Reunión

11 agosto, 2018 § Deja un comentario



Nos dimos cita en una librería. El lugar ideal porque íbamos a hablar de libros, no de escritores, ni de novelas, ni de cuentos, aunque podrían venir a cuento. Íbamos a hablar de cómo hacer libros: forma, tamaño, papel y demás, para un fondo editorial en ciernes. Llegué unos diez o quince minutos antes de la hora, es una forma de incumplimiento pero me cuesta remediarlo, soy incumplido por naturaleza. La mujer flaca y vestida de gris, detrás del mostrador en la entrada me recibió con atención, preguntó si buscaba algún libro en particular; dije que esperaba dos señores con quienes tenía cita allí mismo. La mujer no mostró ningún tipo de emoción, es decir, no aprobó ni desaprobó que me encontrara allí para algo distinto a comprar libros, incluso me indicó una silla donde podría esperar y me ofreció un café. Agradecí y dije que iba a mirar las estanterías. Pasear por una librería tiene magia; los libros llaman, en ocasiones gritan y entonces uno los saca de su lugar, apretado, entre otros libros; los mira por los cuatro costados, los acaricia, lee la portada, la contraportada y si el encuentro fluye los abre y lee en el interior, cualquier página, el comienzo de cualquier párrafo. Es una aventura que dura hasta que otro libro se atraviesa y el coqueteo recomienza. Porque el primer cruce con un libro es de coqueteo: me gustas, te gusto; ¿qué dices?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿ya?, ¿aquí? Me encontraba en esos avatares cuando el primero de los Juanes, eran dos, con quienes me iba a encontrar llegó. Los libros volvieron a sus entrepaños y el primer Juan, que en la llamada realidad era el segundo pero llegó de primero, conocedor del lugar, sugirió una mesa redonda en el centro del salón…


… Una mesa con cuatro taburetes alrededor y libros en desorden hasta los bordes. Tendríamos la literatura universal en las estanterías a la derecha; ensayo y filosofía a la izquierda; al fondo, los libros ilustrados e infantiles de lado a lado y de arriba abajo del muro. En el mismo momento en que el segundo Juan insinuó que nos sentáramos allí y aun no habíamos ocupado nuestros puestos, apenas acomodábamos los taburetes, un hombre grande, alto, quizá grueso pero no lo podría asegurar, con mucho pelo negro negro alrededor de la cara y hasta en la frente apenas visible entre el pelo de la cabeza, el de las cejas, las gafas de montura negra gruesa y los ojos también negros, además del vestido negro, que lo convirtió en mole, cayó como un meteorito apagado sobre el taburete en el lado opuesto de la mesa más allá de los libros en desorden y cuando preguntó si podía ocuparlo, disimulado por los arrumes de libros, ya se había tomado el taburete y solo atinamos a responder con un murmullo afirmativo. No dio tiempo para más. El hombre, la mole oscura que cayó al otro lado de la mesa, organizó el espacio frente a él, sacó un portátil del maletín y lo puso sobre la mesa, el maletín lo dejó en el piso; de algún lugar que no vi sacó un paño también negro para limpiar las gafas de montura negra y vidrio grueso, las limpió, abrió el portátil y no nos miró más, si es que en algún momento nos miró; se concentró en la pantalla frente a él. Entonces me pareció ver una ondulación como de papel al vuelo que lo estremeció de pies a cabeza; era una ondulación parecida a la resistencia que opone un papel al caer en el vacío; sin embargo, esa sensación, a pesar de ser contradictoria con el peso de mole sólida y masiva con que se apoderó del taburete fue más fuerte que el resto. Si tuviera que decir cuál de los dos indicios fue más fuerte, el papel o la mole; me atrevería a decir que la ondulación del papel, derivada de la angustia en su mirada, fue más fuerte que su peso y tamaño de mole. Cualquier efecto pasó a segundo plano porque la mole de papel, diría ahora, desapareció detrás de los libros arrumados en el centro de la mesa como una barrera infranqueable…


… El primer Juan llegó de segundo y apenas tuvimos tiempo de plantear el objeto de nuestra reunión: el tamaño de unos libros, cuando una voz desde el otro lado del arrume de libros interrumpió nuestra conversación, pasó por encima del arrume y comenzó a enumerar detalles técnicos de plegado, de papel, de dimensiones que si no teníamos en cuenta harían que los libros de los que hablábamos quedaran imperfectos porque no cerrarían, el papel se deformaría porque la manera correcta de emplearlo no era como todo el mundo imaginaba, lo más probable era que quedaran mal cortados y sobre todo, porque quienes soportan las vicisitudes y desconocimiento de quienes hacen libros son los personajes, que sin que les pregunten están en la encrucijada de soportar el paso del tiempo mal plegados, arrugados, anormales, irreconocibles, en papeles de mala calidad, casi transparentes y sin personalidad; eso sin hablar de las historias de malos o tramposos, de buenos e ingenuos o de buenos sin más posibilidad que serlo, que se ven obligados a ejecutar; personajes de todos los bordes según el deseo de otro, un tercero o un primero que ni siquiera tiene conocimiento de donde vivirá el personaje que propuso. Un libro mal hecho es como unos zapatos tres tallas menos y lo peor, nadie se da cuenta. No es problema, dirá algún abogado del diablo: todo el mundo sabe que los personajes no mueren porque siempre reaparecen luego en otro libro, con otro nombre y otra figura; sin embargo, nadie debe ignorar que un libro mal hecho es como una tumba para quienes viven en él. Cuando la voz venida del otro lado del arrume de libros hizo pausa, unas manos del tamaño de la voz que parecía sostenida de un hilo a punto de reventar, comenzaron a despejar la barrera que le impedía abandonar el incógnito. Poco a poco detrás de los libros que las manos con voz, aun no había aparecido su cara, organizaban los arrumes hacia los bordes de la mesa, el silencio se instaló entre los Juanes y yo…

… A pesar del recuerdo aun fresco de su incursión, la figura de mole que ocupó el taburete al otro lado de la mesa no volvió a mi memoria; lo recordaba y no lo recordaba, por instantes la mole oscura y masiva era más presente que la hoja de papel zarandeada por el vacío en su caída y las dos figuras, papel y mole, navegaban en mi memoria con intermitencia. Cuando el hombre murmuró el permiso para ocupar el puesto al otro lado de la mesa, apenas alcancé a ver su cara, sucedió muy rápido; imagino que el segundo Juan que había llegado de primero tampoco recordaba cómo era el personaje. Lo narrado hasta ahora sucedió en segundos. Antes de que el interlocutor despejara el arrume de libros y dejara de ser solo voz varias ideas atravesaron mi curiosidad: quien habló era seguramente el personaje de un libro mal hecho; también era posible que fuera prisionero de ese libro o de otro y sus argumentos sobre los libros mal hechos eran un ardid para salir del encierro; encontrar a quien decirlo significaba, seguramente, su liberación. De todas maneras quien apareciera después de despejar el arrume que se interponía entre el personaje, más papel que mole, los Juanes y yo, sería una sorpresa…
Argumento. En los libros está todo, dijo el personaje y abrió el que tenía en la mano. Y no habló más… Un libro abierto es el comienzo de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

  

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Memoria

4 agosto, 2018 § Deja un comentario


El vínculo entre el ebanista, el fotógrafo, los útiles y la luz dio lugar a la exposición de retratos de Leonardo Tobón por Carlos Tobón que el Museo Maja de Jericó inaugura hoy sábado 4 de agosto y estará abierta al público hasta finales de septiembre.


Leonardo Tobón era ebanista, un oficio que tiene con la madera, con sus vetas, con su dureza o su fragilidad, con sus caprichos y virtudes, un vínculo que se aprende con paciencia, pulso e imaginación: los útiles. El ebanista comprende que la madera sugiere dónde trazar una curva, dónde hendir una talla, dónde precisar una medida, dónde aplicar el pegamento. Cuando la unión entre ebanista y útil se revela, el equilibrio entre proporción y forma aparece en las molduras, en los arabescos, en las uniones, en los detalles donde la madera expresa su esencia.
Carlos Tobón es fotógrafo, hijo de Leonardo, el noveno entre doce hermanos. El fotógrafo intuye la relación entre talento y materia, ebanista y madera; domina la voluptuosidad de la luz y con ella define, compone, crea forma y espacio, encuentra el equilibrio entre presencia y ausencia, luz y sombra; y con los útiles, vehículo de unión, aporta un ángulo inesperado: el tiempo, el paso del tiempo; de esa evidencia, surge la Memoria y en ella, ebanista y útiles, madera y objetos, recuerdos y vivencias, se cruzan en el claroscuro donde la penumbra insinúa y la luz modela…


… El claroscuro es una técnica pictórica. Los artistas que la practican acentúan luces y sombras para resaltar o difuminar volúmenes y formas con el objeto de incitar la representación. Ugo da Capri, grabador italiano, fue el primero en utilizarlo en sus xilografías a comienzos del siglo XVI. En los años siguientes la técnica evolucionó entre los pintores flamencos e italianos y tuvo practicantes tan destacados como Peter Paul Rubens, Rembrandt van Rijn, Diego Velázquez o José de Ribera, quienes con mayor o menor intensidad conocieron y siguieron de cerca la obra del mayor pintor del claroscuro: Michelangelo Merisi da Caravaggio.
Durante un reciente viaje a Europa para fotografiar algunas obras del maestro Gregorio Cuartas en colecciones europeas, Carlos Tobón se cruzó en los Museos parisinos con los pintores del claroscuro y presintió en la expresión del tiempo, del espacio, de la luz y la sombra de sus obras, una visión cercana a la Memoria que los útiles de Leonardo, su padre ebanista, representaban para él…


… Entre las sutilezas de la sombra que propone y la luz que define, entre claros y oscuros, en la representación de cada útil, Carlos construye el retrato de Leonardo: la piedra de amolar que devuelve a la luz el aceite utilizado para afinar su uso; la cera de abeja en bloque para hidratar el metal; los formones prestos para tallar una nueva forma; el cepillo cóncavo y convexo según la curvatura del modelo o la veta de la madera; la plomada, precisa, estilizada; los moldes con expresión de arte cubista; las brocas, inevitables y brillantes; las fresas, flores abiertas a la luz; los triscadores para torcer a uno y otro lado los filos dentados del serrucho; los compases exactos en la medida y en el arco; la hazuela con rastros de tiempo como segunda piel; los gramiles, marcadores de paralelas infinitas; el esmeril, las prensas, el mazo; todos, útiles que narran, a la manera del claroscuro, el retrato del ebanista…


… Los útiles, representación del ebanista que les infundió vida, evocan la admiración, el respeto, el amor y los recuerdos que se cruzan en las esquinas de la Memoria. Frente a ellos se escucha la carpintería en acción, el murmullo del cepillo al acariciar la curva; el aroma penetrante de la cola o del tapón para curar heridas y teñir la madera; el aroma del aserrín que se acumula en los rincones. La Memoria estimula la unión entre el ebanista, el útil y la luz. Leonardo Tobón vive en la Memoria de Carlos Tobón, el retratista…


Argumento.
Un retrato va más allá de la imagen, dice el fotógrafo. Si no, es una fotografía, insiste… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

“Silenciar el silencio…”

28 julio, 2018 § Deja un comentario


La sala, en el Museo Maja de Jericó, es amplia. Las paredes, pintadas al rojo vinotinto amplían el espacio. Como una isla en el centro de la sala, una banca blanca con curvatura de ola. Cerca de la pared más lejana, recostada a la derecha, una vitrina con dibujos de la artista y, a la misma altura pero a la izquierda, cuatro sillas con los vestidos, zapatos y adornos que Dorita Ramírez, la artista, utilizaba cuando bailaba tango. Le gustaba el tango. El título de la exposición es “El vuelo del arte” y en el texto que escribió su nieta María José, “Mi abuela vuela”, para un libro sobre la obra de Dorita Ramírez encontré la frase que da título a esta Marginalia: “Silenciar el silencio…” como una manera de hacer volar su nombre silenciado en el arte nacional durante años…


… Desde el día de la inauguración, la exposición cierra este domingo veintinueve de julio, recorrí la sala en varias ocasiones, incluso participé en una cena de los Amigos del Museo Maja que tuvo lugar allí mismo y consideré como un privilegio estar en aquel evento rodeado de las pinturas de Dorita Ramírez. Después de aquella celebración cada vez que entré en la sala, grupos de visitantes circulaban frente a las pinturas. Hasta una tarde de sábado hace un par de semanas. Me encontré solo en la sala. La banca con curvatura de ola frente a tres personajes de otros tiempos, tres mitos de la primera mitad del siglo pasado, me atrajo y desde uno de sus extremos, impulsado, quizá, por la cresta de la ola me dejé llevar al encuentro con ellos, lado a lado en la pared, pero separados por los marcos que los rodeaban. Como en un encuentro de conocidos donde la conversación, por su condición de pinturas, se siente más de lo que se escucha y como también puede suceder cualquier cosa, esperé que ellos, Carlos, Libertad y Greta, desde su lugar en la historia y en el imaginario de Dorita Ramírez, la artista, también presente, me vieran como yo a ellos. Carlos y Libertad dejaban notar por aquí y por allá el paso del tiempo a pesar de que su belleza mítica se mantenía inalterable. Greta, la divina, no estaba allí, un reflejo copia de su figura había tomado su lugar, tardé en notarlo, sin embargo, a pesar de no ser la primera, la única, la original, era Greta la de la mirada puesta en cualquier lugar más allá de lo alcanzable, La Divina, envuelta en la piel blanca de su divinidad, con pétalos como llamas alrededor de su figura, labios apenas sonrientes, piel blanca, peinado ensortijado. La Divina que solo necesitó de su mirar para hablar, me habló; no me habló; me miró, mejor, me miró y me habló con sus ojos como siempre lo hizo con todos los que se cruzaron en su camino; entonces caí en la cuenta de su mirar inclinado y no necesitó decir nada, su mirar era suficiente…


… Libertad, en cambio, estaba allí sonriente, a punto de cantar; entre rosas enlazadas por hojas de colores y sostenidas por su voz, Libertad canta y su voz llega hasta “el día que me quieras”. Nada quieto, todo es movimiento mientras su voz enmarcada por aquellos labios rojos se escucha en los cuatro rincones de la sala vinotinto del Maja de Jericó. Mientras Libertad canta y Greta mira; Carlos, Carlitos para unos, Gardel para todos, es una sola llamarada. Está a punto de salir a escena y por sonreír no habla. Su figura es solo sonrisa. Las llamas, la llamarada entre él y la banca con forma de ola donde me encuentro toma el lugar del público que espera en la sala; quizá una sala cercana, al lado o allí donde nos encontramos; una sala que él ve y yo adivino, escucho el murmullo de la multitud, el roce sordo de pasos que se acercan o se detienen y el tintineo del metal precioso; sin embargo, no escucho, veo entre las llamas que lo rodean el brillo de su sonrisa y por sonreír no habla. Cuando deje de sonreír cantará, me digo. Gardel, para todos, se queda en su lugar, más allá de las llamas y las nubes que pasan altas encima de su cabeza. Greta mira, Libertad canta, Gardel sonríe; Dorita Ramírez, la artista, va de la sonrisa a la mirada y luego al canto con la sutileza del anfitrión entre sus invitados. Yo espero que suceda lo inesperado…


… Más tarde, minutos, horas, no lo sé, en la misma banca con curvatura de ola pero desde el extremo más alto de la ola, casi en equilibrio, otra pintura toma el lugar de los “Mitos” de otro tiempo. Simón Bolívar y Henri Rousseau. Bolívar desnudo a lomo del caballo de Rousseau, el más primitivo de los primitivos. De Rousseau está el caballo, de Bolívar el cuerpo desnudo; el vuelo es de Dorita Ramírez, la pintora. Las montañas altas en la parte baja, los troncos sin hojas, quizá porque en las alturas, los vientos mecen con ritmo indefinido lo que encuentran, incluso la bandera que enmarca la figura del jinete blanca, plana, inquieta. Bolivar lleva una lanza en la mano izquierda, en la punta de la lanza un banderín y un corazón, quizá el mismo que tatuará en su brazo enmarcado por el nombre de Manuelita. A la altura del banderín un tronco partido, quizá por el viento, quizá por la lanza. Bolívar inclina la cabeza y sus ojos miran un lugar preciso cerca de mi, no me miran, quizá piensa que estoy en la pintura y miran la cresta de la ola donde me encuentro; algo cerca, delante o detrás de donde me encuentro llama su atención. Un murmullo lo llama, yo repito: ¡Simón!, ¡Simón!, ¡Bolívar!, ¡Señor, señor!, como último recurso grito: ¡Henri! pero su caballo avanza a la velocidad del viento, sus cascos no tocan el piso, Rousseau vuela, siempre voló o estuvo a punto de volar como el barco de tres chimeneas en la tormenta, una de sus más bellas pinturas. ¿Vuela?, ¿y por qué no? No me muevo de mi lugar en o frente a la pintura, espero que el caballo siga su carrera y salga por el costado; que Bolívar cierre y abra los ojos; que la bandera lo envuelva; que el horizonte con montañas baje y desaparezca porque el vuelo no se detiene. Un grupo de estudiantes entra en la sala vinotinto del Museo Maja y por segundos interrumpe la pintura; sus voces llenan el espacio. Cuando partan, me digo, el héroe y el caballo habrán salido de la pintura, y no los veré más, tan alto es su vuelo. El grupo de estudiantes sigue a otra sala y Bolívar, el caballo de Rousseau y yo continuamos en nuestras posiciones; no estamos quietos, hacemos lo que se hace a merced del viento, pero no lo dejamos notar, o quizá sí; quien tome mi lugar en la punta de la blanca con curvatura de ola notará que nos movemos…


… Notará también que la mujer: pelo al aire ensortijado, mochila entre diadema y morral que sostiene el pelo, manta estampada colores brillantes, va; va contra la brisa. El cielo sigue la brisa. La mujer no, va en sentido contrario, sin esfuerzo, sin dificultad. La mujer se desliza sobre la tierra roja, caliente del desierto guajiro. Algunos arboles, delgados, se inclinan en la dirección que les marca la brisa. En apariencia todo está anclado al momento, a la hora, al calor; la mujer se desliza pero lo hace al ritmo imperceptible, sutil, de su sombra, porque en ella tampoco hay movimiento. Es posible, me digo después de observarla durante un buen rato que va hacia lo que no vemos, lo que nadie ve y parece venir del lugar hacia donde va; un lugar en el horizonte, más allá del horizonte cercano pero no tanto. Es la hora sin sombras. La hora nona. El sol alto, da cuenta de las sombras; ella se desliza y su sombra se desliza con ella. La mujer, la mochila, el pelo abundante y ensortijado, la manta estampada, los colores vivos, la sombra invisble, son una sola, que busca más allá de donde es posible ver. Decido ir tras ella…


… Al regresar de la sala vinotinto donde me encontré con las pinturas de Dorita Ramírez todo lo que dejé en la llamada realidad, antes de entrar, parecía igual; sin embargo, nada es igual, todo cambia y cuando cambia y alguien lo nota, “se silencia el silencio…”
Argumento.
Ni el hombre que bajó al río, ni el río serán los mismos más tarde, dijo el personaje… Así, igual, pero distinto cada vez, comenzará la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Humberto Pérez Tobón

21 julio, 2018 § 1 comentario


Hoy, por esos avatares de la vida, publico este texto que también salió en la Revista Unaula 37 de 2017.

Humberto Pérez Tobón es un colombiano importante, sin embargo poco conocido a pesar de haber ganado premios internacionales y tener obras en colecciones públicas y privadas dentro y fuera del País. En la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de 1998 en Florencia, Italia, recibió el Premio Lorenzo El Magnífico en la categoría Vida y Obra.
Nació en Rionegro y vivió su juventud en la Medellín de los años treinta y cuarenta, cuando aun la quebrada Santa Helena corría al aire libre por el centro de la avenida La Playa y los medellinenses paseaban por sus riberas arborizadas o iban a escuchar con reverencia a Beniamino Gigli, el tenor italiano, en grabaciones de la RCA alrededor de un gramófono de manivela en una sala cercana a la Plazuela de San Ignacio. Es importante este detalle porque de la afición por la ópera y su teatralidad resulta la inclinación a la puesta en escena de sus obras posteriores, sobre todo las que hacen parte de El Teatro Leve.


En la primera mitad de los años cincuenta viajó a Estados Unidos y casi inmediatamente frecuentó el Art Center School of Design de Pasadena, California. Estudió ilustración, dibujo con modelo y practicó las técnicas clásicas, pero su inclinación por el dibujo llevó siempre la delantera. Todos los días, a partir de aquellos años, Humberto Pérez dibuja, pinta, raspa lo pintado y vuelve a dibujar y a pintar hasta lograr texturas luminosas, composiciones próximas al movimiento, cielos cambiantes y personajes que, como actores de teatro o de ópera, esperan los tres llamados para dar inicio a la escena. En los trazos que dan forma a las expresiones, a las miradas, al paso de las horas en el paisaje, incluso en los detalles mínimos de las máquinas que abundan en su obra, la sutileza y precisión son evidencia de una maestría elaborada con paciencia. Humberto Pérez, un dibujante excepcional, dice que es ilustrador y aunque no lo afirma pero está presente en sus obras, también es narrador. Sus pinturas y dibujos revelan una estrecha relación entre imagen y narración. Cada pintura, cada dibujo es el comienzo o el desenlace de una historia venida de su imaginario desbordante. En este mundo donde imágenes, sonidos y movimientos se encuentran, se sobreponen, se suplantan, se recrean, la obra de Humberto Pérez es la escena donde las cosas pasan, donde nada es estático; donde el correr del agua, el murmullo de las voces, igual que el sonido interminable de las máquinas se escucha. Los personajes de este teatro, hombres y mujeres, se miran, quizá hablan, observan. Sus pinturas y dibujos son el lugar donde la imaginación compagina la llamada realidad y la ficción.


Todos los caminos llevan al Teatro Leve. Por supuesto están las coincidencias y los encuentros. Con Humberto Pérez, sucedió una tarde de verano en tierra fría cuando me mostró, en su estudio del Oriente Antioqueño, los cuadros que pintaba sobre madera con la técnica de los maestros del Renacimiento. Parecían ejecutados en el instante de la acción. Los personajes sólo esperaban que una voz diera la entrada. Aquellos eran personajes de un Teatro que sugiere situaciones a veces fantásticas; narradores en escena de un Teatro donde las historias, quizá con diferencias de una versión a otra, es lo natural, abundan. Así es el teatro, así es el arte. Aquella tarde surgió el Teatro Leve como el encuentro entre la imagen que ya existe y la historia que se construye entre los colores, las texturas, las formas, los cielos, las nubes, los personajes. 
“…Deberíamos hablar menos y dibujar más…” Me dijo aquel día.

Lo visito con frecuencia en su estudio. En ocasiones me espera en la puerta de su casa al final de una corta colina. También me espera en el estudio. Me recibe siempre con la expectativa de lo que vamos a ver, sobre lo que vamos a conversar: “… Lo tenía por aquí… un paquete de dibujos que no te imaginás…” me dice para entrar en el tema. Durante sesenta años o más Humberto Pérez dibuja todos los días desde el amanecer hasta la hora en que, frente al televisor para ver una película, que quizá no ve, aprovecha para dibujar en alguna de las libretas que siempre tiene a mano. De ese hacer constante resultó una manera de ver y de narrar. Dibujar y conversar son sinónimos en su obra. Desde muy joven lleva en su equipaje la necesidad de mirarlo todo, de dibujarlo todo. Aun hoy, entre los cartapacios de dibujos realizados a lo largo de los años es posible encontrar en papel amarillo, por el paso del tiempo, algunos de sus primeros dibujos. Dibujar ha sido la constante y tal vez por eso, porque no ha dejado de hacerlo un solo día, solo unos pocos de los dibujos elaborados hasta el más mínimo detalle o con trazos rápidos que sugieren figuras, situaciones, grupos o máquinas, tienen firma o fecha. Quizá porque dibujar fue siempre tan natural como conversar o caminar. Durante los años que trabajó como Director Creativo de su empresa publicitaria llevó una libreta a todas partes; en las reuniones con clientes dibujaba, mientras hablaba por teléfono dibujaba y cuando no tenía libretas lo hacía en papeles sueltos que recortaba al tamaño del bolsillo.

Dibujar, su actividad principal, es como hablar para la mayoría. Con letra que a primera vista parece dibujada anota reflexiones de los maestros del Tao o del Zen y también de los grandes pintores del Renacimiento en recortes de papel que luego pega en las paredes de su estudio. Son reflexiones que mezcladas con otras de su propia cosecha guían su mano, su mirada o su sentimiento, mientras dibuja. De la misma manera que hay quienes hablan duro, murmuran, hablan rápido o repiten, Humberto Pérez dibuja a lápiz, al carboncillo, a la pluma, con colores o tinta o por capas que luego elabora como construyendo frases que se acercan a la textura, al color, al tacto. Y como aquellos que se repiten al hablar, Humberto Pérez se repite al dibujar, es posible decir que dibuja siempre lo mismo, que tiene una fijación por la anatomía y la figura humana, que dedicó horas a copiar de libros de anatomía, las proporciones, los huesos, los músculos, la cabeza, el torso, los miembros, las manos y los pies, incluso los dedos y las uñas. La multitud de hojas con sus estudios de anatomía y anotaciones alrededor de los dibujos son una muestra de su dedicación al eje recurrente en su obra: la figura humana.
Para Humberto Pérez dibujar es mantener una relación constante con sus personajes. Es conversar con ellos de los temas que lo apasionan. Sin embargo, dibujar no solo requiere de la constancia y el talento presentes en cada hoja de la multitud que guarda en su estudio; requiere de una imaginación a prueba de todas las técnicas y las situaciones; no hay un dibujo que no lleve, como en una conversación de amigos, a una historia, a una situación venida de su ficcionario infinito. Quizá por todo esto la frase que me dijo aquella tarde no tiene aplicación: “…deberíamos hablar menos y dibujar más…” y no tiene aplicación porque sus trazos, texturas y colores son palabras de una conversación permanente con sus personajes…

Argumento.
Los homenajes se hacen en vida, dijo el personaje en escena… Pero la vida pasa, respondió el otro que, quieto a su lado, espera… Como en una pintura de Humberto Pérez, cuando dos personajes conversan, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…

© Saúl Álvarez Lara / 2017

Autorretratos

14 julio, 2018 § Deja un comentario



Autorretrato 1.
Si el retrato para ser representativo debe ir más allá de la figura física del retratado, el autorretrato con mayor razón. En cualquier caso lo que no se ve del retratado debe salir a la superficie, tomar forma y dar su versión del sujeto. Cada retratado establece relaciones distintas con los objetos o situaciones con que se encuentra. En la ejecución, lo que retrata al sujeto son sus relaciones con el entorno; aunque sea el mismo para varios retratados, el resultado debe ser distinto. En ese sentido, lo primero que define mi lugar de autorretratado son los objetos que me rodean y mi relación con ellos; objetos que no muevo de donde se encuentran y solo pasan de un primero a segundo plano físico en raras ocasiones. Las máscaras de los luchadores que ilustraron un texto sobre la lucha libre en México después de una noche de encuentros en la Arena México en el DF, obra de una familia de pintores del Estado de Guerrero, cedieron su lugar a cuatro variaciones, en postales, de “Esto no es una pipa” la obra de René Magritte, realizadas por Marcel Broodthaers que titula: “Quatre pipes alphabet”, donde las pipas rodeadas de letras en un dibujo sencillo, en negro, mezclan letras y pipa y sugieren la duda de saber si lo que veo es una pipa o un juego de letras que debo descifrar. La obra de Broodthaers cedió su lugar a un dibujo en punta seca de una niña, calculo su edad por la estatura y su estatura la definen los trazos rápidos de una mesa que tiene delante de ella y le llega a la cintura. La niña está de espaldas a mí. Su cuerpo está apenas inclinado como si quisiera poner el codo sobre la mesa y no veo su cara, veo su vestido blanco, quizá de algodón con pliegues hacia arriba y hacia abajo a partir de la cintura, medias negras, largas, porque hace frío y pelo cogido en cola de caballo sobre el hombro. Es un dibujo que encontré entre otros dibujos y llamó mi atención porque, en cualquier momento, la niña hace un gesto, un movimiento y quizá mire hacia donde me encuentro. Mientras no se mueva, sé que su mirada está fija en las pipas de Marcel Broodthaers y también en los luchadores de la familia del Estado de Guerrero en México. Algún tiempo después el perfil de un personaje, otro dibujo, hecho con bolígrafo, que es dos perfiles a la vez toma el lugar de la niña que no mira hacia donde habitualmente me encuentro. El doble perfil lo hice una mañana en la terraza de un café mientras esperaba una reunión y el personaje ocupaba la mesa vecina. El perfil resultó del personaje, el doble perfil de la nada, seguramente ese dibujo es más mi autorretrato que el suyo…


Autorretrato 2.
Lo cercano, lo que me rodea, es la puerta de entrada al retrato. A la derecha del dibujo de la niña del vestido blanco y del personaje con doble perfil está, también recostado contra la pantalla de la computadora un pequeño óleo sobre papel, un momento de acción en una pista de circo. Un rinoceronte y un saltimbanqui con alas que se sostiene sobre su lomo, hace malabares con pelotas blancas. El murmullo de asombro del público en las galerías color naranja y más arriba en los palcos, debe ser atronador, pero no lo escucho. Los dibujos se mantienen en las cercanías del puesto que me adjudiqué desde hace tiempo, el puesto donde paso buena parte de las horas del día, frente a la pantalla de la computadora, ventana abierta al mundo reflejo, que por reflejo y paralelo es aterrador. Al otro lado de la pantalla, en el reflejo, los objetos y las gentes y los momentos se multiplican; si de este lado tengo dos amigos, allá al otro lado tengo más de mil; si a este lado callo, allá mi voz suena con respuesta o sin ella, poco importa, mi voz suena. Detrás del número del rinoceronte hay tres mujeres, tres retratos de mujeres dibujados con minucia: Billie Holliday, Lou Andreas Salomé y Rosa Luxemburgo. Mujeres silenciosas en estado y forma de separador de libros aun sin estrenar, por temor. Temor a traspapelar los libros donde las ponga. Es más fuerte el temor a olvidarlas que cualquier otra cosa. Sin embargo, hay regreso del olvido. Recordé hace poco, digamos que lo tenía olvidado, mientras consideraba las cosas que me retratan y viven alrededor, un libro de Francis Ponge que no tengo: De parte de las cosas. Lo que tengo de ese libro está en la computadora y se reduce a reseñas, entrevistas y extractos, donde los dejé hace un buen tiempo al interior de una carpeta llamada: escritores; en ella guardo otras carpetas, una por escritor. Tengo más de doscientas treinta carpetas, numeradas y con nombre. Francis Ponge habita la carpeta doscientos siete y por lo que puedo ver en los datos del documento está allí desde el tres de noviembre de dos mil catorce. Repasé los documentos y encontré una pregunta que el señor Ponge hace: ¿De dónde surge el margen inconcebible entre la definición de una palabra y la descripción de la cosa que esa palabra designa…?


Autorretrato 3.
La descripción de la cosa que la palabra designa es el retrato. El retrato es primero palabra. Todo es primero palabra, incluso la imagen es palabra antes que imagen. La imagen está allí, callada, dispuesta a ser vista, abierta a quien la interprete como a bien tenga. La imagen propone, el resto corre por cuenta del espectador. La palabra explica, induce, amplía, sugiere, opina. Sin embargo, la palabra no hace ninguna acción por si sola, debe tener el respaldo de quien la origina. Entonces un retrato, primero identificación y luego palabra, va más allá de la representación, pasa por la identificación y luego llega a la intimidad. Las líneas y los puntos que lo componen requieren de la palabra para ser; existen a ojos de quien los mira pero sin definición, incluso lo que para unos es punto para otros será mancha o raya o línea; lo que para unos es frente para otros es perfil. Todo puede ser objeto de retrato. Un bodegón es el retrato de una agrupación de formas que en su composición, accidental o buscada, propone una intención. Imagino el bodegón en la ventana de una casa; lo veo desde el interior de la casa, por lo tanto el paisaje al otro lado de la ventana definirá la intención del bodegón que será distinto si llueve o hace sol o si es campo o ciudad; y a pesar de que la imagen refleja la sensación o la personalidad que se atribuye al bodegón, es necesario definirla, nombrarla, situarla con palabras.
Hace algún tiempo en un pequeño libro dibujé un autorretrato con palabras. Salió así: solo líneas. Tinta negra. Trazos espontáneos, directos, sin ayuda previa. Una cara se construye a partir de la línea de la nariz. Los ojos, uno más arriba que el otro, delimitan la altura de la cabeza y miran a quien está al otro lado del papel. La boca o lo que está en su lugar, es un grupo de líneas fuertes; no es una boca perfectamente dibujada, no, son trazos que apoyan la expresión de los ojos. Otra línea indica que en ese lugar podría haber una nariz, es la misma línea que baja hasta el cuello y allí se encuentra con otras que suben hasta los hombros y construyen el cuerpo. Nada está en su lugar, los accidentes de la pluma y los del papel contribuyen a que el retrato tenga sustento. No es el retrato público de  una persona, es lo que lleva dentro. Los bordes del papel son irregulares, una gota de tinta manchó una esquina y se convirtió en parte del retrato…


… En otra ocasión un pintor quiso hacer mi retrato. Pronto, dijo, estará listo. Cuando lo terminó me encontré enfundado en el cuerpo de un General de la Guerra de Independencia. Nunca me imaginé vestido así, le dije. No es usted, respondió. Pero es mi cara, argumenté. Es posible que se parezca pero no es usted, es Bolívar. Mi sorpresa hizo que me invitara a pasar a otra parte del estudio donde tenía una cantidad innumerable de retratos de Bolívar, todos distintos. Había allí una galería de gentes en el cuerpo y actitud del General. Páez, “El león de Apure”, que parecía conocer bien a Bolívar, hizo una descripción correcta de él pero distinta de todas las que han pasado a la historia, dijo el pintor, creo que el General no existió, que es un invento y cualquiera puede ser su retrato. Cuando salí a la calle y me encontré en medio del desorden circulante sentí que todo era posible, que podríamos ser el retrato inventado de alguien que nadie ha visto. El vendedor de aguacates en la esquina del estudio tenía cara de General de la Guerra de Independencia,…
Argumento. El hombre dibujó una mancha en cualquier lugar de la hoja. Su retrato, dijo. No soy yo, respondió el retratado. Será, aseguró el retratista… Con esa mancha comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Reescribir

7 julio, 2018 § 1 comentario


Una calle, una esquina, un conocido, escritor de oficio; conversamos de esto y lo otro hasta que la pregunta inevitable se mezcló en la conversación: ¿…y qué estás escribiendo? Su respuesta fue, me pareció, evasiva: nada, dijo, estoy reescribiendo. Supuse que no quería tocar el tema, dijimos dos o tres banalidades más y nos despedimos. Si alguien me preguntara hoy qué estoy escribiendo mi respuesta sería igual a la del escritor aquel. Hay días en los que solo escarbo; por los vericuetos de la computadora, escarbo. En ocasiones encuentro textos que no recuerdo; los releo, los corrijo, les quito o les agrego y luego con el mismo nombre o con otro los cambio de carpeta con la esperanza de no olvidarlos otra vez. Reescribo. Los dos fragmentos que siguen hacen parte de una historia que se quedó ahí, trunca, más allá del punto final no hay más, ignoro la razón, ¿un bache?, ¿otra historia?, ¿el final? No lo sé. Nadie lo sabe…


1.
Vi la noticia en una hoja del periódico que volaba al azar del viento entre los bancos del parque donde voy a caminar para despejar las ideas varias veces en la semana y en ocasiones varias veces el mismo día. Era la hoja de las noticias nacionales y tenía fecha del día anterior, de eso solo me vine a dar cuenta después de leer el final la noticia. Como siempre, el titular del periódico en un intento por hacer que el suceso no pasara desapercibido había tomado una forma que me pareció exagerada: “La ciudad se viste de luto por la muerte de un Padre de la Patria”. Debajo de la fotografía del Padre de la Patria en uno de los momentos cumbres de su vida social y política, un pie de foto señalaba el momento en el cual era condecorado por el Presidente de La República por servicios a la comunidad. El texto del artículo narraba aspectos generales de su vida y ponía muy presente su entrega a la comunidad, su desapego, su interés por ayudar todas las causas y la labor desinteresada que había llevado a cabo durante su paso por el Gobierno Nacional, donde ocupó varios ministerios: Su vida pública transparente, escribió el autor de la nota, fue un ejemplo para todos con realizaciones en gobiernos de todas las tendencias. Al final del artículo, en cuatro renglones, aparecía la causa de la muerte, según el periódico: después de gozar de perfecta salud el Padre de la Patria había muerto en su cama víctima de un dolor súbito; en ese momento estaba acompañado de su única hija y el esposo de ésta. La nota estaba firmada por un periodista identificado por las iniciales GJG. Nunca conocí al mencionado Padre de la Patria, nunca lo tuve cerca, es más, no sabía que un hombre con realizaciones tan importantes por el bien de la comunidad existiera y que la comunidad siguiera igual. No sé que fue lo que me llevó a leer tan detenidamente la nota, tal vez la necesidad de sacarme de la cabeza unas cucarachas que me estaban rondando desde la noche anterior con relación a esa sensación de encontrarme en el lugar equivocado que me atormentaba pero, como siempre sucedía, acabé resignado esperando que la paciencia tomara el lugar de las angustias, doblé la hoja del periódico en ocho y la guardé, no se por  qué, en el morral que llevo a todas partes cargado con objetos de primera necesidad, libretas con garabatos dibujados o escritos y plumas. Salí del parque y caminé por la peatonal que desemboca, después de varias cuadras, en una avenida de cuatro vías en un solo sentido. Me detuve a mirar las vitrinas de los almacenes donde se encontraba la ropa de última moda, me di cuenta de que en las vitrinas podía hacer que mi reflejo se mezclara con los artículos exhibidos, era como pasar al otro lado del espejo. Pasé un tiempo concentrado en el juego de mezclar mis ojos con los de las caras que aparecían en los afiches publicitarios, hice que mi mano izquierda tomara el lugar de otra mano en una foto y me divertía, había olvidado las cucarachas que me rondaban cuando estaba en el parque, sin embargo el artículo sobre la muerte del Padre de la Patria iba y venía en el juego de reflejos.

2.

Al Padre de la Patria lo mataron a las once y treinta y cinco de la noche, dijo GJG, como firmaba sus artículos, el periodista autor de la nota que había aparecido el día anterior anunciando su muerte. Lo envenenaron. Hizo una pausa para terminar el vaso de cerveza que tenía en frente y agregó que la duda le había nacido en el entierro, al que había asistido ese mismo día, al ver la pobreza de la ceremonia en donde destacaban algunos ramos y coronas. Su hija única y su yerno parecían tristes, pero más bien parecía que desearan el final rápido de la ceremonia. Los observé todo el tiempo, continuó GJG. Aunque lo importante ahora es el titular sensacional, decidí investigar en los archivos del periódico sobre la hija y su esposo. Esperé que terminara la ceremonia, pedí al fotógrafo que hiciera tomas de la nave principal de la iglesia y si se presentaba la oportunidad, hiciera fotos de la hija y el marido. GJG pidió otra cerveza y dejó en suspenso su historia mientras llegaba el nuevo vaso rebosante de espuma; era evidente que gozaba del momento y mientras su auditorio, compuesto por el barman, a la vez dueño del bar, y otro parroquiano que parecía esperar hasta que GJG terminara de narrar el suceso del día, llegó el nuevo vaso de cerveza y GJG mirando a través del líquido su reflejo en el espejo del frente dijo: la cosa es seria, imaginen que después de la ceremonia de cremación a la que no asistió nadie, solo yo a cierta distancia, me fui para el periódico en la moto del fotógrafo para llegar más rápido, casi no encuentro a la encargada del archivo, le pedí la llave y le dije que no dejara que nadie me interrumpiera, que necesitaba investigar datos para un artículo que debía salir al día siguiente y no tenía tiempo para perder hablando con nadie…


… Llegué a la conclusión de que si había algo de ellos, los parientes del Padre de la Patria, lo encontraría por los alrededores de los años noventa, noventa y cinco; levanté el polvo de los últimos veinte años, escudriñe todos los sobres, cada uno dedicado a un mes de su respectivo año, llenos de fotografías, de recortes y notas, me encontré con fotos de expresidentes abrazados con amigos que ahora son enemigos, a pesar de que para esa época, sabíamos que esos amigos eran enemigos de todo el mundo; actrices de televisión buscando un pantallazo aunque fuera pequeño; fotos de futbolistas. También había fotos del Padre de la Patria en diversos actos y abrazado con los amigos que ahora son enemigos públicos. En una de ellas aparecía con la hija, muy distinta a la que estuvo en el entierro cualquiera diría que era otra, el día de su posesión en el Senado. Faltaba una hora para la entrega del artículo cuando en un sobre marcado en el año ochenta y nueve encontré la fotografía de compromiso de la hija única del Padre de la Patria, también padre en otras regiones del país y por supuesto distinta a las otras dos, y de su futuro esposo; pegada a la fotografía había una hoja escrita a máquina donde se describía la alegría de la sociedad por el compromiso; más abajo, en la misma hoja, una corta biografía del novio donde aparecía que había sido comerciante, exportador, gerente, director, asesor y miembro del gabinete de su suegro, lo que le permitió acercarse a la familia y conquistar el corazón de la joven, quien hasta ese momento lo único que había hecho era ser hija “única” de su padre. La cerveza se había terminado, GJG carraspeó y dijo, sírvenos otras cervezas que ahora viene lo mejor. Mientras el barman llenaba los vasos, GJG aprovechó para ir al baño. Cuando regresó su cerveza estaba servida. Mañana aparecerá un artículo sobre la vida y obra del Padre de la Patria, dijo, sus realizaciones, su vida política, sus alianzas y su familia; en ese punto saldrá una lista de todos sus herederos. No les voy a adelantar su contenido, agregó GJG, mañana lo sabrán. Este Padre de la Patria es, hasta ahora, el primero de este país que muere, dicen, de repente, aliviado y pobre, quizá por eso lo mataron…
Argumento. Los argumentos están en todas partes, dijo el hombre… y comenzó a narrarlos…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2012 / 2018

Estatua

30 junio, 2018 § 2 comentarios


Para soliviar las frustraciones que deja la politiquería y agregar al optimismo que trae el fútbol, aquí va un cuento…

… Soy una obra de arte, estoy en la calle y no me muevo. La gente pasa frente a mí y me mira pero yo no los sigo con la mirada porque está en contra de mi profesión y del argumento que represento. Soy estatua de profesión, lo he sido desde siempre. Como estatua, le he dado la vuelta al mundo. Una vez hice mi número en el Pont Neuf de París y el tráfico se interrumpió. Ese día representé la estatua caída de su pedestal con los brazos destrozados por el golpe, fue majestuoso. En otra ocasión, cuando Botero mostró sus esculturas en la plaza principal, estuve en Florencia, ese día me hice gordo y liviano, tuve que amarrar lastre a mis pies para no volar por los aires. He sido todo lo que se puede ser en esta profesión, desde momia egipcia frente a las Pirámides, hasta Córdoba desnudo en la plaza de Rionegro, la tierra de mi familia. El verdadero triunfo de mi carrera fue cuando la ciudadanía de Bruselas me contrató para hacer el papel de Manneken Pis en la Kermesse del verano. Los que me vieron, orinando siempre, quedaron fascinados por la autenticidad de mi actuación. No me muevo, el mundo lo hace, siempre, por razones de trabajo, asumo una actitud afín al lugar donde me encuentro. Una vez, mientras hacía la travesía del Mediterráneo, me convertí en la Medusa del mástil de proa del velero en que viajaba; esa tarde, al recorrer la cubierta, los pasajeros tuvieron la agradable sorpresa de encontrarse con mi número cuando menos lo imaginaban. Toda mi vida he sido estatua, nunca he hecho otra cosa. Estoy entrenado, puedo desconectar porciones de mi cuerpo o mi pensamiento sin inconveniente, mis actuaciones son el resultado de una técnica elaborada durante años de trabajo. Tengo actos en donde sólo algunas partes del cuerpo se activan; en el Policía de tráfico, uno de mis mejores números, la acción se concentra en los antebrazos y las manos, mientras el resto del cuerpo gira sobre su eje, pero sin aportar expresión al movimiento circular de las extremidades. El día de su estreno me instalé en una tarima preparada de antemano. El lugar no era muy concurrido pero mi presencia atrajo público; algunos me vieron como un policía practicante; otros, como el ejecutante de un nuevo programa de la Alcaldía para descongestionar la ciudad; otros, hablaron de mi camisa azul cielo de día y mi pantalón azul cielo de noche; la atracción fue el casco blanco como los utilizados en “La carga de la Brigada Ligera”, lo encontré en un anticuario cuando hacía por primera vez el número de estatua andante. Esta obra hace honor al medio ambiente, cuando pasa un automóvil, se escucha el ruido de un motor o la muchedumbre grita, mis brazos se activan desde los codos hasta las manos e inician movimientos circulares indicando con las puntas de los dedos una dirección indefinida; simultáneamente, mi cuerpo gira cuarenta y cinco grados a intervalos de diez minutos…

… Esa noche de regreso a la pensión para artistas donde me hospedaba un hecho repentino me obligó a representar uno de mis números de improvisación. Estaba solo en el vagón cuando un ruidoso grupo de jóvenes subió al tren –a medida que el tiempo pasa, mi contacto con la gente, que siempre se convierte en público, sucede a través del arte–, para evitar el encuentro, improvisé un número mimético de estatua barra; me paré al lado de una de las puertas e hice mi cuerpo tan delgado como las barras verticales de la entrada; pasaron a mi lado, me miraron, ninguno me vio; uno de ellos intentó atraparme en un momento de desequilibrio pero desistió porque sus compañeros lo llamaron desde la plataforma de paso al vagón siguiente. Fue la mejor y única actuación de mimetismo espontáneo que he dado en mi vida. En el XXV congreso de estatuas en Seul escuché una exposición sobre el tema pero nunca pude hablar con el maestro que dictó la conferencia, nunca supe si lo tuve a mi lado, según él hay especialistas miméticos en todas partes. 
Desde esta mañana, aquí en mi ciudad, frente a mí público, represento al hombre de la calle que no dice y tampoco hace nada; este hombre vive sentado en un taburete dentro de un vestido azul de fondo entero, camisa blanca, corbata a rayas de colores y zapatos sin cordones. Quien se acerque lo suficiente verá la alcancía donde cada uno puede hacer su aporte al arte nacional. Cuando alguien deja una moneda en la alcancía cambio de posición y de actitud. No soy una estatua pasiva, aunque me encuentre sin movimiento y distante de lo que sucede alrededor vivo con intensidad. Algunas veces grito de dolor o de furia, pero nadie me escucha, he ahí la esencia, tengo todo para decir y para hacer pero mi condición de estatua no lo me permite como a cualquier mortal…
… Llegué temprano al lugar de la representación; aun estaba oscuro. Los hombres que barren la calle no habían hecho su primera ronda, durante el día alcancé a contar doce. El celador me miró de lejos mientras me instalaba y cuando me acomodé para el primer acto: el de la espera, se acercó y me preguntó si necesitaba algo, si no tenía para donde irme o si me habían echado de la casa. Ya había comenzado mi trabajo y no respondí; puso su cara a varios centímetros de la mía, tampoco me inmuté; dio una vuelta a mi rededor, me miró por todos los costados y yo seguí impávido; a los pocos minutos se fue pero volvió con un compañero y un perro que gruñó y me olfateó por todas partes; el perro se echó a mis pies y el segundo celador dijo: Es uno de esos que vienen a jugar a las estatuas, déjelo, cuando se canse se irá. Había comenzado el paso de los madrugadores, algunos almacenes abrían, el ruido de las rejas al subir y golpear contra el marco metálico de las puertas fue el anuncio; una señora puso una moneda en la alcancía y yo pasé al segundo acto: el de la visita; giré sobre el asiento, crucé las piernas pero dejé mi cabeza mirando para el otro lado; la señora, desconcertada por mi movimiento buscó otra moneda en su bolso y la puso en la alcancía, de nuevo cambié de posición y pasé al tercer acto: el de la conversación, subí mi brazo derecho y lo puse en ademán de respuesta, este acto es de los más difíciles porque el brazo queda sin apoyo visible; sin embargo, compuse el contrapeso al estirar un poco la pierna izquierda para cambiar de lugar el centro de gravedad y aunque parece una posición exagerada, me siento realmente cómodo. Unos niños se acercaron, había cambiado de posición en tres ocasiones y ellos intentaron frotar sus manos con las mías que en ese momento estaban hacia adelante para el acto de la despedida. Acepté la caricia quieto y sin desviar la mirada del lugar donde mi imaginación había puesto la persona de la cual me despido. Los muchachos depositaron una moneda en la alcancía y se alejaron sin darse cuenta del cambio de posición por efecto de la moneda al acto de la tristeza después del adiós; aunque su significado es dramático, esta actitud es una de las más confortables, pues tomo la forma de un ovillo apretujado sobre el taburete…

… Al caer la tarde después de un día movido el público circula frente a mí en su camino de regreso a casa; espero el paso del último para terminar la actuación. Los observo y compruebo que ellos son la esencia de mi trabajo. De la calle salió el vendedor ambulante, el chofer de taxi, el oficinista afanado, el jefe, la mujer de acera y la otra, la que no es de acera, el niño perdido, la mamá que lo busca, la vendedora de minutos, el mago de esquina, el policía. Todos vienen de la misma cantera, la calle. Cuando ya no pasan carros ni se escuchan voces, cuando las luces se apagan en los edificios, los avisos de neón se prenden y ya no queda nadie, termino la función. Entonces guardo la utilería. En general, en ese momento ya sé dónde y cuál será el número del día siguiente. Esta noche fue igual, hice lo mismo de siempre. De repente una voz llamó desde la oscuridad: ¡Estatua! Me quedé quieto. ¡Estatua! repitió. Giré mis ojos hasta casi hacerlos salir de las órbitas y vi la figura recortada contra la luz del neón. ¡Estatua! repitió, espere, si no responde lo comprendo por su profesión, cuando lo vi la primera vez, dijo, ese día hizo el papel del autor de cartas, quise escribir el retrato de una estatua, aquí está, léalo y si se encuentra haga una con él…
Una versión de “Estatua” está en “El sótano del cielo” libro de cuentos publicado por la Editorial Eafit de Medellín en 2003.
Argumento. Seré estatua pero no me quedaré quieto, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2003 / 2018