Alebrijes


Alebrije en “caló”, variante del “romaní”, lengua gitana, significa: cosa enredada, difícil y de tipo confuso o fantástico. No la había escuchado nunca hasta una mañana hace poco cuando pregunté a mi amigo Manuel Posada qué quería que le trajera de México. Él, sin dudarlo, respondió que quería un alebrije. Me dejó fuera de base porque yo no tenía idea de qué era un alebrije. Entonces para tener una aproximación al significado, por lo menos al tamaño, de su deseo, pregunté de nuevo, ¿Grande o chiquito? Respondió con toda tranquilidad: de cualquier tamaño, no importa.

Busqué en diccionarios. Nada. En internet encontré que los alebrijes eran figuras fantásticas creadas por un “cartonero”, así llaman en México a quienes hacen figuras en papel mache, llamado Pedro Linares López reconocido por sus máscaras, piñatas y muñecos de Judas. Dice la historia que en 1936, cuando tenía treinta años, Pedro sufrió una grave enfermedad, su familia lo cuidó con los medios disponibles y cuando volvió del coma, dijo que había encontrado animales fantásticos, que le gritaban ¡AlebrijesAlebrijesAlebrijes! Eran leones con cabeza de perro, serpientes con alas y testuz de jaguar, iguanas de colores y colas retorcidas en tirabuzón, puercoespines con apariencia de osos hormigueros y puntas de colores en el cuerpo, dijo Pedro, y para que sus familiares vieran cómo eran aquellos seres fantásticos los recreó en papel mache, con tan buena fortuna que la fama de sus figuras traspasó los muros de su casa, cerca del Mercado de Sonora al final de la avenida, en el DF. Diego Rivera y Frida Kahlo le encargaron figuras que aun se conservan en museos en la Ciudad de México. Por la originalidad de sus alebrijes Linares ganó el Premio Nacional de las Artes. Esta versión, probablemente la más difundida, asegura que Pedro Linares nació en Ciudad de México.

Otra versión, que me contó el dependiente de un “alebrijero”, quizá así se pueda llamar el lugar donde hay muchos alebrijes, es que eran obra de un artesano de Oaxaca enfermo de esquizofrenia que en sus crisis alucinatorias veía seres fantásticos, armados con alas, cuernos, garras y cabezas de animales que no pertenecían a esos cuerpos. Entre estas dos versiones hay un punto en común, ambas aseguran que los hijos de Pedro Linares: Miguel, Blanca, Elsa y Paula, continuaron con la tradición de “alebrijeros”.

Entre los alebrijes creados en Ciudad de México y los creados en Oaxaca hay una diferencia fundamental, los primeros son hechos en papel mache, los segundos tallados en madera de copal, un árbol de madera fina que por la forma de sus ramas sugiere la talla y de su corteza se extrae resina aromática para incienso.

La tercera versión dice que Manuel Jiménez fue el artesano que inició la creación de alebrijes tallados en madera de copal en Oaxaca. Con Álvaro Obregón, otro artesano que siguió los pasos de Jiménez, trabajaron Arsenio Morales, Andrés y Miguel Ramírez, artesanos talentosos que contribuyeron a expandir la fama de las figuras fantásticas más allá de los límites de Oaxaca.

Buscar entonces los alebrijes en el DF, como llaman en lenguaje telegráfico a Ciudad de México, se convirtió en una persecución en filigrana, casi de detectives, por la variedad de versiones que, algunas veces, nos llevaron por pistas equivocadas. No todas las figuras zoomorfas que se concentran en los anaqueles, mercados o vitrinas de almacenes y puestos de artesanos, son alebrijes. Alguien nos dijo que en la Avenida del Ayuntamiento a cuatro o cinco calles del Palacio de Bellas Artes. Fuimos allí pero encontramos el rastro frío. Volvimos esa misma noche a Polanco un barrio con calles marcadas por nombres inesperados: Julio Verne, Rubén Darío, Eugenio Sue, Óscar Wilde, Emilio Castelar, Edgar Allan Poe, Anatole France, para nombrar solo algunas. Sergio el taxista que nos llevó allí dijo que el “alebrijero” estaba cerca del cruce de Arquímedes con Molière, pero nos perdimos, caminamos calles con nombres, a veces recordados, a veces francamente desconocidos. Caminamos buscando una salida hasta que llovió, aquella noche como cosa rara llovió, extraño en una época en que el clima contrario predomina. Son las consecuencias del cambio climático o una jugada de los alebrijes, nos dijimos para atizar la búsqueda.

Al día siguiente fuimos por los alrededores del Zócalo, era posible que por allí los encontráramos, alguien los había visto pero sólo dimos con un pasaje comercial detrás de la Catedral donde dos pisos de almacenes, a puerta seguida, ofrecían la mayor cantidad de Vírgenes de Guadalupe que hemos visto, entre todas había una que destacaba por su aureola tratada con palillos de colores, …una pista de alebrije…, murmuramos entre nosotros pero, como sucede en esos casos, si no se toma la decisión inmediata de asumir la pista como cierta y llevarla en el equipaje para que sirva de guía o como polo de atracción, perdemos la pista. Fue lo que sucedió. En un restaurante de Coyoacan tuvimos por vecino de mesa a Juan Villoro y estuvimos a punto de interrogarlo, quizá él conociera alguna pista pero algo lo impidió, quizá los espejos que duplicaban el lugar nos duplicaron también hasta dejarnos la sensación de hablar con su reflejo y no nos atrevimos.

En “La Ciudadela” encontramos un “alebrijero”. La emoción fue grande pero duró poco, había allí innumerables alebrijes en canecas transparentes, probablemente dispuestos para algún tipo de transporte. Eran figuras en papel maché, casi todas representando un animal de cuatro patas con garras de dinosaurio, aleta en el lomo y pico abierto de ave en lugar de hocico, ninguno estaba pintado, por eso la posibilidad del transporte que pensamos seguir a cierta distancia pero un hombrecito pequeño, con apariencia de muchacho pero voz de bajo que lo hacía parecer mayor de lo que quizá era, nos dijo, estarán mañana en San Angel…

Para llegar a San Angel pasamos por callejones estrechos de piso en piedra y casas con muros insalvables acompañados de dos amigos de toda la vida, Maru y Patrice. Recorrimos las calles, los puestos coloridos, los músicos mientras cantaban, los pintores de Ex-votos, los fabricantes de aparatos para masajear la espalda, los vendedores de telas bordadas a mano con representaciones de animales fantásticos, cercanos de los alebrijes e igualmente coloridos, hasta un “alebrijero” de segundo piso. Allí estaban, detrás de vitrinas protectoras encontramos ejemplares tallados en copal, coloridos, de todos los tamaños y combinaciones fantásticas.

Pensamos que allí terminaba la búsqueda. Según la leyenda los alebrijes son fuente de fortuna e imaginación y allí habíamos localizado la pista. También porque nuestro tiempo había llegado al tope, paramos la persecución en filigrana que nos llevó tras ellos. Sabemos, sin embargo, que esto no se detiene donde los encontramos, la búsqueda sigue y se repetirá en la medida que los “alebrijeros” en madera de copal de Oaxaca, o los del DF, en papel mache, estén dispuestos a estimular el imaginario de quienes los persigan.

Argumento. Su nombre no es Gregorio Samsa pero aprendió a caminar por paredes y cielorasos sin caer al piso. Vive entre resquicios y esquinas. Al principio le sorprendió, después no, que la gente hiciera muecas al verlo, ahora le da gusto y siente placer cuando los asusta. No comprende por qué le temen, por qué infunde pánico. Prefiere no encontrar a otros como él y trata de evitarlos, sin embargo, un día se cruzó, entre rendijas, con una hembra y se enamoró, con ella comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

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El placer de la distorsión


Esta Marginalia parece ser una continuación de la publicada la semana pasada. La presencia coincidencial de la frase de Woody Allen con que terminó la anterior y aparece en alguna parte de esta es la causa. Es posible, claro está, que solo sea una distorsión de mi parte y quizá sea mejor no prestar atención. De todas maneras aquí va, los lectores juzgarán:

La impresión que me producen las tres personas que cabecean al ritmo del vaivén del bus cuando me subo en la esquina de mi casa, es la de mal despertados que intentan sacar de donde no tienen unos minutos más de sueño. Los tres: un hombre con figura de mando medio, corbata sin saco y morral; una mujer de edad intermedia, indefinible, vestida como si fuera para un lugar distinto del trabajo; y una joven con ropa apretada, audífonos y cabellera asustada de todos los colores. El cuarto pasajero soy yo y, el quinto, el chofer que desliza su juguete nuevo entre los carros a una velocidad mayor, creo, que la permitida. Durante el trayecto, por lo menos hasta que me bajé dos cuadras después de la parada de San Fernando, nadie más subió.

La mujer de edad indefinida, cuando no dormita, mira por la ventana con expresión de quien hace cuentas. Mueve los labios, habla con otra persona en algún lugar fuera del bus y por la forma como aprieta la boca es evidente que no la escucha o que las cuentas están equivocadas. Hacer cuentas es un ejercicio masivo. Muchos lo practican en la intimidad. Hacen cuentas para saber si el dinero, el tiempo, los objetos, incluso el amor o el odio van por buen camino o se encuentran con el saldo en rojo.

Mientras la mujer hace cuentas, el mando medio se remueve impaciente en su puesto, cabecea y también mira por la ventana. Se rasca la entrepierna, se acomoda, se mira la camisa, disimula una arruga que notó en un costado y repasa lo que lleva en el morral. Nada puede faltar. Cuadernos para la clase de la noche, lápices, notas, un recipiente hermético con el almuerzo, dos pañuelos, un manojo de papel higiénico, en caso de emergencia, y una medalla de la Virgen del Carmen, regalo de la abuela. El hombre tiene hambre, a toda hora tiene hambre, y le metería el diente a las dos papas rellenas que lleva para el almuerzo pero le da pena hacerlo en el bus.

La joven con ropa apretada escucha “reggaeton” en los audífonos. Sólo la música, ningún otro sonido llega a sus oídos. Su mirada parece vacía como si lo que pasara en frente fuera una película que nada tiene que ver con ella. Es una ausente. Varias veces, durante el recorrido, me pregunté si sabe dónde bajar, o no le importa, me dije, lo hace en cualquier lugar y es igual. Sus preocupaciones no están en las cuentas como la mujer o en lo que va a almorzar como el mando medio, le preocupa el amigo que la alimenta de música, la llevó donde le hicieron el tatuaje arriba de las nalgas y el hombro, la hizo conocer el estadio por dentro y no ha vuelto desde que se fue en bus con la barra a ver un partido en otra ciudad.

“… Nuestra vida depende de cómo la distorsionamos… ” dijo Woody Allen en una película. No sé si lo dijo como un parlamento propio o prestado al personaje de turno que no era otro que él mismo. Hay quienes, como la chica del bus, la distorsionan por los oídos hasta el punto de dejarla con la mirada perdida. Otros la distorsionan por el gusto, los sabores los colman y son capaces de adivinar los ingredientes de una salsa con sólo probar la punta de un cuchillo. Otros la distorsionan por el olfato, los aromas del vino en particular, distinguen el roble, los taninos, la intensidad de la fruta, la temperatura que cambia los sabores, algunos de estos personajes son sólo nariz. Otros la distorsionan por el tacto, ven más, mejor, con mayor precisión, con las puntas de los dedos que con los mismos ojos.

Distorsionar para que, de hacerlo o no, dependa la vida, está ligado a los sentidos. Sin embargo, Woody Allen o su personaje lo dijeron desde la invención que propone historias o personajes y alcanza a distorsionar lo que se ve, se siente, se toca o se huele y a pesar de que parece lo mismo, su frase incluye, no sólo como uno distorsiona su alrededor sino, como los otros lo distorsionan a uno.

Nada se ve al natural, todo aparece según el estado de distorsión que resulta de lo visto, lo leído, lo escuchado antes. Los otros no lo ven a uno como uno es, lo ven según la distorsión de que sean capaces. Por supuesto, con frecuencia se distorsiona por el placer del resultado.

Argumento. Un hombre, si fuera mujer intentaría otra posibilidad, dijo a quien quisiera escucharlo que como todo era distorsionado y nadie sabía a ciencia cierta cómo era o cómo había sucedido lo que sucedió, de ese día en adelante sería otro. La mañana que se vistió como Bolívar y se lo creyó comienza la historia. (La ilustración fue tomada de la serie “Todos pueden ser Bolívar” del mismo autor de la Marginalia).

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicaba en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2011

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“Aire de Vilnius”


Vilnius Lancastre, el personaje de la última novela de Vila-Matas, tiene un “Aire de Dylan” que lo hace confundible con Robert Allen Zimmerman mejor conocido como Bob Dylan, quien, a su vez, quiso tener su aire de Dylan Thomas, el poeta galés autor de “Portrait of the Artist as a Young Dog”. Un deseo que llevó a Zimmerman a copiar, del poeta, el que sería su nombre de escena y de vida. También Cate Blanchett tiene un “aire” confundible de Dylan en la película “I’m not there” de Todd Haynes que relata en una no-secuencia de historias, con actores diferentes haciendo de Dylan en cada una, aproximaciones a la vida interior y exterior del cantante. La secuencia de “Aire de…” que resulta de seguir la novela, primero, la película, después; que resulta de la coincidencia de nombre con el poeta y de un deseo propio no expresado hasta ahora para que ese “Aire” sople en cercanías, sugiere que, como todo el mundo, uno puede ser uno y otros a la vez. Y confirma, además, que esa posibilidad, algunos la llaman talento y otros desquicio, no sucede solo a los famosos. Sucede a todos.

Pero volviendo a la novela, la gota que desbordó la Marginalia, Vilnius tiene, también, un destino de Hamlet. Como dicen de las personas que comparten tiempo y lo que viene con él: terminan por parecerse. Entre Vilnius y Hamlet hay un parecido que, además de físico, es emocional y fáctico. Como a Hamlet, el padre muerto quizá asesinado de Vilnius ocupa buena parte de su conciencia y lo lleva a constatar hechos que de otra manera no hubiera sido posible constatar. El parecido con Hamlet pone a Vilnius en representación permanente, pues como el príncipe, Vilnius transita entre tragedia, traición, venganza, dolor, duda y sobre todo inexistencia. Y como Vilnius, muchos de los actores que en el mundo entero son Hamlet viven la sensación elemental de no ser. Si consideramos la enorme cantidad de Hamlets sobre escena o en el cine, la conclusión es que muchos cumplirían con el parecido físico y también interior que existe entre Vilnius y Hamlet. Sin embargo, un actor en particular cumple con el requisito, con los dos requisitos, con todos los requisitos, si de eso se trata, de llegar al momento de experimentar en escena la sensación de inexistencia permanente que padece Vilnius. Se trata de Derek Jacobi.

Desde sus inicios Jacobi ha representado a Shakespeare. Es uno de los actores clásicos ingleses más reconocidos, ha sido Hamlet más de cuatrocientas veces en teatros del mundo entero y en una ocasión, en el Royal Theater de Sydney, se preguntó qué pasaría si dejaba de decir las líneas del monólogo que todo el mundo conoce: “…To be, or not to be, that is the question. Whether ’tis nobler in the mind to suffer. The slings and arrows of outrageous fortune. Or to take arms against a sea of troubles…” Fue para Derek Jacobí la sugerencia del momento de inexistencia. Frecuente en Vilnius y él deja transcurrir o envuelve, sin evadir sus parlamentos, en una investigación sobre el fracaso, su punto fuerte, porque supone que cuando el fracaso buscado llega, deja de serlo. Para el público de aquella noche en el Royal Theater de Sydney el silencio de Hamlet en el momento más esperado, cuando en general sobre la sala se cierne el silencio, hubiera sido un fracaso, quizá hubieran dicho que el actor olvidó sus líneas, o enloqueció, pero no sucedió nada de eso. Derek Jacobi dice que una suerte de piloto automático se apoderó de él y los parlamentos de Hamlet, a pesar de él, se escucharon con su voz, o la voz del Príncipe o quizá, y esto es mera suposición, la voz de Vilnius. El monólogo, y el resto de la obra pasó por pasillos, entre las sillas de platea, por los balcones; las palabras esquivaron los estrapontines ocupados todos y llenó los rincones hasta el final de la obra, cuando aplausos atronadores le devolvieron al momento justo en que el piloto automático lo abandonó la escena. Esa noche pasó como una de sus grandes interpretaciones en Hamlet. Momentos así, cuando el piloto automático toma posesión de Vilnius, suceden con frecuencia en las páginas de “Aire de Dylan”. Seguramente es coincidencia el parecido entre Derek y Vilnius y Hamlet y todos; sin embargo, lo dicho vuelve: uno puede ser uno, otros y todos a la vez.

Alguna vez me pregunté y lo pregunté pero no obtuve respuesta, ¿cómo se llega a un personaje como Vilnius, que aparte de ser él con sus encumbramientos y sus caidas, es también otros?¿Vilnius es la reiteración de los unos y los otros y todos a la vez? “… Nuestra vida depende de cómo la distorsionamos…” dice Woody Allen en una de sus películas, quizá Vilnius lo supo antes que todos.

Argumento. Un hombre quiere ser otro. Para lograrlo estudia modelos que le atraen. Copia de afuera para adentro todo lo que es posible copiar, desde ropa y estilo, hasta filosofía y poses. Por supuesto, el resultado es una mezcla única a ojos del hombre (también pued0e ser una mujer). La primera vez que sale, en la parada del bus para regresar a casa después del paseo de prueba, otro pasajero lo llama por un nombre que no corresponde con la figura que creó e insiste en que lleva meses buscándolo. En esa parada antes de subir al bus, comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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Clasificado


La semana pasada, por primera vez desde su lanzamiento hace cuatro, quizá cinco años, La Marginalia envió a sus lectores un anuncio con el siguiente texto: “Busco frases sencillas aunque parezcan anodinas. Frases perdidas o escuchadas en lugares públicos: buses, cafeterías, calles, salas de espera, etc. No se reciben frases famosas o de cajón. Enviar su frase a…” (el texto iba acompañado de un e-mail). Este clasificado, lo llamamos así por la forma del mensaje y sobre todo por la primera palabra, “Busco”, utilizada con frecuencia en ese tipo de mensajes lo mismo que “Compro”, “Vendo”, “Cambio” o “Arriendo”. El clasificado circuló por dos vías, las redes sociales, Facebook, Twitter y también salió publicado en la sección de clasificados de Vivir en El Poblado de Medellín.

No consideramos la posibilidad de que el aviso causara una reacción distinta a la que deseabamos al publicarlo, después de lanzar la maquinaria se nos ocurrió pensar que en lugar de llevar a los potenciales contribuyentes de frases a escarbar en los entresijos de su memoria por alguna frase dicha o escuchada, por accidente, en el lugar menos pensado, el aviso podía incitarlos a salir en busca de las frases que caen por todas partes como las hojas de los árboles para utilizarlas en sus propias aventuras con las palabras.

¿Por qué, después de la primera acción se nos ocurrió la posibilidad de las variables personalizadas que circularían sin retención alguna por todas partes? Sencillamente porque nada existe que no tenga origen en las palabras, ni siquiera la imagen que solo después de mostrarse como tal, puede alcanzar el valor de mil palabras y primero fue palabra. También lo puso en evidencia García Márquez en los primeros párrafos de “Cien años de soledad” cuando escribió que “… el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre (de palabra) y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo…”

En fin, utilizamos las redes sociales, publicamos el aviso como clasificado y esperamos las respuestas. No es posible asegurar que entre nosotros había consenso sobre lo que iba a suceder. No sabíamos si habría respuestas, en caso de que no hubiera el asunto quedaba clausurado, así, sin más, pero lo que podía ser más grave, si había respuestas ¿qué íbamos a hacer con ellas? La noche después del envío y la publicación, mientras tomábamos una copa de vino para calmar los nervios o para relanzarlos, depende desde donde se mire, pusimos sobre la mesa las posibilidades que se presentaban. La primera y más sencilla era hacer la recopilación, con fecha y punto de origen de las frases que llegaran y si alcanzábamos un número importante haríamos una selección y después un libro. Por supuesto, la selección iba a ser causa de nuevas discusiones, sin embargo, esta opción se tuvo en cuenta. La segunda, presentaba una complicación suplementaria, una vez las frases recibidas invitaríamos algunos artistas y les comisionariamos la creación de la imagen que la frase elegida sugiriera. Por supuesto, cuando tuviéramos las imágenes listas editaríamos un libro. La tercera opción tenía relación directa con la segunda y la misma complicación, sería necesario encontrar quienes participaran del proyecto, solo que en esta propuesta haríamos una combinación entre la imagen que sugiere la frase, realizada por un artista, y la historia o cuento que de la elección resulte, narrado por un escritor. Por supuesto, cuando tuviéramos las imágenes y los textos listos editaríamos un libro. Al final de la segunda botella de vino, un Malbec de buena casa, alguno de nosotros dijo, es de una nueva versión de “El Teatro Leve” de lo que hemos estado hablando, claro está, a partir de frases, anodinas o perdidas en la maraña de las horas y las cosas, pero en esencia es lo mismo, sentenció. La discusión subió de tono porque había entre nosotros quienes no veían la propuesta como una copia de El Teatro Leve”.

Esa noche dejamos la discusión en ese punto y decidimos esperar el resultado de la acción de base, el clasificado en las redes sociales y en la prensa. Pasaron dos días. Nada. La posibilidad de que hubieramos abierto la puerta a la búsqueda de frases por mucha gente y por todas partes para uso personal en sus historias o en sus vidas diarias, pareció confirmarse. Imaginamos entonces personas a la caza de frases perdidas, voladoras, incluso de frases que no querían decir nada, o muy poco. Imaginamos el recién llegado que escucha una frase caer a su lado en el mismo momento en que baja del transporte que lo trajo hasta Medellín, más de diez horas de viaje, y decide empezar a recogerlas al día siguiente. Imaginamos el buscador de frases que se convierte en personaje y con el nombre de Hernando, un nombre normal como las frases que busca, va por todas partes tras las frases que lo llevaran a resolver la trama que le impone una relación inesperada. Encuentra frases suficientes para dar vuelta a la situación pero otro personaje, un opositor tan bueno o malo cmo él, también busca lo mismo, la trama que se impone deja poco espacio para dos, uno de ellos debe abandonar o conformarse o desaparecer.

Tres días después de enviar el clasificado el grupo discute las tramas posibles, todo depende de las frases, dijo el más escéptico de nosotros. Todavía no había llegado ninguna.

Argumento. Una celebración. Los invitados llegan con regalos, toman vino, consumen un menú preparado especialmente para la ocasión y felicitan al anfitrión por el buen gusto de invitarlos. Ninguno de los presentes define si ser invitado es un honor o una suerte. Poco importa, dice alguien, lo importante es estar presente porque de la celebración solo queda la historia y la historia se repite, en ese momento comienza la fiesta…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

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Encuentros


Encuentro 1. Hace pocos días en uno de los blogs que cubren la Feria del Libro de Bogotá encontré uno titulado “El músico que conmovió a Talese”. Tathiana Sánchez, la autora, narra el encuentro en la Feria con el escritor Gay Talese. No conocía a Talese, aún no puedo decir que lo conozco, no he leido nada suyo, sin embargo recorrí el texto del blog con interés en aumento. Según parece, camino del encuentro que tendría en la Fería, Talese se cruzó, quizá en una parada de bus, con un saxofonista que esperaba subir al primer bus que pasara, cualquiera, en cualquier dirección “para tocar y ganar dinero por su interpretación”. Sin embargo, Talese no ve, es lo que dice más tarde en su charla, no ve al soxofonista como el hombre que espera ganar unas monedas en el transporte público, lo ve como el artista que, como todos los artistas, busca la audiencia que escuche su música. Esa manera de aproximarse a las situaciones me trajo a la memoria un personaje a quien escuché asegurar que para ver el piano era necesario ir más allá del piano hasta escuchar las notas que salen de él. También recordé un fotógrafo de calle (Street photographer), con quien me crucé en estas mismas Marginalias hace unos meses. Talese dice “… hay que caminar al lado del personaje, ver qué hace, aprender de su cotidianidad…”, aquel fotógrafo dijo algo similar y agregó “… y sobre todo, no hacer tomas sin razón”. Todo un arte.

La manera de ver el otro lado de las historias, de entrar en ellas con ojos que las miran desde otro ángulo y como dicen quienes lo conocen de narrar la realidad como si fuera ficción, me llevó a buscar quién es Gay Talese, de dónde viene, para dónde va este señor, periodista desde siempre, que tiene la posibilidad de encontrar más, de ver distinto, de decir, por ejemplo “… solo es posible ver el cuarenta por ciento de las personas, quizá el cincuenta…” Porque el resto hace parte de lo desconocido, hace parte de la historia que cada uno lleva y hace parte también de lo que Carlos Arturo Fernández escribe en un artículo a propósito de las fotografías de Alberto Aguirre en el periódico Vivir en El Poblado de Medellín, “… El hombre siempre tiene la posibilidad de ser otra cosa…” Encontré notas sobre la biografía de Talese, entrevistas, reseñas, libros. Me parece estar frente a un mundo que se mira con ojos distintos, como en el cine, cuando la cámara narra la historia de los personajes desde lugares inesperados, a ras del piso, desde arriba, entre detalles, de adentro para afuera, con los ojos de otro… Para saber más del señor Talese empezaré por “Retratos y encuentros”. Ya veremos…

Encuentro 2. Lugar. Santa Clara, la cafetería donde paro a tomar café antes de llegar a una cita de trabajo. Ocupo la mesa de siempre recostada contra el muro, desde allí tengo vista sobre el salón, pequeño, con sillas y mesas rojas o negras y fotografías publicitarias en los muros. Tengo tiempo y me preparo para anotar algo, no sé qué, algo que quizá suceda mientras estoy allí. Con sus espaldas hacia mí, en la mesa del frente, se sienta una mujer joven que pide lo mismo que yo, escucho su voz con claridad a pesar del ruido del tráfico, café pequeño y almojábana. La mujer no está tranquila, parece que algo la incomoda. Como la veo de espaldas y lleva un pantalón de tiro corto, la parte superior de sus nalgas queda al descubierto. Además lleva blusa blanca, corta, que tampoco hace nada por cubrir la piel de la parte baja de su espalda o superior de sus nalgas, es lo mismo. Ella, ya lo dije, parece incómoda, me mira de reojo, quizá espera a alguien y mi sombra la confunde, quizá mira hacia mí para ver si estoy interesado en los tres o cuatro centímetros de piel que la moda deja al descubierto. Está inquieta y con movimientos rápidos, para que yo no lo note, hace esfuerzos por acomodar las prendas. Pienso que está retrasada para algo, una cita, el trabajo, o algo que no logro definir. Su pedido y el mío llegan al mismo tiempo, me mira de reojo otra vez y mientras anoto lo sucedido hasta ese momento, consume el café y la almojábana. Sin pensarlo dos veces, sin tregua, incómoda, los movimientos rápidos la delatan, se pone de pie, acomoda su pantalón, paga y sale del local. No me mira. Tal vez por eso me parece aún más incómoda. Mientras hizo movimientos nerviosos, casi torpes, como escarbar en su bolso para encontrar dinero, me tomé el tiempo de considerar las nalgas que a precio de consumir su pedido con rapidez inusitada pretendió no dejarme ver. Sus nalgas son como casi todas las nalgas de mujer, preciosas.

Al partir la mujer entra un hombre que me saluda con una seña, lo he visto y su saludo confirma que él también a mí. Me toma algún tiempo recordar dónde. Nos hemos cruzado en algún transporte público o tal vez en aquella misma cafetería. Sin embargo lo veo distinto y dudo de que sea el hombre que imagino haber visto allí y achaco su saludo a algún “tic” incontrolable. El mismo “tic” lo hace parecer apurado, se acerca al mostrador y pide a la mujer de servicio “… medio café pequeño, rápido, aunque lo cobre como si fuera grande…” La mujer sirve el café. El hombre lo bebe de un sorbo, es posible que se haya quemado los labios y el paladar pero no hace gesto alguno y parte sin despedirse como si estuviera retrasado. Parte sin dejar ninguna seña entre nosotros como si yo hubiera partido antes que él.

Encuentro 3. Pagué y salí a la calle. A la vuelta de la esquina, a menos de cien metros de distancia encontré, casi choqué con un personaje que merodea por allí los domingos, día de ciclovía, en traje de corredor de maratones. Un domingo, tres semanas antes, trotó conmigo hasta el final de la primera vertiente del puente de Los Balsos, frente al centro comercial Santafé. Ese día no hablamos, nunca hemos hablado. Aquel día, al bajar por la vertiente opuesta del puente, lo perdí de vista entre la gente. Esta mañana, miércoles, lo volví a ver vestido para correr como si fuera domingo y no me reconoció, quizá el próximo domingo lo haga.

Argumento. Un hombre, sucede también con frecuencia a las mujeres, abre el ojo una mañana y no recuerda, por más esfuerzos que hace, qué día es. Mira el reloj de neón y constata que es la misma hora de todos los días cuando despierta. Pero no recuerda el día. Recorre la semana en la memoria, ningún día parece coincidir con ese amanecer preciso. Lo asalta el temor de no ser él(ella) o de no estar donde debería estar. Palpa a su lado para sentir si hay alguien. Asustado(a) se voltea para el rincón, tapa su cabeza con las cobijas y espera, en ese instante comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

Jeans de rockero


En el Hard Rock Café hay vitrinas donde exponen guitarras eléctricas, chaquetas de cuero, camisas con autógrafos, camisetas con letreros y otras prendas usadas por rockeros famosos. En una de aquellas vitrinas encontré expuestos los mismos jeans que dejé en mi casa para lavar esta semana o la semana pasada. No estaban sucios cuando me los quité, quizá un poco arrugados. En la vitrina no parecían más límpios pero sí menos arrugados. Bajo la vitrina, una placa de metal grabada con letras negras certificaba que esos jeans eran la última adquisición de la colección, propiedad de un legendario rockero que alguna vez subió al escenario, vistiendo, claro está, aquellos jeans. ¡Mis jeans! Los veo como embalsamados en su vitrina eterna y son los míos: el mismo corte al costado, la misma mancha a la altura del bolsillo, el curtido por falta de lavado en los muslos y para que no crean que exagero, el deshilachado también está, incluso el sucio de siempre en el bolsillo de adelante sigue allí, indeleble.

Recordé el día que los llevé puestos por primera vez, fue el mismo de la mancha a la altura del bolsillo. Me distraje en recuerdos frente a “mis jeans” inmortalizados en la vitrina y no percibí el movimiento a mis espaldas. La gente hacía tropel detrás de mí como si quisieran también ver los jeans expuestos. “Mis jeans”. Me pareció coincidencial que quisieran ver “mis jeans” y continué buscando puntos en común con los que están o deben estar, en casa, debajo de la cama, sobre alguna silla, en el taco de la ropa sucia, imposible recordar dónde. Sin embargo la duda de cómo y en qué momento “mis jeans” vinieron a parar esta vitrina fue más fuerte y me obligó a convenir que alguien, cercano, no pudo ser de otra manera, tramitó “mis jeans” como si fueran los de un rockero famoso, a mis espaldas.

La sorpresa vino cuando un señor, ya de alguna edad, me llamó “sir” y agregó mister McCartney, bienvenido, ¿me regala un autógrafo?, es para mi mujer. Lo miré con ojos extraviados y estuve a punto de decirle que estaba en un error pero alguien entre los presentes, un cliente que ocupó la mesa vecina de la que yo debía ocupar con mi mujer y mis hijas cuando llegaran para celebrar mi cumpleaños, me hizo seña para que firmara la hoja en blanco que el hombre me extendía. Lo que siguó fue una cascada, firmé no sé cuantas servilletas, cuadernos, incluso firmé dos brasiéres y el frente de una tanga brasilera. Nunca me había pasado nada parecido. Que “mis jeans”, porque eran los míos, estuvieran expuestos como un trofeo en el salón de un restaurante y que los clientes me confundieran con mister McCartney, porque estaba de paso, y me pidieran autógrafos, era algo que ni en sueños hubiera creído posible.

Acepté la confusión si oponer resistencia, si lo hacía corría el peligro de facilitar la confusión que sucita el cuerdo, en la puerta del manicomio, cuando asegura que no está loco y mientras más se empeña, menos le creen y más rápido lo encierran. “Sólo vine a hablar por teléfono”, el cuento de García Márquez pasó como un ráfaga por mi memoria, la mujer que insiste a los enfermeros que sólo necesita un teléfono, nada más, y ellos no le creen, corrió como una película en el vidrio de la vitrina al lado de mi propio reflejo. No dije nada, me quedé con cara de ex-Beatle y firmé autógrafos.

Mi mujer y mis hijas no llegaban, el movimiento de papeles y objetos para firmar a mi alrededor me impidió pedir el filete de salmón a la parrilla que había soñado aquella mañana, firmé autógrafos sin parar y aparte de la insistencia de la gente por tener su pedazo de papel o de tela firmado por mí, el dueño de los jeans expuestos, no noté nada fuera de lo normal. Varias veces busqué mi reflejo en los espejos estratégicamente dispuestos para ampliar el espacio del salón con la esperanza de encontrarme con mister McCartney pero nada, siempre fue mi figura la que devolvió el espejo. En una ocasión me pareció notar en una mesa vecina al profesor Angarita, mi profesor de matemáticas en los primeros años del bachillerato, fanático de los Beatles. Fue él quien nos los dejó escuchar por primera vez en una de sus clases.

Pensé entonces que estaba metido en un juego desconocido, ideado por quién sabe quién, en el que me veía obligado a participar a pesar de mí. Un juego que me convertía en famoso por el tiempo que durara la apuesta. Lo desconocido era el premio que sólo se descubriría al final. Cuando cai en la cuenta de que nadie, hasta ese momento, me pidió que cantara “Yesterday” o, me preguntó si era cierto que “Penny Lane” la había escrito Lennon solo, o, hablando de Lennon, nadie preguntó por Yoko, mis dudas se confirmaron, era una apuesta. Sólo se trató de autógrafos y de hacerme creer que yo era aquel y no el que siempre creí que era. Recordé también “El Juego”, la película con Michael Douglas y Deborah K. Unger, donde Douglas el día de su cumpleaños se encuentra en situaciones comprometidas por culpa de un juego en el que participa sin saber cómo o por qué a pesar de que todos, incluido su hermano el instigador del juego, parecen estar al corriente de la apuesta.

¡Un juego! y desconocía la apuesta. La situación y las gentes a mi alrededor comenzaron a tener un aire de sospecha difícil de disimular. Cada vez que intentaba ignorar los elogios de algún “fan”, entre comillas, las señas que venían de todos los lados ordenando compostura, me lo impedían. En un momento de reposo, llamémoslo así, logré escabullirme hasta una mesa del otro lado del salón, alejado de “mis jeans” embalsamados y su vitrina. Desde allí vigilé. Nada fuera de lo normal sucedió, nadie vino a preguntar qué iba a consumir, los calanchines de la apuesta que a fuerza de señas me obligaron a ser McCartney durante un buen rato, al no verme, se esfumaron; el público que llegó para pedir autógrafos también se esfumó. Nadie se acercó a preguntarme qué iba a consumir hasta que llegaron mi mujer y mis hijas. Sin embargo, no olvidé “mis jeans”. Cuando dejamos el lugar después de la celebración me dije, si no están en casa me compro otros y dejo los embalsamados para los “fans”…

Argumento. Un hombre (una mujer también puede ser), quería la fama. Para conseguirla colocó fotos suyas acompañadas de hechuras realizadas o por realizar en lugares que creyó confiables, mando también correos electrónicos con el mismo material a bases de datos acumuladas durante años. Después de cierto tiempo, al no recibir confirmación de la fama, mandó preguntar dónde encontrarla. Como tampoco obtuvo respuesta, salió a buscarla en persona. En el momento de poner pie en la calle para buscarla comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

Qué hubiera sucedido si…


Vengo de comprobar que aquella costumbre, que creí desaparecida, de ceder el puesto a las damas en el transporte público existe aún. Acabo de vivirlo. En el bus que me llevó hasta el Parque de El Poblado, dos hombres cedieron el puesto a sendas damas jóvenes con figura y edad de soportar sin problema el trayecto de pie hasta sus lugares de trabajo. Lo hicieron por galantería. Por supuesto, ellas agradecidas, se ofrecieron a llevar sobre sus rodillas los maletines de los señores. Nada anormal, todo corriente, salvo la constatación de que la costumbre aquella aún se practica. Sin embargo, a pesar de la normalidad del asunto las preguntas aparecen y las circunstancias entran en juego.

¿Qué hubiera sucedido si el maletín de una de ellas coincide en forma, tamaño, color, incluso peso, con el del galán que le cedió el puesto? Ella, un poco distraída, como suele suceder, entrega al hombre, que baja primero el maletín que tiene a mano y cree de él. La presión del transporte con el cupo completo de pasajeros, el afán del hombre por bajar, no puede perder la parada llegaría tarde al trabajo, y su sonrisa forzada abriéndose paso hacia la salida, son causa suficiente para que la mujer se equivoque. ¿Qué sucedería entonces?¿si en efecto la mujer, joven, un poco distraída, se equivoca? El galán, por su afán, tampoco caería en la cuenta del error y se bajaría del transporte tan tranquilo como si hubiera hecho la conquista del año. Si la acción hubiera sucedido en la mañana, el hombre iría rumbo a su trabajo y el inconveniente de tener un maletín idéntico al suyo pero con objetos de mujer sería mínimo, seguramente se convertiría en chiste de compañeros de oficina. Algunos, los más insidiosos dirían que por fin aquel, y lo señalarían con el dedo, salió del armario y como el destape era tan reciente era normal que todavía confundiera los maletines que utilizaba cuando vestía de hombre o de mujer. No todos, por supuesto, reaccionarían de la misma manera. Alguna secretaría ilusionada con el galán del transporte público, como comenzaría a llamarlo un sector de los compañeros, tendría manifestaciones de celos: como dejarle caer un café en la entrepierna, o humedecer, apenas lo suficiente, su silla de trabajo para mojarle el pantalón y obligarlo a evitar el encuentro con la mujer que le encargó el maletín. Claro está, nadie sabe de esto, ni siquiera las amigas de la secretaria. Sólo ella sabe de ese amor platónico.

Si la confusión hubiese ocurrido en la tarde, cuando los fatigados pasajeros del bus están de regreso a sus casas, el error hubiera sido más grave, porque el pasajero galante, sin saberlo, llega a su casa con “la prueba reina” de su infidelidad en la mano. Por una costumbre establecida entre su mujer, su hija y él, una sorpresa llegaba siempre al final de cada día disimulada entre el maletín. Ellas debían buscarla y quien la encuentre se queda con el regalo, en general una chocolatina. Era un juego al que los tres participaban con entusiasmo. Esa noche no fue distinto pero un detalle simple trastocó la situación, el hombre llegó más tarde que de costumbre, no mucho, solo más tarde, sin embargo la demora había sembrado expectativa entre la hija y la madre. Lo primero que preguntaron al abrir la puerta… ¿Qué pasó?¿Por qué te demoraste? El hombre, ahora padre y esposo, no galán, se quejó con amargura de lo difícil que había sido su día detrás de la ventanilla recibiendo formularios, poniendo sellos y solucionando, o haciendo como si solucionara, quejas, y lo peor, solo viendo los clientes, que en su mayoría lo agredían, de la cintura para arriba. Se quejó de dolor de cabeza, de dolor en el cuello y dijo, después de dejarse quitar el maletín por su hija, que se iría a la cama temprano. Hubiera sido mejor no decir nada de eso y disimular el dolor de cabeza que, en efecto, tenía. Porque cuando intentó hacer creer a su mujer y a su hija que el contenido del maletín era un error, nadie creyó sus versiones de la mujer, mayor, dijo primero, luego que no sabía si era joven o no porque no era bueno para adivinar la edad de nadie. Entonces todos, incluída la empleada del servicio, dudaron.

La duda quedó en el ambiente y nada volvió a ser como antes. Es posible que en el orgullo herido de la esposa haya surgido la idea de la venganza. Es posible que la mujer haya respirado hondo cientos de veces en el silencio de la soledad que su hija atribuyó a la postración por algún tipo de dolencia pasajera, pues para ella, la hija, la desconfianza en su padre pasó tan rápido como llegó. En cambio para la madre cada día fue una tormenta.

Qué pasaría si en el silencio del dolor que ni siquiera menciona a la hija por temor a una indiscreción o para evitar complicidades enojosas cuando la venganza se haya consumado, qué pasaría, repito, si la esposa enardecida comienza a planear la desaparición por “muerte natural” del infiel. Oigase bien, por “muerte natural” que no es nada distinto a muerte inducida tan limpiamente que parece natural.

Con los días el caudal de incertidumbre y dolor se refugia en su interior pero igual que las corrientes traicioneras, la mujer se muestra mansa y tranquila, pues como dicen en la calle y ella lo aplica: “la procesión va por dentro”. Las relaciones de familia se calman, la mujer respira hondo con frecuencia sin que nadie en casa lo note y el asunto del maletín no se menciona más. Los maletines deaparecen de la vida de la familia, el hombre no vuelve a llevarlo al trabajo y se ve obligado a pagar en el restaurante ejecutivo de la esquina el almuerzo que antes llevaba en recipientes de plástico. Como es de esperar el presupuesto familiar se resiente. La mujer piensa que una fuga de dinero por culpa de la amante es la causa. Esta duda, certeza diría ella, vino a sumarse a las anteriores y entonces acelera el proceso de desaparición “natural” del lastre en que se había convertido su marido. La mujer investiga, lee tramas de asesinatos perfectos, analiza todas las variables, mira infinidad de veces los programas de detectives forenses para detectar dónde fallan los crímenes perfectos. Cuando cree que está lista pone el plan en marcha. Lo que sigue de allí en adelante no lo sabemos, todo han sido conjeturas que aparecen con la mujer joven y distraída que acepta el puesto galantamente cedido por un señor que viaja sentado y se equivoca de maletín al devolver el que recibió como un gesto de agradecimiento.

No hemos investigado pero es posible que se convierta en sujeto de una próxima Marginalia lo que hubiera sucedido a la mujer con sus compañeros de oficina, con su marido si lo tuviera o con su familia, cuando al abrir el maletín en su casa o en su oficina, se hubiera dado cuenta de que el contenido no le pertenece. Quizá no hubiera pasado nada. Quiza entre los objetos hubiera encontrado el teléfono del dueño y lo hubiera llamado. Quizá esa llamada hubiera estado en el inicio de algo…

Argumento.Un hombre planea asesinar a su mujer. Por supuesto ignora que su mujer planea lo mismo. Como él se encuentra tan concentrado en programar el procedimiento, el día, la hora, etc…, no nota que su mujer hace lo mismo. Para evitar sospechas el hombre adopta una actitud enamorada. La mujer acepta de buen agrado porque ella tampoco quiere quedar al descubierto. La ejecución del plan toma más tiempo del deseado por la dificultad para llevarlo a cabo durante el simulacro en que se encuentran. Cuando deciden renunciar al plan, cada uno por su lado, la relación cambia, en ese momento comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

Tres días


Domingo. En un pasillo del Centro Comercial Santafé. En un sillón dispuesto para quienes no gozan el placer del consumo. A mi lado, un hombre mayor. Su sillón es idéntico. El hombre no me ha mirado, mira fijo al frente, mira con ansia, espera que quien lo dejó allí se libere pronto del tropel consumista. De repente una mujer empujando un coche de bebé se acerca al hombre mayor, quien, de repente, también, parece mayor-mayor. La mujer deja el coche al lado del hombre mayor-mayor, y no lo mira, tampoco me mira a mí. No hay razón para que lo haga. La mujer se aleja hacia mi derecha. El hombre mayor-mayor, no dice nada y tampoco siente la necesidad de mirarme, para quejarse al menos. Con resignación acepta el coche.

En una situación normal, dos hombres mayores, el hombre mayor-mayor, y yo, pasaríamos por ser dos maridos flemáticos a la espera. Pero la situación no es normal. Somos dos hombres mayores-mayores, que esperan en el pasillo de un Centro Comercial acompañados de un coche de bebé, al que ninguno de los dos presta atención y sin embargo nadie nos mira, la gente, abundante por la hora y por el día, no nos mira, ni siquiera nos ve. Me pregunto si llegamos a la edad en que nadie nos ve, la edad en que nos volvemos invisibles. Cuando esta idea cruza mi mente intento preguntar a mi vecino si piensa lo mismo que yo, pero en el momento en que lo hago el hombre mayor-mayor se para de su silla y sin mirarme, no no lo ha hecho una sola vez, se aleja empujando el coche. Me quedo solo.

Ahora con mayor razón nadie me va a ver, me digo, Recuerdo, entonces, que abrigo esa esperanza desde hace años pero no he logrado verificarla. Mientras evalúo, por enésima vez, las ventajas de ser invisible, un hombre igual al anterior pero de toda evidencia aún mayor, se apodera del sillón a mi lado. Tomo la decisión de hablarle, le hablo, le pregunto qué pasó con el coche. Ni siquiera me mira, no me escucha, repito la pregunta varias veces y el hombre no cambia de actitud, no me escucha, claro está que los invisibles no tienen imagen, no cargan con sombras y tampoco producen sonido alguno. Cuando miro al hombre mayor-mayor-mayor, aún mayor que el anterior pero idéntico, sigue en la misma posición, incómoda, de espera.

Más tarde quien quedó en la posición de espera incómoda, después de la partida del mayor-mayor-mayor, aún mayor, fui yo. Nadie ocupó la silla vacía a mi lado y quedé medianamente solo, digo así porque un aguacero torrencial se desató y anuló cualquier sonido posible, hasta el llanto de los niños quedó disminuído, disimulado por la lluvia. A partir de cierto momento solo se escuchó el golpeteo contínuo de las gotas contra los vidrios del techo. Desde mi silla de invisible y solo, nadie más ha venido a ocuparla, imagino la ciudad tan invisible, como yo, entre las aguas.

Lunes. Metro. Una diligencia. Entregar documentos en una Institución oficial. En la estación espero frente a un afiche que anuncia “Viacrucis”, la exposición de Botero en el Museo de Antioquia. “Virgen y Jesús muerto” es el óleo que ilustra el afiche. En previsión de la semana que se viene encima y de la exposición, una señora que subió al vagón delante de mí reza con los ojos cerrados.

Entregados los documentos. Ahora queda esperar. ¿Cuánto? No se sabe. La espera puede variar entre quince días y seis meses, hay que averiguar con frecuencia, dijo la mujer de la ventanilla antes de estampar el sello en la copia que me corresponde. En el mundo de los funcionarios de ventanilla, los procesos y el tiempo son distintos, los minutos tienen más de sesenta segundos y las horas más de sesenta minutos, sin mencionar los días, los meses o los años, son más largos por lo tanto más lentos. Para algunas cosas el tiempo es exigente, para otras, concede ventajas. Para quienes viven al ritmo del funcionario de ventanilla la edad llega fácil, los personajes que circulan detrás de las ventanillas de las grandes instituciones, públicas o privadas, parecen envejecidos antes de la fecha.

Escribo esto en una cafetería cercana al Instituto donde deposité la sentencia que los obliga a pagar el dinero que me adeudan. La cafetería estaba desierta cuando llegué y tuve la oportunidad de elegir mesa. Mientras escribía esta nota sobre el tiempo de los funcionarios de ventanilla las mesas a mi alrededor fueron ocupadas y el ruido del televisor se mezcló con el de las conversaciones y con la música que viene de alguna venta de discos. Una voz monotónica habla por un altavoz. No entiendo lo que dice, se mezcla con las otras voces. La voz en el altavoz me recuerda una película de Jacques Tati donde una voz de mujer, como la que escucho ahora, incomprensible y monótona anuncia por los altavoces, sin parar, entradas y salidas de trenes. Lo curioso de la situación es que la voz no para en ningún momento, ni cuando la estación está rebosante de pasajeros, ni cuando está desierta. Sucede igual ahora.

Martes. Vuelvo a los funcionarios de ventanilla. Imagino su tormento en las mañanas antes de salir para el trabajo, seguramente desean estar en otra parte, ser otros. Witold Gombrowicz trabajó por necesidad como funcionario de ventanilla en un banco de Buenos Aires. Al mismo tiempo fue también escritor a escondidas de sus jefes y compañeros, no se lo hubieran permitido. Gombrowicz es el ejemplo cumplido de aquel que quiere estar en otra parte, ser otro, y lo logra. Durante su período de funcionario escribió Ferdydurke y Transatlántico, dos de sus textos mayores.

Es posible que entre los funcionarios de ventanilla que por fuerza, suerte o por obligación se cruza, ventanilla de por medio, cualquier persona a diario, la camada de escritores, artistas, teatreros, pintores o titiriteros sea interminable. Todos ellos, detrás de sus ventanillas, deben querer quitarse el jefe de encima o tomarse más tiempo en la pose de la media mañana o, sencillamente, no llegar y dedicar su tiempo a producir algo que verdaderamente los haga vibrar. Quizá por eso, porque tienen la cabeza en otro lado, suceden las cosas que suceden y los funcionarios de ventanilla parecen siempre dispuestos a hacer lo contrario de aquello que la persona que solicita su servicio, necesita. Creo, de todas maneras, que para ser funcionario de ventanilla o funcionario de lo que sea, se necesita un nervio especial.

Argumento. Un hombre, siempre es un hombre aunque también hay mujeres, llega a su puesto de trabajo, detrás de su ventanilla, puntual. No puede ser de otra manera. Reorganiza los objetos organizados en su puesto el día anterior: fotos de familia, figura religiosa, talonarios y sellos, sobre todo los sellos, etc… Una fila toma forma del otro lado pero no se preocupa, filas semejantes toman forma también frente a las ventanillas de sus colegas. Entonces camina por el pasillo privado hasta el puesto de café. Imposible comenzar el día sin un café. Sus colegas hacen lo mismo y mientras toman café hablan de la última telenovela. Cuando regresa a su puesto, la fila ha crecido, cae en la cuenta de que el sistema está caído. Así, sin sistema, comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

Lisboa


Nunca he estado en Lisboa. Un amanecer, hace años, se presentó la ocasión de subir a un tren que me llevaría pero alguna razón que persisto en ignorar, miedo a la distancia, a lo desconocido, lo impidió. No fui en aquella ocasión y en ninguna otra. No se presentaron más. Preferí lo seguro, lo conocido, lo cercano. Esto me recuerda algo que un amigo me dijo, “…Unos días antes de iniciar un viaje al otro lado del mundo, una amiga triste por mi partida me dijo que, si pudiera, me acompañaría hasta Lisboa. ¿Lisboa?¿y por qué hasta Lisboa? pregunté. Porque más allá de Lisboa es muy lejos, dijo ella…” Me quedé con la anécdota y durante años, cuando alguna situación viene al caso la recuerdo, sin embargo, es la primera vez que la narro. Nunca he estado en Lisboa y varias veces he escrito sobre historias que allí suceden. En una ocasión el sabor del Vinho Verde y las sardinas en aceite de oliva durante una conversación de amigos en alguna terraza frente al mar, ocupó buena parte de una historia sobre los aromas y los sabores. En otra, el itinerario de Pessoa por sus calles “… las plazuelas solitarias, intercaladas entre calles de poco tránsito, y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles… (El Desasosiego)”, me persiguió buen trecho de una página. En otra historia un personaje se disimuló de sus perseguidores, sentándose al lado de la escultura de Pessoa en la terraza del “Café A Brasileira” en el barrio del Chiado… Y entonces apareció Tabucchi. Dicho así parece como si en algún viaje me hubiera cruzado con él en una calle empinada que lleva del río al castillo, o en el tanvía que pasa por la Plaza de Figueira, o comiendo una tortilla de las que tanto gustaban a Pereira, o me encuentro con él compartiendo mesa en el pequeño restaurante indio donde iba con frecuencia a comer Balcão de pollo. No conocí personalmente a Tabucchi pero eso poco importa, fue en algunos de sus libros donde lo conocí. El primero, “Pequeños equívocos sin importancia” lo encontré en la estantería de una librería una tarde que no tenía nada para leer. Como no conocía el autor, nunca había oído hablar de él, compré el libro porque el título me atrajo y estuvo bien porque allí encontré relatos que me pusieron frente a una ficción desconocida, una ficción entre estar allá y pasar acá sin condición. Luego, también por casualidad, vi en televisión “El Nocturno Hindú” la película que Alain Corneau realizó de la novela del mismo nombre de Tabucchí. Busqué el libro y lo compré. El viaje, la búsqueda que se pierde en el personaje, la India profunda y encantada de la que ya Tabucchi había hablado en “Los trenes que van a Madrás”, uno de los relatos de “Los pequeños equívocos…” Sentí cercano y posible estar allí, entonces tomé prestado el nombre del hotel donde baja el personaje del “Nocturno Hindú” en Calcuta para hospedar allí un personaje lejano, casi invisible, de una novela que escribía por aquellos días, “La silla del otro”. Tomé prestadas situaciones, a veces palabras, en ocasiones frases completas de Tabucchi y siempre se lo dije entre comillas. Lo seguí después por las calles de Lisboa tras la figura de Pessoa en “Réquiem” y de allí tomé prestado el menú, vino incluido, que Tabucchi toma con su personaje en el restaurante de Goa, siempre tan conversador, que reseñé en una revista de vinos para la cual escribí algunos textos. Nunca vi a Mastroianni en Sostiene Pereira,  la película de Faenza, el día que pueda lo haré sin dudarlo, sin embargo lo veo perfecto en la figura del atormentado Pereira y como ya dije, si algún día voy a Lisboa espero probar una de aquellas tortillas que tanto le gustaban. Me encuentro con Tabucchi en muchas partes, incluso en el diálogo de “Nubes” el relato de “El tiempo envejece deprisa” donde habla de la “Nafelomancia. el arte de adivinar el futuro observando las nubes…” Conocí una persona que practicaba el mismo arte pero no para adivinar su futuro, sino para confirmar sus números de suerte. Dudo, sin embargo, que lo haya seguido bien porque hay detalles, situaciones que se confunden y seguramente los coloco en lugares donde no deben estar, como una historia que me atrajo particularmente, he puesto en práctica, y sitúo en “Pequeños equívocos sin importancia” aunque es posible que esté en “Recuerdos inventados” de Enrique Vila-Matas, él sí amigo de Tabucchi. En ese relato un personaje escucha frases sueltas en la calle y uniéndolas construye la historia que los fragmentos escuchados le sugieren. Y como tengo la costumbre de seguir a Tabucchi y en muchas ocasiones los detalles se unen para hacerlo, traigo a cuento una situación que ya mencioné en estas Marginalias, el trasteo que sucedió como un incendio. Entramos en la segunda fase del proceso: desempacar lo empacado. Hablo en partícular de los libros, el segundo detalle. El primero es Tabucchi y su narración construida con frases ajenas. Desempacando libros lo recordé y entonces tomé al azar frases de algunos que sin orden pasaban por mis manos, como si las escuchara en la calle. Una frase de cada libro. Por supuesto, cada frase es una historia, sin embargo siguiendo los pasos de Tabucchi, es posible que una se construya. “… Desde entonces… Los verdaderos secretos… Como fue imposible convencerla… A unas cuantas cuadras en el mismo Paris… Al despertar el día… Desde el balcón… Terminamos de cruzar el salón… Es de izquierda porque ama las masas… La luna se puso grande y redonda… Hablemos del amor pero no hablemos de amores… Cuando una hora después Milly… Sinembargo no dejé correr mucho tiempo las lágrimas… El Director me habló… Una de las tribus de indios americanos… Esperar lo decían todos… Louis Le Grand, donde realizó sus estudios solamente hasta tercero… Toda mi vida desde que era un muchacho… Hoy ha muerto mamá… Casi todas las mujeres sensibles… Ya lo ve príncipe… En pleno medio día de un día de fines de septiembre… Como casi ninguno de ustedes me conoce… ¿Cómo, dónde y cuándo comenzó todo esto…? Ya lo advirtió Borges… Esto no es un Magritte… Era verano y el muchacho estaba recostado en el heno… Como casi todo en la India… Cuando tenía once años… Para el viaje no se requiere sino el deseo… Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego… Ese mismo día ya llegados a… Un nuevo mundo de sabores… La primera vez que se sorprendió a sí misma… El ajo siempre ha sido más que un condimento… Prometí a usted que de regreso de Venecia… No hay duda de que Guernica… Menos de cincuenta años nos separan… El ritmo de la cámara en movimiento… Todos los seres humanos… Supe de este artista… En una carta datada en junio de 1946… Habíase establecido en Brujas… Lo que había visto en esta imagen… A hombres de todos los tiempos… Su gran mérito aparte de su producción literaria… Todas las técnicas que ha practicado… Estamos ahora en el otoño… Hace algunos años teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo…” Aquí voy, diría un amigo mío. La historia, como Tabucchi, vendrá en el momento menos pensado, y entonces solo hay que seguir sus pasos. Argumento. Dos personas, conocidas de otras épocas se encuentran pero sólo una recuerda a la otra, son, a partir de un día cualquiera, nuevos vecinos de apartamento y deben compartir el descanso de la escalera. Uno recuerda, el otro no y como se mantienen en sus posiciones, no se miran. La situación se vuelve insostenible para uno de ellos. Todavía no sé para cuál. Así comienza la historia… *Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. *Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste. 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Verdugo en el metro


Lunes 19. Hace frío. La mañana es gris, quizá llueva todo el día. Solo más allá de los árboles en el horizonte, donde según Luz Elena terminan nuestros dominios, se ve algo de luz, un resquicio de cielo azul. Mientras escribo esto una lluvia fina comienza a caer. El periódico de hoy trae una nota sobre la muerte en un asilo de ancianos de un hombre, Iván Demjanjuk, que luego cambió su nombre de pila por John, fue soldado del ejército soviético durante la Segunda Guerra, cayó prisionero de los alemanes en Stalingrado, internado en un campo de prisioneros y liberado en 1943 con la promesa de colaborar con las SS donde quedó inscrito con el número trescientos tres. Desde ese año hasta 1945, Demjanjuk fue el encargado de llevar los judíos que llegaban al campo de concentración de Sorbibor del tren a las cámaras de gas. Hecho prisionero después de escapar a Estados Unidos y conseguir la nacionalidad, fue inculpado de participar en la muerte de veintinueve mil judíos, condenado a la hora y luego extraditado a Israel, declarado apátrida porque Estados Unidos decidió quitarle la nacionalidad fue condenado por segunda vez y liberado. Murió a la edad de noventa y un años.

La nota viene acompañada de una fotografía de Demjanjuk tomada hace menos de un año. Se ve a un hombre con la cabeza rapada que hace ver su cara más redonda, con tendencia a la gordura, los ojos entrecerrados y una mueca fría, como una media sonrisa, fría, metálica, cerca de la crueldad. La nariz desaparece entre la línea de los ojos y la expresión de la boca. En la fotografIía aparece enfundado en una chaqueta gruesa de invierno, se ve bien, no parece haber sufrido mucho o lo disimula bien. No tengo la sensación de estar viendo la figura de alguien que participó en la exterminación de veintinueve mil judíos, nada en él deja notar los estragos de la guerra. Como lo veo acompañado de la crónica de su vida, sus rasgos me parecen los de uno de aquellos verdugos, pero, si hiciera abstracción del texto o encontrara la foto por accidente en el cajón de una mesa de noche comprada en el Mercado de las Pulgas, imaginaría que es un abuelo, quizá un poco rígido pero nada más.

Sucede con todo el mundo cuando se encuentra fuera de contexto, adquiere una apariencia distinta, incluso representa algo distinto a lo que verdaderamente es. Imagino lo que sucedería si un día, digamos mañana, subo al metro en la noche de regreso a casa, no hay puestos libres, es hora pico y hay multitud, estoy de pie pegado a la barra cuando justo a mi lado un hombre corpulento, más alto que yo, me estruja para que le abra espacio en el pasadizo central, donde no cabe ni un alfiler. Se acostumbra uno a que los otros pasajeros se abran espacio a estrujones, yo mismo lo he hecho y no me siento agredido, sencillamente transmito el estrujón al pasajero que está a mi derecha y no me preocupo, sin embargo deseé que las cinco estaciones que faltaban para llegar a la mía, donde bajo, mi casa no queda lejos, pasen pronto. Para distraerme y hacer que el recorrido parezca más corto, inventé un juego que practico desde mis primeros días de empleado, observo los dos o tres pasajeros cercanos a mí en el reflejo que devuelve el vidrio de la ventanilla, debo aclarar que subo al metro muy temprano en la mañana cuando todavía está oscuro, o al final de la tarde cuando ya ha anochecido. Entonces observo a mis vecinos de vagón y apuesto, conmigo mismo, un almuerzo o una entrada al cine, cuál de los pasajeros vecinos baja primero y según el que lo haga, gano o pierdo y voy al cine o me pago un almuerzo.

Mi vecino de la derecha es una señora acostumbrada, en apariencia, a viajar de pie en el transporte público. El vecino de la izquierda, el hombre macizo que me estrujó, no me causó ninguna extrañeza o, por lo menos, no llamó mi atención hasta cierto vaivén del vagón al salir de una estación cuando, no solo me cayó encima, también me pisó. Y lo peor, siguió con cara de candado mirando sin ver, su reflejo en los vidrios de la ventanilla. Noté que no le había importado lo sucedido y que la incomodidad tampoco parecía ser problema que le preocupara, era problema mío, solo mío porque fui el único que lo notó. Mientras me tragaba la inconformidad fijé mis ojos como alfiléres en los pliegues de su chaqueta verde militar, demasiado caliente para el clima, y entonces noté el parecido del hombre con el criminal de guerra del artículo que encontré en el periódico esa misma mañana. Todo tipo de intranquilidades me asaltaron, incluso en mi reflejo presentí la figura Lawrence Olivier en el papel de Simón Wiessental, el cazador de naziz en alguna de aquellas películas de los años sesenta, y por supuesto olvidé, estaba en una película, el artículo que hablaba del muerto de viejo y sin juzgar por sus crímenes.

De ese momento en adelante no tuve vida, puedo decir. La sensación de aventura, para no hablar de miedo, se apoderó de mí, mis manos temblaban y tuve enormes dificultades para sacar el celular de mi morral, prenderlo y después escribir en él, heredé un celular con procesador de palabras y allí escribo todo lo que no sucede, incluso lo que sucede como los detalles básicos del encuentro y lo que siguió. Todo fue inesperado y para no olvidarlo tomé nota lo mejor que pude, a alguien tendría que narrar aquel encuentro.

Pasaron minutos eternos. Es posible que los movimientos inesperados en esa posición para encontrar mi celular y anotar hubieran puesto sobre aviso al hombre, pero él no se inmutó, ni siquiera me miró y menos aún se dio cuenta de los estrujones que me propinó. Parecía tranquilo, seguro de su fachada de extranjero instalado como industrial o comerciante en este país que, pasó por apoyar a los nazis y nunca tuvo una política frente a la situación de aquellos inmigrantes porque nunca creyó que alguno eligiera venir aquí, todos, según parece, iban a los países ricos del cono sur. Por eso la tranquilidad evidente de mi vecino.

Las cinco estaciones desde el momento del estrujón hasta la parada donde usualmente bajo pasan lentamente. Mi figura de Simón Wiessental en el reflejo de la ventanilla, al lado de la cada vez más macabra del “verdugo de… olvidé dónde” me obligaron a decidir que no bajaría de allí hasta que él bajara, entonces lo seguiría a cierta distancia, montaría guardia permanente frente a su casa y, como hicieron con Eichmann en Argentina, esperaría el momento propicio para atraparlo. No podía, aunque quisiera, hacer otra cosa distinta a  esperar y estar alerta.

El ser humano se acostumbra a todo, incluso a los estrujones y a pesar de la sensación permanente de falta de espacio, logré acomodarme y escribir en mi celular, me desprendí de la barra y me sostuve entre los cuerpos vecinos. Puedo decir que no perdí de vista al hombre y cuando lo miraba de reojo en el reflejo, ahí estaba como si nada fuera con él y yo no existiera. Pero me gustó escribir en el procesador de palabras del celular, cada vez encontraba más fácil agregar símbolos, tildes, comas. Cada vez los detalles pasaban a ser párrafos completos y cuando llegué al punto donde estamos ahora, cuando ya casi tenía una historia, solo faltaba el final, otro estrujón me anunció que el hombre ya no estaba a mi lado, habíamos entrado en una estación, la misma donde debía bajar y no alcancé a hacerlo porque los pasajeros se movieron, unos subieron y otros bajaron, entre ellos el hombre, “el verdugo”. Lo último que vi de él, en una mezcla extraña con mi reflejo en el vidrio de la ventanilla, fue su chaqueta verde demasiado grande y abrigada para el clima.

Argumento. Un hombre anota todo lo que le sucede (También puede ser una mujer). Lo hace para no olvidar, desconfía de la memoria (Una mujer quizá no). Un día, un amigo que hace lo mismo le pide que intercambien notas. El hombre acepta. Esa noche de regreso a casa cae en la cuenta de que ha olvidado cómo llegar, consulta el cuaderno de notas de su amigo y encuentra cómo llegar a la casa de él. Allí todo le parece nuevo pero consulta el cuaderno y las descripciones coinciden, entonces se tranquiliza y busca donde dormir. A la mañana siguiente comienza la historia…

*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.

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© Saúl Álvarez Lara / 2012

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