Coincidencias

17 noviembre, 2012 § 1 Comentario


“Emma Reyes. Memoria por correspondencia” en edición de Laguna Libros, que recibí de Gloria Giraldo y Luis Fernando Calderón, es la recopilación de veintitrés cartas que Emma Reyes envió a Germán Arciniegas entre 1969 y 1997. En ellas narra su infancia desechable en Bogotá y Boyacá durante las primeras décadas del siglo XX. Más tarde se voló del convento donde había ido a parar, la aventura la llevó hasta Buenos Aires donde se hizo pintora y ganó un premio; de allí pasó a Francia y con las cartas que escribió a Germán Arciniegas mostró su talento de narradora. A pesar de que estaban llenas de faltas de ortografía, la precisión en el detalle, el sentimiento y la sencillez del lenguaje, confirman su talento. Emma Reyes murió en Francia en 2003 a los ochenta y cuatro años. Edith Recourat, periodista y cronista francesa, conoció a Emma en Paris y se interesó por su pintura, escribió en 1948: “…Lo más sensacional que descubrí fue Emma Reyes…”

Fue buscando la obra de Emma Reyes, que no conocía, que encontré algunos dibujos suyos, dibujos de personajes, grupos a punto de explotar, caras y cuerpos y manos en momentos ardor. Sus dibujos, los que encontré y también los que acompañan el libro, parecen realizados justo en la pausa que precede el movimiento, basta con cerrar los ojos para imaginar esas figuras de trazo fuerte y nervioso en acción. Sin embargo una de sus obras llamó mi atención, un autorretrato sin ficha técnica, puede ser un carboncillo, de espaldas, su busto de espaldas; el trazo de la cara apenas se adivina; la luz está más allá, fuera de la vista. El peinado hacia atrás, coronado por una moña, se define con trazos fuertes y luminosos que dan forma al volumen. El resto del cuadro, a la derecha, va hacia la penumbra que su cuerpo, marcado por el cuello alto del vestido, sugiere.

Entonces dos coincidencias aparecieron que me acercaron a Emma Reyes y sentí pena por no haber sabido de ella, por no haber conocido antes su trabajo. La primera, el autorretrato de espaldas que me llevó a otros retratos, se podrían llamar, de personajes con vista desde su lado oculto. Hace poco aparecieron algunos en La Marginalia; años antes, una serie de personajes ilustrados desde el mismo ángulo fueron mi carta de presentación. En aquellos retratos la parte oculta de la cabeza parece ser el complemento de la parte visible. En lo oculto se estimula el imaginario, el mío por lo menos, quizá no el de todos porque cada uno ve el mundo con los ojos que puede, con los que tiene y no todos miramos lo mismo. El encuentro con el autorretrato de Emma Reyes y la lectura de su correspondencia me sugirieron una figura que no alcanzo a describir pero que reconocería donde la viera.

La segunda coincidencia es vivencial. Hace años conocí en Bélgica un pintor colombiano, he narrado su historia varias veces en estas Marginalias. Bobby Rodríguez Rodríguez nació en Bogotá, nunca recordó con exactitud dónde, decía que al sur, quizá más al sur que el Restrepo, el Quiroga o el Veinte de Julio. Y a pesar de que saberlo es importante, es quizá más importante saber que Bobby, que en ese momento no se llamaba así, en todas partes del decían “chino”, terminó durmiendo envuelto en periódicos cerca de San Victorino antes de cumplir los siete años. Tal vez por un mecanismo de autodefensa olvidó las mañanas heladas, las comidas difíciles y escasas, las luchas por el territorio, los policías, los reformatorios. Recuerda, aunque con vacíos, un medio día, cuando se ganaba la comida limpiando las mesas en una fritanguería de la avenida Caracas con la Jiménez que un señor le compró un plato de morcilla con papa criolla y ají pajarito para que se lo comiera él solo, si quería, sentado a la misma mesa. De ese día en adelante almorzó con él. Más tarde el señor llevó una señora y le dijo que era su esposa. Bobby se convirtió en parte de la familia Rodríguez. Le dieron el nombre, los apellidos repetidos porque era indispensable tener dos, le dieron comida, lo cuidaron, se preocuparon por él. Un día la señora Rodríguez le preguntó, entre sorbos de gaseosa, si sabía dónde quedaba Europa. Bobby respondió que muy lejos. Quiso saber si quería acompañarlos, ella y su marido iban a hacer un viaje a Europa y si quería, podía ir con ellos, le pagarían todo, pasajes, estadía, todo.

Así llegó Bobby Rodríguez Rodríguez a Europa. No está claro, no se sabe, es posible que al regreso de los Rodríguez, Bobby, de acuerdo con ellos, se haya quedado en el salón central de la estación de Perpignan. Dos horas después, al lado del puesto de revistas y tabaco, una desconocida, quizá conocida de los Rodríguez, pasó frente al puesto de revistas y con alguna excusa se acercó a Bobby, que tendría quince o dieciséis años y le preguntó en español si estaba perdido. La mujer insistió. Bobby negó. La mujer dijo entonces, si quieres puedes venir a mi casa, está a dos calles saliendo por allí, le indicó una puerta de costado, es el número treinta y dos. No había dado aún dos pasos hacia la puerta cuando Bobby dijo, está bien. Vamos, fue la respuesta de la mujer que a partir de ese momento se llamó Mimi, y se convirtió en su madre, su acompañante, su mecenas, su amante durante los años siguientes. Cuando lo conocí, unos veinte años después de esa tarde en Perpignan todavía estaban juntos. Vivían en el tercer piso de un edificio en el centro de Bruselas, cerca de la Place Rouppe. Tenían un gallo por mascota. Mimi era una mujer mayor que miraba a Bobby con ojos de madre y Bobby era pintor. Fue por eso que lo conocí. Supe hace poco por un encuentro fortuito en intenet que estaba pintando cuadros tan grandes que no era posible sacarlos de su estudio.

Argumento. Un hombre está seguro de que las coincidencias lo acorralan, no lo dejan en paz. Cualquier detalle por mínimo que parezca encuentra otro correspondiente a su paso, es inevitable. Para evitarlas, porque en ocasiones lo hicieron avergonzar, un día decidió cancelar todo a su alrededor. Cerró puertas y ventanas, las condenó, cerró todo contacto, dejó que el tiempo diera cuenta de la luz, el agua y los otros servicios públicos. Cuando vio deslizar un pedazo de papel por la única rendija que no había visto, con la leyenda “ya somos dos”, comienza la historia.

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

© Saúl Álvarez Lara / 2012

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