Historias de ciudad en invierno (2)

19 enero, 2013 § Deja un comentario


51-NYC-1El hombre estaba tres puestos delante de ti en la fila para subir al bus. Iba abrigado como si debiera soportar un frío desconocido. Te pareció extraño porque su figura y comportamiento era el de aquellos que saben dónde están y a lo que se atienen. La hora, cinco y treinta de la tarde, correspondía con la oscuridad de noche invernal que hacía más difícil la espera del bus. En realidad no prestaste atención al hombre. No habías visto su cara, abrigado como estaba con chaqueta gruesa, bufanda de lana a cuadros, gorra y guantes, como cualquier recién llegado a esta ciudad donde hay de todo, dicen, y es posible que todo suceda. Tu atención estaba en otra parte, suele suceder cuando te encuentras en un lugar del que tienes información suficiente para creer que lo has visto por todas las rendijas, incluso crees que lo conoces, pero cuando estás en él, en cualquiera de sus calles o estaciones de subway o mercados, o filas, te das cuenta de que no has visto nada y que a vuelta de la esquina, algo inesperado puede pasar a tu lado. Estar pendiente de lo inesperado es lo más próximo a estar en otra parte.

Entonces mientras esperabas la llegada del bus estabas en otra parte. Estabas en la exposición de Henri Matisse en el Museo Metropolitano donde confirmaste que su frase “…he pasado mi vida aprendiendo a ver…” que has repetido cada vez que puedes y has citado en otros textos, es una forma de definir su trabajo de pintor. La exposición muestra cómo repetir sus obras, dos, en ocasiones tres veces o más, en su proceso permanente de aprendizaje. Matisse lleva la evolución de su mirada a lo que llamó “La búsqueda de la verdadera pintura”, definición que, además, sirve de título a la exposición. Pensabas en la exposición de Matisse cuando el bus llegó y los pasajeros subieron. El hombre, tres puestos delante de ti, ocupó un lugar en la parte media, tú te quedaste en la primera banca paralela al pasillo central. Desde tu lugar podías ver al hombre que se quitó los guantes y aflojó su bufanda cuando ocupó un puesto al borde del pasillo. La gente que venía detrás interrumpía su figura y solo alcanzabas a distinguir algunos movimientos entresacados al paso de los pasajeros que poco a poco llenaban el bus.

Con el movimiento de los pasajeros de pie en el pasillo viste trazos de luz que se filtran entre sus cuerpos como en los cuadros de George Bellows, ilustrador de situaciones espontáneas, dos trazos y la figura aparece. Bellows decía que “el artista debía ser un espectador de la vida…” y completaba su sentencia con esta otra “…una obra de arte puede ser cualquier cosa imaginable”. Bellows ilustró para el New York Evening Journal el momento en que Luis Ángel Firpo sacó del ring a Jack Dempsey en la pelea por el título mundial de los pesos pesados en 1923. Fue ese momento el que tomó forma y se convirtió en el gancho de izquierda con que Firpo puso a volar a Dempsey por encima de las cuerdas cuando, entre reflejos momentáneos y figuras de pasajeros que se mueven entre tú y el hombre de la bufanda ya sin guantes que subió al bus tres puestos antes, viste una libreta de dibujo sobre sus piernas donde, a dos manos, con la rapidez del rayo como el gancho de izquierda, dibujaba lo que tenía al frente. Levantaba la vista y dibujaba con derecha e izquierda al mismo tiempo. Entre bultos de cuerpos mecidos por el movimiento del bus tu mirada se cruzó con la del hombre que no paraba de aplicar trazos cortos y precisos a dos manos en su libreta. Pensaste que te dibujaba pero la dificultad de pasar entre los pasajeros de pie frenó el impulso de ir a ver si eras tú el sujeto de su dibujo.

51-NYC-2Debe repetir trazos, te dijiste mientras recordabas que en los Picassos en blanco y negro, que viste ese mismo día en el Guggenheim, hay una línea y una manera de hacer que se repite y se elabora. Las líneas, las formas, las composiciones evolucionan y se hacen más complejas pero son las mismas. Picasso hizo lo mismo desde “Les demoiselles de Avignon” hasta sus últimas obras, con frecuencia y disciplina, en blanco y negro, y en color. Picasso se repite, todo se repite de maneras distintas en esta ciudad sin fin y en todas las otras ciudades también, te dijiste para soliviar en algo la curiosidad que levantaba el dibujo a dos manos del hombre que no cesaba de marcar trazos, levantar la mirada y aplicarse a dibujar.

La coincidencia, el momento o la hora, incluso el día, quisieron que bajaras en la misma parada que el hombre. Lo notaste porque en tres gestos rápidos guardo la libreta y las plumas, cerró la bufanda alrededor de su cuello y se paró frente a la puerta de salida, los guantes fue lo último que ajustó en sus manos antes de bajar otra vez al frío del invierno. Pensaste alcanzarlo y decirle que te dejara ver sus dibujos, lo seguiste por la Quinta avenida unos pasos detrás sin atreverte a hablarle y cada vez que paraba a mirar una vitrina tú también parabas. En una esquina no lograste pasar la calle con él, la luz roja te lo impidió y lo perdiste de vista.

Te tranquilizó pensar que todo se repite y dos días después fuiste al MoMA donde encontraste a los hermanos Quay, gemelos que, como el hombre del bus que dibuja a dos manos, realizan sus películas, montajes y relación con otros artistas a cuatro manos. Buscaste al hombre del bus en las salas y no lo encontraste, sin embargo viste un señor de gafas que te miro fijamente y pensaste que era de cera. Viste también una mujer que llora en el restaurante después de almorzar, quizá porque recibió una llamada a destiempo y viste un hombre joven que reclama en su celular a la persona que le quedó mal a la cita. Andy Warhol o su doble, te dio la espalda mientras mirabas “El imperio de los sentidos” de Magritte y recordaste las veces que has descrito ese cuadro en otros textos. Viste dos gordas que tuvieron dificultades para entrar en una silla. Viste una mujer joven que parece salida de un cuadro de Toulousse Lautrec. Viste una japonesa de trazos precisos que parecía un grabado de Utamaro. Viste una esquina con un hombre que lee El Newyorker junto a una mujer mayor con un libro de Patricia Highsmith abierto pero sin leerlo. No viste más al hombre que dibuja a dos manos, pasa las tardes en los museos y cuando sale al frío del invierno mira vitrinas con detenimiento. Quizá hace lo mismo en verano. En cambio te tomaste una fotografía frente a “Vir Heroicus Sublimis” el cuadro de Barnett Newman de los años  setenta en el que la pregunta: ¿Quién teme al rojo, al amarillo y al azul”?, como en buena parte de su obra, viene incluida. Ese retrato acompaña esta Marginalia.

Argumento. Imposible terminar sin tener en cuenta el paso de las horas, tomará el tiempo que viva, dijo. El estilo hiperrealista y minucioso. La técnica: capas sucesivas de color y trementina, lenta y a prueba de toda paciencia, iba a velocidad distinta al de las manecillas del reloj o, del aparecer y desaprecer del sol. Y él, era su compromiso, debía tener en cuenta esa evolución permanente en la composición. Cuando los cambios en el modelo fueron más rápidos que su trazo, comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

*Ficción La Revista 4 está en circulación. Bájela aquí.

© Saúl Álvarez Lara / 2013

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