Alberto González, profesor de tiempo completo

17 enero, 2015 § 1 comentario


153-Alberto González-1Este perfil, prefiero llamarlo retrato, del profesor Alberto González lo escribí en noviembre del año pasado. Quizá por un olvido o porque se traspapeló en los meandros del mundo paralelo o porque cayó en una fila de esas que no avanzan y no le llegó el turno, como sucede a menudo con los personajes en estas Marginalias, el retrato del profesor González no fue publicado. El hecho, para mí evidente, de que los personajes hacen lo que les provoca, no se encuentran a merced del deseo de quien quiso escribir sobre ellos, menos aun de un editor, y entran o salen de escena cuando les viene en gana, asumamos la ficción como un escenario permanente, es lo que hizo que el profesor González, retrato y personaje a la vez, se ausentara de todas partes y de todos los recuerdos cuando presintió que lo iban a convertir en papel. En una entrevista el actor Michael Caine dijo de su primera actuación en el teatro: “…en silencio, quieto, en un taburete disimulado en la esquina más alejada del escenario; no debía hacer, ni decir nada, solo debía dar la sensación de que toda la acción pasaba por mí…” De la misma manera que el silencio y la acción debían pasar por el señor Caine, el devenir de los personajes pasa por el mutis del profesor González y las ficciones en las que se ven involucrados suceden donde, cuando y como ellos consideran, yo soy el instrumento. Aprovecho este recoveco poco frecuentado para narrar nuestro encuentro…

…Me dice que, con frecuencia, cuando habla con los estudiantes sobre una obra, un maestro, un libro o sobre el proceso de ver en alguno de sus talleres de dibujo o grabado, se emociona. Lo comprobé en el encuentro que tuvimos para hablar precisamente de eso, del Taller de grabado y dibujo que dirige en el barrio Manila de Medellín. Se emociona cuando habla de El Durero, de Velásquez o de Goya. Se emociona también cuando habla de su profesión original, las matemáticas; cuando menciona a Euler, el matemático suizo, o cuando habla de los cursos de Lógica durante sus años de profesor en la Universidad Nacional donde también dictó Teoría del Color. Alberto González es profesor de tiempo completo. Lo lleva en él. Y por esta razón cuando se retiró de la Universidad creó el Taller de dibujo y grabado que dirige desde hace más de veinte años con estudiantes jóvenes y mayores, ciudadanos ilustres y comunes y corrientes, que encuentran en: ver, pensar, hacer, la consigna del Taller, una manera de enfrentar las representaciones que el mundo de hoy impone.

Ver, es apropiarse del mundo, dice. Lo primero que hace alguien que inicia un dibujo es el contorno,153-Alberto González-2 no el volumen, las sombras o la expresión. Lo primero que ve es el contorno y eso es propio del cazador. El hombre ve la forma, ve la estructura y fija su ojo en ella. El próximo taller de dibujo, dice, empezará de esta manera: la primera clase será con modelo. El estudiante la observa y luego regresa a su lugar de trabajo, que no será el mismo donde está la modelo, a dibujar o pintar lo que vio. Quiéralo uno o no, se dibuja de memoria. Aun con la modelo en frente cuando bajamos los ojos al papel estamos recordando. La memoria visual se estimula por el detalle, como decía Cézanne: lo más importante es la pequeña sensación…

Cada año en el Taller trabajan un artista distinto. La elección depende de un evento, un aniversario, una exposición o un interés especial. Este año fue el El Durero por la exposición en el Museo del Banco de la República de Bogotá a donde fue con un grupo de 25 personas,“…una clase inolvidable, recuerda, con las salas del Museo para nosotros solos”. Hace tres años trabajaron Goya con motivo de la exposición de los Desastres de la guerra; el año pasado Velásquez. “…Utilizo una técnica que se aplica poco y a veces se entiende mal, dice: La copia inteligente. Se trata de copiar la obra de un maestro pero no como una copia literal, sino, como una interpretación. Rubens copió a Caravaggio, Goya copió a Velásquez. Lo han hecho los grandes artistas. Es uno de los ejercicios que practicamos. Su finalidad es aprender a pensar, a hacer y, en definitiva, a ver. A los doce años Mozart compuso la Misa en do menor, era un genio, sin embargo no dejó de estudiar a Bach. Lo copió, lo transcribió y aprendió. Júpiter, la Sinfonía 41, es un homenaje a Bach. Así seamos muy talentosos no podemos dejar de estudiar a los maestros porque no estamos inventando el mundo…”

Conversar con Alberto González es un permanente tránsito por los caminos del dibujo, el grabado, la pintura o la emoción que le produjo una obra como La Meninas que vio por primera vez en el Museo del Prado de Madrid, cuando aun corría la era franquista. La manera como estaba expuesta lo llevó a plantearse, quizá no por primera vez, pero sí con claridad, el significado de la representación que hace de esta pintura una obra única: dónde está la obra, dónde el espectador.

153-Alberto González-3Le pregunto desde cuando dibuja y me responde con naturalidad, “…desde siempre… Mi padre era músico y cantante, mi tío era pintor, mi madre me inició en las lides del dibujo y aprendí a escribir dibujando las letras, me aplicaba a dibujarlas tan perfectas como fuera posible. Un día me pareció ver un pedazo de alacrán en un accidente de la pared en la casa donde vivíamos en Manrique y me propuse dibujar lo que faltaba hasta completarlo, cuando lo tuve listo llamé a mi papá y le mostré el alacrán, lo primero que hizo fue destriparlo con el zapato. …Ese día fui dibujante…” Después fue músico, tocó el clarinete en la Orquesta Sinfónica; y también matemático de la Universidad Nacional con posgrados en lógica matemática en Estados Unidos, Italia y Francia.

“En el Taller es importante que los estudiantes elaboren un juicio crítico autónomo sobre: qué veo, lo que veo me interesa, por qué me interesa, cómo lo estudio, cómo lo contemplo. Es un proceso, no se trata solo de si me gusta o no me gusta. Por eso insisto en exposiciones como la de El Durero, un artista que ve el mundo de hace quinientos años casi como un artista contemporáneo ve el de hoy. ¿Cuál es la percepción del mundo de los artistas, cómo lo viven, cómo establecen relación con lo que los rodea, la tecnología, el cine, las imágenes, los materiales? El computador más importante lo llevamos en el cerebro, tiene millones de conexiones que debemos retroalimentar y poner a funcionar…” De todo eso se habla con Alberto González. Son embargo, lo mejor es ir a su Taller del barrio Manila en Medellín. (T. 57 4 266 1001)

Argumento. Un hombre, quizá también una mujer, colecciona personajes. Cuando regresa a casa por la noche, después de haber pasado el día tras ellos, guarda en su computadora los que recogió en la jornada. Una noche decide convertirse él mismo en personaje. Se escribe, marca lo que escribe con su nombre y lo guarda en una carpeta con los otros personajes, apaga la computadora y se va a dormir… esa noche comienza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior. Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2015

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Historias de ciudad en invierno (2)

19 enero, 2013 § Deja un comentario


51-NYC-1El hombre estaba tres puestos delante de ti en la fila para subir al bus. Iba abrigado como si debiera soportar un frío desconocido. Te pareció extraño porque su figura y comportamiento era el de aquellos que saben dónde están y a lo que se atienen. La hora, cinco y treinta de la tarde, correspondía con la oscuridad de noche invernal que hacía más difícil la espera del bus. En realidad no prestaste atención al hombre. No habías visto su cara, abrigado como estaba con chaqueta gruesa, bufanda de lana a cuadros, gorra y guantes, como cualquier recién llegado a esta ciudad donde hay de todo, dicen, y es posible que todo suceda. Tu atención estaba en otra parte, suele suceder cuando te encuentras en un lugar del que tienes información suficiente para creer que lo has visto por todas las rendijas, incluso crees que lo conoces, pero cuando estás en él, en cualquiera de sus calles o estaciones de subway o mercados, o filas, te das cuenta de que no has visto nada y que a vuelta de la esquina, algo inesperado puede pasar a tu lado. Estar pendiente de lo inesperado es lo más próximo a estar en otra parte.

Entonces mientras esperabas la llegada del bus estabas en otra parte. Estabas en la exposición de Henri Matisse en el Museo Metropolitano donde confirmaste que su frase “…he pasado mi vida aprendiendo a ver…” que has repetido cada vez que puedes y has citado en otros textos, es una forma de definir su trabajo de pintor. La exposición muestra cómo repetir sus obras, dos, en ocasiones tres veces o más, en su proceso permanente de aprendizaje. Matisse lleva la evolución de su mirada a lo que llamó “La búsqueda de la verdadera pintura”, definición que, además, sirve de título a la exposición. Pensabas en la exposición de Matisse cuando el bus llegó y los pasajeros subieron. El hombre, tres puestos delante de ti, ocupó un lugar en la parte media, tú te quedaste en la primera banca paralela al pasillo central. Desde tu lugar podías ver al hombre que se quitó los guantes y aflojó su bufanda cuando ocupó un puesto al borde del pasillo. La gente que venía detrás interrumpía su figura y solo alcanzabas a distinguir algunos movimientos entresacados al paso de los pasajeros que poco a poco llenaban el bus.

Con el movimiento de los pasajeros de pie en el pasillo viste trazos de luz que se filtran entre sus cuerpos como en los cuadros de George Bellows, ilustrador de situaciones espontáneas, dos trazos y la figura aparece. Bellows decía que “el artista debía ser un espectador de la vida…” y completaba su sentencia con esta otra “…una obra de arte puede ser cualquier cosa imaginable”. Bellows ilustró para el New York Evening Journal el momento en que Luis Ángel Firpo sacó del ring a Jack Dempsey en la pelea por el título mundial de los pesos pesados en 1923. Fue ese momento el que tomó forma y se convirtió en el gancho de izquierda con que Firpo puso a volar a Dempsey por encima de las cuerdas cuando, entre reflejos momentáneos y figuras de pasajeros que se mueven entre tú y el hombre de la bufanda ya sin guantes que subió al bus tres puestos antes, viste una libreta de dibujo sobre sus piernas donde, a dos manos, con la rapidez del rayo como el gancho de izquierda, dibujaba lo que tenía al frente. Levantaba la vista y dibujaba con derecha e izquierda al mismo tiempo. Entre bultos de cuerpos mecidos por el movimiento del bus tu mirada se cruzó con la del hombre que no paraba de aplicar trazos cortos y precisos a dos manos en su libreta. Pensaste que te dibujaba pero la dificultad de pasar entre los pasajeros de pie frenó el impulso de ir a ver si eras tú el sujeto de su dibujo.

51-NYC-2Debe repetir trazos, te dijiste mientras recordabas que en los Picassos en blanco y negro, que viste ese mismo día en el Guggenheim, hay una línea y una manera de hacer que se repite y se elabora. Las líneas, las formas, las composiciones evolucionan y se hacen más complejas pero son las mismas. Picasso hizo lo mismo desde “Les demoiselles de Avignon” hasta sus últimas obras, con frecuencia y disciplina, en blanco y negro, y en color. Picasso se repite, todo se repite de maneras distintas en esta ciudad sin fin y en todas las otras ciudades también, te dijiste para soliviar en algo la curiosidad que levantaba el dibujo a dos manos del hombre que no cesaba de marcar trazos, levantar la mirada y aplicarse a dibujar.

La coincidencia, el momento o la hora, incluso el día, quisieron que bajaras en la misma parada que el hombre. Lo notaste porque en tres gestos rápidos guardo la libreta y las plumas, cerró la bufanda alrededor de su cuello y se paró frente a la puerta de salida, los guantes fue lo último que ajustó en sus manos antes de bajar otra vez al frío del invierno. Pensaste alcanzarlo y decirle que te dejara ver sus dibujos, lo seguiste por la Quinta avenida unos pasos detrás sin atreverte a hablarle y cada vez que paraba a mirar una vitrina tú también parabas. En una esquina no lograste pasar la calle con él, la luz roja te lo impidió y lo perdiste de vista.

Te tranquilizó pensar que todo se repite y dos días después fuiste al MoMA donde encontraste a los hermanos Quay, gemelos que, como el hombre del bus que dibuja a dos manos, realizan sus películas, montajes y relación con otros artistas a cuatro manos. Buscaste al hombre del bus en las salas y no lo encontraste, sin embargo viste un señor de gafas que te miro fijamente y pensaste que era de cera. Viste también una mujer que llora en el restaurante después de almorzar, quizá porque recibió una llamada a destiempo y viste un hombre joven que reclama en su celular a la persona que le quedó mal a la cita. Andy Warhol o su doble, te dio la espalda mientras mirabas “El imperio de los sentidos” de Magritte y recordaste las veces que has descrito ese cuadro en otros textos. Viste dos gordas que tuvieron dificultades para entrar en una silla. Viste una mujer joven que parece salida de un cuadro de Toulousse Lautrec. Viste una japonesa de trazos precisos que parecía un grabado de Utamaro. Viste una esquina con un hombre que lee El Newyorker junto a una mujer mayor con un libro de Patricia Highsmith abierto pero sin leerlo. No viste más al hombre que dibuja a dos manos, pasa las tardes en los museos y cuando sale al frío del invierno mira vitrinas con detenimiento. Quizá hace lo mismo en verano. En cambio te tomaste una fotografía frente a “Vir Heroicus Sublimis” el cuadro de Barnett Newman de los años  setenta en el que la pregunta: ¿Quién teme al rojo, al amarillo y al azul”?, como en buena parte de su obra, viene incluida. Ese retrato acompaña esta Marginalia.

Argumento. Imposible terminar sin tener en cuenta el paso de las horas, tomará el tiempo que viva, dijo. El estilo hiperrealista y minucioso. La técnica: capas sucesivas de color y trementina, lenta y a prueba de toda paciencia, iba a velocidad distinta al de las manecillas del reloj o, del aparecer y desaprecer del sol. Y él, era su compromiso, debía tener en cuenta esa evolución permanente en la composición. Cuando los cambios en el modelo fueron más rápidos que su trazo, comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

*Ficción La Revista 4 está en circulación. Bájela aquí.

© Saúl Álvarez Lara / 2013

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