez distinta está lanzada… Siempre es igual…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial