Cuatro

23 enero, 2021 § Deja un comentario


La otra cara del retrato

No es malabarista pero sostiene el celular con una mano y después con la otra, lo pasa de un lado al otro por encima de la cabeza y habla sin parar al ritmo de los malabares. Como no alcanzo a escuchar su voz imagino que hablar es como una avalancha interior que no permite interrupciones, sin embargo, los malabares con el aparato tienen poco que ver con la necesidad de acallar, todo lo contrario. Los malabares son una necesidad; quien la sufre, de verdad, siente la obligación de reflejar con alguna parte de su cuerpo, brazos, manos, cabeza, piernas, incluso ojos, los movimientos que inventa en el momento mismo en que los inventa para que quien lo escucha claudique. En este caso particular, como todo es dicho a distancia, el malabarista se puede permitir la libertad de exagerar los malabares porque al hacerlo su voz se hace aun más convincente y sus palabras, por supuesto, ganan en credibilidad. Podría decir cualquier cosa y la fuerza del malabar le adjudica el peso suficiente para que parezca una verdad de a puño…

Retratos…

La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen, entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró …

Que se sepa, la “cosa” es cepa mutante…

El número 10 de Ficción La Revista circula mañana. (Click aquí)

Tres

16 enero, 2021 § Deja un comentario


La otra cara del retrato

Son dos. Dos en uno. Llegaron a la mesa vecina mientras yo estaba concentrado en otra cosa. Cuando trajeron la bebida de frutos rojos a mi mesa reparé en ellos. El mesero trajo la tisana con un reloj de arena y dijo: espere que la arenilla pase, es el tiempo necesario para que la bebida esté en el punto perfecto. Mientras la arenilla pasaba vi la gorra negra de beisbolista. Pensé que su dueña la llevaba al revés; pero no, eran dos en uno, hombre y mujer unidos por una gorra negra de beisbolista; tan unidos que la visera alcazaba para los dos. El reloj de arena no había llegado aun a la mitad cuando, con un movimiento sutil, el cuerpo del hombre se inclinó hacia el de la mujer. Esperé unos segundos. Ya había pasado un poco más de la mitad de la arenilla y la evidencia de una conversación apareció. Le decía algo en voz baja, una amenaza, un secreto o quizá le murmuraba una declaración. Cualquier posibilidad era válida. El reloj de arena terminó su curso y la tisana estaba en su punto, como la pareja de la mesa vecina que, en ese momento, partió brazo entre brazo sin saber que yo sabía que solo tenían una gorra para los dos…

Retratos…

La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen, entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró …

Y la “cosa” ahí…

Exposiciones en el Museo Maja de Jericó

Dos

9 enero, 2021 § Deja un comentario


La otra cara del retrato

Es joven, la gorra de cuero verde, desteñido, con textura, y la camiseta azul oscura, también desteñida, no determinan su edad, pero es joven. Supuse que por el corte de pelo en cresta había pasado por la silla del peluquero aquel mismo día, si no, el día anterior. Imaginé que el peluquero, seguidor de la moda, no preguntó si quería corte con cresta o no, simplemente cortó. En esos casos nadie duda qué es lo que el cliente busca. Recordé la última vez que fui al salón donde la mujer que me corta el pelo me preguntó al sentarme en la silla si quería corte con cresta. La miré en el reflejo del espejo tan ancho como el salón y dudé. Me hubiera afeitado los costados de la cabeza y dudé aun más; me imaginé con la cresta de “El último de los mohicanos”, la novela de James Cooper; o como Arturo Vidal el futbolista chileno. A pesar de que la duda era evidente, la peluquera insistió. Me mantuve en la duda. En cambio el vecino delante de mí no dudó y ahora supongo que cada vez que cierra los ojos, presiente la cresta arisca como la de un gallo de pelea y para que no se escape la protege con la gorra…

Retratos…

La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen, entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró …

… Y la “cosa” ahí…

Exposiciones en el Museo Maja de Jericó

Uno

2 enero, 2021 § Deja un comentario


La otra cara del retrato

Faltan entre cinco y diez minutos para las diez, que podrían ser de la mañana o de la noche, quizá de la noche porque el hombre, seguramente profesional independiente, se toma el cuello con fuerza como si le doliera. Está cansado. No es un hombre mayor a pesar del poco pelo, y podría llamarse Luis Efe, es posible que lo llamen Lucho. Es posible también que la hora sea otra, que su reloj no funcione y que, a media mañana, muestre los rastros de fatiga que, en los de su familia, comienzan por el cuello. Los ojos le pesan; quisiera cerrarlos, pensar en otra cosa, creer que está en otra parte pero la parte baja del cerebro no lo deja, duele, fastidia. Lucho es trabajador desde siempre, no recuerda un momento de su vida sin obligación: primero por unos, los que no eran de él; después por los otros, los de él; y entre unos y otros se fue quedando calvo, los ojos pesaron, los párpados cayeron y si algún conocido de antes apareciera ahora, seguramente se encontraría con que lo único reconocible en él es el dolor en el cuello que no lo abandona…

Retratos…

La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró …

Y la “cosa” ahí…

Exposiciones en el Museo Maja de Jericó

Cosas 55

26 diciembre, 2020 § 1 comentario


Olvidar

Los recuerdos varían y con el paso del tiempo cambian de lugar y de intención. Lo que recordamos hoy, es posible que mañana lo recordemos distinto, fragmentado; es posible que solo tengamos en cuenta aquello que nos interesa o confundamos unos recuerdos con otros. Una cosa son los recuerdos y otra recordar si la ventana quedó abierta o si el arroz en bajo se va a secar o si las luces del salón quedaron prendidas. Los recuerdos son los hechos que nos conciernen; la memoria es todo, incluso el lugar donde viven los recuerdos. Aquí y ahora recuerdo el epígrafe de un video que vi hace años: “… la memoria es algo que, a veces, hace reír y; a veces, llorar…”, posiblemente no era así, pero así es como lo recuerdo; ahora me parece que la palabra “recuerdo” en el epígrafe sería más acertado que “memoria”, quizá más exacta. Los recuerdos que, a veces hacen reír y a veces llorar, se conservan según quien los lleva a todas partes. Algunas personas prefieren los recuerdos placenteros y sin dudarlo olvidan los que no lo son. Otras prefieren lo contrario. Es evidente que, con el tiempo, los buenos o malos recuerdos ocupan lugares cada vez más difusos en la memoria. Ireneo Funes, el personaje de “Funes el memorioso”, el cuento de Jorge Luis Borges, sufría de lo contrario; después de un accidente que lo dejó reducido a la quietud, Funes recordaba hasta el más mínimo detalle de lo que había pasado o pasara frente a sus ojos; recordaba la forma, el color y los detalles de cada hoja de cada árbol; recordaba lo sucedido cada segundo de cada día, hora, minuto o lugar en su vida. Funes murió a los diecinueve y desde el accidente vivió en una habitación oscura. “… Varias veces hizo el intento de recordar un día del primero al último segundo y lo logró, sin embargo el ejercicio le tomó el día completo … En el abarrotado mundo de Funes, escribe Borges, solo había detalles casi inmediatos…” Todo lo contrario sucede con los recuerdos que con el tiempo pasan de detalles a generalidades; por supuesto, hay quienes tienen la capacidad de recordar nombres, caras, vías, formas de llegar a lugares vistos o vividos con anterioridad; es evidente que aquellos detalles, a diferencia de Ireneo Funes, no se presentan como un catálogo ordenado y numerado de hechos sucedidos sino bajo la preferencia que su propietario decida acordarles. Si me preguntara, ahora, qué recuerdo de lo sucedido en este año que termina, lo primero que viene de la memoria es una frase leída o escuchada, no recuerdo dónde: “es un año para olvidar”, ¿querrá decir esto que somos capaces de borrar recuerdos hasta convencernos de que no sucedieron? Lo dicho, es claramente un deseo de preferencia porque muchas cosas imborrables, a parte de la “cosa” que nos dominó, nos aisló, nos asustó y llegó a matar a muchos, sucedieron. Es posible que yo sea de aquellos que prefiere recordar lo bueno, por supuesto eso depende de dónde o de quién venga el recuerdo; pero entre los de este veinte veinte están las vueltas a la cancha de baloncesto de la unidad donde vivo para no olvidar el trote; también los libros con dibujos que algunos vieron; los retratos al revés acompañados de ficciones cortas que fueron exposición; las publicaciones con amigos escritores, poetas, pintores; las “minifricciones” sin acompañamiento de imagen, resultado de un inventario de recorridos callejeros en años anteriores y conservado, para no olvidarlo, en los recovecos de la computadora. Recuerdo que la dimensión del tiempo fue otra, las horas, lentas en otras épocas, pasaron rápidas, y los días se confundieron, los jueves y los domingos fueron iguales y los martes también. Recuerdo que aprendí cosas como la múltiple forma de cocinar huevos para que los desayunos no fueran siempre iguales; y también di algunos pasos en el manejo de la virtualidad; a falta de salir a inventariar calles, cafeterías, personajes y ficciones intenté hacerlo por las vías y los puntos de encuentro que ella, la virtualidad, propone; también visité y participé en el montaje de exposiciones de arte que fueron y aun es posible recorrer en las pantallas. No recuerdo detalles ni horas ni días ni momentos precisos, seguramente me tomaría todo el año como a Funes y entraríamos en el que viene sin dejar atrás el que está por pasar. Por supuesto, la “cosa” que nos arrinconó, me preocupó y me obligó a mirarla de lejos con ojos de quien espera no saber más de ella, pero a pesar de ella, la “cosa”, aprendí a hacer del encierro otra cosa y eso, espero no olvidarlo…

Cosas…

… Con o sin “cosa” el año que viene será optimista…     

Exposiciones en el Museo Maja de Jericó